Hitler y el Holocausto “libro”

Datos del libro

Título Original: Hitler and the Holocaust
Traductor: Martínez i Muntada, Ricard
©2001, Wistrich, Robert S.
©2001, DeBolsillo
ISBN: 9786073131544
Generado con: QualityEbook v0.84
Generado por: tordon11, 08/07/2017

 

 

A mi madre, Sabina,
que lo vivió todo
 

Agradecimientos
LA investigación destinada a este libro se desarrolló durante varios años en múltiples archivos, bibliotecas e institutos de estudio de Israel, la Europa continental, Gran Bretaña y Estados Unidos. La deuda que tengo con la obra de incontables estudiosos, demasiado numerosos para mencionarlos aquí, se hará manifiesta en las notas. El hecho de ser uno de los seis historiadores designados para formar parte de la Comisión Histórica del Vaticano dedicada a estudiar el papel de Pío XII durante el Holocausto me permitió sacar provecho del acceso a muchas fuentes -por lo menos en siete lenguas distintas- que resultaron útiles para la redacción del libro. Durante los primeros seis meses de 2000, el año del milenio, tuve la suerte de disfrutar de una estancia como profesor visitante en el Instituto de Estudios Avanzados de los Países Bajos (NIAS), en Wassenaar; deseo agradecer al profesor Wesseling y su amable equipo la hospitalidad y la ayuda que me prestaron. La propuesta inicial del proyecto me la planteó Toby Mundy y la supervisión corrió a cargo de Rebecca Wilson -de la editorial Weidenfeld and Nicolson-, cuyas sugerencias fueron de la máxima utilidad. Agradezco profundamente los esfuerzos de Frances Bruce para descifrar mi texto manuscrito y trasladarlo a un formato legible. Tengo una deuda particular con Trudy Gold, directora de Educación sobre el Holocausto del Instituto Cultural Judío de Londres, por la ayuda y el aliento que me ofreció al facilitarme la tarea en momentos críticos de la misma; también aprendí mucho de mi anterior trabajo con el Instituto, consistente en la redacción del texto del juego de materiales educativos Lessons of the Holocaust (1997) -que actualmente se emplea en numerosas escuelas británicas-, así como de la colaboración con Rex Bloomstein en la dirección de la película Understanding the Holocaust, cuyo guión también escribí. Como siempre, tengo una deuda de gratitud con mi esposa Daniella y mis tres hijos por la paciente comprensión que mostraron al aceptar mi intensa dedicación a la realización de este proyecto. El libro está dedicado a mi madre Sabina, nacida en Cracovia hace noventa años, que siempre ha constituido para mí un ejemplo del modo en que es posible vencer la adversidad a base de entereza y valor.

ROBERT SOLOMON WISTRICH
Londres-Jerusalén
Diciembre de 2000
Introducción

En realidad, los misioneros del cristianismo habían dicho: no tenéis derecho a vivir entre nosotros como judíos. Los gobernantes seglares que vinieron a continuación habían proclamado: no tenéis derecho a vivir entre nosotros. Finalmente, los nazis decretaron: no tenéis derecho a vivir.
RAUL HILBERG,
The Destruction of the European Jews, 1961

El Holocausto fue un crimen sin precedentes contra la humanidad, que tuvo por objetivo la aniquilación total de la población judía de Europa, hasta el último hombre, la última mujer y el último niño. Fue una decisión política planificada y deliberada de un poderoso Estado, el Reich nazi, que movilizó todos sus recursos para destruir un pueblo entero. La condena a muerte de los judíos no se debió a sus creencias religiosas ni a sus opiniones políticas; tampoco constituían una amenaza económica ni militar para el Estado nazi: no se los asesinó por lo que hubieran hecho, sino simplemente a causa de su nacimiento.
A ojos de Hitler y del régimen nazi, el hecho de que una persona hubiera nacido judía comportaba su definición a priori como un ser que no era humano y que, por lo tanto, no merecía vivir. Hubo otras víctimas inocentes de la ideología racista nazi: se envió a las cámaras de gas a aquellos gitanos a quienes se consideraba impuros desde el punto de vista racial y se redujo a la esclavitud a los rusos, los polacos y los habitantes de otros países ocupados del este. Se dio muerte incluso a alemanes de pura cepa a quienes se había calificado como mental o físicamente anormales, hasta que una protesta pública moderó aquella política. Sabemos que, bajo el régimen nazi, las SS, los Einsatzgruppen, la Wehrmacht, la Policía del Orden y los guardianes de los campos de exterminio practicaron la brutalidad a una escala desconocida hasta entonces; que masacraron una hilera tras otra de adultos temblorosos y semidesnudos y destrozaron las cabezas de niños judíos sin piedad ni remordimientos; y que construyeron un vasto sistema de campos de concentración y de exterminio cuyo único propósito era la producción de cadáveres a escala industrial.
La cuestión es: ¿por qué? ¿Por qué se obligó a los judíos a trabajar hasta la muerte en tareas improductivas y carentes de sentido, aun cuando el Reich sufría una grave escasez de mano de obra? ¿Por qué, a pesar de las apremiantes necesidades militares de la Wehrmacht, se mató en los campos a judíos que eran trabajadores cualificados de la industria de armamento? ¿Por qué los nazis insistían en que estaban luchando contra un poder «judío» omnipotente en el mismo momento en que el asesinato en masa de los judíos revelaba la impotencia de aquel enemigo?
En lo más hondo de ese aparente misterio se encontraba una ideología o Weltanschauung (concepción del mundo) milenarista que proclamaba que «el judío» constituía el origen de todos los males, en especial del internacionalismo, el pacifismo, la democracia y el marxismo, y que era el responsable del surgimiento del cristianismo, la Ilustración y la masonería. Se estigmatizaba a los judíos como «un fermento de descomposición», desorden, caos y «degeneración racial», y se los identificaba con la fragmentación interna de la civilización urbana, el ácido disolvente del racionalismo crítico y la relajación moral; se hallaban detrás del «cosmopolitismo desarraigado» del capital internacional y de la amenaza de la revolución mundial. Eran el Weltfeind, el «enemigo mundial» contra el cual el nacionalsocialismo definió su propia y grandiosa utopía racista de un Reich que duraría mil años.
En la ideología racista y genocida de Hitler, la redención (Erlösung) de los alemanes y de la humanidad «aria» dependía de la «solución final» (Endlösung) de la «cuestión judía»: a menos que se aniquilara definitivamente al diabólico «enemigo mundial», no habría paz en una Europa que debía unirse bajo el liderazgo germánico, un continente en el cual Alemania realizaría su destino natural y se expandiría hacia el este con el fin de crear un Lebensraum (espacio vital) para su propio pueblo. La Segunda Guerra Mundial, iniciada por Hitler, fue, de modo simultáneo, un conflicto bélico por la hegemonía territorial y una batalla contra el enemigo mítico judío.
La guerra convirtió el Holocausto en una posibilidad real: las victorias de la Wehrmacht pusieron por primera vez a millones de judíos bajo control directo del poder alemán, y Hitler delegó en las SS -dirigidas por el Reichsführer Heinrich Himmler y su subordinado inmediato, Reinhard Heydrich- la tarea de aniquilarlos a sangre fría. Ya en una fecha tan temprana como 1939, se inició el llamado «programa de eutanasia», que dependía directamente de Hitler y de la Cancillería del Führer y estaba destinado a eliminar a 90.000 alemanes de pura cepa a quienes se consideraba «no aptos para vivir» porque eran física o mentalmente «anormales». Aquel programa, interrumpido temporalmente en 1941, resultó ser un campo de pruebas para la «solución final»: a fines del mismo año 1941, el personal, la infraestructura y la experiencia de matar con gas venenoso fueron trasladados a los campos de exterminio de Polonia, con el fin de emplearlos contra los judíos.
La ejecución del Holocausto requirió algo más que una ideología apocalíptica antisemita: fue también el producto de la sociedad más moderna y con mayor nivel de desarrollo técnico de Europa, que además contaba con una burocracia muy bien organizada. Las matanzas masivas, optimizadas e industrializadas que se llevaron a cabo en campos de exterminio como Auschwitz y Treblinka constituyeron una completa novedad en la historia europea y mundial. Ahora bien, en Rusia, Europa Oriental y los Balcanes, los alemanes y quienes los ayudaban también asesinaron a millones de judíos empleando métodos más primitivos y «arcaicos»: los Einsatzgruppen y los batallones de policía se dedicaron a dar caza a los judíos y a ejecutarlos en horripilantes matanzas en fosas, bosques, barrancos y trincheras. Las poblaciones rusa, polaca, serbia y ucraniana, si bien no estaban condenadas al asesinato en masa sistemático, también sufrieron enormes pérdidas, y tres millones de prisioneros de guerra soviéticos murieron durante su cautividad en manos de los alemanes.
Hay quienes, como Daniel Goldhagen, han sostenido que los alemanes llevaron a cabo aquellos asesinatos por el simple hecho de que eran alemanes: su cultura política y su disposición mental habrían estado ya programadas de antemano por un «antisemitismo de eliminación» existente desde mediados del siglo XIX. Ese planteamiento no me parece convincente: antes de Hitler, el antisemitismo racista völkisch no había hecho grandes progresos en Alemania, aunque distara mucho de ser un fenómeno insignificante. El antisemitismo había sido mucho más fuerte e influyente en la Rusia zarista, en Rumanía o en la monarquía de los Habsburgo y los estados que la sucedieron, en especial en Polonia, Eslovaquia y Austria. Antes de 1933, Alemania era todavía un Estado basado en el imperio de la ley, en el cual los judíos habían logrado un notable éxito económico, estaban bien integrados en la sociedad, disfrutaban de igualdad de derechos y habían contribuido de forma decisiva a modelar la cultura moderna del país.
El ascenso de Hitler al poder no habría sido posible sin la carnicería de la Primera Guerra Mundial, el impacto traumático de la derrota militar alemana, la humillación del Tratado de Versalles, las crisis económicas de la República de Weimar y el temor a la revolución comunista. El antisemitismo, a pesar de la importancia primordial que tenía para Hitler, Goebbels, Himmler, Streicher y otros dirigentes nazis, no fue el principal elemento de captación de votos del movimiento; sin embargo, una vez ese antisemitismo racista se convirtió en la ideología de Estado oficial del Tercer Reich y se vio reforzado por un aparato de propaganda extraordinariamente poderoso y por el aluvión de leyes antijudías, su impacto fue devastador.
La receptividad de los alemanes (y de otros europeos) a la demonización de los judíos a partir de 1933 se debió en gran medida a la tradición, mucho más antigua, del antijudaísmo cristiano, que se remontaba a la Edad Media. Los nazis no tuvieron necesidad de inventar las imágenes imperantes en las cuales «el judío» aparecía como usurero, blasfemo, traidor, asesino ritual, conspirador peligroso contra la cristiandad y amenaza mortal a los fundamentos de la moralidad. Hasta la Revolución francesa, tanto los gobernantes seglares como las iglesias cristianas se habían asegurado de que los judíos fueran parias en la sociedad europea y estuvieran condenados a una posición de inferioridad y subordinación. El racismo también se había empleado en la España católica del siglo xv para justificar el apartamiento de los judíos -incluidos los conversos- de los cargos públicos y las posiciones de influencia económica.
La Reforma protestante, especialmente en Alemania, trajo consigo pocas mejoras en la situación de los judíos: de hecho, las diatribas antijudías de Lutero constituirían un factor coadyuvante en la posterior complicidad de los protestantes alemanes con las acciones de Hitler y en el silencio imperante durante las persecuciones antisemitas del Tercer Reich. También los católicos se implicaron de modo creciente en los movimientos políticos antisemitas en Francia, Austria, Hungría, Eslovaquia, Polonia y otros estados europeos en el transcurso de los siglos XIX y XX. Durante el Holocausto, muchos clérigos católicos, al igual que los protestantes, fueron a menudo indiferentes o incluso hostiles respecto a los judíos, aunque también hubo casos de resistencia heroica al nazismo y de salvamento de judíos por parte de «gentiles virtuosos». Sin embargo, no es posible comprender la profunda ambivalencia del Vaticano y de las iglesias cristianas si no se toma en consideración la antigua y persistente «doctrina del desprecio» que tenía profundas raíces en el mismo Nuevo Testamento y en las enseñanzas de los Padres de la Iglesia. El nazismo, pese a que en última instancia estaba resuelto a erradicar el cristianismo, pudo utilizar como base los estereotipos negativos acerca de los judíos y el judaísmo que las iglesias habían difundido a lo largo de los siglos.
Los alemanes no llevaron a cabo el Holocausto en solitario, aunque no quepa ninguna duda de que, bajo el dominio nazi, constituyeron la punta de lanza y la fuerza impulsora del mismo: entre los lituanos, los letones, los ucranianos, los húngaros, los rumanos, los croatas y otras nacionalidades europeas encontraron muchos colaboradores y «ayudantes» bien dispuestos, en especial cuando se trataba de matar judíos. Los austríacos -anexionados al Reich alemán en 1938- constituyeron un porcentaje completamente desproporcionado de los asesinos de las SS, los comandantes de los campos de exterminio y el personal implicado en la «solución final». Incluso la Francia oficial «colaboró» con entusiasmo, no en la muerte de judíos pero sí en su deportación hacia el Este y en la aprobación de una draconiana legislación racista.
El Holocausto fue un acontecimiento paneuropeo que no habría podido suceder si, en las postrimerías de la década de 1930, millones de europeos no hubieran deseado ver el final de la antiquísima presencia judía entre ellos. Ese consenso fue especialmente poderoso en los países de la Europa Central y Oriental, en los cuales vivía la mayor parte de la población judía y donde los miembros de la misma aún conservaban sus propias características nacionales y su singularidad cultural. Sin embargo, también en Europa Occidental y en Estados Unidos había un creciente antisemitismo, ligado a las penalidades causadas por la Gran Depresión, el incremento de la xenofobia, el miedo a la inmigración y el predicamento de las ideas fascistas.
Esa hostilidad influiría en la desgana de los responsables políticos británicos y estadounidenses a la hora de realizar algún esfuerzo significativo de salvamento de judíos europeos durante el Holocausto. Ya en la década de 1930, el sistema de cupos de Estados Unidos había imposibilitado cualquier inmigración masiva de judíos de Europa Central y Oriental que pudiera haber aliviado en alguna medida las enormes presiones ejercidas sobre ellos. Las preocupaciones británicas acerca del malestar árabe en Palestina -subsiguiente al incremento, también en la década de 1930, de la inmigración de judíos a su «hogar nacional»- llevaron a la negación y el cierre de otro refugio fundamental. Hitler tomó debida nota de aquellas reacciones y de la política occidental de apaciguamiento anterior a 1939 y extrajo sus propias conclusiones, es decir, que podía poner en práctica sin excesivos riesgos sus ambiciones expansionistas y que Occidente no interferiría en sus medidas antijudías, cada vez más radicales.
En vísperas del Holocausto, los judíos de Europa se encontraron en una trampa de la cual no parecía que hubiera escapatoria: tenían frente a ellos al enemigo más amenazador y peligroso de toda su historia, una gran potencia, llena de dinamismo y situada en el corazón del continente europeo, que pretendía abiertamente su destrucción y cuya influencia se hacía sentir en los estados vecinos, especialmente los del Este y el Sudeste de Europa, los cuales estaban aprobando sus propias leyes antisemitas para restringir los derechos de sus respectivas poblaciones judías y también presionaban para lograr el desplazamiento o la emigración de las mismas. Además, y pese a que los tres millones de judíos de la Rusia comunista estaban aislados del resto de su comunidad mundial, la identificación de los judíos con el bolchevismo se había convertido en un mito político enormemente peligroso, que acabaría estimulando los asesinatos masivos llevados a cabo por los nazis y sus aliados en el frente oriental a partir de junio de 1941.
Las posibilidades de acción de los judíos de Estados Unidos en favor de sus hermanos europeos eran también limitadas, debido a la combinación de su propia inseguridad, del miedo al antisemitismo y del aislacionismo norteamericano anterior al final de 1941. Los judíos de Palestina constituían aún una comunidad relativamente pequeña que estaba bajo control británico y se enfrentaba a una mayoría árabe hostil. El movimiento sionista, pese a su crecimiento durante la década de 1930, estaba demasiado fragmentado políticamente y resultaba excesivamente conflictivo para tener efectividad.
Así pues, el mito nazi que presentaba a los judíos como un poder internacional bien organizado y provisto de objetivos claramente definidos e intereses «raciales» comunes no podía estar más alejado de la realidad: de hecho, los judíos estaban desorganizados y relativamente desprovistos de poder, y carecían de una práctica solidaria o de cualquier clase de programa político convenido; ni antes del Holocausto ni durante el mismo dispusieron de un Estado, de un ejército ni de un territorio o una bandera comunes, por no hablar de un centro organizativo coherente.
Además, y con raras excepciones como Dinamarca, Finlandia, Italia o Bulgaria -que contaban con comunidades judías relativamente reducidas-, los judíos sufrirían una cruel decepción debida a la ausencia de solidaridad de la mayoría de sus conciudadanos gentiles una vez la oscura noche de la persecución se abatió sobre ellos. Más amarga todavía resultó la facilidad con que se les retiró la protección de los estados y gobiernos europeos -a los que habían servido con lealtad y en los que habían confiado- y se sacrificaron sus derechos como si fueran completos parias excluidos de la civilización. A muchos judíos les costaba afrontar unos hechos tan duros y sacar las conclusiones necesarias antes de que fuera demasiado tarde. La guerra de Hitler los sorprendió atrapados y prácticamente indefensos ante un enemigo despiadado y empeñado en destruirlos por completo, en un mundo al que, de forma mayoritaria, le era indiferente la suerte que corrieran.
Sin embargo, partiendo de ese trauma extenuante y potencialmente demoledor, al término de la Segunda Guerra Mundial el pueblo judío se alzó para establecer su propio Estado independiente; tras aquel conflicto bélico, también otras naciones y minorías aprendieron cuál era el precio de la carencia de poder y lucharon por liberarse de la tiranía totalitaria y la opresión extranjera. Ahora bien, el Holocausto proporciona igualmente lecciones más universales: nos recuerda que la xenofobia, el racismo y el antisemitismo pueden conducir a la violencia colectiva y a cometer atrocidades a una escala inimaginable, y que cualquier sociedad, por más avanzada que esté en los terrenos cultural, científico y tecnológico, puede volverse completamente criminal una vez pierde la capacidad de distinguir entre el bien y el mal. El Holocausto pone de relieve el peligro de idolatrar confiadamente el poder cuando este carece de cualquier restricción ética, y subraya la lección de que todo individuo es responsable de su propia conciencia y su propio destino: constituye una advertencia que nos ofrece la historia de que obedecer órdenes no puede servir de excusa para los actos criminales.
Si existen esas lecciones generales, tenemos que aprender que se puede y se debe resistir al mal cuando este se encuentra en sus primeros estadios, que siempre tenemos elección y que en una sociedad civilizada no puede haber lugar para el racismo y el antisemitismo. Reflexionar sobre el Holocausto es como contemplar fijamente el fondo de un abismo y confiar en que no nos devuelva la mirada: es el caso último y extremo, un agujero negro de la historia que no solo desafía nuestros supuestos triviales acerca de la modernidad y el progreso, sino que también cuestiona la propia concepción que tenemos de lo que significa ser humanos.
1 El antisemitismo y los judíos

Después de Satán, los cristianos no tienen mayor enemigo que los judíos … Rezan muchas veces al día para que Dios nos destruya mediante la peste, el hambre y la guerra, sí, para que todos los seres y criaturas se alcen junto a ellos contra los cristianos.
ABRAHAM A SANCTA CLARA,
predicador católico vienés, 1683

Considero que la raza judía es el enemigo nato de la humanidad pura y de todo lo noble que hay en ella; no cabe duda de que a los alemanes nos está dejando sin fuerzas, y quizá sea yo el último alemán que sabe mantenerse erguido frente al judaísmo, que ya lo domina todo.
RICHARD WAGNER, 1881

Por eso, católicos polacos, alzamos nuestra voz. Nuestros sentimientos hacia los judíos no han experimentado ningún cambio: no hemos dejado de considerarlos como los enemigos políticos, económicos e ideológicos de Polonia … [pero] no queremos ser Pilatos. No tenemos medios para actuar contra los crímenes alemanes, no podemos aconsejar ni salvar a nadie, pero protestamos desde lo más hondo del corazón, abrumados por la compasión, la indignación y el terror. Es Dios quien nos exige que protestemos y quien no permite el asesinato … La sangre de los indefensos clama venganza al cielo; aquel de nosotros que no apoye esta protesta no es católico.
ZOFIA KOSSAK-SZCZUCKA,
Protesta, panfleto de agosto de 1942

