La realidad de lo virtual

Cuanto más invivible deviene el mundo, más reconocible deviene su principio. El concepto de espectáculo es todavía más inteligible hoy que hace veinte años. Y, por lo tanto, no es sólo entre aquellos que se encuentran rechazados en la periferia de la sociedad, sino también entre aquellos que se encuentran en su centro, que podrá formularse más explícitamente que en 1968 el programa revolucionario: instaurar la comunicación social».
(Os Cangaceiros, La domesticación informática)

Cantidad de veces las acusaciones sobre las causas de nuestra desgraciada apatía se dirigen hacia “Internet”, y sin demasiadas definiciones concretas es culpada del distanciamiento humano, de la exacerbación de la imagen, etc., etc. Pero debemos volver a remarcar que las novedades tecnológicas son desarrolladas por necesidades capitalistas y están en estrecha relación con su “mentalidad”, es decir, con la “mentalidad” dominante. Internet amplía e intensifica lo ya existente, creando un círculo vicioso de retroalimentación. El capitalismo desarrolla Internet y, a su vez, es condicionado por el uso de esta nueva tecnología.
Tomemos de ejemplo cómo el Capital utiliza y a su vez moldea el aislamiento moderno que sufre gran cantidad de personas, cómo se saca provecho de ello y, a la vez, se refuerza para poder seguir ofreciéndole su mercancía: si toda la tecnología de la comunicación –que atraviesa computadoras, teléfonos y demás dispositivos– rompe el aislamiento, tal como se dice, y nos comunica cada vez más y mejor ¿no es sospechoso que cada día nos ofrezcan más y más nuevas mercancías que son para comunicarse más y mejor? ¿A quién se le podría vender todo aquello sino a unos individuos aislados que precisan apalear su soledad y su angustia con la imagen de la comunicación? La alienación capitalista que reemplazaba el “ser” por el “tener” se ha degradado aún más, cayendo del “tener” al “parecer”, y qué mejor forma de “parecer”, de aparentar, que a través de una pantalla.
Sabemos que el capitalismo es una relación social, y en esta relación social las conversaciones fuera del muro del Facebook no son necesariamente más interesantes que los intercambios plasmados en la pantalla. Internet no ha llegado para arruinar las buenas-viejas capacidades sociales que teníamos. Tampoco existe algo así como “Internet” por un lado y “vida real” por otro, pese a los clichés de la crítica: Internet es también la vida real. Existe en un sistema de producción y reproducción material dado, no es externo a él, de hecho responde a unas necesidades bien precisas. Aclarado esto, podemos proseguir con nuestro tema…
«No es la tecnología en sí la que dicta la necesidad de una aceleración vacía; se puede muy bien desenchufar las máqui- nas o hacerlas funcionar más lentamente. En realidad, es el vacío del tiempo-espacio capitalista, separado de la vida y sin lazos culturales, el que impone a la tecnología una estructura determinada y la transforma en un mecanismo autónomo de la sociedad, imposible de ser desconectado». (Robert Kurz, La expropiación del tiempo)

Esta es una publicación relativamente breve y, sin embargo, en estos tiempos de lectura online puede ser percibida de una larga extensión y por ello puede presentarse difícil predisponerse a leerla. Más allá de nuestra capacidad para una escritura agradable o no y la indiferencia masiva hacia la crítica radical, existe también la percepción de que posee una larga extensión incluso para quienes se puedan sentir atraídos a leerla. En lo referente a la “crítica social” nuestra época se muestra más afín a las imágenes y a las consignas cortas que se difunden como plaga en Facebook y otros espacios de la web, breves oraciones de pocas palabras que pueden querer decir vagamente algo así como su contrario, y que no permiten profundizar sobre el tema que pretenden abordar. La mayoría de mensajes presentados en los nuevos soportes tecnológicos priorizan la rapidez y la superficialidad frente a la posibilidad de poder compartir ideas complejas y precisas. En este sentido, un cartel o una pintada con una consigna breve podrían ser metido en el mismo saco, sin embargo, una pintada anticlerical en una iglesia posee más fuerza que en el vacío espacio de la web.

Así es como una breve, abstracta y descontextualizada frase estéticamente “combativa” lanzada a la red puede venir como anillo al dedo y ser “compartida” tanto por un enamorado que siente que debe “luchar por su amor”, como por un trepador que siente que debe “luchar por un puesto más alto en la empresa”, o por alguien que se considera una persona combativa así sea maoísta, ecologista o peronista.

Mientras tanto, esa reducción de conceptos se alterna con una sobrecarga de estímulos poco y mal digeridos que vuelven impotente a su espectador: imágenes sin censura de alguna masacre o animales diseccionados, supuestas búsquedas de respuestas en decenas de libros descargados que no serán leídos y artículos de Wikipedia que saltan de un enlace a otro sin finalizar la lectura de ninguno. El impacto del horror sin reflexión abruma y paraliza, aún en la apariencia del “movimiento”. Y más aún, en la esperanza de que una toma de conciencia más o menos generalizada sea suficiente para transformar la realidad, una adhesión “cerebral” a tal o cual causa.

«La saturación de la audiencia ante multitud de “verdades incómodas” que a nadie incomodan ya, quizá responda a una “sobreconciencia” que, a fuerza de estimulación, ha devenido impotente. La sobreexposición a una ingente cantidad de datos tiene lugar en el momento en que cualquier marco de referencia sobre el que discriminar la información queda de inmediato impugnado y lanzado al estercolero de las ideas superadas; de donde cualquier imbécil, un día, las rescatará para ponerlas en venta una vez vaciadas de contenido –en su idioma: una vez actualizadas. (…) Así, muchas personas que desean una transformación de las condiciones actuales de vida, han creído que, utilizando para otros fines los medios tecnológicos, la denominada revolución informacional podrá ser orientada a fines más altos. Pero el problema de fondo es, en realidad, que muy pocos creen ya en esos altos fines, porque es precisamente el sistema tecnológico en su conjunto –y no la utilización de ésta o aquella herramienta separada– el que ha socavado las bases materiales necesarias para una vida relativamente autónoma y una conciencia que tienda a la libertad de juicio». (revista Cul de sac nro.2 materiales de derribo)

El consumidor de internet, en la ilusión de la participación, gusta de considerarse “usuario”, éste es, según la RAE, «quien usa ordinariamente algo, quien tiene derecho de usar de una cosa ajena con cierta limitación». Una definición, de todos modos, lo bastante precisa para describir a quienes son consumidores de ciertas tecnologías aunque se consideren “usuarios”, lo que les hace pensar en la neutralidad de las nuevas y viejas tecnologías, en la posibilidad de manejarlas según su moral, cosa que un chato consumidor no podría hacer… vemos que un usuario tampoco.

La promesa de interactividad es uno de los puntos fuertes en la promoción de Internet. Análoga a la idea de participación en la promoción de la política, éstas no son mentiras totales sino verdades a medias. Se puede participar, incluso hasta “crear”, pero bajo las reglas predeterminadas por la estructura social que invita a esa participación. Es decir, se puede hacer y producir en función de los objetivos preestablecidos que se han decidido sin nosotros. Descaradamente se nos invita a colaborar en el propio proceso de opresión.

En estos tiempos, el consumidor promedio de Internet es básicamente un consumidor de “redes sociales” y, en ese ámbito, así como puede conseguir tener centenares de amigos puede sumarse a infinidad de causas. Pero fuera del soporte virtual se dará cuenta que es imposible mantener una relación de amistad con centenares de personas, así como es imposible sumarse a una gran cantidad de causas tan dispares, ya que no le alcanzarían las horas del día ni su psiquis podría aguantar.

Tanto la amistad como la iniciativa en ciertas causas precisan de lazos fuertes y profundos, en cambio, las plataformas de las redes sociales se construyen alrededor de lazos débiles.(1)
Para la lucha que nosotros sentimos necesaria en la actua- lidad se precisa –vamos a decirlo sin rodeos– de compromiso, dedicación, constancia, esfuerzo y renunciar a cierta normalidad. «Es el tipo de compromiso que puede acarrear rechazo social y dificultades laborales. Muchos abandonan. Crear un grupo de Facebook a favor o contra algo, por trivial que sea, es por lo contrario muy fácil. Y todavía es más fácil desplazar el cursor hasta el botón correspondiente para dar nuestro apoyo, siempre desde la comodidad y la seguridad de nuestros hogares o puestos de trabajo. No debería de extrañar que los grupos de iniciativas políticas en Facebook cuenten con tantos seguidores. ¿Cómo se consigue que tanta gente dé su apoyo a una campaña? No pidiéndoles demasiado. Esa es la única manera en que puedes conseguir que alguien a quien realmente no conoces haga algo a favor tuyo. Pero no implica ningún riesgo económico ni personal; no significa tener que pasar un verano siendo perseguido por hombres armados montados en camionetas. No requiere que te enfrentes a normas y prácticas socialmente bien establecidas. De hecho, es el tipo de compromiso que lo único que te proporcionará será reconocimiento social y encomio. […] En otras palabras, el activismo de Facebook logra el éxito no motivando a la gente a que haga un sacrificio real sino motivándole a hacer las cosas que la gente hace cuando no está lo sufi- cientemente motivada para llevar a cabo un sacrificio real». (Revista Cul de sac nro.2, Fausto al teclado)

Lo que intentamos subrayar es que si puede existir algo como la “cibermilitancia”, ésta no viene a corromper una militancia real, sino que viene a aparecer cuando esa militancia está en declive o desaparecida.