Los asesinatos masivos se remontan a los inicios de la historia humana; a lo largo de los tiempos de los cuales se tiene noticia, se han producido innumerables masacres, algunas por motivos religiosos y otras por razones políticas o territoriales. En las guerras coloniales se han exterminado pueblos nativos; millones de africanos negros fueron vendidos como esclavos, y la colonización de América del Norte, Australia, África y otras partes del mundo por parte de las sociedades occidentales en expansión comportó de forma constante el desplazamiento, el expolio y, en ocasiones, incluso el genocidio de las poblaciones indígenas en nombre del imperio, las ganancias económicas y el «progreso». A principios del siglo XX, la masacre de más de un millón de armenios por parte de los turcos durante la Primera Guerra Mundial marcó un nuevo nivel de brutalidad.1 Ahora bien, si nos basáramos exclusivamente en el número de víctimas, el primer lugar podría corresponder a los infortunados ciudadanos soviéticos a quienes se mató a tiros, de hambre o a causa del trabajo agotador en los gulags de la Rusia estalinista por considerarlos «enemigos del pueblo» y en nombre de la ideología marxista;2 el número de víctimas de aquel «autogenocidio» perpetrado por un régimen totalitario contra sus propios súbditos podría haber alcanzado los veinte millones de personas (una cifra que, pese a ser asombrosamente elevada, representó un porcentaje mucho menor de la ciudadanía soviética que el tercio del conjunto de la población judía mundial asesinado por los nazis). No menos horripilante fue lo sucedido en la China maoísta -cuya historia completa aún está por contar- y, a una escala mucho menor, en la Camboya comunista durante la década de 1970. La carnicería de Ruanda y la «limpieza étnica» en la antigua Yugoslavia, acaecidas en la década de 1990, constituyen nuevas demostraciones de que el oscuro capítulo genocida de la historia humana dista mucho de haber concluido.
Incluso en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial se produjeron varios genocidios, aunque de magnitudes distintas: aproximadamente tres millones de gentiles polacos cayeron víctimas de los nazis, al igual que un número similar de prisioneros de guerra rusos a quienes los alemanes hicieron morir de hambre; a ambos grupos se los utilizó como conejillos de Indias en Auschwitz antes de que se empezara a gasear judíos. La guerra alemana en el Este implicaba mucho más que el exterminio de los judíos: en su origen, estaba concebida como parte de un plan grandioso y más amplio para una reestructuración racial completa y radical, en la cual se expropiaría, se deportaría o se eliminaría a los polacos, los rusos y los ucranianos.3 También los gitanos estaban destinados a la destrucción si se los consideraba impuros desde el punto de vista racial: entre doscientos cincuenta mil y medio millón de gitanos fueron enviados a la muerte entre 1939 y 1945, de modo simultáneo al Holocausto. Desde luego, los gitanos (rom y sinti) no ocupaban el mismo lugar que los judíos o el judaísmo en la conciencia cristiana ni en la concepción nazi del mundo; no obstante, los prejuicios y la hostilidad hacia su forma de vida nómada estaban muy extendidos y, en ciertos aspectos, eran comparables a la percepción de los judíos como extraños en la Europa cristiana.4
Los nazis eran particularmente hostiles hacia los gitanos, pues los consideraban un elemento «antisocial» y «gente de sangre distinta» a la cual eran aplicables las leyes raciales de Nuremberg de 1935. Un año después de la aprobación de dichas normas, se enviaron algunos grupos de gitanos al campo de concentración de Dachau, y el decreto promulgado en diciembre de 1937 por Heinrich Himmler permitió su detención sobre la base -extremadamente elástica- de conducta antisocial, aun sin que hubieran cometido ningún acto delictivo. La nueva legislación aprobada en 1938 para hacer frente a la «plaga gitana» tenía el objetivo de establecer una estricta separación entre gitanos «puros» y «de sangre mezclada», así como entre alemanes y gitanos.5 Durante la guerra, la política nazi se radicalizó aún más, y, en otoño de 1941, se deportó a cinco mil gitanos austríacos al gueto de Lodz; luego, a principios de 1942, se asesinó a algunos gitanos -junto con judíos- en el campo de exterminio de Chelmno. El 26 de febrero de 1943, empezaron a llegar gitanos a Auschwitz-Birkenau; un gran número de ellos murió a causa del hambre, las enfermedades y los «experimentos médicos», y posteriormente, en 1944, se gaseó a mujeres y niños. Los Einsatzgruppen cometieron asesinatos de gitanos en los estados bálticos y la Unión Soviética, y lo mismo hizo en Yugoslavia el régimen ustacha; en Hungría, los gitanos sufrieron la persecución y el acoso de los fascistas del partido de la Cruz de Flechas; en Francia, se los encerró y posteriormente se los envió a campos alemanes, mientras que dos tercios de los gitanos polacos murieron bajo la ocupación nazi.
A partir de 1939, los nazis consideraron «la lucha contra la amenaza gitana» como «una cuestión de raza», e insistieron en la necesidad de «separar de una vez por todas la raza gitana [Zigeunertum] de la nación alemana [Volkstum]», para prevenir el peligro de mestizaje. En ese aspecto, había un vínculo ideológico entre los asesinatos de judíos y gitanos, pues unos y otros estaban incluidos en la compleja visión nazi de la limpieza étnica radical o «purificación» de la Volksgemeinschaft (comunidad nacional). De hecho, la solución de la «cuestión gitana» se concibió desde el principio en el marco de los «conocimientos procedentes de la investigación etnológica» y estuvo bajo la jurisdicción de Heinrich Himmler, en su calidad de Reichsführer de las SS y jefe de la policía alemana. El destino de los gitanos, según dejó claro Himmler en septiembre de 1942, no era asunto de leyes ni de tribunales, exactamente igual que en el caso de los judíos; por lo tanto, se encontraban completamente a merced de la policía y las SS y estaban expuestos a que se los transportara en cualquier momento a los campos de concentración. Las acusaciones contra ellos, referentes a la inferioridad racial hereditaria, el parasitismo económico o la «inmoralidad sexual» que amenazaban al conjunto de la población alemana, coincidían en parte con la demagogia del antisemitismo.
Al igual que sucedió con los judíos, la guerra proporcionó la cobertura necesaria para la aniquilación de todos los gitanos, con la excepción de aquellas tribus sinti y lalleri a las que se clasificó como «puras desde el punto de vista racial».6 Se trató, por lo tanto, de un caso de genocidio comparable en algunos aspectos al Holocausto, aunque distinto en cuanto a su motivación y escala: se consideraba a los gitanos una «amenaza social», pero en ningún caso un enemigo total y universal como los judíos, empeñados en una conspiración universal contra Alemania y el mundo «ario»; así, por ejemplo, la «cuestión gitana» no tuvo más que una importancia marginal en el programa político nazi, y el propio Hitler se refirió a los gitanos tan solo en dos ocasiones, lo cual contrasta de modo radical con su implacable obsesión por los judíos.7 Además, a los gitanos «de raza pura» nunca se los vio como un peligro para el pueblo alemán, e incluso se consideraba que tenían sangre noble. Así pues, el horrible crimen cometido contra los gitanos como grupo social no pretendía, en principio, la aniquilación total de todo un pueblo.
El Holocausto fue un hecho sin precedentes -en comparación con otros genocidios- porque respondió a la decisión planificada y deliberada de un poderoso Estado que movilizó todos sus recursos para destruir por completo al pueblo judío. En lo que se refiere a Europa, los alemanes estuvieron a punto de alcanzar aquel objetivo diabólico, y solo su derrota militar evitó la horripilante culminación del mismo. En 1945, los nazis ya habían aniquilado dos tercios de la comunidad judía europea y no habían dejado más que algunos restos de aquella antigua cultura que había existido en suelo europeo durante casi dos milenios. Uno de los aspectos más singulares de aquel asesinato masivo fue que los judíos jamás constituyeron-excepto en la mentalidad paranoica de los nazis- una amenaza económica, política ni militar contra el Estado alemán. Por el contrario, si hubiera existido un premio Nobel a la identificación apasionada con la lengua y la cultura germánicas antes de 1933, no cabe ninguna duda de que lo habrían ganado los judíos. Estos realizaron, durante la Primera Guerra Mundial, grandes esfuerzos para demostrar su lealtad patriótica y refrendar su condición de alemanes (Deutschtum) en el campo de batalla, y, antes del ascenso de Hitler al poder, se habían sentido enormemente cómodos en lo que consideraban un Estado bien organizado y basado en el imperio de la ley.
Si algo había entre alemanes y judíos, eran notables afinidades que parecían un buen augurio para el futuro común: un gran respeto por la educación, un talante laborioso, la importancia de la familia y un destacado talento para el pensamiento abstracto y especulativo; a unos y otros se los consideraba muy bien dotados para la música, y, a menudo, otras naciones los juzgaban tan indispensables como molestos y tan agresivos como propensos a tener lástima de sí mismos. El Judenhass (judeofobia) y el Deutschenhass (germanofobia) tenían algo más que unos cuantos rasgos en común; sin embargo, como observó con perspicacia Freud, el «narcisismo de las pequeñas diferencias» puede producir grandes odios: en ciertas circunstancias, la proximidad, la afinidad y la asimilación pueden suscitar una reacción violenta, desmesurada e irracional. La «cuestión judía» planteada en Alemania durante los siglos XIX y XX fue precisamente uno de esos casos; se trataba de una amalgama de percepciones falsas, estereotipos y engaños que procedían de múltiples fuentes: el antijudaísmo cristiano, el misticismo neorromántico völkisch y una obsesión racista respecto a los judíos y otros «extraños» que adquirió una especial virulencia en la ideología nazi.8
Ese enfrentamiento imaginario con demonios ficticios y con un miedo (Angst) proyectado hacia el exterior persuadieron al novelista Jacob Wassermann de que la judeofobia era el odio nacional alemán, una ilusión autoinducida y patológica que no solo era irracional sino también impenetrable; los alemanes, según las conclusiones a que llegó en 1921, presentaban una resistencia emocional a la aceptación de los judíos como sus iguales y tendían a convertirlos en los chivos expiatorios de cualquier crisis, fracaso o derrota. El odio a los judíos expresaba todas las frustraciones sexuales, inquietudes sociales, envidias, animosidades, apetencias de sangre e instintos voraces concebibles que los alemanes eran incapaces de exorcizar de otro modo.9 Treinta años antes, el filósofo alemán Friedrich Nietzsche se había mostrado igualmente severo con quienes acosaban a los judíos durante la década de 1880, a los que calificó, con desprecio aristocrático, de Schlechtweggekommene, es decir, fracasados, inadaptados natos, seres envidiosos, llenos de defectos y consumidos de resentimiento neurótico.10
Ese veredicto resultaba aún más notable teniendo en cuenta que, en cierta época, Nietzsche había estado bajo el influjo del compositor Richard Wagner, fons et origo del antisemitismo alemán moderno. Además, para ahondar la ironía, en tiempos posteriores los fascistas y los nazis incorporarían con entusiasmo la propia retórica del filósofo acerca del Übermensch (superhombre), la «bestia rubia» y la «voluntad de poder». No cabe duda de que el ataque despiadado de Nietzsche contra la moral judeocristiana proporcionó una de las fuentes de inspiración más profundas de la revolución nazi; al fin y al cabo, era él quien, como si se tratara de un artículo de fe, había estigmatizado el judaísmo y las enseñanzas evangélicas como el origen de «la revuelta moral de los esclavos»: según explicaba con sentenciosa seguridad, dos mil años atrás, en la Palestina ocupada por los romanos, los judíos habían tramado la mayor subversión de valores de la historia mundial, un acontecimiento completamente funesto y catastrófico que, para él, era la causa del surgimiento de todas las ideologías modernas y «decadentes», como el liberalismo, el racionalismo, el socialismo y la democracia igualitaria de masas.11 En la década de 1930, a los fascistas y los nazis, embriagados por el orgullo desmesurado de su propia deificación, no les resultaría difícil adaptar las ideas nietzscheanas sobre la decadencia moderna a su propio programa totalitario y nihilista.12
No importaba mucho que pocos nazis hubieran leído realmente a Nietzsche ni que algunos hubieran prestado atención a su desprecio hacia los alemanes y su admiración por los judíos: el atractivo residía en la perspectiva de transgresión a gran escala, en la demolición nietzscheana de los últimos tabúes que aún refrenaban el ansia guerrera y bárbara acechante bajo una capa cada vez más tenue de barniz «civilizado». El nazismo, entendido -erróneamente- como un experimento nietzscheano, parecía ofrecer al pueblo alemán un pacto fáustico con el diablo: a cambio de la destrucción de las restricciones morales de la tradición cristiana, quizá se les otorgaría la hegemonía futura sobre los reinos terrenales que otras potencias europeas ya se habían repartido entre ellas.
La demonización de los judíos y el judaísmo adquirió una inmensa importancia simbólica en aquel empeño. Los dirigentes nazis (y Hitler en especial) estaban obsesionados con la doctrina del «pueblo elegido» y su supuesto poder secreto, que interpretaban como una prefiguración de su propia voluntad de mantener separadas las razas, bajo una ley de hierro, hasta el fin de los tiempos,13 y trataron la singularidad de los judíos y el misterio de su supervivencia a lo largo de miles de años como si constituyeran una justificación de las verdades eternas de la sangre y la raza.14 En efecto, el racismo nazi se puede contemplar como una glosa blasfema de la noción judaica de la elección divina, y quizá incluso como una parodia grotesca de la misma; por decirlo con claridad, no podía haber dos pueblos elegidos, y el carácter de las pretensiones mesiánicas de Hitler exigía la eliminación de la nación que, precisamente, había encarnado la elección durante tres milenios. A ojos de Hitler, los judíos eran responsables-o, para ser más exactos, culpables- de haber inventado la propia noción de conciencia moral, en abierto desafío a todos los instintos saludables y naturales,15 y habían legado aquel nocivo ideal al cristianismo y el comunismo, que rivalizaban entre sí con sus sueños respectivos de fraternidad, igualdad y justicia entre los seres humanos. Pese a que en apariencia resultaban incompatibles, aquellas visiones del mundo eran, para los nazis, las dos caras de la misma moneda judaica: unos ideales igualitarios que habían causado sufrimiento, persecución e intolerancia en cantidades incalculables. Además, se acusaba a los judíos de haber alentado de forma deliberada la mezcla de razas y las debilitantes doctrinas democráticas, que no podían sino destruir los fundamentos de la propia cultura humana; para los nazis, había que liberar al mundo de aquellos principios «malignos» para que el género humano pudiera regresar de nuevo a su prístino orden natural. Así pues, la erradicación planificada y sistemática de los valores judaicos precedió a la aniquilación física del pueblo judío y fue un requisito previo y necesario de la misma.
De hecho, a su propia y perversa manera, el nazismo logró comprender algo fundamental acerca del judaísmo y los judíos; en efecto, en el núcleo del judaísmo se encontraba la creencia en una divinidad única y todopoderosa que había creado el universo y había instalado en el centro del mismo al género humano como sostén de la ley moral. La revelación de la ley divina y los diez mandamientos en el monte Sinaí había convertido a los israelitas de la época bíblica en un pueblo vinculado a la Alianza y elegido por Dios para una misión ética específica; no se los había escogido para que conquistaran un imperio, sino para que fueran portadores de una revelación divina que afirmaba que el hombre había sido creado a imagen de su Hacedor, que todo ser humano llevaba consigo una chispa divina y que toda vida era sagrada. El «no matarás» resonó como un llamamiento fuerte y poderoso a favor de un código moral civilizado de la humanidad (que el nazismo invertiría por completo), junto con las prohibiciones universales del adulterio, el robo, la blasfemia y la adoración de dioses falsos. En la doctrina mosaica, se prestaba especial atención a los derechos de los débiles y oprimidos, los huérfanos, quienes habían enviudado o habían sido esclavizados y los forasteros que vivían entre la comunidad; en ese aspecto, el judaísmo era la antítesis del nacionalismo racista y xenófobo al que se adherían los fascistas y los nazis. La exigencia de «justicia, y nada más que justicia» era parte esencial de la Tora (los cinco libros de Moisés). Siempre que los israelitas de los tiempos bíblicos estuvieron en peligro de recaer en la corrupción del culto a dioses falsos, se alzó un profeta para hacerlos volver al camino recto; el grito de Amós -«¡Que fluya, sí, el derecho como agua y la justicia como arroyo perenne!»-es el tema principal de la profecía bíblica. La plegaria amidah del Rosh Hashanah (el Año Nuevo judío) condiciona la realización del reino de Dios en este mundo a la desaparición de la arrogancia, la injusticia y la opresión de la faz de la tierra; en la concepción judaica, ese es el ideal que constituye el objetivo último de la historia humana, y se trata de una meta totalmente incompatible con la visión nazi del mundo. La Tora (completada a lo largo de los siglos por el Talmud y las enseñanzas rabínicas) se convirtió en la constitución y la «ley de vida» del pueblo judío, al cual mantuvo unido durante dos milenios de dispersión: era su «patria portátil» -por expresarlo en las sentidas palabras del poeta germanojudío Heinrich Heine- y también la señal de su vocación de pueblo singular entre las naciones.
Solo en la época de emancipación del siglo XIX, principalmente en las sociedades democráticas de Occidente, los judíos empezaron a redefinirse a sí mismos como un grupo religioso desprovisto de carácter nacional, comparable, en ciertos aspectos, a los católicos o los protestantes.16 No obstante, la mayoría de la diáspora judía, que se hallaba concentrada en asentamientos densos y compactos de Europa Oriental, siguió conservando sus lenguas características (el yiddish, el ladino, etc.) y un código social, un sistema de valores, unas costumbres y unas leyes muy diferentes de las de los pueblos circundantes, como también mantuvo con tenacidad las creencias religiosas que le eran propias. La concepción que tenían los judíos de sí mismos como «un pueblo aparte» se vio aún más reforzada por un intenso sentido de persecución continuada a la cual se los había sometido durante el largo exilio iniciado con la destrucción del Segundo Templo (70 d.C.). De ese modo, la percepción de estar vinculados entre sí como miembros de una misma comunidad de sufrimiento y destino consolidó su identidad en el contexto de la diáspora.
Incluso antes de la pérdida de la independencia nacional, hace cerca de dos mil años, los judíos ya habían exhibido unas capacidades de resistencia y unos instintos de supervivencia formidables cuando hicieron frente a la dominación de grandes imperios de la antigüedad como Egipto, Asiria, Babilonia y Persia. Bajo Judas Macabeo y el clan sacerdotal de los asmoneos, se rebelaron contra el yugo político y cultural del helenismo preponderante, lo cual llevó, en 142 a.C., a un breve restablecimiento de la soberanía política judía en el país de Judea. Posteriormente, prefiriendo el martirio antes que traicionar su fe y su tradición, se alzarían en una serie de revueltas fracasadas contra el poder militar de la Roma imperial. En aquel ambiente mesiánico de repetidas rebeliones judías contra una dominación romana ferozmente represiva, en la Palestina del siglo I surgió el cristianismo, la doctrina de una secta disidente que procedía del judaísmo: no solo Jesús de Nazaret, sino también su madre María, todos sus discípulos y el apóstol Pablo eran judíos de nacimiento. Aquella nueva fe, originada en las doctrinas judaicas -como se relata en los Evangelios-, iba a ejercer una poderosa influencia en la suerte posterior del pueblo judío, disperso y exiliado en una Europa cada vez más cristianizada a partir de Constantino el Grande y del siglo IV d.C.17 Por un lado, durante la Edad Media, a los judíos se les permitiría existir bajo cierta protección de la Iglesia y los gobernantes seglares; la otra cara de la misma moneda sería su abyecta condición teológica de «pueblo maldito» y «asesinos de Dios».18
En el Nuevo Testamento se pueden encontrar distintas referencias a «los judíos» como hijos de «vuestro padre, el diablo» o a la «sinagoga de Satán». Tampoco es casual que Judas, el discípulo que supuestamente traicionó a Jesús por el vil metal, acabara apareciendo como la encarnación colectiva del pueblo judío y como el traidor y cobarde universal por excelencia. En los textos de los Padres de la Iglesia del siglo IV en adelante, se caracteriza de manera continuada y malevolente a los judíos como «asesinos de profetas», «adversarios y aborrecedores de Dios», «enemigos de la fe» o «abogados del diablo», y se los retrata como víboras, calumniadores, escarnecedores, «estímulo de los fariseos», lujuriosos, sensuales, disolutos, mercenarios y corruptos; supuestamente, solo los movían el sexo, el dinero y el poder, es decir, las cosas de este mundo que el cristianismo afirmaba despreciar.19 Con mayor o menor intensidad según el país y las circunstancias, aquel lenguaje plagado de invectivas siguió resonando en el transcurso de los siglos a lo largo y ancho de la mayoría de territorios de la cristiandad. El efecto principal de aquellos ataques furibundos fue el de humillar, desacreditar y deslegitimar la religión original judaica de la cual había surgido el propio cristianismo.20 Una negación tan completa como aquella venía a manifestar que el judaísmo ya no tenía razón de ser después del advenimiento de Cristo, pues la Iglesia se había convertido ahora en el «verdadero» Israel y en depositaria de la Nueva Alianza. Las bendiciones y promesas divinas recibidas por los israelitas en la Biblia hebrea -apropiada como Sagrada Escritura cristiana y venerada como anuncio y confirmación de los Evangelios- se reservaron para la Iglesia y el «pueblo de Dios» (los cristianos gentiles), mientras que las calamidades y maldiciones se aplicaron a los réprobos judíos. ¿Acaso Dios no los había abandonado y los había castigado al vagabundeo y el exilio permanentes por la ceguera que supuso el hecho de no reconocer a Jesús como el Mesías? ¿Acaso no seguirían sufriendo persecución hasta que se convirtieran a la fe verdadera?
A partir de la primera cruzada de 1096 (cuando los ejércitos de los cruzados masacraron a los judíos de Renania por «infieles» y «asesinos de Cristo», antes de perpetrar una carnicería tanto de musulmanes como de judíos durante la conquista de Jerusalén), la acusación teológica de deicidio resultó cada vez más explosiva, mientras se mezclaba con irracionales supersticiones populares.21 El llamado libelo de la sangre que, a partir del siglo XI, se propagó desde Norwich (Inglaterra) hacia el continente europeo se basaba en una pura invención según la cual los judíos necesitaban sangre fresca de niños cristianos para elaborar su matzot (pan ázimo) en la época de la Pascua judía, que solía coincidir con la cristiana.22 Como consecuencia de ello, la desaparición inexplicada de cualquier niño cristiano en época de Pascua podía despertar sospechas de que los judíos lo habían secuestrado y asesinado; aquellos mitos contrarios a la realidad dieron lugar a juicios por asesinato ritual y a pogromos y actos de violencia contra los judíos incluso en los siglos XIX y XX. No menos destructiva resultó la fantasía irracional de que los judíos se dedicaban, de modo deliberado y malévolo, a perforar las hostias de la sagrada comunión para hacerlas sangrar (la llamada «profanación de la hostia»), como si repitieran o volvieran a representar compulsivamente la crucifixión de Jesús. Entre otras siniestras acusaciones medievales contra los judíos, se afirmaba también que habían envenenado los pozos con el fin de causar las epidemias bubónicas de la «peste negra» que diezmaron la sociedad europea del siglo XIV. Asimismo, en la Edad Media se caracterizó de modo persistente a los judíos como usureros equiparables a las sanguijuelas, hechiceros, blasfemos, enemigos insaciables de Cristo y agentes del diablo que tramaban en secreto la ruina de la cristiandad. Solo en un terreno abonado durante siglos con una demonología espantosa como aquella fue posible el surgimiento de la idea del Holocausto, por no hablar de su puesta en práctica con tan escasa oposición.23
Incluso el gran reformador protestante Martín Lutero, pese a su demoledor ataque a la corrupción, las falsedades y las supersticiones que abundaban en la Roma papal de su época, no fue capaz de liberarse de la demoníaca imagen antijudía que había heredado de la Iglesia medieval.24 En su diatriba de 1543 «Sobre los judíos y sus mentiras» (cínicamente empleada para justificar la quema de sinagogas llevada a cabo por los nazis en 1938), Lutero empezaba reiterando la tradicional visión cristiana de los judíos como un pueblo «maldito» y «rechazado». Su «honesto consejo» a los gobernantes alemanes era que prendieran fuego a los lugares de culto de los judíos, derribaran sus hogares, los desposeyeran de sus libros de oraciones, prohibieran a los rabinos la enseñanza («bajo amenaza de muerte») y les confiscaran los pasaportes y privilegios de viaje; asimismo, había que «impedir la usura» de los judíos y obligarlos a «ganarse el pan con el sudor de su frente» trabajando duramente en el campo. Lutero también proponía que los gobernantes seglares de los principados alemanes siguieran el ejemplo de otras naciones, como Francia, España y Bohemia, y expropiaran las posesiones de los judíos con el fin de «expulsarlos del país para siempre». Aquel programa de «clemencia rigurosa», como lo calificaba Lutero, «debería realizarse en honor de Dios y la cristiandad, para que Dios pueda ver que somos cristianos y que no hemos tolerado ni aprobado deliberadamente tales mentiras, maldiciones y blasfemias públicas contra Su Hijo y Sus cristianos …».25
Al igual que los estereotipos despiadadamente negativos del catolicismo medieval que habían modelado su visión, la Reforma protestante alemana de Lutero, con su malevolente caracterización de los satánicos judíos, creó un poderoso arsenal de mitos, imágenes y fantasías sobre cuya base pudo alzarse el antisemitismo nazi. Mucho antes de los nazis, ya se había demonizado a los judíos en polémicas teológicas y sermones, en misterios teatrales medievales, en las artes plásticas, en la narrativa y en el folclore popular como enigmáticas y amenazadoras encarnaciones del mal: eran el «otro» colectivo más potente y odiado en oposición al cual la Europa cristiana podía definirse a sí misma.26 En ocasiones, parecía que se los elevara a la condición de abstracción metafísica que personificaba las fuerzas más siniestras de la herejía, la lujuria y la magia negra; «el judío» se asemejaba a una criatura de naturaleza diferente y apenas humana, si es que lo era en algún sentido. El nazismo secularizó y radicalizó con rotundidad aquella imagen, pero, en lo que se refiere a los estereotipos básicos, lo que inventó fue más bien poco.
El racismo biológico de los nazis sí representó la introducción de un elemento relativamente nuevo en la judeofobia, aunque también esa innovación aparente tenía precedentes cristianos: por ejemplo, en la España católica del siglo XV ya se habían introducido los estatutos de «limpieza de sangre» para distinguir a los «cristianos viejos» de los «nuevos» (los judíos conversos) y contribuir a la erradicación de las influencias «judaizantes».27 La cacería obsesiva de criptojudíos por parte de la Inquisición española, los violentos pogromos que se iniciaron a finales del siglo XIV, los autos de fe y la terrorífica persecución que condujo a la expulsión de ciento cincuenta mil judíos en 1492 constituyeron, en los albores de la modernidad, un presagio del genocidio nazi.28 Sin duda alguna, resulta significativo que aquella caza de brujas ocurriera precisamente en la sociedad europea en la cual los judíos habían disfrutado de su época dorada más extraordinaria, una historia de éxitos que fue un precedente de la «simbiosis» germano-austro-judía de los siglos XIX y XX: también en la España medieval los judíos habían llegado muy lejos por el camino de la aculturación, la integración social y la conversión generalizada, y habían alcanzado posiciones muy destacadas en la literatura, la filosofía, el comercio, los oficios e incluso en el gobierno. La prosperidad y el éxito de los judíos y «cristianos nuevos» españoles suscitó la envidia de sus rivales, así como la hostilidad de la Iglesia católica, temerosa de las semillas de la herejía. De forma no menos importante, la decisión de excluir tanto a judíos como a musulmanes proporcionó a los ambiciosos gobernantes españoles un elemento fundamental para proclamar la unidad del país, que había completado su «reconquista» frente al islam bajo la bandera de la santa fe católica. Como en otros lugares de Europa, la perspectiva inmediata de expropiar las sustanciosas riquezas de los judíos constituyó un indudable incentivo material tanto para los gobernantes como para el populacho.
En contraste con las expulsiones de judíos de Inglaterra (1290), de Francia (1306 y 1332), de los principados alemanes y luego de España y Portugal (a fines del siglo XV), el reino de Polonia acogió inicialmente de forma muy cordial a los judíos, a quienes se consideró un elemento urbano y comercial que podía ayudar a reconstruir una economía devastada tras las invasiones mongolas. Desde el siglo XIV hasta las particiones de Polonia de finales del XVIII, los judíos disfrutaron de un grado de autonomía cuya amplitud no tenía precedentes, bajo la protección de fueros refrendados por los sucesivos gobernantes polacos. Con frecuencia, la nobleza del país los empleó como administradores de sus propiedades y recaudadores de impuestos, y a menudo prestaron sus servicios como intermediarios entre terratenientes y campesinos y también desempeñaron un papel similar en las ciudades, en su calidad de comerciantes y artesanos. En el momento de su apogeo imperial, Polonia se convirtió en uno de los principales centros de la erudición y la espiritualidad de los judíos asquenazíes, y lo seguiría siendo incluso durante la época de decadencia. Por otra parte, las masacres asociadas con el nombre de Bogdan Chelmnicki, dirigente de una revuelta de campesinos ucranianos que en 1648-1649 se alzaron contra la nobleza polaca, constituyeron un recordatorio aterrador de la vulnerabilidad de la posición de los judíos en tierras polacas: entre una cuarta y una tercera parte de los habitantes judíos de Ucrania y Polonia meridional murieron en la carnicería perpetrada por los enloquecidos cosacos ucranianos; se los pasó a cuchillo por considerarlos «asesinos de Jesús» y por actuar como intermediarios recaudadores de impuestos al servicio de los intereses de los odiados terratenientes polacos.29
En Europa Occidental, los judíos entraron de modo definitivo en la edad contemporánea con la Revolución francesa de 1789. Al suprimir todos los privilegios feudales del antiguo régimen -incluyendo la posición especial de la Iglesia católica-, la Asamblea Nacional francesa estableció la igualdad ciudadana de los judíos por vez primera en Europa. La generación revolucionaria que emancipó a los judíos en 1791 había recibido la influencia de los ideales universalistas de la Ilustración: una confianza optimista en la razón, un punto de vista por lo general cosmopolita y la creencia en que los seres humanos podían perfeccionarse por medio de la educación y el cambio de las condiciones sociales. La corriente más radical de la Ilustración ofreció a los judíos la promesa de un nuevo comienzo, en la medida en que estuvieran dispuestos a deshacerse de las trabas de su propia tradición judaica: como declaró enfáticamente en 1789 el conde de Clermont-Tonnerre ante la Asamblea Nacional francesa, «a los judíos se les debería negar todo como nación, pero concedérselo todo como individuos … si no acceden a ello … nos veremos obligados a expulsarlos».30 En el curso del siglo XIX, los judíos de Francia y Europa Occidental se mostraron dispuestos a aceptar aquel contrato de emancipación -los judíos ortodoxos constituyeron una excepción-, aunque ello comportara abandonar su identidad como grupo diferenciado: los atractivos de las incomparables oportunidades individuales, la libertad de movimientos, las nuevas perspectivas profesionales y el acceso ilimitado a una sociedad moderna y secularizada resultaban difíciles de resistir.
Sin embargo, ya a fines del siglo XIX se produjo en Francia una violenta reacción de las fuerzas conservadoras contra el legado de la revolución de 1789 y la emancipación de los judíos que aquella había traído consigo. La Iglesia católica vinculaba a los judíos con la Tercera República, secularizante y anticlerical, que había logrado prevalecer a partir de 1880, y los monárquicos -que soñaban con la restauración monárquica-, los oficiales aristocráticos del ejército resentidos por la derrota de 1870 ante Prusia y una abigarrada reunión de antisemitas y nacionalistas confiaban en poder derrocar la odiada república. Su gran oportunidad llegó cuando, en 1894, se acusó a un joven oficial del ejército, Alfred Dreyfus, que era un judío procedente de Alsacia, de revelar secretos militares franceses al enemigo alemán. La culpabilidad de Dreyfus se convirtió en un dogma de fe no solo para los antisemitas intransigentes -convencidos de que todo judío era un «Judas» en potencia-, sino también para aquellos componentes de la derecha católica y nacionalista que creían que había existido una conspiración deliberada para destruir la nación francesa;31 supuestamente, el complot era una trama de judíos ayudados por masones, protestantes, republicanos radicales anticlericales y socialistas. El mito del judío todopoderoso (personificado por la familia Rothschild y las altas finanzas «judías» internacionales) adquirió nuevo vigor en la década de 1890, y el asunto Dreyfus de la Francia finisecular resultó ser una matriz ideológica para el surgimiento de una amplia variedad de ideas ultranacionalistas y protofascistas en Europa,32 como también constituyó una especie de ensayo general de la política demagógica del antisemitismo al estilo nazi.
El propio término «antisemitismo» había sido acuñado en 1879 por el periodista radical alemán Wilhelm Marr con el fin de distinguirlo de las formas cristianas más tradicionales de animadversión hacia el judaísmo. En efecto, el «antisemitismo» de Marr -dirigido contra los judíos por considerarlos una raza extraña de explotadores «semíticos»- era manifiestamente hostil al catolicismo supranacional y a las religiones monoteístas en general. En un panfleto mediocre pero impactante de 1879, Marr aseguraba que la sociedad alemana ya estaba «judaizada» (una palabra clave para referirse a la victoria del materialismo, del dinero y del capitalismo liberal), y, en tono lúgubre, afirmaba que los judíos habían conquistado Alemania por el procedimiento de hacerse con el control de la prensa y el mercado de valores del país.33 Aquel mismo año, realizaron acusaciones similares el predicador protestante de la corte, Adolf Stoecker -un convincente orador antisemita que acababa de fundar en Berlín el Partido Socialcristiano, basado en sectores de clase media baja-, y Heinrich von Trietschke, el ilustre historiador conservador prusiano que acuñó el eslogan preferido de los nazis: «Los judíos son nuestra desgracia». En el curso de los años que mediaron entre 1880 y 1914, la Alemania imperial se convertiría en el laboratorio predilecto de los antisemitas, tanto cristianos como anticristianos.34 Pese a que aquella judeofobia no era, en modo alguno, «de eliminación» (en el sentido que sostiene Daniel Goldhagen), su alcance y su naturaleza obsesiva desempeñaron un papel en la preparación del camino hacia las tragedias que se avecinaban.35
Hubo otros propagandistas abiertamente racistas, como el anticlerical Theodor Fritsch (1852-1933), cuyo Handbuch der Judenfrage [«Manual sobre la cuestión judía»] conoció el joven Hitler en la Viena anterior a 1914. Fritsch era un publicista infatigable, muy activo en Sajonia, que en 1887 había fundado la editorial Hammer [«Martillo»], dedicada a la literatura antisemita, y había publicado un decálogo racista para consumo popular (Antisemiten-Katechismus, es decir, «Catecismo antisemita», cuyo título sustituyó posteriormente por el ya mencionado de «Manual…»).36 Aquel catecismo advertía de modo terminante a los alemanes que no mantuvieran relaciones sociales, sexuales, comerciales ni profesionales con los judíos y que tampoco consumieran escritos realizados por ellos, «para que su lento veneno no os paralice a ti y a tu familia». El manual de Fritsch tuvo más de cuarenta ediciones e inspiró a un buen número de nazis, quienes posteriormente honrarían a su autor como si se tratara de un veterano estadista. Otros ideólogos antisemitas anteriores a 1914 que gozarían de alta consideración en el Tercer Reich fueron el erudito orientalista Paul de Lagarde, que abogaba por una cristiandad virilmente germánica y desjudaizada y denunciaba los males del liberalismo, el capitalismo y el parlamentarismo occidentales,37 y Eugen Dühring, antiguo socialista y anticristiano vehemente, que exigía medidas radicales que devolvieran a los judíos al gueto y los pusieran bajo una legislación de extranjería discriminatoria. Dühring insistía en que la raza germánico-nórdica solo podría cumplir el destino que le deparaba la evolución cuando por fin se hubiera liberado del yugo del judeocristianismo «semítico».38 Más influyente todavía fue el inglés expatriado y teutomaníaco Houston Stewart Chamberlain, cuyo libro Die Grundlagen des neunzehnten Jahrhunderts [«Los fundamentos del siglo XIX»], publicado en 1899, obtuvo un gran éxito de ventas y estimuló poderosamente el jactancioso imperialismo del emperador alemán, Guillermo II. Chamberlain, wagneriano apasionado y diletante filosófico, vivió lo suficiente para aclamar a Hitler, en 1923, como el futuro «salvador» de Alemania.39
A pesar de la influencia creciente de las ideologías antisemitas en la Alemania imperial anterior a 1914, el Segundo Reich les siguió pareciendo a la mayoría de judíos una sociedad estable, próspera y de alto nivel cultural en la cual se respetaban sus derechos civiles. De modo similar, antes de la Primera Guerra Mundial, las perspectivas de integración en el resto de la Europa Occidental y Central -incluida Austria-Hungría, donde vivían más de dos millones de judíos- parecían prometedoras. Sin embargo, para muchos miembros de aquella comunidad, el conflicto bélico y sus consecuencias representarían una cruel decepción. Los judíos de Galitzia y los que había a lo largo del frente de guerra ruso se encontraron pronto huyendo para salvar la vida, y a menudo fueron castigados como espías y traidores por el alto mando zarista, o bien deportados al interior de Rusia. En Polonia, al terminar la contienda en 1918, la proclamación de la independencia nacional tuvo el acompañamiento de la música estridente de los pogromos contra los judíos, especialmente en lugares de población mixta, donde los polacos consideraban que las lealtades de sus convecinos eran sospechosas.40 Si bien el ejército alemán del frente del Este trató razonablemente bien a los judíos, en 1916 el alto mando emprendió la confección de un censo especial (Judenzählung) de los soldados judíos en servicio activo, supuestamente con el fin de verificar los rumores de elusión de los deberes militares y actividad en el mercado negro. Los resultados nunca se hicieron públicos, aunque doce mil judíos alemanes entregaron la vida por la patria y un número relativamente elevado de miembros de dicha minoría obtuvo condecoraciones por el valor demostrado en el campo de batalla. Tales sacrificios no impidieron que circulara la funesta leyenda de que los judíos (y los marxistas) habían «apuñalado por la espalda a Alemania» durante la guerra, un mito que, a partir de 1918, se convertiría en un arma propagandística muy poderosa en manos de Hitler y la derecha nacionalista alemana.
En noviembre de 1917, se produjeron dos acontecimientos de importancia decisiva para la historia contemporánea judía, que también tendrían que ver con otros hechos que aún estaban por llegar. En Rusia, la revolución bolchevique acabó con el breve experimento de democracia parlamentaria dirigido principalmente por los liberales y socialistas moderados. A pesar de que la revolución comunista consolidó la emancipación de la comunidad judía rusa, concedida diez meses antes con la caída del zarismo, sus consecuencias inmediatas fueron desastrosas para dicha colectividad, pues se tradujeron en los peores pogromos registrados hasta entonces en la historia judía, que causaron, entre 1918 y 1923, más de cien mil víctimas entre la población rusa y ucraniana perteneciente a aquella minoría.41 La mayoría de atrocidades las cometieron los reaccionarios blancos antibolcheviques y el ejército nacionalista ucraniano, para quienes los judíos se habían convertido en sinónimo de la revolución comunista. Si bien aquella amalgama era, lisa y llanamente, un mito, es cierto que durante los primeros tiempos de la Revolución rusa hubo un número desproporcionado de destacados bolcheviques de origen judío que ocuparon puestos clave, aunque ninguno de aquellos judíos «no judaicos» se identificaba en modo alguno con el judaísmo, el nacionalismo judío ni la comunidad judía rusa.42 De modo similar, la mayoría de judíos rusos y ucranianos no simpatizaba en absoluto con la revolución comunista; sin embargo, el salvajismo antisemita de los antibolcheviques que protagonizaron los pogromos acabaron por arrojarlos en brazos de la revolución roja.43 El impacto del espectro bolchevique en Alemania iba a resultar particularmente fatídico: a partir de 1919, el recién creado partido nazi, junto con las numerosas fuerzas derechistas existentes en Alemania (y mucho más allá de sus fronteras), propagó con perseverancia el mito de una conspiración judeobolchevique encaminada a destruir Alemania y la civilización cristiana occidental. Aquella fantasía ideológica se convertiría en una fuerza impulsora fundamental del Holocausto.
El 2 de noviembre de 1917, de forma casi simultánea al triunfo bolchevique en Rusia, el gobierno británico, por medio de su ministro de Asuntos Exteriores, lord Balfour, emitió lo que llegaría a conocerse como Declaración Balfour. El anuncio de que Londres apoyaba públicamente «el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío» coincidió con la conquista de dicho territorio por parte de las tropas británicas, que se lo arrebataron a los turcos otomanos. De aquel modo se echaron los cimientos de lo que en 1922 se convertiría de modo oficial en el Mandato Británico sobre Palestina y finalmente, en 1948, en el Estado de Israel. La Declaración Balfour constituyó la mayor victoria lograda hasta entonces por el movimiento sionista en la escena internacional, pues equivalió a obtener el reconocimiento político de la que a la sazón era la principal potencia imperial del mundo. Irónicamente, aquella prefiguración de la restauración de un Estado judío por primera vez en casi dos mil años se produjo en el mismo momento histórico en que grandes cantidades de judíos, en un número sin precedentes, se estaban matando mutuamente en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. No obstante, el sionismo ofreció la perspectiva de una nueva fuerza centrípeta que podía trascender las influencias centrífugas y desintegradoras de la modernización sobre la sociedad judía tradicional.
En Alemania y otros lugares, la actitud de los nazis, los nacionalistas y los antisemitas ante el experimento sionista fue más ambivalente que respecto al comunismo. En cierto sentido, el sionismo podía interesar a los antisemitas por tratarse de un movimiento que pretendía la emigración de los judíos; de hecho, entre 1933 y 1939, a ojos del régimen nazi Palestina apareció incluso como un cómodo vertedero donde arrojar a los molestos judíos. Sin embargo, había también una interpretación más siniestra del sionismo como un instrumento político de la tentativa judía de lograr la «dominación del mundo»; esa fue la visión que, en la década de 1920, propusieron Hitler y el destacado ideólogo nazi Alfred Rosenberg:44 para ellos, el sionismo no hizo sino reforzar el estereotipo de la doblez de la lealtad de los judíos y alimentar el mito conspirativo de un ansia insaciable de poder por parte de dicho pueblo.
Después de 1918, con la desintegración de los imperios otomano, ruso, austrohúngaro y alemán, el mapa de Europa cambió de modo irrevocable y surgieron o se restauraron Estados-nación independientes como Polonia, Checoslovaquia, Yugoslavia, Rumanía, Hungría y los Estados bálticos, en la mayoría de los cuales existían numerosas minorías étnicas y religiosas, así como poblaciones judías de dimensiones considerables. Aquellos países -viejos y nuevos a un tiempo- engendraron nacionalismos étnicos y ferozmente exclusivistas y regímenes cada vez menos tolerantes y más autoritarios, todos los cuales recelaban profundamente de los judíos, a quienes consideraban «intrusos». No solo se los juzgaba «diferentes» y poseedores de sus propias lealtades de grupo, sino que también se los veía como molestos competidores económicos o bien como peligrosos radicales subversivos. Poco después de la Primera Guerra Mundial, en Polonia, Rumanía y Hungría -que en conjunto poseían, en la década de 1930, una población judía de cuatro millones y medio de personas- se introdujeron cupos muy severos para restringir su acceso a las universidades. Los judíos se vieron exprimidos por la política fiscal de los gobiernos y sometidos a discriminación laboral, y, con frecuencia, resultaron vulnerables a los efectos del derrumbe bursátil de Wall Street y la Gran Depresión de los años treinta.45 El empobrecimiento de las masas judías intensificó los efectos de la legislación hostil y alimentó el ambiente cada vez más nacionalista y antisemita que pretendía excluir tanto como fuera posible a los judíos de la vida económica.
Polonia fue uno de los países que, en la Europa de entreguerras, se mostraron más impacientes por impulsar una partida masiva de los judíos que habitaban en su seno. En octubre de 1938, el embajador polaco en Gran Bretaña propuso que se permitiera el traslado de los judíos de su país a Rodesia del Norte y colonias similares, a razón de cien mil por año; en caso contrario, según declaró, el gobierno polaco se sentiría «inevitablemente obligado a adoptar la misma clase de política que el gobierno alemán y, de hecho, a acercarse a dicho gobierno en la política general». Lo cierto era, con todo, que el antisemitismo polaco, a pesar de ciertas similitudes con la versión nazi alemana, difería de ella en una serie de aspectos significativos. En primer lugar, la «cuestión judía» polaca poseía las características de un auténtico problema de minorías, en un Estado poco asentado y multiétnico donde los polacos todavía representaban, en 1931, menos del 65 por ciento de la población.46 Además, ante la amenaza de unos vecinos tan poderosos como Alemania y la Rusia bolchevique, muchos polacos experimentaron sentimientos manifiestamente paranoicos respecto a los grupos de otras etnias que habitaban en su Estado recién restaurado, y los contemplaron como una quinta columna en potencia. Los judíos, que representaban entre un cuarto y un tercio de la población de grandes ciudades como Varsovia, Lodz, Lvov, Cracovia y Lublin, fueron objeto de especiales sospechas de deslealtad o indiferencia hacia los intereses nacionales polacos.47 Aquello tuvo consecuencias verdaderamente inquietantes: para la naciente clase media polaca, los judíos, muy urbanizados, constituían peligrosos competidores en los negocios; las élites dominantes, conservadoras y clericales, los veían de modo invariable como criptobolcheviques, mientras que a ojos del campesinado y los pequeños comerciantes no eran sino explotadores extranjeros.48
Según afirmaba en 1936 el cardenal Hlond, primado de Polonia, era un hecho comprobado que «los judíos se oponen a la Iglesia católica, están imbuidos de librepensamiento y representan la vanguardia del movimiento ateo, del movimiento bolchevique y de la acción subversiva». El cardenal Hlond no se olvidaba de mencionar la acusación clásica de que los judíos estaban implicados en la «trata de blancas» y la difusión de pornografía, cometían fraudes y se dedicaban a la usura, así como a socavar, de modo general, la moral cristiana.49 En cuanto al antisemitismo racista y biológico de índole pseudocientífica, hay que reconocer que en la católica Polonia estaba menos extendido que en su vecina, la Alemania nazi; asimismo, no se veía con buenos ojos la violencia contra los judíos. Sin embargo, una vez Hitler hubo accedido al poder en 1933, en Polonia los ánimos hacia los judíos se hicieron más belicosos, especialmente entre la derecha nacionalista (los «nacionaldemócratas» o Endecja) y los componentes de sus ramificaciones fascistas y vandálicas.50 A fines de los años treinta ya se estaban produciendo pogromos en zonas rurales, en las universidades polacas había «bancosgueto» reservados a los estudiantes judíos51 y, lo que era aún más grave, entre los políticos polacos se intensificaba la pugna por ver quién podía proponer una solución más contundente a la «cuestión judía», ya fuera a través del boicoteo económico, ya de la exclusión social, la discriminación legal o la expulsión en masa.
Polonia no era el único lugar donde, a fines de los años treinta, se estaban dando pasos para restringir el acceso de los judíos a las actividades profesionales y reducirlos a una ciudadanía de segunda clase, sino que lo mismo sucedía en Rumanía, Eslovaquia e incluso Italia. Se trataba de una señal ominosa de lo que vendría a continuación. Los judíos se hallaron cada vez más impotentes frente a aquella tendencia paneuropea a despojarlos de los derechos cívicos y políticos que tanto les había costado conquistar; existía una presión masiva y creciente para imponer un numerus clausus radical que bloqueara tanto sus posibilidades educativas como las económicas y, de aquel modo, forzara a emigrar a gran número de ellos.
La relativa debilidad de la respuesta de los judíos fue un reflejo de su aversión y su incapacidad respecto a la acción política organizada y efectiva en defensa de sus intereses vitales como grupo, unas características que se remontaban a tiempos muy antiguos y que se prolongarían hasta el Holocausto. En Occidente, la política del contrato de emancipación -y, seguidamente, de asimilación- permitió la presión individual entre bastidores y también la actividad filantrópica, pero no una política étnica de autoafirmación. El movimiento nacional judío, que precisamente abogaba por esta última línea de acción, siguió constituyendo una tendencia minoritaria en el mundo judío hasta que el triunfo de Hitler empezó a justificar muchos argumentos sionistas. En aquellos momentos, sin embargo, resultaba ya claro que era demasiado tarde para hacer algo positivo que fuera más allá de organizar a la desesperada una migración legal (o ilegal) a la Palestina controlada por los británicos. Ahora bien, la toma de decisiones en Oriente Medio seguía en manos de una élite británica básicamente preocupada por las razones de Estado y por sus propias consideraciones de conveniencia imperial;52 en Palestina, dicha élite tenía ante sí a una comunidad judía bien organizada pero que aún no disponía de Estado soberano y ejército propios, ni de un conjunto de objetivos políticos sobre los que hubiera un acuerdo claro. El Yishuv de Palestina era reducido desde el punto de vista numérico y débil desde el económico, estaba dividido en facciones políticas enfrentadas entre sí, dependía de la buena voluntad británica y se enfrentaba a una mayoría árabe hostil.
Incluso la comunidad judía norteamericana, pese a que en 1939 era ya la más rica, numerosa y fuerte del mundo, distaba mucho todavía de ser el grupo de presión organizado, pujante, disciplinado y unido de la época de posguerra, capaz de influir en la política exterior de Estados Unidos. Por el contrario, estaba tan falta de unidad y confianza en sí misma y tan acobardada por el ascenso del antisemitismo norteamericano durante los años de la Depresión, que fue incapaz de desafiar seriamente las draconianas restricciones a la inmigración que contribuyeron a sellar el destino de sus correligionarios europeos.53 Algo muy parecido podría decirse de la comunidad anglojudía, de menores dimensiones (trescientas treinta mil personas), aunque algunos judíos sí lograron desempeñar, a título individual, un papel destacado en la vida pública británica durante los años de entreguerras.54
La misma impotencia caracterizaba a los más de tres millones de judíos de Polonia, a pesar de la representación organizada con que contaban en los ámbitos local y parlamentario de aquella sociedad. La comunidad judía polaca era un microcosmos de la mundial, con su realidad política turbulenta, ingobernable y polarizada desde el punto de vista ideológico, cuajada de disputas intestinas entre los extremos derechista e izquierdista, religioso y laico y sionista y antisionista. La política de «nacionalidad» de los judíos polacos tenía escasas posibilidades de éxito frente a la hostilidad de los gentiles, aunque el Bund o Unión Socialista Judía sostuvo una enérgica autodefensa contra la violencia antisemita.55 En cualquier caso, aceptaran la legalidad o fueran revolucionarios, optaran por la integración o fueran nacionalistas, antes de 1939 los judíos de la Europa Central y Oriental tuvieron pocas oportunidades de defenderse de la marea antisemita que iba en ascenso; a partir de la fecha mencionada, aquella lucha desigual se haría cada vez más desesperada, con un bando -los alemanes- fuertemente armado y el otro -los judíos- esencialmente indefenso. Aquella enorme disparidad de fuerzas no hizo sino incrementar el sadismo de los nazis, quienes aseguraban estar luchando contra un enemigo omnipotente, aunque este, de modo manifiesto, no estuviera en condiciones de protegerse.
De 1939 en adelante, la impotencia de los judíos se agravó debido a la hostilidad de las poblaciones locales, especialmente en Europa Oriental, y la disposición de las mismas a colaborar con los alemanes en la «solución de la cuestión judía». Ello fue cierto incluso en Polonia, que luchó contra los nazis desde el primer hasta el último día de la guerra, no produjo colaboracionistas destacados y generó el mayor movimento de resistencia de toda Europa. Hubo algunos antisemitas polacos que no solo lucharon contra Hitler sino que incluso salvaron judíos, aun tratándose de una acción que podía castigarse con la muerte. Sin embargo, pese a que el sufrimiento de los polacos bajo la ocupación nazi solo se vio superado en sus dimensiones por el de los judíos, también ellos fueron hostiles o indiferentes respecto a sus convecinos pertenecientes a aquella colectividad, cuando no cometieron actos abominables contra ellos, como también lo hicieron los lituanos, letones, estonios, ucranianos, bielorrusos, rumanos, húngaros y muchas otras nacionalidades europeas.
En un texto escrito en 1944, mientras se ocultaba en la zona «aria» de Varsovia, el historiador judío polaco Emanuel Ringelblum comentaba con amargura: «El verano pasado, cuando los carros repletos de hombres, mujeres y niños judíos recorrían las calles de la capital, ¿era realmente necesario que las risas de las turbas enloquecidas resonaran desde el otro lado de los muros del gueto …?».56
Ya en octubre de 1940, Ringelblum se había desahogado en su diario explicando que había «un número considerable de elementos antisemitas que han colaborado con los alemanes a la hora de promover la guerra contra los judíos».57 Bajo el control germano, la radio, el sistema público de megafonía, las exposiciones especiales, los folletos, las hojas volantes y los carteles difundieron un mensaje de odio que sintonizó poderosamente con la población local, ya intoxicada del antisemitismo de la «prensa canallesca» en lengua polaca.58
Mordekhai Tenenbaum, comandante de la Organización Judía Combatiente del gueto de Bialystok, fue aún más crítico con el comportamiento de los polacos mientras los trenes de la muerte viajaban hacia Treblinka y otros lugares de exterminio; según sostenía, de no haber sido por la ayuda pasiva y activa de los polacos, «los alemanes nunca habrían sido tan efectivos como eran» a la hora de localizar judíos. «Eran los polacos quienes gritaban “yid” cada vez que un judío se escapaba del tren que lo transportaba hacia las cámaras de gas, eran ellos quienes capturaban a aquellos pobres desgraciados y quienes se regocijaban con todos los infortunios».59
En 1940, el intrépido agente polaco Jan Karski había observado, en un informe dirigido a su gobierno en el exilio, que la «cuestión judía» era como «un estrecho puente sobre el cual los alemanes y una gran parte de la sociedad polaca se encuentran en armonía».60 Zofia Kossak-Szczucka, una ferviente católica que era miembro del Consejo de Ayuda a los Judíos (Zegota) fundado a finales de 1942, quedó profundamente conmocionada por la descomposición moral generada entre las masas polacas por el «silencio universal y ominoso» que rodeó la masacre de millones de judíos; también advirtió con horror la ausencia de protestas procedentes de Inglaterra, Estados Unidos, las organizaciones judías internacionales y la Iglesia católica, pero lo que la preocupaba por encima de todo era el alma de Polonia: «La participación forzosa de la nación polaca en el espectáculo sangriento que está teniendo lugar en suelo polaco puede engendrar fácilmente indiferencia ante el crimen, sadismo y, sobre todo, la peligrosa convicción de que es posible asesinar al vecino de modo impune».61
Un asesinato de la mayor vileza fue, precisamente, lo que los habitantes polacos de Jedwabne (a unos cien kilómetros de Bialystok) perpetraron contra casi la totalidad de sus mil seiscientos convecinos judíos el 10 de julio de 1941, poco después de la invasión de la Unión Soviética por los alemanes. Mientras estos se dedicaban a mirar, limitándose a filmar los acontecimientos con finalidades propagandísticas, los aldeanos polacos masacraron a los judíos con hachas, palos, cuchillos y garrotes erizados de clavos; a los hombres les cortaban la lengua o les arrancaban los ojos, violaban y asesinaban a las mujeres y arrojaban al suelo a los bebés y los pisoteaban hasta matarlos. A algunos judíos, después de golpearlos salvajemente, los hicieron formar en fila en la plaza del mercado y los forzaron a confesar que ellos «habían causado la guerra»; a otros grupos los obligaron a desnudarse, cantar, bailar y realizar «ejercicios insanos» mientras los espectadores, campesinos polacos entre los que había mujeres y niños, aplaudían. Un grupo de jóvenes judíos recibió órdenes de cargar con una gigantesca estatua de Lenin -de la época de la ocupación soviética- y arrastrarla hasta el cementerio judío, donde les dieron muerte de inmediato. Luego, todos los judíos que quedaban, tambaleantes a causa de los salvajes golpes recibidos, fueron obligados a entrar en un establo cercano, al cual se le prendió fuego con ayuda de queroseno para quemarlos vivos.62
Los polacos corrientes que llevaron a cabo las barbaridades descritas en el breve libro de Jan Gross sobre Jedwabne no eran distintos, en lo que se refiere a su brutal sadismo, de los verdugos alemanes analizados por Daniel Goldhagen, quien ha tendido a exagerar los elementos exclusivamente germanos del Holocausto. Es posible que el resentimiento hacia quienes habían colaborado con los ocupantes soviéticos y habían huido después de la invasión alemana de junio de 1941, añadido a la identificación -estereotípica en Polonia- de los judíos con el comunismo, constituyera un factor de exacerbación, pero no fue la causa de la masacre.63 Tuvo más importancia la potente combinación del antisemitismo de preguerra del que era portador el nacionalismo radical de la Endecja con un catolicismo primitivo y profundamente reaccionario, mezclados a su vez con la pura codicia y el deseo de saquear las propiedades de los judíos, una posibilidad abierta por la guerra alemana contra la Unión Soviética.64 En otros lugares de la región de Bialystok hubo pogromos de bestialidad similar, llevados a cabo por polacos de zonas rurales y en presencia de espectadores entusiastas que reían a carcajadas y aplaudían mientras los judíos caían bajo los golpes despiadados de los asesinos. Por expresarlo en palabras de un testigo presencial, «la semilla del odio cayó en un terreno bien abonado, que el clero había preparado durante muchos años. La masa enloquecida y sedienta de sangre se lo tomó como un desafío sagrado que la historia le había impuesto: librarse de los judíos. El deseo de apoderarse de las riquezas de aquella comunidad estimuló aún más sus apetencias».65
Aquello ya era el Holocausto en miniatura, y dejaba al descubierto las capas más arcaicas que había en la base de aquella empresa monstruosa, así como el uso que en ella se hacía de armas primitivas o muy antiguas. No fue más que un pequeño episodio de la guerra asesina de Hitler contra los judíos, pero pronto se producirían escenas similares por toda Europa.
2 De Weimar a Hitler