La falta de perspectiva internacionalista hace patente esta realidad. El proletariado no es más internacionalista gracias a Internet y sus innumerables foros mundiales, sitios web de contrainformación, etc. Décadas y décadas atrás, protestas mundiales como las de apoyo a Sacco y Vanzetti, o por los sucesos de Chicago, la misma 1a Internacional, el asumir en innumerables regiones como propios el desarrollo revolucionario en Rusia o España, demuestran como el proletariado se comunicaba, viajaba, se solidarizaba y coordinaba sin las actuales tecnologías. No podemos sencillamente culpar a estas tecnologías de la falta de internacionalismo, pero tampoco poner expectativas en que nuevos medios de comunicación posibiliten, faciliten o incluso resuelvan esta necesidad histórica del proletariado. Incluso el exceso de “información”, su democratización en la web donde parece que todo debería importar por igual, los miles de comentarios, opiniones, charlatanerías; colaboran en paralizar, en correr los ejes de discusión, y además deja el paso libre a la confusión, a la tergiversación de los hechos, a las falsas informaciones.

Luego de puntualizar esta realidad, puede leerse entre líneas una arenga a abandonar el uso de Facebook, Twitter, etc…(2) lo cual puede llegar a ser saludable, pero la suma de unos individuos “sobreconcientizados” no da los resultados esperados ni en Facebook ni en la calle. Peor aún, no se han visto en la historia cambios de conciencia generalizada originados por la mera repetición de propaganda (virtual o en papel) lanzada indiferentemente.
El compromiso va en declive, el aislamiento es igual o peor que antes, las relaciones humanas siguen en descomposición y el reapropiamiento teórico es pobre por no hablar de su realización. Lamentablemente, tan sólo estamos dejando en evidencia con qué tenemos que lidiar, estas particularida- des relacionadas con las “redes sociales” no se modificarán mientras no vaya cambiando la situación que las contiene. Y mientras continúe el conformismo y la apatía, este optimismo tecnológico se desplazará de un artefacto a otro. En la com- pulsión tecnológica cada novedad es deseada por su calidad de novedad, y lo viejo es desechado al basurero de la historia capitalista, sea del año pasado o unas cuantas décadas atrás. A su vez, cada novedad tecnológica suele venir acompañada de un discurso de liberación, de bienestar. Y el caso de internet, por su supuesta mayor accesibilidad y facilidad de uso, es más esperanzador de lo que pudo haber sido, en su momento, el comienzo de la imprenta o de la radio. Suponiendo que “todo el mundo” (lo cual es mentira) puede expresarse, comunicarse, crear sitios web, elegir la información que va a consumir, etc., etc. Debemos preguntarnos a qué costo se realiza esto y no olvidar que no se trata de un elemento aislado del resto de la sociedad capitalista. Debemos destapar aquello que se calla celosamente, y aquello que inevitablemente pone en duda que a este tipo de tecnologías podríamos mantenerlas fuera del sistema capitalista:

Sin división internacional del trabajo no hay computadoras ni Internet tal como las conocemos. Hacer abstracción de la materialidad de los soportes físicos de Internet es evitar reconocer la obtención de las materias necesarias, su producción, distribución y sus inevitables desechos. El ciberespacio para muchos tecnófilos cumple la función de paraíso religioso, el cual no es más que la proyección de una imagen de la tierra depurada de sus contradicciones. Nuevamente, un “lugar” sin espacio físico al que se pueden lanzar las fantasías más descabelladas.