En cuanto al objetivo y la misión finales del movimiento völkisch germánico, por lo que se refiere a los judíos … se trata de barrer la plaga judía del este de Europa con una escoba de hierro. Hay que realizar un trabajo impecable.
Editorial del Völkische Beobachter,
10 de marzo de 1922

… queremos señalar al judío como inspirador, causante y beneficiario de esa terrible catástrofe [la guerra civil española] … ese es el enemigo del mundo, el destructor de culturas, el parásito que habita entre los pueblos, el Hijo del Caos, la encarnación del mal, el fermento de la descomposición, el versátil genio corruptor de la humanidad.
JOSEPH GOEBBELS, en el congreso
del partido nazi celebrado
en Nuremberg en septiembre de 1937

Y cuando oía que se echaba a los judíos de sus trabajos y sus casas y se los encerraba en guetos, en mi mente el matiz cambiaba de modo automático … Solo se perseguía y se «dejaba sin casa» al «Judío».
MELITA MASCHMANN,
jefa de la Liga de Muchachas Alemanas
de las Juventudes Hitlerianas

La malograda República de Weimar se estableció después de 1918 sobre el telón de fondo de unos traumas nacionales sin precedentes: en los alemanes pesaban gravemente la derrota inesperada en la Primera Guerra Mundial, la abdicación del emperador, la amenaza de la revolución comunista en su propio país, la humillación del Tratado de Versalles y la perspectiva del pago de exorbitantes reparaciones de guerra a los aliados occidentales. El espectro del caos económico y político solo podía beneficiar a los enemigos de la república, en especial a los que formaban parte de la derecha nacionalista,66 que condenaban al nuevo sistema político como responsable de la firma de un tratado que había aceptado la «culpabilidad de guerra» alemana y lo acusaban de la importante pérdida de territorios, la «vergüenza» de un ejército cercenado y la dependencia de los préstamos extranjeros. Un nuevo golpe contra la república lo propinaron la inflación masiva de 1923 y el consiguiente colapso monetario, que tuvieron un efecto devastador sobre las clases trabajadoras, así como para muchos componentes de las capas medias de la sociedad alemana, que perdieron los ahorros de toda su vida. Si bien entre 1924 y 1928 la República de Weimar gozó de un breve período de estabilidad económica y política, había cambios poco visibles pero importantes que ya estaban debilitando el espacio de centro de la política alemana. Los partidos de talante más liberal, como los demócratas y el Partido Popular Alemán, perdían apoyos sin cesar, y lo mismo les sucedía a los nacionalistas conservadores, cuyo porcentaje de votos ya había descendido en 1928 del 20 por ciento al 14 por ciento. También los socialdemócratas, el partido dominante durante los primeros años de la república, empezaron a perder votos, principalmente en beneficio de los comunistas, que nunca les perdonaron que en 1919 hubieran aplastado -con la ayuda del ejército y de los Freikorps paramilitares- la posibilidad de una revolución proletaria en Alemania.67 Por su parte, el Partido de Centro católico, cuya base electoral permanecía estable, ya no estaba dispuesto a formar coalición con los socialistas, y empezó a desplazarse hacia la derecha.
Los judíos alemanes, que sumaban poco más de medio millón de personas, constituían un grupo muy reducido respecto de la población del país (menos de un 1 por ciento en los años veinte), y se orientaban claramente hacia el espacio de izquierda liberal del espectro político alemán, aunque disponían de escasa influencia política, por más que las leyendas antisemitas aseguraran lo contrario. No obstante, destacaban de manera desproporcionada en los ámbitos de la edición, el periodismo, las artes, la profesiones liberales, la banca privada y el pequeño y gran comercio, incluida la propiedad de los grandes almacenes de reciente creación. En 1933, el 11 por ciento del total de médicos alemanes eran judíos, como también lo era el 16 por ciento de los abogados; la visibilidad que ello comportaba resultaba aún mayor en las grandes ciudades como Berlín. No cabe duda de que el antisemitismo de la clase media alemana -un sentimiento especialmente extendido entre los médicos, abogados, tenderos, artesanos, pequeños empresarios, académicos y estudiantes- recibió el estímulo de los celos y la envidia profesionales hacia unos competidores más exitosos;68 también se vio alimentado por la propaganda intensiva que, a partir de 1918, llevaron a cabo las organizaciones antisemitas völkisch (racistas), que marcaron a los judíos con el estigma de haberse dedicado a acaparar para enriquecerse en tiempo de guerra, a actividades en el mercado negro y a la especulación bursátil, así como con el de ser responsables de la derrota en la Primera Guerra Mundial. Una serie de crisis económicas y políticas acaecidas entre 1918 y 1923 exacerbaron aquellos sentimientos de rencor y los llevaron hasta extremos febriles.69
Uno de los estribillos constantes de la derecha política consistía en destacar el papel prominente que habían desempeñado socialistas radicales y comunistas de origen judío en las abortadas revoluciones alemanas de 1918-1919, una circunstancia que, según el parecer de muchos ciudadanos del país, confirmaba la idea de que los judíos eran el fermento de la actividad subversiva y la revolución. Así, por ejemplo, la revuelta espartaquista de Berlín -un alzamiento comunista- estuvo dirigida por la internacionalista Rosa Luxemburg, que había nacido en Polonia y, al igual que varios de los primeros dirigentes del KPD (el Partido Comunista Alemán), era judía, aunque estaba apartada por completo de sus orígenes. Por lo que se refiere a Munich, la capital de Baviera, Kurt Eisner, el primer socialista independiente que ocupó el cargo de primer ministro de la región, no solo era judío sino también un intelectual bohemio, berlinés y pacifista que había publicado distintos documentos en los cuales atribuía a Alemania la responsabilidad de la Primera Guerra Mundial;70 tales características lo convertían en un símbolo casi ideal para concitar el odio de los elementos conservadores y antirrepublicanos de la sociedad bávara. Las clases medias fueron presas de un pánico aún mayor cuando, en 1919, se estableció en Munich una efímera república de carácter soviético en algunos de cuyos puestos dirigentes había también judíos rusos; aquel poder fue aplastado de inmediato, siguiendo instrucciones de los socialdemócratas, por los Freikorps locales, que llevaron a cabo una venganza asesina. En el transcurso de 1918 y 1919, algunos de los revolucionarios judíos más destacados, como Rosa Luxemburg, Gustav Landauer, Kurt Eisner y Eugen Leviné, y otros muchos judíos radicales como el socialista independiente Hugo Haase cayeron brutalmente asesinados o fusilados, una suerte que también corrió el dirigente espartaquista Karl Liebknecht, que no era judío.71 Aquella oleada de crímenes culminó en 1922 con el asesinato del primer judío que había llegado a ser ministro de Asuntos Exteriores de Alemania, el industrial Walter Rathenau -un personaje versátil y profundamente asimilado-, a manos de jóvenes fanáticos de la derecha nacionalista. Rathenau, un ardiente patriota prusiano que había contribuido en gran medida a la eficiencia de la economía alemana durante la guerra, fue demonizado como «sabio de Sión» y «bolchevique judío» por sus asesinos rubios y de ojos azules; su muerte fue un presagio inquietante para la comunidad judía alemana.72
La afluencia masiva de judíos polacos empobrecidos que se estaba produciendo en Berlín a principios de la década de 1920 constituía otro fenómeno preocupante. Con frecuencia, aquellos Ostjuden (judíos del Este) carecían de empleo y se hallaban desorientados a causa de las convulsiones y revoluciones que sacudieron Europa Oriental durante la posguerra. Además, eran unos extraños desde el punto de vista cultural y ofrecían un blanco fácil para las acusaciones xenófobas de parasitismo económico (que también los socialdemócratas lanzaron contra ellos). Durante la República de Weimar, llegaron a representar aproximadamente una quinta parte de la población judía de Alemania. Los componentes más asimilados y establecidos de la comunidad judía germana tendieron a creer que el resurgimiento del antisemitismo respondía principal o incluso únicamente al problema que representaban los Ostjuden, pero ello resultó ser un trágico autoengaño.
De las numerosas y dispares sectas y agrupaciones antisemitas völkisch que proliferaron como secuelas de la guerra y la derrota, la más agresiva era el Partido Nacional Socialista Obrero Alemán (NSDAP en sus siglas alemanas, o, para abreviar, partido nazi), fundado en Munich en 1919. Su programa oficial, aprobado el 24 de febrero de 1920, proponía «la unión de todos los alemanes en el seno de una Gran Alemania», sobre la base de la autodeterminación nacional. El partido exigía la revocación del Tratado de Versalles, así como territorios que resolvieran el exceso de población que sufría Alemania; también abogaba por la destrucción del «yugo del capital-interés» y el impulso generalizado de las nacionalizaciones y el reparto de beneficios, la reforma agraria, la municipalización de los grandes almacenes y otras medidas de tono radical. El artículo 4 del programa del NSDAP dejaba claro que únicamente las «personas de sangre alemana» podían ser nacionales (Volksgenossen) y, por lo tanto, ciudadanas del Estado; ello excluía de modo automático a los judíos, a quienes en el futuro solo se permitiría vivir en Alemania en calidad de huéspedes «sujetos a la legislación de extranjería». El artículo 23 recalcaba que «todos los directores y redactores de los periódicos en lengua alemana deben ser de raza alemana», y también preveía leyes contra las «tendencias del arte y la literatura que ejercen un efecto destructivo sobre nuestra vida nacional» (una referencia implícita a los judíos). El artículo 24 indicaba que el NSDAP propugnaba un «cristianismo constructivo» y luchaba «contra el espíritu judeomaterialista en el interior y en el exterior» del país.73
Hasta 1930, el partido nazi no pasó de ser un grupo völkisch menor aunque muy ruidoso que siguió defendiendo -sin mucho éxito- una forma nacionalista de socialismo que reposaba sobre unos acérrimos fundamentos antisemitas. Entre 1919 y 1924, permaneció confinado en Baviera y captó principalmente a antiguos soldados, anticomunistas, antisemitas y una mezcolanza de elementos desclasados que se sintieron atraídos por los vagos eslóganes referentes a una «revolución nacional». Sin embargo, su principal dirigente, Adolf Hitler, un agitador austríaco estridente y cautivador que tenía poco más de treinta años y había sido cabo del ejército alemán durante la Primera Guerra Mundial, ya había logrado, en cierta medida, llamar la atención del país: los días 8 y 9 de noviembre de 1923, junto con el general Von Ludendorff, un antiguo héroe de guerra, Hitler -que a la sazón contaba treinta y cuatro años- había tratado de hacerse con el poder en Baviera, con la esperanza última de marchar sobre Berlín y derrocar la República de Weimar. El putsch que habían planeado fracasó rotundamente cuando la policía de Munich disparó contra Hitler y sus seguidores mientras estos desfilaban por el centro de la ciudad; los golpistas se dispersaron, sumidos en cierta confusión. Tras su detención, Hitler se las arregló, con la ayuda de un juez comprensivo, para convertir el juicio al que se lo sometió en una soflama contra los «traidores de 1918», un proceso público a la democracia de Weimar y una plataforma para sus opiniones nacionalistas y antisemitas extremas. A pesar de que se lo declaró culpable de alta traición, se lo condenó tan solo a cinco años de cárcel, de los cuales cumplió únicamente nueve meses en la prisión de Landsberg, donde, en 1924, escribió Mein Kampf [«Mi lucha»]; aquel libro incoherente, primitivo y pobremente escrito estaba llamado a convertirse en la biblia del movimiento nazi y también en un texto fundamental del antisemitismo.
En su calidad de autobiografía política, Mein Kampf nos ofrece una visión imprescindible de los orígenes de Hitler y de las influencias que, en el transcurso de su formación, modelaron su concepción del mundo. Adolf Hitler nació en la pequeña localidad de Braunau del Inn, situada en la frontera de Austria con Baviera, el 20 de abril de 1889. En sus años de adolescencia, que en parte pasó en Linz, recibió la influencia de la ideología pangermanista del político extremista Georg von Schönerer, el nacionalista alemán más destacado de Austria, que era partidario del Anschluss (unión) de los dos estados germánicos en un gran Reich o imperio alemán (en 1938, Hitler haría realidad aquel sueño de juventud). El rencoroso Schönerer odiaba con todas sus fuerzas a los cosmopolitas Habsburgo -la dinastía reinante en Austria-, a los checos y otras nacionalidades eslavas vecinas -que amenazaban la hegemonía alemana-, a la Iglesia católica romana y, de modo especial, a los judíos.74 Como reconoce con franqueza en Mein Kampf el propio Hitler, este recibió una poderosa influencia del antisemitismo racista intransigente de Schönerer. En 1885, el líder pangermanista austríaco había proclamado el antisemitismo como «el pilar principal de una auténtica mentalidad popular y, por lo mismo, como el mayor logro de este siglo».75 Schönerer convirtió su defensa de la «germanidad» en cuestión de fe y, ya desde los inicios de su carrera política, incorporó una cláusula «aria» que vetaba a los judíos -incluso a aquellos que profesaban el nacionalismo alemán más ardiente- la pertenencia a su movimiento. Hitler asumió íntegramente los postulados radicales de Schönerer sobre la necesidad de un antisemitismo étnico intransigente -basado en la sangre y la raza-, adoptó su odio hacia la «prensa judía» y la «socialdemocracia dirigida por judíos», y participó de su aversión por el sufragio universal; además, no fue menos mordaz que él respecto al parlamentarismo, la democracia liberal y la casa de Habsburgo, a la cual consideraba responsable de haber traicionado al Volk alemán. El joven Hitler aprendió a identificarse con el culto germánico al Führer (líder) y adoptó el saludo alemán de Schönerer: Heil!76
Otro importante modelo a imitar para el joven Hitler, al cual dedicó muchas páginas de Mein Kampf, fue el alcalde de Viena, Karl Lueger, un personaje extremadamente popular y elegante que era líder del Partido Socialcristiano. El alcalde vienés había accedido al poder, en gran medida, gracias al uso hábil y demagógico que hizo del antisemitismo, y concentró sus ataques en el papel destacado de los judíos en la prensa liberal, el mercado de valores, la banca y el capitalismo industrial.77 En su propaganda, Lueger fusionaba el prejuicio católico contra los «asesinos de Cristo» con los resentimientos anticapitalistas más modernos de una clase media baja en declive y enfrentada a la crisis económica; además, mezcló con gran destreza el antisemitismo religioso y económico con los sentimientos xenófobos de muchos vieneses respecto a los judíos del Este, que en 1900 ya representaban el 25 por ciento de la vigorosa comunidad judía de la ciudad, formada por ciento setenta y cinco mil personas. Hitler admiraba enormemente el virtuosismo político de Lueger y el celo reformador que caracterizó su ejercicio como alcalde de Viena,78 y absorbió de él la lección de que el antisemitismo podía ser un instrumento de movilización de masas extremadamente efectivo, pues permitía cristalizar los resentimientos del «hombre de a pie». Sin embargo, le desagradaban el oportunismo acomodadizo que se ocultaba tras la política de Lueger respecto a los judíos y los eslavos, la negativa del alcalde vienés a adoptar el principio racial y su estrecha alianza con la Iglesia católica, si bien apreciaba la sagacidad táctica que inspiraba aquella estrategia en el contexto de la Austria de preguerra. Según la opinión de Hitler, el problema principal era que el antisemitismo de Lueger ofrecía aún a los judíos una escapatoria por la vía del bautismo; sencillamente, no era lo bastante radical: «Faltaba la convicción de que se trataba de una cuestión vital para toda la humanidad y de que el destino de todos los pueblos no judíos dependía de su solución».79
La otra gran influencia sobre la visión de Hitler acerca de los judíos la constituyó el compositor nacionalista alemán Richard Wagner, cuyas óperas conocía de memoria y cuyos escritos consumió con avidez a una edad muy temprana.80 La intensidad de la identificación emocional de Hitler con Wagner, cuyas diatribas contra el papel corruptor de los judíos en la música y el arte conocía sin duda alguna, le confirió una importancia especial a ese nexo: los pasajes de Mein Kampf que aseguran que «el judío» jamás ha producido ninguna clase de arte creativo por sus propios medios -menos que en cualquier otro ámbito, en la música (!) y la arquitectura- y describen su actividad cultural «parasitaria» en un lenguaje excepcionalmente malevolente podrían estar plagiados literalmente de textos del compositor.81 Para Richard Wagner, los judíos representaban la «conciencia maligna de nuestra civilización moderna» o, por citar una frase muy repetida por los nazis, «el versátil genio corruptor de la humanidad».82
Sin embargo, el antisemitismo de Hitler presentaba rasgos distintivos que no deberían pasarse por alto. Uno de esos elementos, que él mismo relacionaba de modo directo con «la instrucción visual de las calles de Viena», fue su encuentro -que él narra de manera estilizada- con los judíos ortodoxos de Galitzia, procedentes de Europa Oriental y vestidos con sus caftanes. Según relata, aquella «aparición en caftán negro y con bucles de pelo negro» lo hizo reflexionar, en primer lugar, acerca de la condición de extranjero del judío y preguntarse si era posible que aquel extraño ser fuera alemán.83 Al parecer, el impacto fue instantáneo: «Por unas cuantas monedas, compré los primeros panfletos antisemitas de mi vida». Una vez hubo empezado a tomar en consideración la «cuestión judía», nos cuenta Hitler, dondequiera que fuera «comenzaba a ver judíos, y cuantos más veía, más distintos aparecían a mis ojos del resto de la humanidad».84 El clímax de aquel psicodrama, que, según su propio relato -no exento de cierto histerismo-, lo hizo dejar de ser un «cosmopolita débil de carácter» para convertirse en un antisemita «fríamente racional», fue la comprensión de la naturaleza «judaica» de la socialdemocracia internacionalista austríaca: «cuando identifiqué al judío como líder de la socialdemocracia, se me cayó la venda de los ojos. Una larga lucha espiritual había llegado a su conclusión».85
Por supuesto, no hay que tomar al pie de la letra todo el relato «autobiográfico» de Hitler acerca del modo en que adquirió su judeofobia por las calles de la Viena prebélica: no cabe duda de que tenía interés en proyectar retrospectivamente y también racionalizar su antisemitismo con el fin de demostrar su lógica férrea y su continuidad. Sabemos que, en realidad, en la Viena de preguerra Hitler frecuentó bastante la compañía de judíos y les confió la venta de sus dibujos para tarjetas postales y sus pinturas.86 No obstante, mucho de lo que escribe no deja de tener visos de autenticidad, y constituye un reflejo de que, en la capital austríaca, la «cuestión judía» y el antisemitismo tenían mayor protagonismo que en otros lugares, especialmente en comparación con la Alemania imperial. La dimensión de represión sexual presente en la judeofobia de Hitler parece también notable: «Con una expresión de gozo satánico en su rostro, el joven judío de pelo negro acecha a la espera de la confiada doncella a la que deshonra con su sangre, secuestrándola así de su pueblo. Por todos los medios, trata de destruir los fundamentos raciales del pueblo que se ha propuesto subyugar».87 Hitler trazaba un paralelismo directo entre aquellas fantasías racistas extremadamente personales extraídas de las callejas de la Viena imperial y la ocupación posbélica del Ruhr por las tropas negras de la Francia colonial; en ambos casos, veía una conspiración judía oculta tras una supuesta amenaza de causar la «degeneración» de la raza «aria» con el fin de esclavizarla: «Fueron y son los judíos los responsables de la introducción de los negros en Renania, siempre con la misma idea secreta y el claro propósito de destruir la raza blanca mediante la degeneración necesariamente resultante …».88
Mein Kampf es un texto impregnado de obsesiones sobre la «pureza racial» y también del principio, característico del darwinismo social, de la lucha implacable de toda nación (Volk) por su propia preservación. En el caso del Volk alemán, su exigencia esencial debía ser, por encima de cualquier otra, la adquisición de más espacio vital (Lebensraum) en el Este, a expensas de la Rusia soviética, el amenazador bastión del comunismo internacional. Así pues, por razones ideológicas, económicas y geopolíticas, Hitler llamó, desde principios de la década de 1920, a una guerra sin cuartel contra «la doctrina judaica del marxismo», que impugnaba «la relevancia de la nacionalidad y la raza», negaba el valor de la personalidad y se oponía a las «leyes eternas de la naturaleza» con sus doctrinas igualitarias.89 En una profecía apocalíptica de la clase de las que invocaría con frecuencia a partir de 1939 siempre que se refiriera a la «solución final» de la «cuestión judía», Hitler escribía en Mein Kampf: «Si, con la ayuda de su credo marxista, el judío logra la victoria sobre los demás pueblos del mundo, su corona será la corona fúnebre de la humanidad … Por eso hoy creo que estoy actuando de acuerdo con el deseo del Creador todopoderoso: al defenderme del judío, estoy realizando la obra del Señor».90
Pese a que Hitler había abandonado la sencilla fe católica de su juventud, en ese y otros pasajes pueden hallarse toscos ecos de creencias populares cristianas, transmutadas en la nueva «religión política» del nacionalsocialismo.91 Al reivindicar la sanción «divina» para su lucha contra los judíos y el «marxismo judaico», Hitler indicaba que consideraba aquella batalla política como una cruzada o guerra santa en la cual no cabía ninguna clase de compromiso. La «guerra contra los judíos» era un asunto existencial de vida o muerte, una cuestión de «todo o nada» en la cual se hallaba en juego el mismo futuro de la civilización.92 Había también otros temas afines que, de modo retrospectivo, parecen prefigurar el Holocausto, como, por ejemplo, la afirmación en Mein Kampf de que, durante la Primera Guerra Mundial, deberían haberse gaseado entre doce mil y quince mil judíos («hebreos corruptores»), con lo cual «el sacrificio de millones de hombres en el frente no habría sido en vano».93 Por supuesto, ello no significa necesariamente que ya en 1924 Hitler previera gasear judíos; no obstante, es importante comprender la clase de lógica peculiar del líder nazi para captar todas las implicaciones de aquella declaración: al igual que muchos soldados desmovilizados de su generación, estaba convencido de que, en 1918, la patria alemana había sufrido la traición de pacifistas y marxistas, deliberadamente incitados por los judíos; era preciso impedir que aquella «traición» volviera a repetirse jamás, como Hitler le haría constar con toda claridad al ministro de Asuntos Exteriores checo a principios de 1939: «Vamos a destruir a los judíos. No van a librarse del castigo por lo que hicieron el 9 de noviembre de 1918».94 Para Hitler, el 9 de noviembre no solo simbolizaba la ignominia de la derrota y la rendición alemanas, sino también el caos de la revolución comunista y el advenimiento de la odiada «república judía»; al fin y al cabo, él había entrado en la actividad política para asegurarse de que aquello no volvería a suceder jamás. De todo lo anterior cabía deducir que solo un golpe preventivo, consistente en gasear a los judíos, podría impedir la repetición de «la puñalada por la espalda» y garantizar la futura victoria alemana.
En la mente de Hitler, la guerra, la revolución y los judíos estaban inseparablemente unidos. De modo bastante revelador, su primera declaración conocida sobre asuntos políticos aparece en una carta relativa a «cuestión judía», fechada el 16 de septiembre de 1919, que define a la comunidad judía como un grupo estrictamente «racial» y no religioso. Con una horripilante metáfora, Hitler describe las acciones de dicha colectividad como causantes «de una tuberculosis racial de los pueblos».95 Desecha los pogromos como una respuesta meramente «emocional» al problema, y exige un «antisemitismo racional» que imponga una ley de extranjería a los judíos, con el fin de revocar sus «privilegios especiales». El objetivo final, según le escribe al destinatario de la carta, «debe ser la extirpación [Entfernung] completa de los judíos».96 Aquel término ambiguo podría significar su emigración forzosa, su exterminio o quizá una combinación de ambas soluciones.
Los discursos pronunciados por Hitler a principios de los años veinte, al igual que los de otros destacados nazis del sur de Alemania como Alfred Rosenberg, Julius Streicher o Hermann Esser, insisten de forma machacona en la necesidad de adoptar medidas implacables y sistemáticas contra los judíos: apartarlos de cualquier empleo público, de las redacciones de los periódicos, de los teatros y del cine, «eliminar» el espíritu judío de la cultura alemana y destruir su supuesto poder político por el procedimiento de suprimir los partidos marxistas. En Mein Kampf, como en muchos de sus discursos, Hitler evocaría el espectro de la Rusia bolchevique, donde «el judío» (comparado con frecuencia con un vampiro o un parásito gigantesco) había «asesinado o hecho morir de hambre a unos treinta millones de personas con un salvajismo verdaderamente fanático, a veces en medio de torturas inhumanas, con el fin de proporcionar a una cuadrilla de periodistas y bandidos bursátiles judíos el dominio sobre un gran pueblo». En su inédito Libro secreto de 1928, Hitler daba aún más detalles acerca del significado de la tiranía «judeobolchevique»: «Por lo tanto, el propósito de la lucha mundial de los judíos será siempre una bolchevización sangrienta. En realidad, ello significa la destrucción de todas las clases superiores intelectuales ligadas a sus pueblos, de modo que él [el judío] pueda convertirse en el amo de una humanidad que se habrá quedado sin líderes».97
De aquel modo, el marxismo quedaba reducido a un arma terrorífica que los judíos habían aplicado sin piedad a la destrucción de una «Rusia intrínsecamente antisemita» y a la extirpación de la intelectualidad nacional y las clases altas rusas. Las atrocidades masivas cometidas en «esa lucha judía por la hegemonía en Rusia significaron entre veintiocho y treinta millones de personas muertas. Ello representa quince veces más de lo que le costó la guerra mundial a Alemania».98 La revolución bolchevique no solo había destruido el matrimonio, la moral sexual y los lazos del orden social, sino que también había provocado deliberadamente una «degeneración caótica» que dejaba a los judíos como su «único cemento intelectual». La conclusión inequívoca que Hitler extraía de lo que calificaba de genocidio judeobolchevique -y que consideraba como «el crimen más terrible de todos los tiempos contra la humanidad»- era que únicamente el movimiento nacionalsocialista podía impedir una victoria de los judíos en la lucha encarnizada que «se está librando en la actualidad en Alemania».99 Para Hitler, Alemania fue siempre el país fundamental que decidiría si el comunismo (y el judaísmo) iba a lograr o no el triunfo. El problema era que incluso los partidos burgueses eran instrumentos de los judíos: «el judío» no solo contaba con el apoyo del marxismo, los demócratas y el «llamado centro cristiano», sino también de «los partidos nacionales burgueses de las llamadas ligas patrióticas nacionales»; en una palabra, de la totalidad del espectro político parlamentario. Por lo tanto, en su guerra total contra los judíos, el nacionalsocialismo debería destruir por completo el «sistema» de Weimar y reemplazar sus cimientos podridos por una implacable dictadura racista.
Resulta evidente que el discurso nazi sobre aquellas cuestiones se había distanciado cualitativamente y había ido más allá de los temas habituales del antisemitismo anterior a 1914, fuera este cristiano o anticristiano. Hitler había adoptado una concepción política sobre los judíos que, en el fondo, derivaba de la experiencia de la guerra: había asumido un universo mental de Sieg oder Untergang (victoria o perdición) en relación con el comunismo y los judíos. Además, a estos últimos los deshumanizaba de modo constante por medio de un lenguaje zoológico que los calificaba de raza inferior, de «plaga» de la que había que hacer limpieza o también de gérmenes, bacilos y microbios que atacaban y envenenaban el organismo hasta que se los erradicaba.100 Se presentaba a la comunidad judía como el equivalente de una peste bubónica medieval, con la salvedad que, en este caso, las metáforas médicas se habían modernizado y evocaban enfermedades mortales como el cáncer o la tuberculosis. En el discurso nazi, se aludía de modo invariable al «judío» como un arquetipo al cual se ajustaban todos los judíos, fueran occidentales u orientales, hombres o mujeres, laicos o religiosos, asimilados o no, burgueses o proletarios; según la ideología nazi, incluso los judíos bautizados estaban irrevocablemente contaminados por el estigma de la sangre degenerada. Se percibía a los judíos como una «contrarraza» diametralmente opuesta a los «arios» alemanes, y se los consideraba intrínsecamente destructivos, parasitarios y agentes de descomposición (Zersetzung).101
En virtud de su intelecto abstracto, su egoísmo mercenario y su mentalidad corrupta, los judíos constituían un especial peligro para las mujeres alemanas. En Der Stürmer, la más pornográfica de todas las publicaciones antisemitas de los nazis, Julius Streicher se especializó -con gran deleite por parte de Hitler- en ampliar los detalles referentes a la supuesta patología sexual del «peligro judío». Streicher acusó con regularidad a los judíos de violar a jóvenes alemanas y explotarlas como prostitutas, resucitó el libelo de la sangre medieval según el cual raptaban niños alemanes para llevar a cabo asesinatos rituales, e incluso aseguró que trataban deliberadamente de emponzoñar la sangre de las mujeres alemanas por medio de las relaciones sexuales.102Der Stürmer se recreaba, por ejemplo, en las absurdas teorías expuestas por el autor racista Arthur Dinter en su novela El pecado contra la sangre (1918), que obtuvo un gran éxito de ventas. Dinter había asegurado con toda seriedad que bastaba con que una mujer alemana hubiera mantenido relaciones sexuales con un judío una sola vez en cualquier momento de su vida para que transmitiera los caracteres hereditarios judíos incluso a los hijos que concibiera de padres alemanes. La carga sexual del antisemitismo nazi se manifestaba en la insistencia sobre el hecho de que el judío perseguía deliberadamente -y de forma planificada- «el emponzoñamiento de la sangre», en un intento de destruir la familia y el Volk alemanes. Para Hitler, atormentado por las dudas acerca de su propia «pureza racial» y la posible mancha de la sangre judía en sus orígenes familiares, aquellas obsesiones poseían una significación especial:103 el puritanismo sexual exagerado y dominado por la culpabilidad, el deseo profundamente arraigado de vengarse de las privaciones y la humillación social que habría sufrido en el pasado, junto con una fijación morbosa por la sangre y la raza, intensificaron la dimensión irracional y extremista de su judeofobia.
Ahora bien, ¿hasta qué punto podían compartir otros grupos de la sociedad alemana tales obsesiones personales?, ¿en qué medida el antisemitismo paranoico ayudó a Hitler a conquistar el poder, si es que lo hizo de algún modo? Probablemente, resulta imposible medir de alguna manera convincente su impacto consciente o subconsciente sobre los alemanes. Sí sabemos que las consecuencias de la Primera Guerra Mundial impulsaron a muchos antiguos soldados desengañados no solo a despreciar la república de la posguerra y a sus políticos democráticos, sino también a culpar a los judíos de la debacle de 1918. Los nacionalistas de derecha, los monárquicos conservadores y los miembros de las viejas élites, asustados por la revolución bolchevique en Rusia y por la perspectiva de que se repitiera en Alemania, fueron a menudo receptivos al mito de una conspiración judía. Entre las clases modestas, había muchas personas que creían verdaderamente que los judíos habían obtenido ganancias irregulares de la propia guerra o las reparaciones. También había quienes se sentían molestos por la inmigración judía procedente del Este o creían que el capital bursátil y bancario se hallaba principalmente en manos de financieros judíos. Aquellos argumentos tenían poco de nuevos, y hacía mucho tiempo que atraían a artesanos y pequeños comerciantes empobrecidos.104 Ahora, sin embargo, en el ambiente caldeado de los primeros años de la posguerra, el antisemitismo extremo parecía estar rompiendo con fuerza sus límites tradicionales: se extendía desde el medianamente respetable DNVP (Deutschnationale Volkspartei, Partido Popular Nacional Alemán) hasta los clubes estudiantiles, donde era especialmente violento; penetraba en las iglesias y hallaba eco en los esfuerzos de los comunistas por jugar la carta nacionalista denunciando al «capital financiero judío».105 La célebre y escandalosa falsificación antisemita de origen ruso, los Protocolos de los sabios de Sión, traducida al alemán poco después de la guerra, se convirtió con rapidez en un éxito de ventas.106 En 1933, ya había en Alemania más de cuatrocientas asociaciones y entidades antisemitas, así como unas setencientas publicaciones periódicas antijudías. Parte de aquella literatura panfletaria era manifiestamente grosera y difamatoria y, en tonos histéricos que evocaban Der Stürmer, retrataba a los judíos no solo como una amenaza económica y política, sino también como un peligro para las mujeres alemanas y la pureza de la raza. Los medios de opinión más respetables y conservadores deploraban la permisividad de costumbres, la cultura modernista y la actividad política radical del Berlín de los años veinte, que atribuían a la influencia judía y marxista.107
Por otra parte, a lo largo de toda aquella década, el voto a los nazis siguió siguiendo modesto. Incluso en las elecciones al Reichstag celebradas en 1928 no obtuvieron más que ochocientos mil votos y tan solo una docena de escaños. El provecho que obtenían los nacionalsocialistas con el empleo del antisemitismo parecía escaso fuera de ciertas regiones en las cuales ya existía una tradición histórica previa o donde lo favorecían factores locales. Así, el eco que halló el antisemitismo fue poderoso en Franconia, Hesse, Westfalia y algunas zonas de Baviera, pero quedó relativamente amortiguado en Renania, Baden, Württemberg o Schleswig-Holstein. Aun entre los miembros corrientes del partido nazi, solamente un irreductible sector minoritario -aunque muy ruidoso- consideraba el antisemitismo como la cuestión principal. Probablemente, a la hora de atraer nuevas adhesiones al movimiento, aquel tema era menos importante que el anticomunismo, el nacionalismo o el desempleo. Sin embargo, no cabe duda de que, en la agitación que llevaron a cabo los nazis entre los estudiantes de enseñanza secundaria y universidad, el antisemitismo constituyó un arma crucial de reclutamiento que los ayudó a «conquistar» una posición dominante en las universidades alemanas ya en 1930.108 De forma parecida, la difusión que realizaron del mensaje antijudío logró cierto éxito entre las asociaciones profesionales de médicos y maestros: dado que, durante la República de Weimar, los judíos estaban bien representados en las profesiones liberales, las universidades y la vida cultural, en aquellos ámbitos resultaba relativamente sencillo prender la llama de la envidia competitiva contra ellos.
La penetración de los nazis en las zonas rurales y en sectores de la clase media urbana, justo en el momento en que, a partir de 1929, la Gran Depresión empezó a hacerse sentir en Alemania, contribuye a explicar el extraordinario incremento de votos que consiguieron en las elecciones de septiembre de 1930: el movimiento experimentó un salto espectacular de 12 a 107 escaños en el Reichstag (con un 18,3 por ciento del total de votos), hecho que lo convirtió en el segundo partido de Alemania. Dos años después, en julio de 1932, los nazis ascendieron definitivamente a la condición de partido más representado en el Reichstag, con un 37,3 por ciento de los votos y 230 escaños, lo cual constituyó su mejor resultado electoral bajo condiciones estrictamente democráticas. El asombroso cambio experimentado por la suerte de los nazis había coincidido con su emergencia como partido de amplio espectro que apelaba al ideal unificador de la Volksgemeinschaft (comunidad nacional): aparecían como un movimiento que, a diferencia de todos sus rivales, era capaz de trascender las barreras regionales, de clase, religiosas y partidarias. Si bien los nazis lograron un impacto escaso en las sólidas bases electorales de los partidos católico y socialista, conquistaron gran parte del voto de la juventud, de los componentes descontentos del Mittelstand -seguidores desilusionados de los debilitados partidos de la clase media-, de algunos sectores de trabajadores desempleados y no cualificados, y también de un gran número de electores campesinos.109 Para conseguir aquel interés tan amplio, Hitler concentró con mayor intensidad su mensaje en el nacionalismo integral y, entre 1930 y 1933, se aplicó a moderar temporalmente el vigoroso antisemitismo que era parte esencial de su concepción del mundo.
Hitler no tuvo ningún problema en adaptar la propaganda nazi al objetivo supremo de alcanzar el poder por medios legales, una vez se dio cuenta de que el antisemitismo no era el elemento más efectivo con el que contaba para captar votos ni la cuestión principal que preocupaba al electorado alemán a principios de los años treinta. En su lugar, subrayó el firme rechazo de una democracia parlamentaria que había fracasado de modo palpable, reconoció la urgente necesidad de regenerar la vida económica para hacer frente al desempleo masivo y adaptó su mensaje al anhelo de estabilidad, ley y orden que experimentaban tantos alemanes corrientes. También supo tocar con extraordinaria habilidad la fibra sensible del orgullo alemán herido y la humillación nacional que se remontaba a 1918, al mismo tiempo que ofrecía la promesa de un despertar redentor que sacaría a los alemanes de las profundidades de la desesperación. En aquel contexto político, el antisemitismo constituía un complemento crucial, pero no un elemento decisivo; no obstante, fue empleado con gran efectividad para exacerbar los agravios locales, para satisfacer los afanes anticapitalistas radicales de las bases de las SA y para reforzar las campañas callejeras contra los partidos marxistas. Ahora bien, Hitler era demasiado perspicaz para permitir que ello interfiriera en el complejo juego político que lo llevaría al poder en enero de 1933.
Fueron las maniobras entre bastidores de los políticos conservadores autoritarios, los industriales acaudalados y los dirigentes del ejército las que, de modo inesperado, le allanaron el camino a Hitler.110 Durante un breve período, cuando, en las elecciones de noviembre de 1932, el voto de los nazis cayó y su representación en el Reichstag se redujo a 196 escaños, pareció posible que ya hubieran dejado atrás su momento de apogeo. Ahora bien, la camarilla conservadora que aspiraba a manipular a los nazis en beneficio de sus propias y mezquinas intenciones soñaba con propinar el golpe de gracia al sistema parlamentario de Weimar y aplastar de modo definitivo a los partidos de izquierda, y confió imprudentemente en su propia capacidad de controlar los acontecimientos. Aquellas élites reaccionarias que siempre habían despreciado la república creyeron que podrían domesticar a Hitler y convencerlo de que cumpliera sus órdenes. En ese aspecto, resultó especialmente ingenuo el ex canciller y dirigente del Partido de Centro católico, Franz von Papen, que necesitaba con urgencia del atractivo electoral de Hitler para favorecer sus propias ambiciones, ya que él carecía de cualquier clase de apoyo popular. Decidido a vengarse de su odiado rival, el general Von Schleicher, y a apartarlo de la cancillería, Von Papen promovió con entusiasmo una coalición de nacionalistas y nazis, y persuadió al anciano presidente Von Hindenburg de que la aceptara, aunque fuera a regañadientes. El 30 de enero de 1933, Hitler se convirtió en canciller y Von Papen en vicecanciller de un gabinete que incluía otros ocho conservadores y tan solo dos ministros nazis más; sin embargo, en la nueva era de la comunicación de masas, dicha aritmética gubernamental contaba relativamente poco. En el transcurso de aquellas maniobras entre bastidores de las camarillas de la derecha conservadora alemana, la «guerra contra los judíos» de los nazis quedó temporalmente suspendida; no fue la primera ni la última vez que sucedió tal cosa. La «cuestión judía», tan esencial en las preocupaciones de Hitler, se subordinó discretamente a la tarea inmediata de «adueñarse del poder». Sin embargo, cualquier ilusión de que la asunción del gobierno pudiera moderar la política nazi respecto a los judíos quedaría rápida y cruelmente defraudada.
El acceso de Hitler al poder en enero de 1933 marcó el final de la emancipación judía en Alemania. Durante los seis años que siguieron, un siglo entero de integración de los judíos en la sociedad germana iba a quedar anulado de forma completa y brutal. Desde el principio, los nazis instauraron una orgía de terror dirigida contra oponentes políticos y judíos, a quienes se sometió a la violencia arbitraria de los matones que integraban las bandas de merodeadores de las SA. El 1 de abril de 1933, el gobierno alemán declaró oficialmente un boicot económico de un día contra las tiendas y negocios judíos, organizado por el fanático Julius Streicher y concebido, en apariencia, como una forma de «autodefensa» frente a las «historias de atrocidad» antialemanas que supuestamente inspiraban los judíos en el extranjero. El ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, afirmó que el boicot era una acción de masas «espontánea», pero tal cosa resultó desmentida por la respuesta colectiva de los alemanes, que fue, sin duda alguna, desigual. Con todo, para los judíos alemanes constituyó una tremenda conmoción el hecho de convertirse de la noche a la mañana en las víctimas señaladas del odio alentado por el gobierno y en rehenes cuya seguridad estaría condicionada, a partir de aquel momento, a la «buena conducta» de sus correligionarios en el mundo exterior. Al cabo de menos de una semana, la nueva «Ley para la Renovación de la Función Pública Profesional» hizo pasar a la situación de retiro a los funcionarios de origen «no ario». Por deferencia hacia la sensibilidad del presidente Von Hindenburg como mariscal de campo y héroe de guerra, se eximió durante un tiempo de dicha legislación a los veteranos de guerra judíos, cuyo número relativamente elevado sorprendió, al parecer, a los nazis. Otras leyes excluyeron del ejercicio profesional a 1.400 abogados y 381 jueces y fiscales judíos; a fines de 1934, ya se había inhabilitado al 70 por ciento de los abogados judíos y al 60 por ciento de los notarios del mismo origen. A mediados de 1935, más de la mitad de los médicos judíos de Alemania habían sido ya apartados de su profesión; al cabo de menos de cinco años, la depuración de facultativos había quedado completada.111
Goebbels adoptó con rapidez medidas contra miles de académicos, artistas, periodistas y escritores judíos, algunos de los cuales eran laureados del Nobel o gozaban de fama internacional; Albert Einstein no fue sino el más celebre de los numerosos científicos e intelectuales destacados que emigraron: tan solo en 1933, no menos de dos mil académicos judíos siguieron su ejemplo. En conjunto, durante el primer año de gobierno nazi, abandonaron Alemania unos cuarenta mil judíos; los jóvenes y solteros eran quienes tenían más posibilidades de iniciar una nueva vida en el extranjero. La depuración en el ámbito artístico y cultural resultó especialmente veloz: la nueva Cámara de Cultura del Reich, creada por Goebbels en septiembre de 1933, excluyó de inmediato a los judíos de la actividad profesional en el teatro, la industria cinematográfica y la música, y una Ley Nacional de Prensa les impidió asimismo ejercer como periodistas. El resultado fue una sangría de talentos sin precedentes, en la cual las pérdidas de Alemania se convertían en ganancias para las democracias occidentales, en especial para Gran Bretaña y Estados Unidos. Sin embargo, los nazis no lo veían del mismo modo: el 6 de abril de 1933, Hitler había explicado a representantes de la asociación médica de Berlín que la exigencia por parte de Alemania «de un liderazgo intelectual propio y peculiar debe atenderse eliminando previamente de la vida cultural e intelectual a los intelectuales judíos superfluos».112
En mayo de 1933, como si quisiera subrayar aquel tema, Goebbels declaró solemnemente, en el curso de una ceremonia de quema de libros en la capital, que «la época del exagerado intelectualismo judío ha terminado para siempre». Los libros de destacados autores judíos y gentiles -sobre todo los considerados «decadentes» u opuestos a la ideología nazi- fueron arrojados a las llamas en las plazas de ciudades de todo el país, ante multitudes entusiastas de alemanes a cuya cabeza se hallaban, de modo destacado, los estudiantes universitarios. Junto con las obras de subversivos «judíos» tan bien conocidos como Marx, Freud, Einstein, Tucholsky, Heinrich Heine y León Trotski, también los textos de autores no judíos como Thomas Mann, Bertolt Brecht, Erich Maria Remarque, Erich Kästner y H. G. Wells fueron pasto del fuego en una inmolación gigantesca de lo que ahora se calificaba de «literatura antialemana». En contraste con el boicot económico, ni las quemas de libros ni las depuraciones en los ámbitos artístico o científico suscitaron protestas públicas de ninguna clase. La política de «arización» cultural parecía ser popular y se hacía eco de la creencia, muy antigua y arraigada entre un gran número de alemanes, de que los judíos gozaban de una representación excesiva en aquellas áreas, y también ofrecía la tentadora promesa de nuevas oportunidades profesionales para los alemanes ambiciosos que no fueran judíos.
Las respuestas de los judíos a aquellos ataques fueron de una enorme variedad. Algunos quedaron completamente asombrados ante la violencia repentina adquirida por el antisemitismo alemán a partir de 1933, y hubo quienes confiaron en que acabaría pasando, como si se tratara de una pesadilla. Los optimistas se convencieron con facilidad de que Hitler no era más que una aberración temporal, un fenómeno anormal que o bien no duraría mucho tiempo en el poder o bien se vería obligado a moderar su política por obra de sus aristocráticos socios de coalición. Había quienes se habían dedicado a poner en pie negocios familiares a lo largo de generaciones o tenían vínculos demasiado estrechos con la lengua y la cultura alemanas, y, por lo tanto, no podían concebir ninguna clase de alternativa. Estaban los ancianos, para quienes parecía impensable un nuevo comienzo, y también los que se hallaban excesivamente bien instalados, quienes tenían demasiadas propiedades que perder o los que, sencillamente, eran incapaces de imaginar cualquier clase de vida social fuera de Alemania. A principios de enero de 1939, al cabo de seis años de persecución humillante y degradante, un judío alemán converso y asimilado como el filólogo Victor Klemperer era todavía capaz de escribir lo siguiente en su diario:113
Antes de 1933 y, por lo menos, durante más de un siglo hasta esa fecha, los judíos alemanes eran enteramente alemanes y nada más. Demostración: los miles y miles de personas que tenían la mitad, un cuarto o alguna parte de sangre judía o eran «de ascendencia judía», prueba de que judíos y alemanes vivían y trabajaban juntos sin fricciones en todas las esferas de la vida alemana. El antisemitismo, que siempre estuvo presente, no demuestra en absoluto lo contrario, ya que las desavenencias entre judíos y «arios» no eran ni la mitad de importantes que, por ejemplo, las existentes entre protestantes y católicos, o entre empleadores y empleados, o entre prusianos del este, por ejemplo, y bávaros del sur, o renanos y berlineses. Los judíos alemanes eran un componente de la nación alemana, al igual que los judíos franceses formaban parte de la nación francesa, etc. Desempeñaban su papel en la vida de Alemania, y en modo alguno constituían una carga para el conjunto. Rara vez su cometido era el de obreros, y menos aún el de jornaleros agrícolas. Eran y siguen siendo (aun cuando ahora ya no lo deseen) alemanes, principalmente intelectuales y personas formadas.
Para judíos totalmente germanizados como Klemperer, la «cuestión judía» alemana era por completo artificial, basada en un concepto zoológico de «pureza de sangre» que no tenía nada que ver con la realidad. Por eso no resulta sorprendente que Klemperer desdeñara la solución sionista al problema judío y la considerara «algo propio de sectarios», un salto atrás en la historia, un absurdo «contrario a la naturaleza», e incluso un crimen contra la razón: «Me parecería una completa locura», comentaba, «que ahora hubiera que crear Estados específicamente judíos en Rodesia o en cualquier parte. Equivaldría a permitir que los nazis nos hicieran retroceder miles de años».114
Sin embargo, eran quienes, como Klemperer, se aferraban a toda costa a Alemania los que parecían estar perdiendo cada vez más el contacto con los acontecimientos. A fines de 1933, casi el 10 por ciento de los judíos alemanes ya había huido del país para dirigirse, en su mayoría, a estados vecinos como Francia, Bélgica, Suiza y Holanda, si bien aquellas sociedades se hallaban también paralizadas por la depresión económica y en ellas no se acogía de forma precisamente calurosa a los refugiados judíos. Además, al convertirse en refugiados tenían que renunciar a gran parte de sus propiedades, confiscadas por las autoridades alemanas, lo cual hacía mucho más difícil la emigración. Los nazis consideraban con cinismo que, cuanto más necesitados estuvieran los refugiados judíos, mayor carga representarían para los potenciales países anfitriones, con lo cual fomentarían los sentimientos antisemitas en el mundo exterior. La política de cupos de inmigración y puertas cerradas de Estados Unidos y muchos otros países -incluidos los que, como Canadá, Australia y Sudáfrica, eran dominios británicos poseedores de grandes territorios y poblaciones poco densas- parecía confirmar aquella apreciación. A pesar de todo, cerca de doscientos mil judíos abandonaron Alemania durante los seis primeros años de gobierno nazi, y otros ochenta y dos mil emigraron de Austria en 1938. De todos los refugiados judíos, el grupo mayor (formado por ciento treinta y dos mil personas) fue el que encontró un nuevo hogar en Estados Unidos, mientras que cincuenta y cinco mil emigraron a la Palestina controlada por los británicos, cuarenta mil a Inglaterra y veinte mil a Argentina y Brasil; otros nueve mil fueron a Shangai, a siete mil se los aceptó en Australia y a cinco mil más en Sudáfrica. Sin embargo, las cifras absolutas resultan engañosas si no se tienen en cuenta las dimensiones, la población y los recursos de los países receptores.
Palestina, designada como «hogar nacional judío» por el Mandato de la Sociedad de Naciones, empezó a aparecer como una perspectiva cada vez más realista para muchos judíos alemanes a partir de 1933: las opciones alternativas se estaban reduciendo con rapidez. Los nazis, de hecho, alentaron la emigración judía a aquel territorio, pues la veían como una forma de lograr una Alemania judenrein (libre de judíos).115 El Tercer Reich llegó incluso a firmar con la dirección sionista de la comunidad judía palestina (la Agencia Judía) un acuerdo de «transferencia» (Ha’avara) que autorizaba a los judíos a llevarse una parte de su capital en forma de bienes alemanes. Aquel acuerdo, muy criticado, permitiría que miles de judíos emigraran a Palestina, donde reforzaron de modo significativo la comunidad judía gracias a su aportación numérica, de fuerza de trabajo bien formada y de capacidades técnicas y organizativas. Pese a que los nuevos inmigrantes solo recuperaron una parte de su dinero, salieron mejor parados que si se hubieran dirigido a otros destinos para los cuales no existían arreglos de aquella clase y, sobre todo, salvaron la vida gracias a que se hallaban más alejados físicamente del Reich nazi que si hubieran ido a países europeos vecinos de Alemania. Por supuesto, en el caso de que el VIII Ejército británico no hubiera derrotado a Rommel en los desiertos norteafricanos a fines de 1942, incluso aquella salida habría resultado menos afortunada.
En la esfera económica, Hitler no dejó de actuar con cautela contra los judíos, siguiendo el consejo experto de su ministro de Economía, Hjalmar Schacht,116 que era muy consciente de la vulnerabilidad financiera de Alemania y de la importancia vital de acabar con el paro masivo. Por dicha razón, la legislación gubernamental se dirigió principalmente contra los pequeños comerciantes y profesionales judíos, en lugar de hacerlo contra las entidades bancarias, grandes almacenes o compañías de propiedad judía que resultaban importantes para la economía alemana. Con todo, y a pesar de esas limitaciones, en 1935 ya se había desmantelado o «arizado» a precio de saldo cerca de una cuarta parte de las empresas judías. Fue solo a partir de junio de 1938, una vez se hubo logrado la completa recuperación económica del país (y en un momento en que los nazis ya eran más o menos indiferentes a la opinión internacional), cuando se acometieron por fin el expolio y la expropiación sistemáticos de las propiedades judías. Aquella eliminación definitiva de los judíos de la economía alemana obligaría a unos ciento veinte mil miembros de dicha comunidad a abandonar el país, casi sin un céntimo, en el breve plazo de poco más de un año.
Durante los años iniciales del poder nazi, la política antijudía de Hitler tuvo que tomar en consideración las limitaciones de la situación interna e internacional en que se desenvolvía. En los primeros tiempos, Hitler no pudo permitirse el lujo de ignorar al presidente Hindenburg y a los ministros más conservadores de su gabinete, como Von Papen, Hugenberg, el ministro de Asuntos Exteriores Von Neurath y Schacht, que esperaban de él que protegiera la ley y el orden y mantuviera a raya el antisemitismo plebeyo de los nazis más radicales. Los nacionalistas conservadores no eran precisamente «filosemitas» ni defensores de los derechos de los judíos: no tuvieron ningún problema con la ley de numerus clausus, que limitó al 1,5 por ciento el cupo de admisión de judíos en los institutos y universidades, ni con la retirada oficial de la ciudadanía a los miembros de aquella comunidad, que se produjo el 23 de marzo de 1934. Las medidas estrictamente legales que perseguían el aislamiento y la exclusión de los judíos les parecían perfectamente aceptables, como también lo fueron para gran parte de la opinión pública alemana, incluidas las Iglesias protestante y católica.117
Asunto distinto eran las acciones callejeras violentas contra los judíos. Los propios funcionarios dirigentes del partido nazi se referían a tal clase de gangsterismo con el eufemismo Einzelaktionen («acciones individuales»); aquel era el término con el que se describía el vandalismo pendenciero y sádico de las SA que estaba desprestigiando a Alemania en el extranjero. Por esa razón, en abril de 1935, el lugarteniente del Führer, Rudolf Hess, refiriéndose a la necesidad de Hitler de rechazar «las alegaciones de atrocidades y boicots planteadas por los judíos del exterior», transmitió una orden confidencial a los militantes del partido para que se abstuvieran de participar en actos de terror contra judíos individuales.118 Ahora bien, no resultaba fácil pacificar a las bases nazis, que no podían entender la razón por la cual, en un Estado nacionalsocialista que supuestamente estaba en guerra con la comunidad judía mundial, se permitía que funcionara ningún banco, gran almacén, compañía de exportación o empresa industrial de propiedad judía.119 Los «nazis de a pie» se adelantaron con avidez a la liquidación o «arización» de las propiedades judías que creían que les habían prometido el programa del partido y la demagogia anticapitalista de sus propios líderes. Sin embargo, pese a que Hitler simpatizaba profundamente con los impulsos violentos de los antisemitas más fanáticos, sabía que aún no había llegado el momento oportuno para aplicar un enfoque verdaderamente radical.
Las leyes raciales de Nuremberg de septiembre de 1935 constituyeron una especie de compromiso entre las presiones contrapuestas a las que estaba sometida la dirección nazi por parte de los radicales del partido y la burocracia estatal, de talante más conservador. Las leyes «para la protección de la Sangre y el Honor Alemanes» despojaron oficialmente a los judíos de los derechos ciudadanos que todavía conservaban;120 también proscribieron los matrimonios y las relaciones sexuales extramaritales entre judíos y súbditos del Estado que fueran «de sangre alemana o afín», y vedaron a los judíos la posibilidad de emplear en sus casas a sirvientas alemanas de menos de cuarenta y cinco años (presumiblemente por miedo a que los hombres judíos pudieran seducir a jóvenes alemanas y engendrar hijos con ellas); asimismo, prohibieron que los judíos enarbolaran la bandera nacional (la esvástica) o los colores del Reich. La Ley de Ciudadanía del Reich proporcionaba también una nueva definición de quién era judío y quién no lo era; el texto diferenciaba tres categorías: 1) Se consideraba judías de raza a las personas descendientes de, por lo menos, tres abuelos completamente judíos, así como a quienes pertenecían o se habían incorporado a la comunidad religiosa judaica y tenían dos abuelos judíos o se habían casado con una persona perteneciente a dicha minoría. 2) Los Mischlinge (semijudíos o personas de ascendencia mixta) se definían «de primer grado» si tenían dos abuelos judíos pero no habían contraído matrimonio con una persona judía ni habían sido miembros de la sinagoga local. 3) Los Mischlinge «de segundo grado» eran los que solo tenían un abuelo judío. Según las estadísticas nazis, que estaban infladas en cierta medida, en 1935 había no menos de setecientos cincuenta mil alemanes que entraban en la categoría de Mischlinge de primer o segundo grado, además de cerca de cuatrocientos setenta y cinco mil «judíos de raza» que practicaban su religión y otros trescientos mil que no lo hacían. Así pues, en 1935, y de acuerdo con la peculiar clasificación establecida por los nazis, había más de un millón y medio de alemanes de «sangre judía». El tiempo demostraría que las diferencias entre aquellas categorías podían convertirse en cuestión de vida o muerte.
El objetivo declarado de las leyes raciales de Nuremberg era, según el propio discurso de Hitler ante el Reichstag, «encontrar una solución civil definitiva [eine einmalige säkulare Lösung] para el establecimiento de una base sobre la cual la nación alemana pueda adoptar una mejor actitud hacia los judíos [eine erträgliches Verhältnis zum jüdischen Volk]».121 El líder nazi podía sostener de modo simultáneo que estaba tratando de resolver «el problema judío por medios legales» y que, al privar de derechos civiles a aquella minoría, estaba cumpliendo por fin un punto fundamental del programa del NSDAP de 1920: que ningún judío pudiera ser jamás Volksgenosse (miembro de la nación) ni Reichsbürger (ciudadano del Reich). No resultaba menos importante la tajante advertencia de Hitler en el sentido de que, si fracasaban los arreglos prácticos con los judíos, tal vez tendría que aprobar una ley que pusiera «el problema en manos del Partido Nacionalsocialista para su solución definitiva [zur endgültigen Lösung]».122 Sin embargo, hubo también en la misma época altos funcionarios nazis que realizaron comentarios más tranquilizadores; fue el caso del ministro del Interior, Wilhelm Frick, quien, en diciembre de 1935, declaró que «a los judíos no se los privará de la posibilidad de vivir en Alemania».123 Por su parte, el director de la agencia germana de prensa sugirió incluso que «Alemania está ayudando al judaísmo a reforzar su carácter nacional y está realizando una contribución a la mejora de las relaciones entre ambos pueblos».124 El corresponsal del Times londinense resumía del modo siguiente el comentario oficial acerca de las leyes raciales de Nuremberg: «Por medio de la nueva legislación, a los miembros de la minoría judía de Alemania se les ha otorgado el derecho a vivir su propia vida cultural y nacional. Pueden tener sus propias escuelas, teatros y clubes deportivos … Sin embargo, la participación de los judíos en los asuntos políticos o sociales del pueblo alemán está (dice el comentario) prohibida desde ahora y para siempre»; el corresponsal indicaba incluso que Hitler había informado a los dirigentes del partido de que era contrario a las «acciones individuales» arbitrarias.125
A pesar de que los judíos alemanes habían quedado reducidos a la humillante condición de ciudadanos de segunda clase, aún no habían abandonado la esperanza de poder hacerse un pequeño hueco en el seno del Tercer Reich, y se agarraron a un clavo ardiendo, pensando, como parecía dar a entender cierta retórica oficial, que la separación racial podía estabilizar su posición al ofrecerles un marco «legalmente protegido».126 Quizá los judíos alemanes estuvieran aislados del resto de la población, pero sus medios de subsistencia aún no habían sido destruidos. Algunos sionistas alemanes también se las ingeniaron para encontrar ciertos aspectos positivos en las leyes raciales, aunque por razones diferentes: acogieron de forma particularmente favorable la contribución de aquellas normas al derrumbamiento de las ilusiones «asimilacionistas», e incluso hubo entre ellos quienes creyeron equivocadamente que el principio de separación racial ofrecía buenas perspectivas para una actividad cultural judía mayor y más intensa.127 Irónicamente, aquello quizá resultó cierto durante el breve período que medió hasta 1938, momento en que la radicalización de la política nazi hizo caer el telón sobre cualquier ilusión de una existencia semiautónoma de los judíos en el interior del Tercer Reich.
La escenificación pomposa y extravagante de los Juegos Olímpicos de Berlín estimuló y prolongó un poco más las esperanzas de la comunidad judía alemana, pues trajo consigo la moderación de los abusos más crueles y la interrupción de los actos más descarados de terror antisemita. Los nazis llegaron incluso a suavizar la aplicación de sus propias leyes racistas y permitieron la participación testimonial de unos pocos atletas judíos en su equipo olímpico, con el fin de apaciguar las críticas internacionales;128 también se ordenó a los alemanes que se portaran lo mejor posible para difundir en el extranjero una imagen positiva del nuevo Reich como un Estado respetuoso con el derecho y amante de la paz. De modo significativo, Hitler pospuso cualquier acto de venganza contra la comunidad judía alemana por el asesinato, en febrero de 1936, del líder del partido nazi suizo a manos de David Frankfurter, un joven judío yugoslavo. Sin embargo, no estaba haciendo otra cosa que esperar el momento propicio: como declaró ante una asamblea de líderes regionales nazis el 29 de abril de 1937, hacía mucho tiempo que se había convertido en un «experto» en el problema judío y, con toda seguridad, durante los dos o tres años siguientes dicha cuestión iba a «arreglarse de uno u otro modo».129 En efecto, en un memorándum secreto de 1936 sobre el Plan Cuatrienal, Hitler dejaba bien sentado que, en el caso de que el Reich fuera a la guerra -una eventualidad para la cual ya estaba haciendo planes-, se expropiaría a la comunidad judía alemana. Hacia fines de 1937, una vez logrado el pleno empleo, se aceleró de manera evidente el impulso para eliminar por completo a los judíos de la economía alemana. No fue casual que ello coincidiera con la renuncia de Schacht al Ministerio de Economía, que fue seguida, en febrero de 1938, del apartamiento de Von Neurath del cargo de ministro de Asuntos Exteriores, así como de las destituciones del ministro de la Guerra, Von Blomberg, y del jefe del alto mando del ejército, Werner Freiherr von Fritsch. De un solo golpe, Hitler se había librado de los últimos representantes del conservadurismo aristocrático que aún ostentaban altos cargos, con lo cual consiguió el control absoluto de las fuerzas armadas y de la política exterior.
Un mes más tarde, Hitler anexionó su antigua patria austríaca a lo que, a partir de aquel momento, recibió el nombre de Gran Reich Alemán. Viena, con su próspera comunidad de casi doscientos mil judíos, se convirtió pronto en un modelo para la emigración rápida y forzosa de la comunidad judía del Reich. Después de una campaña de intimidación particularmente violenta y brutal, las SA obligaron a los judíos a fregar las calles de la ciudad con pequeños cepillos bajo la mirada de una multitud que se mofaba de ellos, los negocios pertenecientes a aquella minoría fueron expropiados a la velocidad del rayo y los matones nazis austríacos saquearon sin contemplaciones los hogares judíos.130 La tradición austríaca de antisemitismo -en la cual se había formado treinta años antes el joven Hitler- se inflamó de nuevo con una intensidad que tomó por sorpresa a los propios invasores alemanes; la acogida histérica que se brindó a Hitler a su regreso triunfante a Viena, en marzo de 1938, proporcionó el catalizador del desbordamiento sin precedentes de odio reprimido contra los judíos.131 El modelo austríaco de medidas antijudías radicales se adoptó de inmediato en la propia Alemania: Hermann Goering, supervisor del Plan Cuatrienal, emprendió la «arización» generalizada de las mayores empresas de propiedad judía, como parte de la política más amplia de rearme acelerado; un decreto del 26 de abril de 1938 obligó a todos los judíos a informar del conjunto de sus bienes, y, en junio del mismo año, ya estaban en vigor los proyectos legislativos de «arización» obligatoria de los negocios judíos. En los círculos del partido nazi y en el conjunto del país, los ánimos respecto a los judíos se estaban volviendo cada vez más violentamente hostiles. El corresponsal del Times comentaba que incluso en Berlín, que hasta entonces había sido «la ciudad alemana más tolerante en su forma de tratar a los judíos», se podían leer por la calle eslóganes como «los alemanes no deben comprarles a los judíos» o «fuera judíos», escritos en grandes letras.132 Se veían guardias de asalto apostados a las puertas de las tiendas judías y tratando con rudeza a sus propietarios; una campaña de detenciones desembocó en el traslado de unos mil judíos a campos de concentración.
La avalancha de legislación antijudía, las expropiaciones de negocios y la agresión generalizada por parte del régimen habían producido, inevitablemente, una nueva oleada de emigración judía de la Alemania nazi, lo cual empezó a alarmar a los países democráticos. Por iniciativa del presidente estadounidense, Franklin D. Roosevelt, se convocó una conferencia internacional en Evian (Francia) con el objetivo aparente de abordar la difícil situación de los refugiados judíos que estaban siendo expulsados de Alemania y Austria;133 sin embargo, los organizadores prefirieron recalcar que las conversaciones se referían a los refugiados políticos procedentes de todos los países. Asistieron representantes de treinta y dos gobiernos, incluida Gran Bretaña y sus dominios, la mayoría de las repúblicas latinoamericanas y estados europeos como Francia, Bélgica, Holanda, Suiza y los tres países escandinavos. El Daily Express de Londres resumió, en tono aprobatorio, algunas de las respuestas más características que distintos delegados ofrecieron al desafío del momento. Así, el ministro australiano de Comercio y Aduanas explicó que su país no podía hacer nada más por los refugiados judíos: Australia solo quería inmigrantes británicos y no tenía ningún deseo de importar un «problema racial» por el procedimiento de «alentar cualquier proyecto de migración racial a gran escala». El representante de Canadá, un país cuyo historial referente a la inmigración judía era pésimo, alegó incertidumbres económicas y problemas de desempleo; Argentina indicó que lo que buscaba eran, principalmente, «peritos agrónomos con experiencia», lo cual parecía descartar a la mayoría de judíos, y Bélgica no se mostró dispuesta a asumir ninguna obligación internacional «cuyas consecuencias no pueda prever».134
Lo más decepcionante de todo fue la negativa de Estados Unidos y Gran Bretaña a contemplar la posibilidad de acoger ningún número sustancial de refugiados judíos. De hecho, una vez Estados Unidos, que eran el país patrocinador de la conferencia de Evian, dejaron clara su nula disposición a abrir sus propias puertas, condenaron virtualmente al fracaso aquel encuentro. Años más tarde, saldría a la luz que toda la operación había sido planeada por el Departamento de Estado norteamericano como una forma de desviar a los refugiados fuera de Estados Unidos e impedir por adelantado cualquier presión internacional para que se liberalizaran las propias leyes de inmigración del país.135 La actitud británica no fue menos hipócrita: el Foreign Office maniobró con éxito para mantener Palestina fuera del orden del día y bloqueó cualquier denuncia del régimen nazi; además, la delegación británica alegó falta de recursos para explicar su negativa a acoger más judíos, al tiempo que hacía la vaga promesa de investigar la posibilidad de que un número limitado de refugiados se estableciera en sus colonias del este de África. El Times londinense, en un editorial del 16 de julio de 1938, elogiaba aquella oferta y comentaba: «El problema de los refugiados solo puede resolverse por medio de una combinación de compasión y cálculo frío, dos actitudes que se han manifestado en excelente proporción en Evian».136 Golda Meir, la futura primera ministra de Israel, que participó como observadora en la conferencia de Evian, opinaba de modo muy diferente, y en su autobiografía escribió: «No creo que nadie que no viviera aquello pueda entender lo que sentí en Evian: una combinación de dolor, rabia, frustración y horror».137
De todas las respuestas a aquel fiasco, la más reveladora fue la reacción de desdén de Hitler, quien, ya antes de que se conocieran los resultados de la conferencia de Evian, ridiculizó las pretensiones humanitarias de las democracias occidentales -en especial de Gran Bretaña y Estados Unidos- que aseguraban estar tan preocupadas por «esos criminales»; es decir, los judíos. Luego, en enero de 1939, volvió a referirse a aquella farsa: constituía un «espectáculo vergonzoso ver que todo el mundo democrático rebosa de simpatía por el pobre y atormentado pueblo judío, pero permanece imperturbable e inflexible cundo se trata de prestarle una ayuda que, en vista de su postura, representa sin duda un deber evidente».138 En efecto, la dirección nazi no podía sino sentirse alentada en su política cada vez más brutal respecto a la «cuestión judía» por los resultados de la conferencia de Evian. Toda aquella penosa farsa había demostrado que los países occidentales no tenían ninguna intención de abrir las puertas y aceptar refugiados judíos ni de comprometerse en acciones de salvamento en casos en que hubiera involucradas vidas judías; tampoco estaban dispuestos a criticar públicamente la legislación antisemita de los nazis, sino que preferían tratarla como un asunto interno alemán. Finalmente, había otra implicación inquietante, que por el momento solo se adivinaba vagamente en el horizonte: si la Alemania nazi ya no podía confiar en exportar, vender o expulsar a sus judíos a un mundo indiferente que, de forma manifiesta, no los quería, quizá habría que eliminarlos por completo.
3 Persecución y resistencia