Se supone que el disfrute y la empatía, así como incluso razones egoístas, animan a la gente a compartir, a crear una especie de “comunidad” de usuarios, donde cada individuo toma de la red mucho más de lo que podría dar. Cuestión que puede ser reflexionada para conocer sus matices. Sin embargo, en el disparate total se ha llegado a hacer referencia de aquello como “anarco-comunismo” (!?): «la economía del don y el sector comercial no pueden desarrollarse más que asociándose en el seno del ciberespacio. El libre intercambio de información entre los usuarios se apoya sobre la producción capitalista de ordenadores, de programas y de telecomunicaciones. En el seno de la economía mixta numérica, el anarco-comunismo vive también en simbiosis con el Estado. En la economía mixta de la Net, el anarco-comunismo se hace una realidad cotidiana». (Richard Barbrook, L’économie du don high tech). A lo cual Mandosio(3) responde: «Una vez más, la mano invisible está ahí para hacer que coincidan mágicamente los intereses egoístas y la prosperidad pública, y como prima la resolución de todas las contradicciones de nuestro mundo tristemente material: el capitalismo y la economía del don se estimulan mutuamente, el “anarco-comunismo” y el Estado trabajan en concierto… Es formidable, y es tanto más bonito porque no se trata, como en el cristianismo o las utopías clásicas, de una visión del porvenir, sino de un discurso que pretende describir una realidad ya existente; este país de cucaña existe, basta con conectarse para vivir ahí eternamente del amor y del agua fresca. Los “anarco-comunistas” que propagan esta ideología hacen a los promotores estatales e industriales de Internet un gran servicio, pues es precisamente al presentar Internet como ese nuevo “país de las maravillas” donde todo es gratuito(4) que se crea en las personas la necesidad de equiparse del material informático necesario para conectarse, confiando en que una vez se hayan enganchado, ya no se les dejará en paz».

La rapidez y simplicidad de las nuevas tecnologías de la comunicación es en realidad un largo entramado lento y complejo de especialistas e intermediarios, explotación y muerte, que queda oculto tras el teléfono, la computadora o la nueva sofisticada chuchería. Al fin y al cabo, como toda mercancía, oculta su modo de producción y el modo en que se pone en circulación, aunque a diferencia de otras mercan- cías estas suponen una dependencia superior de cantidad de intermediarios, especialistas y más sofisticados especialistas.

Junto a estos graves problemas sociales, que al ciudadano promedio y cautivo de estos productos no le interesan dema- siado, podemos nombrar brevemente que esta multitud de soportes prometen la capacidad de realizar una cantidad de diversas tareas, mientras nuevamente ocultan que, en general, poseen un único uso posible: la reproducción del sistema que las hizo posibles. Cuestión que al ciudadano promedio tampoco le quita el sueño, como quizás tampoco le quita el sueño el impacto “individual” –el cual es natural e inmedia- tamente un problema social.

Paradójicamente, o no, hemos encontrado en la web un artículo titulado ¿Google nos está volviendo estúpidos? donde su autor Nicholas Carr, pese a reconocer que el trabajo de investigación que antes le tomaba días inmerso en bibliotecas ahora puede hacerlo en cuestión de minutos mediante un par de búsquedas en Google, confiesa: «sumirme en un libro o artículo largo solía ser una cosa fácil, (…) alguna vez fui buzo y me sumergía en océanos de palabras. Hoy en día sobrevuelo a ras sus aguas como en una moto acuática».
Es que los medios no son canales neutrales por donde fluye información, sino que configuran el proceso de pensa- miento. No es fácil mantener la concentración entre anuncios publicitarios, más de una pestaña abierta y un enlace que lleva a otro sitio y a otro y no permite finalizar el texto (a diferencia de, por ejemplo, una nota a pie de página que permite seguir el ritmo propio del texto). Cuando la mirada se mueve rápi- damente de la esquina superior izquierda a la esquina inferior derecha de un artículo en la web –lo cual es llamado lectura diagonal– es imposible disponerse a leer tranquilamente. Cuando se puede encontrar inmediatamente información a través de motores de búsqueda tipo Google, la tendencia es a olvidar la información obtenida. En “la vida real” las conver- saciones son interrumpidas continuamente por los teléfonos que suponen comunicarnos obstruyendo la comunicación.

Lo que el Capital toca lo vuelve una cosa sujeta al valor imponiéndole sus leyes de producción. Carr señala que para Google «la información es una especie de materia prima, un recurso utilitarista que puede explotarse y procesarse con eficacia industrial, que a mayor número de fragmentos de información a los que podamos acceder y a la mayor rapidez con la que podamos extraer su esencia, más productivos seremos en tanto pensadores». La cantidad por sobre la calidad, la competencia y la necesidad de transformar cada actividad humana en una actividad sujeta al Capital son los intereses de esta compañía como de las otras. Aunque se presente como un modelo de trabajo feliz y creativo, “el modelo Google” en el fondo no es más que una gris y nociva “antigua” fábrica.

El conocimiento, la inteligencia, la creatividad o el razonamiento no deberían ser el producto de un proceso mecánico, una serie de tareas separadas que puedan ser medidas y optimizadas según los criterios de valorización del Capital.