Todos los caminos de la Gestapo llevan a Ponary, y Ponary significa la muerte. No nos dejemos llevar como ovejas al matadero. Es cierto que somos débiles y estamos desamparados, pero la única respuesta a los asesinatos es la autodefensa. Hermanos, es mejor morir luchando como hombres libres que vivir a merced de los asesinos.
ABBA KOVNER, Manifiesto de la
Juventud Sionista,
Vilna, 31 de diciembre de 1941

¿Por qué no resistimos cuando empezaron a reinstalar a trescientos mil judíos de Varsovia? ¿Por qué nos dejamos llevar como ovejas al matadero?
EMMANUEL RINGELBLUM,
diario, 15 de octubre de 1942

En el exilio, los judíos habían estado siempre en minoría; siempre se habían hallado en peligro, pero habían aprendido que podían prevenirlo y sobrevivir a la destrucción por el procedimiento de aplacar y dar satisfacción a sus enemigos … Una lección de dos mil años no se podía desaprender; los judíos no fueron capaces de cambiar [cuando sus dirigentes se dieron cuenta] … de que el proceso de destrucción industrial moderno iba a devorar a la comunidad judía europea.
RAUL HILBERG,
The Destruction of the European Jews, 1973

En octubre de 1938, diecisiete mil judíos de origen polaco que hasta aquel momento habían residido en Alemania se vieron brutalmente expulsados en masa por las autoridades nazis. Abandonados a su suerte, en condiciones espantosas, a lo largo de la frontera germano-polaca, se encontraron con la negativa del gobierno de Polonia a permitirles que volvieran a entrar en el país. Polonia ya había puesto de manifiesto su deseo de librarse de sus ciudadanos judíos cuando, con anterioridad, los había convertido en apátridas. Entre los judíos polacos que se hallaron repentinamente abandonados en tierra de nadie estaba la familia Grynszpan; su hijo de diecisiete años, Herschel Grynszpan, que a la sazón vivía solo en París como inmigrante ilegal y apátrida, se indignó ante el trato dispensado a sus padres y a los judíos en general (posteriormente declararía ante los investigadores franceses: «Mi pueblo tiene derecho a existir en este mundo»).139 En un acto de angustiada venganza, disparó contra el tercer secretario de la embajada alemana en París, Ernst vom Rath; el diplomático germano murió el 9 de noviembre de 1938 a causa de las heridas, y la maquinaria de propaganda nazi denunció de inmediato la acción de Grynszpan como una «declaración de guerra» y parte de una conspiración judeomasónica a escala mundial. Ello desencadenaría por toda Alemania una orgía sin precedentes de violencia y terror feroces contra los judíos, que los propios nazis designarían con el eufemismo Reichkristallnacht («noche de los cristales rotos»), en alusión a los fragmentos de las ventanas de comercios judíos que resultaron destrozadas por todo el país. A lo largo y ancho de Alemania, ardieron más de cuatrocientas sinagogas y se saquearon más de siete mil quinientos negocios y otras propiedades judías; por lo menos cien judíos fueron asesinados, muchos más resultaron heridos, y a treinta mil se los despachó de modo sumario a campos de concentración en los cuales sufrirían indecibles ultrajes. Al describir los acontecimientos de aquel 10 de noviembre en Berlín, el corresponsal del Manchester Guardian comentaba que ya hacía casi dieciocho horas que duraban el saqueo y la destrucción de tiendas judías: «Hay tramos enteros de algunas calles de las zonas comerciales que, esta noche, están literalmente pavimentados de cristales rotos, y en los bordillos y las calzadas hay muebles de oficina, máquinas de escribir y teléfonos hechos pedazos, balas de papel y otros restos que han arrojado por las ventanas las escuadras destructoras».140
El corresponsal británico proseguía con el relato del modo en que los asaltantes «entraron en las sinagogas, echaron petróleo sobre los bancos y prendieron fuego al interior. Por lo que se pudo observar, la tarea del cuerpo de bomberos consistió principalmente en mantenerse a la expectativa y vigilar de modo experto que el fuego no se extendiera del interior de las sinagogas hacia los edificios vecinos …; la multitud contemplaba con apatía la quema de las sinagogas».141 El cónsul estadounidense en Leipzig, David Buffum, que dejó uno de los relatos más gráficos del pogromo, escribió que la avalancha de ferocidad nazi «no tenía paralelo hasta ahora en Alemania ni, muy probablemente, en ningún otro lugar del mundo desde que existe el salvajismo»;142 tras describir la destrucción y la violación de propiedades, el cónsul añadía: «… la fase más horrible de esa acción supuestamente “espontánea” ha sido la detención masiva y la deportación a campos de concentración de los judíos alemanes de sexo masculino entre dieciséis y sesenta años, así como de los hombres judíos que carecían de ciudadanía. Ello ha venido sucediendo desde aquella noche de horror».143 La envergadura de los daños fue tan grande que, al parecer, y según indican tanto los informes internos de los servicios de seguridad como otros testimonios, hubo un número significativo de alemanes que quedaron conmocionados e incluso asqueados por tales actos de vandalismo contra la propiedad y las violaciones flagrantes de la ley y el orden públicos.144 Como contrapartida, los fanáticos ideológicos no fueron los únicos que participaron en las acciones: entre las turbas descerebradas de saqueadores había muchos alemanes corrientes que, incitados a un estado de exaltación febril, aprovecharon sin vacilar la oportunidad que se les ofrecía de enriquecerse. Además, no hubo prácticamente ninguna protesta pública apreciable ante aquella conducta bárbara, ni siquiera desde las iglesias, y ello a pesar de que los lugares de culto judíos habían sido un objetivo prioritario de la destrucción.
El inductor y cerebro del pogromo había sido Goebbels, el ministro de Propaganda: era él quien, el 9 de noviembre, después de que llegara la noticia del asesinato de Vom Rath, había pronunciado el primer discurso incendiario en una cervecería de Munich donde se conmemoraba el fallido putsch nazi de 1923; Goebbels calificó la muerte del diplomático como el primer disparo de una nueva guerra entre los alemanes y los judíos. Sus diarios revelan que Hitler no solo estuvo informado de todos y cada uno de los pasos que se dieron, sino que también manifestó explícitamente su deseo de hacer pagar a los judíos el daño cometido y expropiar sus negocios.145 En público, sin embargo, el Führer prefirió distanciarse de los acontecimientos y mantener una actitud de fría indiferencia. La preocupación inmediata de Hitler era que se debía dar al pogromo la apariencia de una expresión «espontánea» de ira popular contra los judíos. Los dirigentes de las SS y del Servicio de Seguridad (SD), que en principio rechazaban los métodos del «antisemitismo desordenado», se recobraron con rapidez de su sorpresa inicial y hallaron en las secuelas del pogromo nuevas posibilidades para seguir desarrollando sus propios planes y establecer un control más firme sobre la elaboración de toda la política relativa a la «cuestión judía».
El propio Goebbels había perdido el favor de Hitler desde mediados de 1938 debido a su turbulenta aventura con una actriz checa, circunstancia que puede contribuir a explicar el particular entusiasmo que exhibió al llamar a la venganza contra los judíos; también él ansiaba recuperar su locus standi en la política judía, pero no cabe ninguna duda de que no habría estimulado el pogromo sin contar con la autorización previa de Hitler. Por otra parte, Goering, que en aquellos momentos supervisaba la política de «arización», estaba resuelto a mantener la «cuestión judía» tan alejada como fuera posible de las manos de los nazis radicales. Al igual que Himmler y Heydrich, que controlaban respectivamente la policía alemana y el SD, se oponía a los métodos de violencia incontrolada y prefería estrechar el cerco sobre la comunidad judía germana por medio de medidas administrativas. De hecho, Goering consideraba que acciones como la Kristallnacht constituían un grave error de relaciones públicas y una recaída deplorable en las «arizaciones salvajes»:146 él quería expropiar los bienes de los judíos para el Estado alemán, no verlos destruidos por turbas de merodeadores; además, en un primer momento se alarmó por las demandas de pago de seguros (estimadas en doscientos veinticinco millones de reichsmarks) que podían producirse como consecuencia de los hechos. Himmler participaba de la desaprobación de Goering, y llegó a escribir en un memorándum que eran la «megalomanía» y la «estupidez» de Goebbels las culpables principales del inicio de una operación que no podía sino agravar la ya difícil situación diplomática de Alemania. Sin embargo, cualesquiera que fueran las diferencias políticas y las luchas por el poder en el seno de la élite nazi, no existía ningún desacuerdo básico sobre la necesidad de un «ajuste de cuentas con los judíos».147
La Kristallnacht fue la exhibición pública de antisemitismo más violenta que se había visto en la historia alemana desde las cruzadas; también constituyó un momento decisivo y de gran significación en el camino hacia el Holocausto. Sin duda alguna, las lecciones que la dirección nazi extrajo de sus consecuencias marcaron un cambio en sus métodos de persecución. El 12 de noviembre de 1938, en una sesión maratoniana celebrada en el despacho de Goering en el Ministerio del Aire, se decidió imponer una multa de mil millones de reichsmarks a la comunidad judía alemana por lo que se calificó de «actitud hostil» hacia el Reich alemán y su pueblo; después de anunciar la multa, Goering agregó con cinismo: «Además, tengo que decir una vez más que no me gustaría ser judío en Alemania».148 Por lo visto, los participantes en la reunión consideraron que la vejación pública que estaban infligiendo a las víctimas judías inocentes del pogromo de noviembre al hacerles pagar e incluso pedir disculpas por los enormes daños causados por los nazis no era suficiente: durante la sesión, Goebbels, Goering y Heydrich se turnaron para fantasear acerca de humillaciones complementarias o bien proponerlas directamente: que los judíos tuvieran que llevar un distintivo personal, que en los trenes se les asignaran compartimentos separados o se los obligara a ceder el asiento a los alemanes, que se los llevara a los bosques junto a los animales a los que se asemejaban, y así sucesivamente;149 Goebbels sugirió que se expulsara a los niños judíos que aún quedaban en las escuelas alemanas, que se prohibiera la presencia de judíos en todos los lugares públicos y que se les impusieran restricciones propias de un toque de queda. En el transcurso del mes que siguió, Hitler dio su rápida aprobación a las propuestas más concretas, lo cual constituía una indicación de que el ímpetu de la campaña antijudía no había hecho sino acrecentarse después de la Kristallnacht.150
El resultado práctico más destacado de la reunión de noviembre de 1938 fue la culminación del proceso de eliminación de los judíos de la economía, así como la coordinación de la confiscación de todas las fábricas y negocios que aún quedaban en manos de aquella minoría. Los grandes almacenes, las principales empresas industriales y los bancos mercantiles que habían permanecido intactos durante más tiempo se liquidaron, se cerraron o se expropiaron en aquel momento.151 Como complemento, se promulgó un decreto para excluir a los judíos del comercio al por menor, de la actividad como agentes de ventas y artesanos, de la dirección de empresas y de la pertenencia a cualquier cooperativa. En una frase muy significativa que pronunció al empezar sus comentarios, Goering invocó directamente la autoridad del Führer para adoptar aquellas medidas: «¡Caballeros! La reunión de hoy es de carácter decisivo. He recibido una carta escrita, siguiendo órdenes del Führer, por Bormann, jefe del estado mayor del lugarteniente del Führer, en la cual se solicita que la cuestión judía se coordine y se resuelva ya de una vez por todas y de uno u otro modo [so oder so] …».152 En efecto, so oder so era una frase clave de Hitler en relación con los judíos: daba a entender que no habría marcha atrás respecto a lo que era una decisión irrevocable. La Kristallnacht había radicalizado de modo claro y brusco la política nazi; tras aquel episodio, se puso prácticamente fin a toda actividad empresarial de los judíos, así como a su libertad de movimientos y sus relaciones sociales con los alemanes.153 La escala y la impunidad de la violencia habían estigmatizado a los judíos, todavía más que antes, como un pueblo paria y no deseado, al cual se podía humillar a voluntad y que quedaba fuera del común de la sociedad y del universo de las obligaciones morales. Se estaba arrancando de raíz, literalmente, su existencia en la sociedad germana; excluidos del uso de los transportes públicos, de la asistencia a conciertos, teatros y cines, de los centros comerciales, las playas, los bancos de los parques e incluso de la posibilidad de tener un perro, los judíos alemanes no eran, a fines de 1938, simples marginados: ya eran personas socialmente muertas. Si ya entraba dentro de lo posible que perdieran el permiso de conducir porque su presencia en las carreteras podía ofender a la «comunidad de conductores alemanes», no podía faltar mucho para que la estrella amarilla sellara definitivamente su condición de parias.
La Kristallnacht había acelerado de manera espectacular las medidas nazis contra los judíos del Tercer Reich, y su efecto inmediato fue el de aumentar la presión en favor de la emigración de los judíos alemanes y austríacos, que seguía siendo la política oficial del Reich. Sin embargo, también alentó actitudes que apuntaban a lo que, pocos años después, acabaría culminando en la «solución final». Así, el 24 de noviembre de 1938, el periódico de las SS Das Schwarze Korps, bajo el titular «Judíos, ¿ahora qué?», profetizaba que los alemanes ya no podrían tolerar durante mucho más tiempo la presencia de centenares de miles de «criminales» y «subhumanos» judíos en territorio del Reich. Mofándose de la indiferencia y la hipocresía de las «naciones civilizadas» y «los grandes chillidos de la judería mundial», el texto exigía una solución que fuera más allá de la simple segregación: «Tendríamos que enfrentarnos a la necesidad irrevocable de exterminar el submundo judío del mismo modo que, bajo nuestro gobierno de Ley y Orden, solemos exterminar a cualquier otro criminal, es decir, con el fuego y la espada. El resultado debería ser la eliminación práctica y definitiva de los judíos que hay en Alemania, su aniquilación absoluta».154 La Kristallnacht y las espeluznantes amenazas verbales que vinieron a continuación sugerían que los ánimos ya estaban dispuestos para el resurgimiento de un antisemitismo apocalíptico que identificaba a los judíos con el inframundo «subhumano» y criminal. El pogromo de Estado intensificó la estrategia de demonización que siempre había acompañado la campaña nazi contra los judíos desde 1919. Sin embargo, ahora, pasados veinte años, parecía que, cuantos menos judíos auténticos permanecieran todavía en Alemania, tanto más fácil resultaría estigmatizarlos como completos marginados para que se ajustaran al modelo de los estereotipos propagandísticos existentes. Ian Kershaw ha escrito que aquel proceso de despersonalización acentuó la indiferencia embrutecedora de la opinión popular alemana «y constituyó un estadio crucial entre la violencia arcaica del pogromo y la aniquilación racionalizada y “en cadena” de los campos de exterminio».155
La Kristallnacht cumplió también otra función importante como precursora de la guerra dual que Hitler ya estaba planeando de modo febril en aquellos momentos: la guerra convencional de la Alemania nazi contra las grandes potencias para lograr la hegemonía territorial y el Lebensraum en el Este y la «guerra contra los judíos» entraron en una nueva fase de sincronización. Ya desde el 9 de noviembre de 1918, ambos temas habían estado estrechamente vinculados en la mente de Hitler; como este le diría al ministro de Asuntos Exteriores checo en enero de 1939, «Vamos a destruir a los judíos [vernichtet]. No van a librarse del castigo por lo que hicieron el 9 de noviembre de 1918: ese día tendrá su venganza».156 Ahora, el 9 de noviembre de 1938, veinte años después de la rendición alemana, el pogromo contra los judíos era un medio de preparar psicológicamente a la nación alemana para una nueva guerra europea; era el modo en que Hitler desengañaba a los alemanes de cualquier idea de que los acuerdos de paz de Munich, firmados dos meses atrás, marcaran el fin de la crisis política internacional.
El discurso de triste fama que Hitler pronunció ante el Reichstag el 30 de enero de 1939, en el sexto aniversario de su acceso al poder, debe contemplarse en el contexto de una profecía que se cumplía y de una guerra que tendría dos caras:

Hoy me gustaría decir algo que podría ser memorable para los demás así como para nosotros, los alemanes: en el curso de mi vida, he sido muy a menudo un profeta, y habitualmente se me ha ridiculizado por ello. Durante la época de mi lucha por el poder, fue en primer lugar la raza judía la que no hizo sino recibir a carcajadas mis profecías cuando dije que algún día asumiría la dirección del Estado y, con ella, la de toda la nación, y que entonces, entre muchas otras cosas, resolvería el problema judío. Sus carcajadas fueron escandalosas, pero creo que, de un tiempo a esta parte, ya solo se ríen por dentro. Hoy seré profeta una vez más: si los financieros judíos internacionales de Europa y de fuera de ella logran sumir de nuevo a las naciones en una guerra mundial, ¡el resultado no será la bolchevización de la tierra y, por lo tanto, la victoria de los judíos, sino la aniquilación de la raza judía en Europa!157

Aquello fue un estallido extraordinario por parte del líder de una gran potencia, y difícilmente se puede reducir a una simple «metáfora» o una pieza de retórica utópica, como ha tratado de hacer el historiador alemán Hans Mommsen.158 Cualquiera que vea la filmación del acontecimiento y la vehemencia con que Hitler pronunció aquella parte concreta de su discurso y arrancó los aplausos frenéticos de los delegados del Reichstag no puede dudar de que se trataba de una amenaza absolutamente seria. No obstante, hay que analizarla a varios niveles distintos. El blanco más inmediato era la comunidad judía mundial, a la cual Hitler, de modo característico, consideraba responsable de las crecientes críticas que recibía su régimen desde la Kristallnacht; estaba lanzando una advertencia a quienes se habían «burlado de él» o habían ridiculizado sus «profecías» y aún no habían comprendido lo que él ya conocía con certeza íntima porque se hallaba en el corazón de su personalidad y su misión, es decir, su voluntad de exterminar a los judíos. Sin embargo, también se trataba de una amenaza contra las democracias occidentales: ¿acaso no había declarado repetidamente su disposición a colaborar con otros estados en la búsqueda de una «solución internacional» a la «cuestión judía»? A cambio, solo había oído la hipocresía mojigata de las democracias liberales, que se quejaban de «esa bárbara expulsión de Alemania de un elemento tan irreemplazable y sumamente valioso desde el punto de vista cultural».159
Hitler sabía que ni los políticos británicos ni los estadounidenses habían estado dispuestos a trasladar a la práctica sus discursos reprobatorios acerca de la Alemania nazi y la preocupante situación de los judíos: ¿acaso la conferencia de Evian no había demostrado de modo concluyente que en las amplias extensiones vacías del Imperio británico, de Estados Unidos o de América Latina no podía hallarse un lugar para los refugiados judíos? No obstante, Hitler envió a Inglaterra a su ex ministro de Economía, Schacht, en un último viaje destinado a examinar la posibilidad de llegar a un acuerdo con el negociador norteamericano, Rublee, acerca del rescate de la comunidad judía alemana.160 El plan nazi consistía en que la comunidad judía mundial financiara (junto con las democracias) la emigración de sus correligionarios por medio de un préstamo de mil quinientos millones de reichsmarks que se devolvería en un plazo de diez años bajo la forma de exportaciones alemanas. En realidad, acceder a aquel chantaje habría significado recompensar a los nazis por la expropiación y la expulsión de los judíos, aunque Hitler no lo veía de aquel modo: para él, conservar vivos en Alemania a los judíos ya no tenía otra razón de ser que la de emplearlos como una pequeña pieza de negociación, como rehenes del juego del gato y el ratón que practicaba en lo concerniente a la guerra y la paz con Occidente.
Ahora bien, en aquella «profecía» había aún otro nivel, más siniestro, que se puede comprender mejor a la luz de los comentarios que hizo Hitler al ministro de Defensa sudafricano, Oswald Pirow, el 24 de noviembre de 1938 en Berlín. Según le dijo a su invitado proalemán, la «judería mundial» (término que en este caso parecía referirse principalmente a los judíos norteamericanos) consideraba a sus correligionarios europeos como «las tropas avanzadas de la bolchevización del mundo»; Hitler se refirió con vehemencia a la «invasión» judía procedente del Este y declaró que había adoptado una decisión irrevocable: «… un día los judíos desaparecerán de Europa [Die Juden würden … aus Europa verschwinden]».161
En el discurso que Hitler pronunció ante el Reichstag dos meses después, aquella perspectiva estaba vinculada de manera más específica al estallido de una guerra mundial. La profecía de aniquilación se expresaba de modo impersonal, pero se refería con claridad a la destrucción física de la comunidad judía europea, especialmente en el caso de que hubiera alguna implicación por parte de Estados Unidos y la comunidad judía de aquel país (ligada, en el pensamiento de Hitler, a los financieros internacionales judíos «de fuera de Europa»). Las constantes referencias que seguiría haciendo a su profecía de enero de 1939 durante los años de la guerra y, en especial, después de la puesta en marcha de la «solución final» no pueden ser casuales: dos veces en 1942 y otras tres en 1943, recordó sus palabras, aunque en todas aquellas ocasiones confundió la fecha de su discurso sobre la «aniquilación» (el 30 de enero) con la del estallido de la Segunda Guerra Mundial, en septiembre de 1939.162 Un «error» como ese, repetido de forma compulsiva, resulta notable por sí mismo: mi explicación sería que, para Hitler, la guerra mundial y la «guerra contra los judíos» eran, en realidad, una misma confrontación. Del mismo modo, el «profeta» y el Realpolitiker eran la misma persona. El profeta tenía la función de dar expresión periódica a las oscuras fantasías de Sieg o Untergang; el político actuaba con mayor pragmatismo, con la flexibilidad táctica imprescindible para adaptarse a la cambiante constelación internacional y diplomática mientras avanzaba a tientas hacia el cumplimiento de la profecía de Vernichtung (aniquilación o destrucción total).
Entre 1933 y 1939, las actuaciones políticas de los nazis sobre la «cuestión judía» habían recibido la influencia, como hemos visto, de muchas tendencias contradictorias presentes en el seno del Estado y la sociedad alemanes, así como de fuerzas exteriores. A pesar de que la dirección nazi percibía en términos inamovibles a los judíos como un «enemigo» mortal al que había que aislar y eliminar de Alemania, todavía no existía ningún plan definido para exterminarlos físicamente. De modo retrospectivo, puede verse que, entre 1933 y 1938, las medidas de boicot económico, exclusión legal y difamación se llevaron a la práctica con cierta cautela, en comparación con la avalancha que vino a continuación. Las leyes raciales de Nuremberg constituyeron un avance importante en la realización del programa del partido nazi y los objetivos tradicionales del antisemitismo germano, es decir, la segregación racial y el apartamiento de los judíos de la economía, la sociedad civil y la ciudadanía del Estado. Sin embargo, no alcanzaron todavía a destruir las instituciones ni el deseo de vivir de la comunidad judía alemana, ni tampoco las bases de su existencia económica. Al mismo tiempo, y pese a su carácter enormemente discriminatorio, las leyes raciales no tropezaron con ninguna oposición significativa procedente de las élites conservadoras, las iglesias, los círculos empresariales, los intelectuales ni la masa de la población alemana. Así pues, parece ser que, por lo menos hasta noviembre de 1938 (y posiblemente hasta fechas más tardías), existió respecto a la «cuestión judía» un consenso público en el marco del cual siguió actuando el régimen nazi.
El desplazamiento, cada vez más visible, que se produjo en 1938-1939 hacia una política radical de expulsión completa de los judíos del espacio social y político de Alemania constituyó un cambio cualitativo de importancia en aquella situación. No cabe duda de que ello puede racionalizarse como un paso lógico (en términos de lógica burocrática) a la etapa siguiente de exclusión de los judíos de Alemania, sin que existiera una noción clara de lo que vendría a continuación. No obstante, y pese a que resulta evidente el papel central que en dicho paso tuvieron la burocracia y las luchas internas de poder por el derecho a influir sobre la política antijudía, difícilmente se puede ignorar la función crucial desempeñada por Hitler a la hora de imprimir la dinámica y el impulso del proceso; como lo expresó lacónicamente Goering, «en última instancia, es el Führer quien decide en solitario».163 Ello resultó especialmente cierto en lo tocante a las decisiones importantes, como las referentes al impulso de la guerra o la paz y al momento, el lugar y el modo en que había que desencadenar el Holocausto. Solo en la mente de Hitler se encontraban tan relacionados la guerra y el genocidio, y fue su perspectiva apocalíptica la que comportó la extensión y generalización de la «cuestión judía» hasta convertirse, en 1939, en un asunto paneuropeo, en el contexto de la guerra mundial que se avecinaba. Una vez Alemania estuvo implicada, a partir de septiembre de 1939, en una guerra europea a gran escala contra Polonia, Gran Bretaña y Francia que parecía estar ganando, se abrió la puerta a la «extirpación» completa de los judíos de Europa, aunque todavía no a su aniquilación total. La invasión de la URSS, en junio de 1941, traería como consecuencia una extensión más violenta y de largo alcance del proceso hacia una «solución» completa, y llevaría al inicio de una aniquilación más eficiente de los judíos europeos. Finalmente, con la entrada de Estados Unidos en la guerra, en diciembre de 1941, se eliminaron las últimas restricciones que quedaban para la coordinación organizativa de aquel plan y este entró en pleno funcionamiento.
Lo que enlazó todas aquellas etapas fue el compromiso fanático de los nazis con la fantasía ideológica de que estaban librando una «gran guerra racial» en la cual solo podían imponerse y, finalmente, dominar el mundo o los «germanoarios» o los judíos. El proyecto global nazi seguía siendo la «purificación» racial y la reorganización de Europa según criterios étnicos, lo cual comportaba el reasentamiento y la reubicación de poblaciones enteras.164 Ahora bien, en aquel marco biológico-político general, los judíos constituían un caso especial, ya que la «solución final» sugería, de hecho, la noción de acabamiento: era un plan para dar caza y asesinar a todos y cada uno de los hombres, mujeres y niños judíos que fuera posible atrapar en el continente europeo, de París a Bialystok y de Amsterdam a la isla de Rodas. La totalidad omnímoda de aquel proyecto genocida fue lo que distinguió el Holocausto de la violencia masiva ejercida por los nazis sobre los polacos, rusos, ucranianos, serbios y gitanos, así como de las llamadas muertes «compasivas» de alemanes de pura cepa, el asesinato por hambre de millones de prisioneros de guerra soviéticos, la tortura de comunistas y la persecución de homosexuales y testigos de Jehová.165
La naturaleza implacable de la campaña nazi contra los judíos derivaba de la condición especial de los segundos como Weltfeind (enemigo mundial). En aquella concepción ideológica se hallaba implícito el postulado de que ni siquiera la solución exitosa del problema de la comunidad judía alemana -por ejemplo, mediante su emigración completa- podría acabar jamás con la «cuestión judía», pues en el centro del conflicto estaba el diabólico poder mundial judío, que siempre trataría de destruir Alemania, el nacionalsocialismo y la llamada civilización «aria». La naturaleza satánica del adversario significaba también que la «judería mundial» buscaría de modo incesante la extensión de la guerra y la intensificación de la lucha, con el fin de que se vertiera una cantidad aún mayor de preciosa sangre alemana en el campo de batalla. En el marco de aquella lógica fantasmagórica de guerra racial, por lo tanto, las medidas más extremas podían justificarse por adelantado como acciones de supuesta autodefensa. Sin embargo, la sencilla verdad seguía siendo que los judíos constituían un grupo débil, vulnerable y que en ningún momento había albergado ninguna clase de proyecto de agresión contra Alemania.
Ahora bien, había otra realidad empírica que los nazis no podían ignorar: la invasión de Polonia y su ocupación militar habían añadido de un solo golpe más de dos millones de judíos polacos a la población perteneciente a dicha colectividad que se hallaba a merced de Hitler (como consecuencia del pacto nazi-soviético, algo más de un millón de judíos de Polonia oriental quedarían bajo el poder de la Rusia comunista entre septiembre de 1939 y junio de 1941). El aumento espectacular del número de judíos que vivían en la «esfera de influencia» germana puso de relieve un dilema que perturbaba los esfuerzos frenéticos de los nazis por crear territorios que fueran judenrein o «libres de judíos»: cada vez que se anexionaban o conquistaban una zona, incorporaban más judíos de los que estaban logrando eliminar por medio del fomento de la emigración. Así, después del Anschluss de marzo de 1938, doscientos mil judíos austríacos habían pasado a formar parte del Gran Reich Alemán; un año después, como consecuencia de la apropiación por la fuerza de territorios checos, otros ciento veinte mil judíos quedaron bajo control nazi. Tras el derrumbamiento de Polonia, las nuevas victorias de la Wehrmacht en el oeste y la conquista posterior de los estados bálticos, Bielorrusia, Ucrania, Galitzia, Crimea y otros territorios en el este hicieron aumentar enormemente el número de judíos que se hallaban en manos de los nazis: ¿qué hacer con ellos? Tan solo en Varsovia, en 1939 ya había tantos judíos (unos trescientos treinta mil) como en el conjunto del Reich alemán. En su calidad de judíos del Este, habían sido, desde hacía mucho tiempo, objeto del miedo y los prejuicios germanos; ahora, la propaganda nazi se aseguró de que ni un solo alemán olvidara en ningún momento que los Ostjuden eran fuentes permanentes de suciedad, enfermedades infecciosas, criminalidad y bolchevismo, así como el núcleo del «problema judío mundial». Goebbels, después de visitar el gueto de Lodz el 2 de noviembre de 1939, escribió en su diario: «Circulamos a través del gueto. Bajamos y lo observamos todo con detenimiento. Es indescriptible: esos seres ya no son humanos, son animales. Por lo tanto, no tenemos ninguna tarea humanitaria que realizar, sino una quirúrgica: hay que cortar por aquí, de modo radical. De lo contrario, un día Europa perecerá a causa de la enfermedad judía».166
Goebbels, como muchos antisemitas radicales nazis, consideraba al judío del Este como la quintaesencia del «otro», equiparable a un animal y símbolo de la pestilencia y de un mal que amenazaba la vida. Había visitado el gueto para supervisar la producción de la película Der ewige Jude [«El judío eterno»], violentamente antisemita, que se acabaría estrenando en 1940. En una nota anterior de su diario, fechada el 17 de octubre de 1939, Goebbels había sido aún más explícito: «… Imágenes de la película del “Gueto”. Nunca antes había existido algo así. Escenas tan espantosas y brutales en sus detalles que hielan la sangre. Uno retrocede horrorizado ante tanta brutalidad. Hay que exterminar esa judería».167 Es casi como si Goebbels, tras ver las primeras pruebas cinematográficas del Judenfilm realizado en Lodz poco después de que las unidades de la Wehrmacht ocuparan la ciudad, nos estuviera ofreciendo, de modo inconsciente y por medio de rayos X, un avance de la disposición mental subyacente a la decisión de emprender el Holocausto. Aquel mismo día, Goebbels comenta que le ha hablado de la película a Hitler, el cual «mostró gran interés»; de hecho, Der ewige Jude, en su forma definitiva, fue el resultado de una especie de colaboración tácita entre Hitler, Goebbels y el cineasta doctor Fritz Hippler.168
La invasión alemana de Polonia trajo consigo de inmediato la sádica humillación de la comunidad judía polaca -a menudo se vejó en público a los judíos ortodoxos arrancándoles la barba y los bucles- y el asesinato intermitente de judíos, que causó, durante los tres primeros meses de la campaña, un número de víctimas cercano a las siete mil. El 21 de septiembre de 1939, Heydrich expuso las directrices de la política de las SS en las instrucciones que transmitió a los Einsatzgruppen de la Policía de Seguridad. En ellas, distinguía el «objetivo final» de las etapas que conducían al mismo, empezando por la «concentración de los judíos de las zonas rurales en las grandes ciudades»; los puntos de concentración serían ciudades con enlaces ferroviarios «o por lo menos situadas junto a vías férreas». Heydrich también ordenaba que en todas las comunidades judías se constituyera un consejo de dirigentes judíos, un organismo administrativo compuesto de personalidades y rabinos con autoridad que serían responsables «de la aplicación precisa e inmediata de las directrices ya emitidas o de las que se emitan en el futuro».169
Los consejos también deberían hacerse cargo de la evacuación de judíos de las zonas rurales, así como del alojamiento, el transporte, la recaudación de impuestos, la asignación de trabajos, los hospitales, las escuelas, los orfanatos, la depuración de aguas residuales y otras funciones propias de la kehilla (comunidad) judía anterior a la guerra. Los consejos (Judenräte) se convertirían en una especie de caricatura horrible de un gobierno judío y actuarían como instancia mediadora entre la población judía oprimida y aterrorizada -que con frecuencia acogía con disgusto el poder de aquellos organismos- y las autoridades nazis a las que estaban subordinados por completo. En sus tratos con la despiadada burocracia nazi, los dirigentes de los consejos se hallaban bajo una tensión constante y tremenda, y tenían que enfrentarse a la presión diaria de la extorsión, las represalias, las exacciones y los embargos, así como a la angustia desesperada de la famélica población judía.170 Su poder derivaba de los amos nazis, pero, fueran o no conscientes de ello, presidían comunidades condenadas a muerte. Los consejos los componían habitualmente personas de clase media, seleccionadas entre los comerciantes, médicos, abogados y otros profesionales que habían participado activamente en la vida pública judía antes de la guerra. En ocasiones, la elección la realizaban, siguiendo órdenes de los nazis, personas destacadas de la comunidad, mientras que en otros casos era bastante arbitraria; la negativa a prestar aquel servicio significaba, las más de las veces, la muerte. Los nazis consideraban el Judenrat como un instrumento para dominar y gobernar el gueto, un valioso brazo ejecutor de su política que les ahorraba la tarea de aplicar y hacer cumplir sus propios decretos.
Al hacer a los consejos responsables de decisiones de vida o muerte, como las referentes a quiénes había que entregar a los alemanes para su deportación a los campos de exterminio, los gobernantes nazis lograron implicar a los dirigentes judíos en el proceso burocrático de destrucción. En realidad, según la opinión de Raul Hilberg -muy crítico respecto al papel de aquellos dirigentes-, los judíos acabaron proporcionando a los alemanes el personal administrativo que permitió que la maquinaria de aniquilación funcionara sin dificultades; de acuerdo con esa visión, la pauta de la respuesta judía, forjada por dos mil años de historia en el gueto, se caracterizó por la mera paliación, la evasión, la parálisis o la sumisión.171 La experiencia judía anterior al Holocausto había consistido en que «podían prevenirlo [el peligro] y sobrevivir a la destrucción por el procedimiento de aplacar y dar satisfacción a sus enemigos».172 Enfrentados al terror nazi, no fueron capaces de cambiar y se convirtieron en parte de la maquinaria de destrucción. En unas condiciones de tanta degradación, algunos judíos incluso «colaboraron» con el enemigo; por ejemplo, el cuerpo de policía judía, enormemente odiado, fue el responsable directo de la captura material de futuros deportados y de su embarque forzoso en trenes, lo cual convirtió a sus miembros en cómplices del exterminio de sus correligionarios. Eran parte de una estructura de poder privilegiada que estaba forzosamente destinada a la corrupción, así como a socavar gravemente la solidaridad entre los judíos; sin embargo, también ellos se hallaban sometidos a coacciones, a menudo por medio del chantaje más cruel. Por último, Hilberg ha sostenido que los consejos indujeron una sensación de «normalidad» fatalmente ilusoria y una conducta de sumisión por parte de los judíos que facilitaron en gran medida la tarea de los nazis.
Hannah Arendt fue todavía más lejos y consideró aquella «colaboración» como un síntoma del «derrumbe moral» que el nazismo provocó en el conjunto de la respetable sociedad europea, tanto entre los perseguidores como entre los espectadores y las víctimas: «La entera verdad es que, si el pueblo judío hubiera estado desorganizado y sin líderes, habría habido caos y mucha miseria, pero el número total de muertos difícilmente habría alcanzado los seis millones».173 Se trata de un veredicto de enorme simplismo, que ignora no solo las circunstancias y el contexto sino también la amplia gama de respuestas que hubo por parte de los dirigentes de los consejos judíos. No cabe duda de que algunos de ellos fueron culpables de complicidad o se corrompieron a causa de su posición de poder, pero otros trataron de proteger los intereses judíos tan bien como pudieron. El jefe del Judenrat de Varsovia, el ingeniero industrial Adam Czerniakow, que se suicidó en 1942 (cuando los nazis empezaron a exigir diez mil judíos «improductivos» al día para «reasentarlos», lo cual significaba, de modo invariable, su liquidación), fue un buen ejemplo de los dirigentes de consejos que buscaron con desesperación la salvación de los judíos construyendo más industrias y equipamientos productivos en los guetos. El diario de aquel hombre valeroso, que intercedía de modo constante ante los alemanes para aliviar los efectos de sus reglas inhumanas, transmite una sensación abrumadora de impotencia y fracaso.174 En julio de 1942, ya habían muerto más de cien mil judíos del gueto de Varsovia debido al hambre y las enfermedades, en especial la fiebre tifoidea y la disentería.
Czerniakow despreciaba a su homólogo de Lodz, el «rey» del Judenrat local, Mordecai Rumkowski, a quien consideraba «vanidoso», arrogante y estúpido. Resulta claro que un dirigente como Rumkowski, que circulaba pomposamente por su «reino» en un carruaje tirado por caballos y emitía billetes de banco con su imagen, había desarrollado tendencias megalómanas. Sin embargo, Rumkowski procedía de acuerdo con una estrategia idéntica de «salvación por el trabajo», con la esperanza de que la racionalidad económica quizá acabara imponiéndose al fanatismo ideológico de los nazis; el aumento de la productividad se convirtió en un objetivo en sí mismo, a pesar del hambre. El jefe del gueto de Lodz había organizado a los ciento ochenta mil habitantes del mismo-muchos de los cuales trabajaban para el ejército alemán- de manera eficiente y tiránica, y era él quien decidía quiénes iban a vivir y quiénes a morir; su razonamiento resume el horror de la angustiosa situación de los judíos: «Tengo que cortar las extremidades para salvar el cuerpo. Tengo que llevarme a los niños porque, si no, se llevarán también a otros».175 Al igual que el presidente del Judenrat de Vilna, Jacob Gens, Rumkowski creía en el proceso de negociación y en proporcionar a los alemanes todos los judíos que exigían, con la vana esperanza de proteger y salvar de aquel modo a los restantes. Gens poseía un estilo de dirección que no era menos autoritario que el de Rumkowski, y estaba convencido, igual que él, de que solo sus métodos ofrecían alguna esperanza a la comunidad judía, siempre díscola y propensa a las riñas; las opiniones acerca de su papel siguen divididas, pero la acusación de colaboración resulta difícil de rebatir. Gens fue fusilado por la Gestapo pocos días antes de la liquidación del gueto de Vilna, mientras que Rumkowski fue a las cámaras de gas junto con la mayoría de los habitantes del gueto de Lodz, en 1944.
Desde fines de 1939, se habían establecido guetos a lo largo y ancho de Polonia. El mayor de todos era el de Varsovia, que sufría una superpoblación escandalosa y llegó a albergar hasta medio millón de judíos. Aislada del resto de la ciudad con alambre de espino en noviembre de 1940 -aunque existía una activa ruta de contrabando-, la población del gueto estaba embutida en 3,3 kilómetros cuadrados, mientras que los cristianos polacos habitaban en un área de 137,9 kilómetros cuadrados; las puertas del gueto estaban vigiladas por policías alemanes, polacos y judíos. En el interior de aquel infierno poblado por seres vivientes, los judíos tenían prohibida la posesión de dinero o mercancías, y vivían en un completo aislamiento económico respecto al mundo exterior. Cuando se los obligaba a realizar trabajos forzosos, no recibían pago alguno o bien percibían una cantidad ínfima de dinero que no solía bastar siquiera para comprar una hogaza de pan seco. En los guetos más grandes, que eran los de Varsovia y Lodz, cerca de una cuarta parte de los judíos murieron a causa de las enfermedades, el hambre y las condiciones de crueldad inhumana. Los nazis aseguraban con falsedad que habían creado los guetos para prevenir la extensión de epidemias, pero el objetivo de aquella propaganda insidiosa era estigmatizar a los judíos como gentes que no solo eran diferentes sino también degeneradas desde el punto de vista físico; sometiéndolos al hambre, podían asegurarse de que la realidad encajara con el estereotipo, al mismo tiempo que diezmaban la población judía. El cronista coetáneo del gueto de Varsovia, Chaim Kaplan, que escribió de modo conmovedor acerca de «la catástrofe gigantesca» que se había abatido sobre la comunidad judía polaca, comentaba en su diario, el 10 de marzo de 1940, que la intensidad del odio antisemita de los nazis iba mucho más allá de la ideología política.176 Merece la pena citar con cierta extensión sus observaciones:

Es un odio emocional, cuyo origen es alguna clase de trastorno psicopático. En su manifestación externa, tiene el aspecto de un odio fisiológico, que considera que el objeto de su aversión está corrompido corporalmente, como los leprosos que no tienen cabida en la sociedad…, Sin embargo, los fundadores del nazismo y los dirigentes del partido han creado una ideología teórica con bases más profundas: poseen una doctrina completa que representa el espíritu judaico vuelto del revés. El judaísmo y el nazismo son dos atributos del mundo que resultan incompatibles entre sí, y por esa razón no pueden coexistir el uno al lado del otro. Durante dos mil años, el judaísmo ha dejado en las naciones del mundo su impronta cultural y espiritual, que se ha mantenido firme y ha bloqueado la propagación del paganismo alemán…, Dos reyes no pueden llevar una sola corona: la humanidad solo puede ser judaica o pagano-germana. Hasta ahora, ha sido judaica; incluso el catolicismo es hijo del judaísmo y fruto de su espíritu…, El nuevo mundo que el nazismo quiere forjar será pagano y primordial en todas sus actitudes; por eso está dispuesto a luchar hasta el fin contra el judaísmo.177

En el abismo del gueto de Varsovia, Kaplan había captado algo de la esencia violentamente pagana del nazismo, al mismo tiempo que insistía en la vitalidad extraordinaria del judaísmo, incluso en medio del infierno.
Si bien en apariencia la comunidad judía polaca se hallaba aplastada y desarticulada en el contexto del terrible sufrimiento que le infligían sus conquistadores nazis, no había perdido su vibrante deseo de vivir, su amor por la existencia ni su espíritu indomable. Kaplan deja constancia del ambiente extraordinario que reinaba pocos meses después de que el gueto de Varsovia quedara aislado: «Durante el día, cuando luce el sol, el gueto gime. Por la noche, sin embargo, todo el mundo baila, a pesar de que tenga el estómago vacío; una plácida y discreta música nocturna acompaña las danzas. Bailar es casi un mitzvah (precepto): cuanto más baila uno, más testimonio da de su creencia en la “eternidad de Israel”. Cada danza es una protesta contra nuestros opresores».178
A pesar de la situación desesperada en que se hallaban, los judíos se las ingeniaron para organizar en los guetos grupos de estudio, bibliotecas de préstamo y escuelas clandestinas; había comités que se encargaban del cuidado de los niños y de auxiliar a los necesitados, así como de mantener una amplia variedad de actividades culturales. Los habitantes del gueto, pese a las trágicas circunstancias, trataban de conservar (lo mejor que podían) su fidelidad a la tradición y a los valores religiosos judaicos, y siguieron protegiendo los rollos de la Tora, estudiando el Talmud, rezando y celebrando el bar mitzvah.179 Veamos, por ejemplo, lo que escribía en su diario Chaim Kaplan el 2 de octubre de 1940, en vísperas de las Grandes Festividades [Hosh Hashanah y Yom Kippur]:

Repito: lo tenemos todo prohibido, y, sin embargo, ¡lo hacemos todo! Nos «ganamos la vida» por procedimientos prohibidos…, Lo mismo ocurre con las oraciones comunitarias: por toda Varsovia, centenares de minyanim secretos celebran sus plegarias colectivas, y no omiten ni los himnos más difíciles; no faltan ni predicadores ni sermones: todo está de acuerdo con las antiguas tradiciones de Israel.180

Aquella autoafirmación espiritual no resultaba menos significativa que otras formas de resistencia de carácter más claramente político y militar. A pesar del tormento del hambre y de los repetidos brotes de tifus, la tenacidad con que la intelectualidad del gueto de Varsovia luchó por mantener viva la herencia cultural de una comunidad tan enormemente variada como aquella fue, sin duda alguna, extraordinaria.181 En la Biblioteca Judaica se celebraban con regularidad conciertos, seminarios, veladas literarias y debates; había festivales de cultura y música judía, los poetas y los prosistas recitaban fragmentos de sus obras, se interpretaba música de cámara y se ponían en escena obras teatrales; se leían con avidez las obras clásicas y también las más recientes de la literatura mundial. También los orfanatos -como el de Janusz Korczak- organizaron programas culturales dirigidos al público en general, y lograron atraer a miembros de la comunidad judía que nunca antes habían acudido a aquella clase de actividades.182 Existían, asimismo, los llamados «rincones de los niños», donde, además de comida, se ofrecía a los pequeños cierta formación y entretenimiento.
Aquella intensa actividad cultural constituía un testimonio elocuente de la negativa de los miembros de la comunidad judía polaca a aceptar su degradación a la condición de bestias, que los alemanes trataban de imponerles por todos los medios concebibles. A pesar de que eran conscientes de la catástrofe que se avecinaba, estaban decididos a luchar por su identidad individual y colectiva como judíos, por su dignidad humana y por alguna forma de supervivencia nacional, sin importarles lo remota que pudiera parecer tal perspectiva.183 El tópico habitual de que los judíos no se resistieron a sus perseguidores y se limitaron a ir «como ovejas al matadero» no es una descripción fiel ni justa, aunque, en su contexto original, la resistencia judía lo concibió más bien como una forma de llamar a las armas. Cuando se presenta como una crítica general, pasa por alto lo extraordinariamente lejos que llegaron los nazis en la ocultación de los propósitos genocidas de su política hacia los judíos: los verdugos alentaron de modo deliberado falsas expectativas y la ilusión de que la sumisión y el trabajo podían ser la salvación de los judíos.
El estribillo de las «ovejas al matadero» olvida igualmente el hecho de que la idea de un exterminio físico total no solo carecía de precedentes sino que, sin duda alguna, a la mayoría de judíos -y de gentiles- debía parecerles el producto de una imaginación enferma; asimismo, subestima el estado de agotamiento y desmoralización completos en que se encontraban los judíos confinados en guetos y su grado de aislamiento y desconexión del mundo exterior. Ignora también el efecto de intimidación del castigo colectivo tal como lo practicaban los nazis siempre que se enfrentaban a cualquier acto de desafío, aunque fuera el más trivial e insignificante; en toda Europa, la conciencia de que los alemanes tomarían terribles represalias tuvo un importante efecto desincentivador de los intentos de resistencia armada: por ejemplo, hubo relativamente pocas tentativas de revuelta entre los numerosos y bien entrenados soldados aliados y los centenares de miles de rusos que estaban prisioneros en los campos alemanes, y ello a pesar de que se hallaban bajo la vigilancia de una cantidad bastante reducida de guardianes; rara vez se los ha acusado de pasividad. No obstante, los prisioneros occidentales no estuvieron sometidos a la deshumanización implacable que fue la suerte común de los judíos en los guetos y los campos nazis.
La población judía vivió, en una medida mucho mayor que cualquier otra, la experiencia terrorífica de que se diera caza a sus componentes como si fueran animales salvajes. Para empeorar las cosas, los judíos se encontraban -por lo menos en Europa Oriental- en un entorno por lo general hostil y antisemita. Incluso en el caso de que lograran escapar, los hombres judíos seguían marcados por la circuncisión, y a menudo se los podía identificar con facilidad por la barba y los rasgos faciales o también por sus ropas características. Pese a aquellos obstáculos enormes, los judíos acabarían sublevándose en los guetos de Varsovia y Bialystok y en los campos de exterminio de Treblinka, Sobibor y Auschwitz, y empuñaron las armas junto a los partisanos dondequiera que lograron escapar de sus torturadores. Probablemente, no fue casual que los precursores de la resistencia militante surgieran de la comunidad judía lituana, que fue la primera que se vio sometida a matanzas salvajes y masivas perpetradas por los alemanes con la participación entusiasta de la población local.184 Fue como si comprendieran que Lituania era una especie de laboratorio experimental de la «solución final»; aquella percepción dio origen, en enero de 1942, a la lucha armada en el gueto de Vilna, basada en la profética intuición del Grupo de la Juventud Pionera Sionista (Hashomer Ha-Tsair) de que «Hitler pretende destruir a todos los judíos de Europa» -faltaban tres semanas para la conferencia de Wannsee- y de que los judíos lituanos estaban «destinados a ser los primeros de la fila».185
En su manifiesto del 31 de diciembre de 1941, Abba Kovner, el líder del grupo, advertía que ya solo quedaba una cuarta parte de los ochenta mil judíos de Vilna y que aquellos a quienes se llevaban del gueto no volverían jamás; en ese contexto, añadía: «No nos dejemos llevar como ovejas al matadero. Es cierto que somos débiles y estamos desamparados, pero la única respuesta a los asesinatos es la autodefensa».186 La revuelta fue un gesto desesperado de desafío que llevó a la formación de una organización partisana unida, que contaba con miembros procedentes de todos los grupos de la vida política judía pero que principalmente estaba compuesta por sionistas, miembros del Bund y comunistas. Los grupos juveniles judíos no tenían la carga de las responsabilidades familiares y eran más receptivos a la acción revolucionaria; de modo instintivo, se oponían a la posición de los Judenräte que abogaban por la obediencia y la pasividad con la vana esperanza de evitar males mayores. En el verano de 1943, algunos jóvenes combatientes judíos lograron escapar del gueto de Vilna, formaron unidades partisanas y contribuyeron a la liberación final de su ciudad.
Por lo menos en otros veinte guetos de Europa Oriental estallaron también revueltas armadas, la más conocida de las cuales fue la sublevación del gueto de Varsovia, que se prolongó durante casi un mes, entre el 19 de abril y el 15 de mayo de 1943.187 De hecho, fue la primera rebelión protagonizada por civiles que se produjo en toda la Europa ocupada por los nazis, y tomó completamente por sorpresa a los alemanes. Los luchadores del gueto fueron, inicialmente, los seiscientos miembros de la Organización Judía Combatiente que dirigía, a sus veinticuatro años, Mordechai Anielewicz, y los componentes de la Organización Militar Nacional, cuyas fuerzas estaban formadas por cuatrocientos hombres y mujeres. Armados tan solo con unas cuantas ametralladoras y fusiles y un número mayor de granadas y cócteles molotov, los combatientes del gueto estaban poco adiestrados, y la ayuda que recibieron de la resistencia polaca local fue mínima. Habían sido testigos de la desaparición del grueso de los habitantes del gueto, ya fuera a causa de la deportación a los campos de exterminio, ya de la muerte por hambre o enfermedades. Los sesenta mil judíos que quedaban en el gueto de Varsovia, muchos de los cuales eran adolescentes, eran los mejor dotados para la supervivencia, y se los había dejado para el final. Cuando las SS entraron en el gueto para capturar y deportar a más judíos, se les recibió, con gran asombro por su parte, con bombas, disparos y explosiones de minas. Acabarían siendo necesarios tres mil hombres, bajo el mando del general de las SS Jürgen Stroop y equipados con ametralladoras pesadas, obuses, otras piezas de artillería y vehículos blindados -reforzados luego por bombarderos y tanques-, para vencer la resistencia judía, que contaba con una potencia de fuego irremediablemente inferior. Los judíos se hicieron fuertes en las alcantarillas que recorrían el subsuelo de la ciudad, hasta que el gueto quedó completamente arrasado por las fuerzas alemanas; algunos combatientes prefirieron saltar desde los edificios en llamas antes que rendirse a sus opresores. Sabían desde el principio que se habían empeñado en una batalla sin esperanza, pero estaban decididos a morir con honor y dignidad: en su última carta desde el gueto, fechada el 23 de abril de 1943, Mordechai Anielewicz observaba que «lo que ha ocurrido ha superado nuestros sueños más audaces», y que «lo que nos hemos atrevido a hacer es de una importancia muy grande, enorme …».188 No se hacía ninguna ilusión acerca de su destino o el de sus compañeros; lo más importante era que la autodefensa en el gueto y la resistencia armada judía se habían convertido por fin en realidad. Más de quince mil judíos murieron en el combate y más de cincuenta mil fueron capturados y enviados a los campos de exterminio.
Es importante indicar que también hubo revueltas en los propios campos de exterminio, incluyendo una en Auschwitz, donde los prisioneros volaron uno de los hornos crematorios, lo cual causó la muerte de varios guardias de las SS, así como una sublevación mucho mayor en Treblinka (agosto de 1943). El 14 de octubre de 1943, varios centenares de prisioneros de Sobibor se abalanzaron contra las puertas del campo en una rebelión que provocó el cierre del mismo al cabo de dos días; pese a que la mayoría de ellos murieron en el intento de evasión, más de cien lograron escapar, y muchos se incorporaron a unidades partisanas que operaban en los bosques. Por toda la Europa ocupada por los nazis, decenas de miles de judíos formaron parte de los distintos movimientos partisanos o de resistencia; algunos lo hicieron para tratar de vengarse de su sanguinario enemigo y otros para salvar sus propias vidas y, en los casos en que fuera posible, las de sus correligionarios. Los partisanos judíos lucharon con valentía en los bosques de Ucrania y Polonia, en los montes Cárpatos, en Bielorrusia y en Lituania.189 En Europa Oriental, fue habitual que la actividad partisana se desarrollara en unidades específicamente judías, debido a la abierta hostilidad de las poblaciones locales; en ocasiones, aquel antagonismo afectaba también a los grupos partisanos antinazis, que en Polonia y otros lugares estaban, con no poca frecuencia, impregnados de antisemitismo. La Brigada Judía que se formó y combatió en los bosques cercanos a Vilna bajo la dirección de Abba Kovner fue el más célebre de los grupos partisanos judíos; otros puntos principales de resistencia judía estaban situados en las zonas de Bialystok, Kovno y Minsk, donde los judíos fueron componentes destacados, a partir de 1943, de las unidades partisanas multinacionales bajo control de los soviéticos, cuyo alto mando, como cuestión de principios, no aprobaba ni permitía la existencia de unidades partisanas judías separadas.190 En la Europa Meridional y Occidental, los judíos se encontraron con una hostilidad menos manifiesta por parte de la población autóctona, y les resultó más fácil actuar como parte de los movimientos de resistencia nacional de países como Francia, Bélgica, Holanda, Italia, Grecia y Yugoslavia (donde cerca de dos mil judíos lucharon en las filas del movimiento guerrillero de Tito).191 Pese a las condiciones adversas, los judíos también destacaron entre los fundadores del movimiento partisano de Eslovaquia, y por lo menos dos mil quinientos de ellos combatieron en la rebelión nacional de aquel país en el verano de 1944.
En Francia, durante cierta etapa, los judíos llegaron a representar más de un 15 por ciento de las fuerzas de la resistencia, lo cual multiplicaba por veinte su proporción sobre la población total, y tuvieron un papel relevante tanto en los puestos de dirección y mando como en las bases del movimiento. La mitad de los fundadores de Libération eran judíos, al igual que el 20 por ciento de los miembros del Comité Nacional, el órgano superior de la resistencia francesa. El fundador de los Francotiradores de la región de París, en 1942-1943, fue un judío, como también lo era un número desproporcionado de quienes se adhirieron a las Fuerzas Francesas Libres de De Gaulle en Londres. Con bastante frecuencia, los combatientes judíos de la resistencia disimulaban su condición; en ocasiones, tal actitud se debía a razones de seguridad, mientras que otras veces quizá creyeran que reconocerla no ayudaría a la causa aliada, bien porque los alemanes y los colaboracionistas franceses de Vichy explotarían el dato, bien por miedo a que ello pudiera despertar sentimientos antijudíos latentes en la resistencia.192 No cabe duda de que muchos de ellos también consideraban que su identidad francesa era más importante que sus lealtades u orígenes judíos. El número relativamente alto de judíos que participaron en la resistencia comunista francesa resultó asimismo minimizado, tanto por parte de los propios judíos como del Partido Comunista; ello se debió, principalmente, a razones políticas e ideológicas nada distintas de las que imperaron en la Unión Soviética y la Europa Oriental en el transcurso de la guerra. Una consecuencia de toda aquella discreción ha sido que la historia de la resistencia judía durante la época del Holocausto sea menos conocida de lo que debería, excepto en Israel, donde adquirió una importancia fundamental; sin embargo, las narraciones dominantes son, con frecuencia, claramente selectivas. Si consideramos además el heroísmo y las capacidades de más de medio millón de judíos que formaron parte de las filas del Ejército Rojo, así como los servicios destacados de más de setecientos mil judíos en las fuerzas armadas británicas y estadounidenses (por no hablar de otros ejércitos aliados), resulta que la contribución a la derrota de la Alemania nazi por parte de los judíos que prestaron servicio en ejércitos regulares no fue, en modo alguno, despreciable. En realidad, aproximadamente un 10 por ciento de la comunidad judía mundial (1,6 millones sobre una población total de dieciséis millones en 1939) luchó en la guerra, incluidos los treinta y cinco mil voluntarios judíos de Palestina que formaron la Brigada Judía del ejército británico.
En el interior de la misma Alemania, no existió prácticamente resistencia armada de ninguna clase y, por lo tanto, tampoco la hubo por parte de los judíos. Sin embargo, una proporción significativamente alta de los judíos alemanes (y austríacos) que habían emigrado del Reich antes de 1939 sí se comprometieron en la resistencia belga, holandesa, italiana y francesa contra el fascismo, así como en los esfuerzos por sabotear la ocupación alemana. Los judíos que permanecieron en Alemania bajo las condiciones imperantes de implacable Gleichschaltung (conformidad forzosa con las instituciones) no tenían ninguna posibilidad de desarrollar una resistencia política directa; ello, sin embargo, no disuadió ni a los rabinos ni a los representantes oficiales de la comunidad judía alemana de realizar protestas solemnes contra las persecuciones y las primeras deportaciones hacia el Este.193 Además, en el Tercer Reich, la prensa judía fue sin duda alguna, durante todo el tiempo que pudo sobrevivir, el último enclave de los valores liberales y humanistas que aún se toleraban en la Alemania nazi; en sus páginas, es posible leer entre líneas muchos ejemplos de protesta velada contra la propaganda que, promovida por el Estado, rebajaba sin compasión a los judíos a la condición de subhumanos.194
Pese a la situación de total aislamiento y vulnerabilidad de la comunidad judía alemana en el Tercer Reich, es probable que hubiera unos dos o tres mil judíos, principalmente jóvenes, directamente activos en el movimiento antinazi clandestino alemán;195 se trata de un número singularmente elevado si se tiene en cuenta que, cuando estalló la guerra en septiembre de 1939, solo quedaban en Alemania doscientos mil judíos (el equivalente proporcional de dicha cifra de resistentes en el caso de la población alemana habría sido de unos setecientos mil militantes antifascistas, de cuya existencia, por supuesto, no existe dato alguno). No obstante, es preciso recordar que, por lo general, los antifascistas judíos (principalmente socialistas y comunistas) consideraban que sus afinidades y lealtades principales se debían al movimiento obrero alemán. Los judíos fueron especialmente numerosos en la resistencia comunista germana, de la cual formaba parte el grupo clandestino integrado en exclusiva por judíos que dirigía Herbert Baum, que fue responsable del ataque, valeroso pero mal concebido y desastroso, contra la exposición de propaganda nazi «Das Sowjetparadies» que se realizaba en el Lustgarten de Berlín. Los muchachos y muchachas del grupo de Baum eran ateos que estaban por completo al margen de la comunidad judía,196 y su apartamiento de la misma se veía plenamente correspondido por los sentimientos colectivos de los judíos respecto a la agitación comunista; no resultaba de mucha ayuda que, de forma periódica, los comunistas se permitieran la vulgar propaganda contra los «capitalistas judíos», aun después de que dicho grupo social hubiera dejado de existir en Alemania. Por otra parte, tras el pogromo de la Kristallnacht de 1938, la prensa clandestina comunista sí dio algunas muestras auténticas de solidaridad con la población judía perseguida.197 A pesar del carácter no democrático y totalitario de su organización y su ideología, los comunistas destacaron de forma particular entre quienes realizaron los mayores sacrificios en la limitada resistencia alemana.
El movimiento juvenil judío de la Alemania nazi, que reflejaba la diversidad de tendencias culturales y políticas presentes en la comunidad judía germana, constituyó también un semillero propicio para la actividad antifascista. Ello se debió, en parte, a la fuerte orientación socialista de muchos de los grupos juveniles sionistas, un rasgo que se remontaba a los tiempos de la República de Weimar. Bajo el Tercer Reich, el movimiento llevó una existencia de características excepcionales y preservó ante las mismas narices de la Gestapo los aspectos más humanísticos de la cultura alemana anterior a 1933, que estaban desapareciendo a toda velocidad del conjunto de la sociedad. Podría afirmarse incluso que, durante algunos años y hasta su prohibición, el movimiento juvenil judío ofreció lo que Arnold Paucker ha denominado «un oasis de pensamiento libre en una Alemania totalitaria», el cual no dejó de florecer y de estimular la actividad antinazi.198 Más tarde, durante los años de la guerra, los judíos antifascistas de Alemania y del exterior llevaron a cabo acciones ilegales más arriesgadas, que fueron desde el sabotaje, los intentos de asesinato y la propaganda pacifista hasta la ayuda a la evasión de prisioneros de guerra aliados. Aquellas actividades, al igual que las de los judíos que actuaron en otros ámbitos de la resistencia, respondieron a múltiples motivaciones y no siempre estuvieron inspiradas por la «condición judía» de los participantes individuales. Sin embargo, el papel destacado de muchos judíos en la resistencia no estuvo desvinculado de su identificación -basada en sólidos principios y también en un fuerte componente emocional- con los objetivos de la coalición antinazi, en su calidad de miembros de un grupo minoritario especialmente perseguido.
4 La «solución final»