Estos mercaderes de datos –que es a lo que han reducido nuestra comunicación, conocimientos, etc.– han asumido la afirmación que machaca con que la “actividad cerebral” está aislada de la del resto del cuerpo. Lo cual de alguna manera va asimilando el concepto “actividad cerebral” a una actividad mecánica. Así, la noción dominante de inteligencia es en relación a su cuantificación, además de una forma de individualización donde el coeficiente indicado por el test es un dato más de aquel humano con número de identificación, donde no se considera la “inteligencia” grupal a menos que sirva para algún trabajo en concreto y donde, por sobre, todo quienes vayan a ser clasificados sigan el criterio del clasificador.

En esa misma línea, nuestra época considera que el cerebro humano es similar a una computadora ¡y cómo no! éste ya está quedando obsoleto, por lo tanto, precisamos de ortopedias: un disco duro con mayor capacidad y un procesador más veloz, inteligencia artificial imprescindible para seguir este ritmo de vida, lo cual quizás sea cierto pero ¿por qué debemos seguir ese “ritmo de vida”? ¿por qué utilizar herramientas que atrofian la parte del cuerpo humano que pretenden amplificar? ¿por qué delegar nuestra memoria a un objeto? La “memoria” de un disco rígido no memoriza, en ella simplemente almacenamos y ordenamos datos, pero no tiene voluntad pese a que “calcule”. En la estación de tren o en el banco nos pueden decir que “se cayó el sistema” como si nadie tuviese responsabilidad, pero toda delegación –incluso la tecnológica– es nuestra propia responsabilidad.

«Si han bastado algunas décadas para que los ordenadores y otros robots dejen de aparecer como inquietantes autó- matas y se conviertan en los acompañantes ordinarios de la vida cotidiana, es porque previamente las relaciones sociales han sido al mismo tiempo sistemáticamente desintegradas.

¿Por qué se prefiere hacer cursos, comprar billetes de tren o consultar la cuenta bancaria por Internet sin salir de casa? Porque ir a un supermercado, a una estación o a un banco es una experiencia que no tiene nada de agradable, y porque la persona que se tiene en frente en un supermercado, una estación o un banco ya no es más que un autómata humanoide. Se llega entonces a preferir la frialdad de la relación con una máquina a la frialdad de las relaciones humanas. Y, a falta de amigos humanos en una sociedad donde los individuos están cada vez más separados y donde el otro no es percibido sino como una entidad amenazante, los ordenadores –habiéndose convertido en más convivenciales que en el pasado– devienen “amigos” de substitución. (…) El caso de Internet es análogo al del teléfono portátil o de los animales de compañía elec- trónicos. Se trata siempre de satisfacer un elemental deseo de relaciones efectivas y de comunicación poniendo a distancia a los otros seres humanos –con los que se está, ciertamente, en relación permanente, pero siempre indirecta, vía teléfono o Internet– o suprimiéndoles». (Jean-Marc Mandosio, El condicionamiento neotecnológico)

¿Entonces qué? ¿Luego de estas críticas nos hacemos tecnófobos o primitivistas? Si se piensa una salida individual a este problema, donde bastaría la identificación ideológica con tal o cual corriente, es que se ha comprendido más bien poco de este entramado atravesado por las relaciones capitalistas y que posiciona al Estado, necesariamente, como el gobierno mun- dial de la burguesía. No basta con renunciar a las supuestas comodidades de este mundo, no basta con irse de la ciudad, no basta con emplear un lenguaje extremista y adherir al lado que se considera correcto. Jamás recomendaríamos “salidas” individuales para problemas sociales. La percepción individual de un problema no vuelve al problema una cuestión individual. Y el percibir las consecuencias de la tecnología (contaminación, degradación de las relaciones humanas, etc.) disociada de sus bases capitalistas –llamémosle– “mentales” como materiales, constituiría otro grave error.
Y al finalizar este artículo alguien puede reclamarnos: «¡Qué contradicción haber escrito esto en una computadora!», «¡Qué falta de coherencia multiplicar estas posiciones con una fotocopiadora!» Se supone que existe un “afuera de la sociedad” al que apela cierto moralismo que suele hacer, además, una apología a la naturaleza de la cual está tan escindido que ya ni sabe a que se refiere al nombrarla. Que una fotoco- piadora esté a nuestro alcance no significa que utilizaremos todos los medios que existan sólo porque están a nuestro alcance, utilizamos ciertas máquinas concientemente y eso incluye conocer sus aspectos “aprovechables” como nocivos, su costo. Y desde el otro extremo de los reproches, el de los apologistas descarados de la tecnología, parecería que estar presos de esta sociedad y usar ciertas máquinas nos obligaría encima a defenderla.

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