Si tan solo una vez, al principio o en el transcurso de la guerra, hubiéramos expuesto a doce o quince mil de esos hebreos corruptores del pueblo al gas venenoso … el sacrificio de millones de hombres en el frente no habría sido en vano. Al contrario, si nos hubiéramos librado de esos doce o quince mil desalmados, quizá habríamos podido salvar la vida de un millón de alemanes buenos y valientes.
ADOLF HITLER, Mein Kampf, 1925

Circulamos a través del gueto. Bajamos y lo observamos todo con detenimiento. Es indescriptible: esos seres ya no son humanos, son animales. Por lo tanto, no tenemos ninguna tarea humanitaria que realizar, sino una quirúrgica: hay que cortar por aquí, de modo radical. De lo contrario, un día Europa perecerá a causa de la enfermedad judía.
JOSEPH GOEBBELS, diario,
2 de noviembre de 1939, Lodz (Polonia)

Y entonces vienen todos, esos ochenta millones de alemanes respetables, y no hay ninguno que no tenga su propio judío bueno. De todos los que hablan así, ninguno lo ha visto, ninguno lo ha sufrido. La mayor parte de vosotros sabéis lo que significa ver cien cadáveres aquí, quinientos allí y mil más allá. Haberlo resistido y, al mismo tiempo -dejando aparte excepciones debidas a la debilidad humana-, haber seguido siendo decentes es lo que nos ha hecho fuertes.
HEINRICH HIMMLER, discurso ante
altos dirigentes de las SS y la policía,
Poznan, octubre de 1943

En ocasiones, se olvida que los judíos no fueron el blanco principal de los nazis durante los primeros dieciocho meses que siguieron a la invasión de Polonia, acaecida en septiembre de 1939. Los alemanes, tras haber acordado con la Unión Soviética la destrucción del Estado polaco, procedieron a decapitar a sus élites, a «transferir» hacia el este a parte de la población del país, a sofocar cualquier manifestación de identidad nacional y a reducir a la servidumbre a la masa popular. Entre 1939 y 1940, por ejemplo, los Einsatzgruppen mataron a cerca de diez mil intelectuales y miembros de la nobleza y el clero polacos, en un intento deliberado de aplastar la resistencia nacional. Detrás de los verdugos, acudieron economistas, expertos técnicos y planificadores académicos alemanes que calcularon que gran parte de la población rural polaca no era «nada más que una carga inútil», gente superflua cuya presencia permanente constituía un obstáculo para el «desarrollo» industrial y los intereses económicos de Alemania. La «política demográfica negativa» -un concepto tecnocrático emanado de la Agencia del Plan Cuatrienal de Goering- preveía la organización de la muerte de millones de polacos y rusos (a estos últimos se los incluyó a partir de junio de 1941) como solución a los problemas de suministro de alimentos que iban surgiendo a medida que se extendía la guerra.199 No fue ningún accidente que, antes del final de 1941, se dejara morir de hambre a dos millones de prisioneros de guerra soviéticos en campos alemanes. El propio Goering predijo, en noviembre de 1941, que «veinte o treinta millones de personas morirán de hambre en Rusia», lo cual, según añadió con cinismo, quizá fuera bueno, «ya que habrá que diezmar a ciertas poblaciones». En nombre de la «germanización» y de una política de asentamientos para los territorios conquistados, se estaban ideando nuevas estrategias de reordenación racial, en el marco del Generalplan Ost de Himmler, que cubría la totalidad del área comprendida entre Leningrado y Crimea.200
Durante el período 1939-1941, los nazis todavía no habían elaborado una política clara y coherente en relación con los judíos, los polacos y ni siquiera el medio millón de germanos de pura cepa que habían «repatriado» a territorios anexionados por Alemania. El 25 de mayo de 1940, Himmler le había presentado a Hitler un memorándum secreto titulado «Reflexiones sobre el trato a los pueblos de raza extranjera del Este». En lo tocante al conjunto de la población no alemana, Himmler dejaba bien sentado que el único objetivo de la escolarización de los componentes del «pueblo subhumano del Este» debía ser enseñarles aritmética sencilla y que aprendieran a escribir su nombre y a «obedecer a los alemanes».201 A los polacos había que tratarlos como «un pueblo de jornaleros sin líderes», cuya tarea principal consistía en proporcionar al Reich trabajadores inmigrantes; sin ninguna clase de escrúpulo, Himmler abogaba también por secuestrar niños polacos «de sangre buena» y «racialmente» valiosos (rubios, de ojos azules y aspecto nórdico) y enviarlos al Reich para que se criaran como «arios» alemanes. En aquella etapa inicial, Himmler rechazaba de modo explícito, «por antialemán e imposible, el método bolchevique del exterminio físico de un pueblo»; en lugar de ello, parecía confiar en una combinación de «criba racial», reasentamiento y división de los distintos grupos étnicos de Europa Oriental «en tantas partes y fragmentos como sea posible», y también tenía la esperanza de que «el concepto de “judíos” se extinguirá por completo gracias a la posibilidad de una gran emigración de todos ellos a África o alguna otra colonia».202
Es probable que con ello Himmler aludiera a la idea, que aún se evaluaba seriamente en los círculos dirigentes nazis, de deportar en masa a los judíos a la isla tropical de Madagascar, situada al este de África y que a la sazón era colonia francesa. En 1937, el gobierno polaco se había dirigido a los franceses y los británicos para tratar la posibilidad de enviar a un millón de judíos polacos a aquella isla o a África del Sur. Ahora, tras la derrota de Francia, Franz Rademacher (el funcionario responsable de asuntos judíos del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán) había preparado un memorándum que preveía la deportación masiva de cuatro millones de judíos de Europa y su reasentamiento en Madagascar, una vez la isla hubiera pasado del control francés al germano; los fondos para aquel traslado de población los proporcionaría, naturalmente, el expolio de los judíos. Estos disfrutarían, se suponía, de un autogobierno nominal para la administración de los tribunales de justicia, la cultura y la vida económica, pero, en última instancia, estarían bajo el control «experto» de las SS. Por supuesto, a los judíos deportados se los despojaría de la ciudadanía alemana y de la de cualquier otro Estado europeo y se los convertiría en ciudadanos del «gran gueto» que, a partir de aquel momento, se conocería como Mandato de Madagascar.203 Rademacher consideraba incluso el proyecto como una útil respuesta nazi a las ambiciones sionistas en Palestina: «Este arreglo impedirá la posible creación, por parte de los judíos, de un Estado Vaticano propio en Palestina, y, de ese modo, evitará que utilicen para sus propios fines el valor simbólico que tiene Jerusalén para las partes cristiana y mahometana del mundo».204 En tono más amenazador, Rademacher añadía que «los judíos seguirán en manos alemanas como garantía de la buena conducta futura de su raza en América».
El plan de Rademacher contaba con la aprobación del ministro de Asuntos Exteriores, Von Ribbentrop, y también lo tomaron en serio -con algunas modificaciones- Heydrich y sus burócratas de las SS, siempre que tuvieran asegurado que ellos dirigirían el proyecto. Sin embargo, el fracaso alemán en el intento de derrotar a Gran Bretaña en 1940 comportó que no fuera posible garantizar el control del tráfico marítimo en el Atlántico, que era esencial para el éxito del plan. Si bien en algunas ocasiones Hitler aún se referiría al mismo en conversaciones con Mussolini y otros líderes extranjeros, la solución africana pronto quedaría discretamente arrinconada. No obstante, en el terreno formal, hasta el 10 de febrero de 1942 los departamentos del Ministerio de Asuntos Exteriores no recibieron por fin la confirmación oficial, por parte de Rademacher, de lo que Hitler había decidido varios meses atrás: «La guerra contra la Unión Soviética ha dado lugar, entretanto, a la posibilidad de disponer de otros territorios para la Solución Final. En consecuencia, el Führer ha decidido que no se debe evacuar a los judíos a Madagascar, sino al Este. Por lo tanto, ya no hay que pensar en Madagascar en relación con la Solución Final».205
En efecto, la invasión alemana de la Unión Soviética en junio de 1941, designada con el nombre en clave de «Operación Barbarroja», iba a estar unida de modo indisoluble a la decisión de llevar a cabo una guerra genocida contra todos los judíos de Europa. También costaría la vida a veinte millones de ciudadanos soviéticos (más de la mitad de los cuales eran civiles), incluidos tres millones de miembros del Ejército Rojo, prisioneros de guerra a quienes los alemanes hicieron morir de hambre. En aquella confrontación gigantesca, que se ha calificado con justicia como «la campaña militar más salvaje de la historia contemporánea», se abandonaron por completo todas las convenciones tradicionales de conducta, por no hablar de las restricciones éticas o legales.206 En la llamada «Orden de los Comisarios» del 6 de junio de 1941, el ejército alemán recibió de sus comandantes instrucciones específicas de no mostrar ninguna compasión ni «respeto por el derecho internacional» en la lucha contra el bolchevismo y, en particular, contra «los comisarios políticos de todo tipo». Según se aseguraba, el enemigo comunista empleaba «métodos de lucha bárbaros, asiáticos», lo cual exigía, por tanto, la ejecución inmediata de todos los oficiales políticos del Ejército Rojo; la Wehrmacht fusiló de modo sumario a unos seiscientos mil de aquellos oficiales durante los primeros meses de combate. También se estipuló una actuación despiadada contra los partisanos y contra cualquiera que les prestara ayuda, así como contra los judíos y los miembros del Partido Comunista. La Wehrmacht, como ejército regular alemán, recibió órdenes de proporcionar una concienzuda asistencia militar y logística a los Einsatzgruppen (unidades móviles de ejecución) de las SS que le seguían los pasos y cuya tarea consistía en el asesinato de judíos y otros ciudadanos soviéticos a quienes se había condenado a la eliminación.
Durante los primeros dieciocho meses de la campaña rusa, los cuatro batallones de los Einsatzgruppen que actuaban en el vasto frente que se extendía desde el mar Báltico hasta el mar Negro asesinaron, con la ayuda de las unidades de la Wehrmacht y la policía nazi, a más de un millón de hombres, mujeres y niños judíos. En Ucrania, empezando por Lvov, encontraron colaboradores bien dispuestos para la matanza de judíos entre los nacionalistas de aquel país. Un informe de los Einsatzgruppen sobre el período del 1 al 31 de octubre de 1941, que trataba del exterminio en Ucrania -incluidas las tristemente célebres masacres de judíos perpetradas en Babi Yar, en las mismas afueras de Kiev, la capital ucraniana-,207comentaba crípticamente:

La feroz hostilidad de la población ucraniana contra los judíos es extremadamente grande, pues se cree que ellos fueron los responsables de las explosiones ocurridas en Kiev. También se considera que son informadores y agentes de la NKVD [policía secreta soviética] y que, como tales, desencadenaron el terror contra el pueblo ucraniano. Como represalia por el incendio provocado en Kiev, se detuvo a todos los judíos, y un total de 33.771 fueron ejecutados entre el 29 y el 30 de septiembre. El oro, los objetos de valor y la ropa se recogieron y se pusieron a disposición de la Asociación de Bienestar Nacionalsocialista para el aprovisionamiento de los Volksdeutsche [alemanes de raza], y en parte se entregaron a la administración de la mencionada ciudad para su distribución entre la población necesitada.208

Por supuesto, el horror indescriptible de aquel baño de sangre contra hombres, mujeres y niños indefensos e inocentes resulta imposible de vislumbrar, ni siquiera de forma remota, en un relato tan aséptico como el citado o en otros documentos alemanes.
Algunas de las primeras masacres tuvieron lugar en los estados bálticos, donde los Einsatzgruppen contaron con una ayuda entusiasta, especialmente por parte de los lituanos. He aquí un extracto típico de un informe de Karl Jäger, comandante del Einsatzgruppe 3, referente al exterminio de los judíos lituanos; el documento está fechado el 1 de diciembre de 1941 en Kovno, y está escrito también en el lenguaje gélido que caracteriza esa clase de relatos, que suelen incluir un desglose estadístico preciso de las cifras de víctimas:

… Hoy puedo confirmar que el Einsatz Kommando 3 ha cumplido el objetivo de resolver el problema judío en Lituania. Ya no hay judíos en Lituania, aparte de los que trabajan y sus familias. Estos suman: en Shavli, unos cuatro mil quinientos; en Kovno, unos quince mil; en Vilna, unos quince mil.
Quiero eliminar también a los judíos que trabajan y a sus familias, pero la Administración Civil [Reichskommissar] y la Wehrmacht han arremetido con dureza contra mí y han emitido una orden que prohíbe el fusilamiento de esos judíos y sus familias. El objetivo de dejar Lituania limpia de judíos solo se pudo lograr por medio de la formación de un Comando Móvil especialmente seleccionado que se hallaba bajo el mando del Obersturmführer de las SS Hamann, quien asumió por completo mis objetivos y fue capaz de garantizar la cooperación de los partisanos lituanos y de las autoridades civiles interesadas. La realización de tales Aktionen constituye, ante todo, un problema organizativo: la decisión de limpiar sistemáticamente de judíos todos y cada uno de los subdistritos exigía una preparación concienzuda de cada Aktion y el estudio de las condiciones locales; había que concentrar a los judíos en una o más localidades y, de acuerdo con su número, elegir un lugar y excavar las fosas … Se lleva a los judíos al lugar de ejecución en grupos de quinientos, con una distancia mínima de 2 km entre grupos … Todos los oficiales y hombres bajo mi mando en Kovno tomaron parte activa en la Grossaktionen de aquella ciudad; solo se eximió de la participación a un funcionario del cuerpo de inteligencia, por razones de enfermedad.
Considero que las Aktionen contra los judíos están prácticamente concluidas. A los restantes judíos y judías que trabajan se los necesita de forma acuciante, e imagino que esa mano de obra seguirá siendo perentoriamente necesaria después del final del invierno. Soy de la opinión de que habría que esterilizar de inmediato a los judíos de sexo masculino que trabajan, con el fin de impedir la reproducción; en caso de que, a pesar de todo, alguna judía quedara embarazada, habría que liquidarla …209

El modelo de matanzas perpetradas por los escuadrones de la muerte, en la forma descrita en el texto citado, fue bastante típico del frente del Este, y constituye un fiel reflejo de la «guerra ideológica» de exterminio y esclavización que Hitler había ordenado. La Wehrmacht, que en Polonia y Lituania planteó objeciones al asesinato de trabajadores judíos valiosos, sí participó activamente, por el contrario, en las matanzas de judíos en la Unión Soviética. El jefe del VI Ejército, mariscal de campo Von Reichenau, explicó a sus tropas, en un orden del día transmitido el 10 de octubre de 1941, cuáles debían ser los principios inspiradores de su conducta en la guerra contra el bolchevismo:

El objetivo esencial de la campaña contra el sistema judeobolchevique es la destrucción completa de sus instrumentos de poder y la erradicación de la influencia asiática sobre la esfera cultural europea … En el Este, el soldado no es solo un combatiente que sigue las reglas de la guerra, sino también el portador de un concepto racial [völkischen Idee] inexorable y el vengador de todas las bestialidades que se han cometido contra los alemanes y las razas afines.
Por lo tanto, el soldado debe poseer una comprensión completa de la necesidad de la expiación, severa pero justa, que le corresponde a la subhumanidad judía. Ello tiene el objetivo complementario de cortar de raíz, en la retaguardia de la Wehrmacht, los conatos de rebelión que, como muestra la experiencia, siempre traman los judíos.210

El 20 de noviembre de 1941, el general Erich von Manstein, que era el jefe del XI Ejército y uno de los generales más brillantes de Alemania, se extendía sobre el tema:

Desde el 22 de junio, el Volk alemán se encuentra sumido en una batalla a vida o muerte contra el sistema bolchevique. Esta batalla contra el ejército soviético no se libra exclusivamente de manera convencional y de acuerdo con las reglas de la guerra europea … Los judíos son los intermediarios entre el enemigo situado a retaguardia y los restos del Ejército Rojo y la dirección roja que aún combaten; ejercen un control mucho más fuerte que en Europa sobre todas las posiciones clave de la dirección política y la administración, ocupan el comercio y los negocios y además forman células para toda clase de disturbios y posibles rebeliones.
Hay que erradicar el sistema judeobolchevique de una vez por todas; no puede volver a interferir jamás en nuestro espacio vital europeo. Por lo tanto, al soldado alemán no solo le corresponde la tarea de destruir el instrumento de poder de ese sistema, sino que avanza como portador de una concepción racial y como vengador de todas las atrocidades que se han cometido contra él y contra el pueblo alemán.
El soldado debe demostrar que comprende la severa expiación que corresponde al judaísmo, el portador espiritual del terror bolchevique …211

Aquellas declaraciones ideológicas por parte de altos jefes militares alemanes que se hallaban en el teatro de operaciones y exhortaban a sus tropas a una ferocidad aún mayor contra los enemigos «raciales» y políticos del Reich se estaban convirtiendo en algo habitual. Los líderes militares hablaban, como hacía el general Hoth, comandante del XVII Ejército, el 25 de noviembre de 1941, de «nuestra misión de salvar la cultura europea de la barbarie asiática que avanza», así como del sentido alemán del «honor» y la raza al enfrentarse a la «indiferencia respecto a los valores morales» por parte del judeobolchevismo. Aquella visión, inspirada por el nazismo, de la guerra como una lucha ideológica por la supervivencia contra unos diabólicos enemigos judeobolcheviques no la asumían solo los jefes, sino también las tropas de combate. Como ha señalado Omer Bartov, los soldados de la Wehrmacht que prestaban servicio en el frente ruso eran jóvenes «cuyos años de formación habían transcurrido bajo el Tercer Reich y que estuvieron expuestos a grandes dosis de adoctrinamiento en escuelas controladas por el nazismo y especialmente en las Juventudes Hitlerianas y el servicio laboral del Reich».212 Su educación y su socialización les habían inculcado la disposición mental indispensable para una tarea genocida.
De modo más específico, el Vernichtungskrieg (guerra de destrucción) que el ejército libraba en el Este contra la Unión Soviética, el «judeobolchevismo» y las «hordas asiáticas» proporcionaba las condiciones previas para la «solución final de la cuestión judía» en Europa. Sobre ese asunto, Hitler sabía que sus generales conservadores y antibolcheviques tenían un amplio acuerdo con sus puntos de vista, del mismo modo que no les causaba ningún reparo la idea de matar de hambre o de exceso de trabajo a los Untermenschen eslavos, ni la de reducirlos a una reserva de mano de obra esclava para el Herrenvolk (raza de señores) alemán. Para la élite nazi, la Operación Barbarroja había abierto nuevas perspectivas que se concretaban en «soluciones» a una serie de problemas de gran envergadura que hasta aquel momento se habían pospuesto o congelado. Desde la década de 1920, Hitler había soñado con una guerra contra la Unión Soviética, con el fin de crear Lebensraum (espacio vital) hacia el Este, en el marco de un gran imperio alemán; ahora bien, debería tratarse de una Weltanschauungskrieg (guerra de ideologías) para destruir el comunismo internacional que los nazis consideraban como la principal arma política de los judíos y como la expresión de su voluntad de dominar el mundo.213
Llama la atención el modo en que, a medida que se acercaba la gigantesca batalla con la URSS, Hitler empezó a regresar al lenguaje de Mein Kampf y a la escatología racial antisemita de sus primeros tiempos de agitador en Munich. En una conferencia preparatoria celebrada el 30 de marzo de 1941, había avisado con claridad a sus generales de que la guerra con la Unión Soviética sería «una lucha entre dos visiones del mundo antagónicas [Kampf zweier Weltanschauungen gegeneinander]» y una lucha racial completamente distinta de la confrontación en el oeste.214 Como hemos visto, sus generales y tropas que se hallaban sobre el terreno llevaron a cabo al pie de la letra las directrices que él había trazado para la eliminación implacable de comisarios bolcheviques, partisanos y judíos.
Es importante comprender el salto cualitativo que se estaba produciendo en aquellos momentos en el continuo de acciones asesinas que, tomadas en su conjunto, constituyen el Holocausto. De modo retrospectivo, puede considerarse el período que va desde la conquista de Polonia hasta junio de 1941 como un «laboratorio de pruebas» para las ambiciones raciales e imperiales de Hitler. En Polonia, las políticas raciales concebidas para expulsar a polacos y judíos de las zonas anexionadas al Reich y reemplazarlos por alemanes y Volksdeutsche «racialmente puros» no tuvieron, pese a todo, más que un éxito limitado. Hans Frank, el civil que estaba al frente del Gobierno General de la Polonia conquistada, se quejaba constantemente de que su feudo se había convertido en un inmenso vertedero de judíos procedentes de Alemania, Austria y los territorios polacos anexionados, en unas circunstancias que constituían una carga para su sobreexplotada administración. En los guetos, de resultas de la crueldad deliberada de los alemanes, había una grave superpoblación, una escasez crónica de alimentos y una ausencia completa de servicios higiénicos y sanitarios, lo cual provocaba brotes de tifus y otras enfermedades infecciosas. A pesar de que centenares de miles de personas murieron en aquellas condiciones espantosas o en los campos de trabajo y de que se mataban judíos de forma brutal y arbitraria, en la primavera de 1941 la política alemana aún no consistía en el asesinato en masa sistemático. La Rusia soviética, por otra parte, se convirtió en el escenario de la lucha final, «el preludio del milenio», por tomar prestada la elocuente frase que aplica Lucy Dawidowicz al apocalipsis nazi.215
El 31 de julio de 1941 -casi seis semanas después del inicio de la invasión de la URSS-, Heydrich recibió de Goering la orden de «llevar a cabo todos los preparativos referentes a la organización, los aspectos materiales y los criterios financieros para una solución total [Gesamtlösung] de la cuestión judía en los territorios de Europa que se hallan bajo influencia alemana»; además, se le mandaba que presentara un borrador «que exponga las medidas administrativas, materiales y financieras que ya se han adoptado para la ejecución de la solución final [Endlösung] que se pretende dar a la cuestión judía».216 Asimismo, es bien sabido que, a mediados de junio de 1941, Heydrich había impartido a los jefes superiores de las SS y la policía en el este órdenes genéricas de matar judíos, saboteadores, subversivos y funcionarios de la Comintern; sus instrucciones, sin embargo, no iban mucho más allá de la «Orden de los Comisarios» que había precedido la invasión. Con todo, bajo la cobertura de las medidas de seguridad y protección contra los partisanos en los territorios ocupados, resultó más sencillo -como el mismo Hitler indicó en una conferencia de planificación el 16 de julio de 1941- «aniquilar a cualquiera que se interponga en nuestro camino».217 El propio Eichmann afirmó categóricamente en 1960, durante su interrogatorio por parte de la policía israelí, que en algún momento de agosto de 1941 había oído afirmar con rotundidad a Heydrich: «El Führer ha ordenado el exterminio físico».218 Eichmann daba por supuesto que la orden debía haberse transmitido a través de Himmler y que nunca se había puesto por escrito, un aspecto sobre el cual probablemente estaba en lo cierto.
En septiembre de 1941, mientras las fuerzas alemanas se iban empantanando cada vez más en su campaña militar, la matanza de judíos soviéticos se incrementó en gran medida. De modo significativo, la noche del 2 de octubre de 1941, Hitler indicó que las masacres que se estaban acelerando en el Este gozaban de su plena aprobación; recordando una vez más su profecía de enero de 1939 en el Reichstag sobre la desaparición del «judío» de Europa, les dijo con cinismo a Himmler y Heydrich: «A propósito, no es mala idea que los rumores públicos nos atribuyan un plan para exterminar a los judíos: el terror es algo saludable».219 Aquella declaración se produjo menos de un mes después de que, el 18 de septiembre de 1941, Himmler hubiera informado al Gauleiter de Wartheland [Polonia occidental], Arthur Greiser, de que era «el deseo del Führer que el Alt-Reich [territorio histórico del Reich] y los Protectorados [Bohemia y Moravia] queden limpios de judíos de un extremo a otro. Por lo tanto, estoy haciendo todo lo posible para tratar de que la deportación de los judíos fuera del Alt-Reich y los Protectorados y hacia los territorios asimilados por el Reich durante los dos últimos años se complete en el curso del actual, como primera etapa preparatoria de su envío más al este, a principios del año próximo».220
La orden de Hitler de septiembre de 1941 para la «extirpación» de los judíos del Reich y su traslado hacia el Este era muy significativa, pues iba más allá de la matanza de judíos soviéticos -más limitada desde el punto de vista geográfico-, y apuntaba a una solución paneuropea de la «cuestión judía». Heydrich, en una conferencia celebrada en Praga el 10 de octubre de 1941, habló también del deseo del Führer de «que se transporte a los judíos alemanes a Lodz, Riga y Minsk antes de fin de año, si es posible».221 La fórmula «el deseo del Führer», invocada tanto por Himmler como por Heydrich, llegaría a adquirir vida propia en el transcurso del Holocausto, al convertirse en una de las palabras clave (como «evacuación», «reasentamiento» o «transporte al Este») que ocultaban o camuflaban la horrible realidad del asesinato en masa. La circular emitida el 23 de octubre de 1941 por el jefe de la Gestapo, Heinrich Müller -en nombre de Himmler-, que prohibía «con efectos inmediatos cualquier nueva emigración de judíos», constituyó una señal aún más decisiva de la llegada de una nueva fase, ya que ¿adónde irían los judíos si ya no podían emigrar ni quedarse donde estaban?222 La pregunta resultó aún más acuciante a medida que fue llegando el invierno ruso y los alemanes empezaron a sufrir por primera vez graves pérdidas a manos del enemigo «judeobolchevique».
Hacia septiembre y octubre de 1941 hubo también otros indicios significativos en lo tocante a una decisión sobre el genocidio. La brutalidad de los fusilamientos masivos y cara a cara en el frente del Este estaba empezando a ejercer un grave efecto psicológico sobre los Einsatzgruppen, y Himmler -después de haber presenciado una de aquellas ejecuciones- se había vuelto más «sensible» a las necesidades de sus tropas y a la conveniencia de un método de matanza supuestamente «humano». En septiembre de 1941, el Einsatzgruppe C ya estaba en posesión de un camión que usaba los gases de escape para matar a las víctimas judías encerradas en el interior. En octubre de 1941, Adolf Eichmann, Alfred Wetzel -el experto en judíos del Ostministerium- y Viktor Brack -el supervisor del programa de eutanasia de la cancillería del Führer- discutieron planes para la construcción de aparatos de gaseamiento.223 Se acordó que «no existe razón alguna para que los judíos que no son aptos para trabajar no sean eliminados por el método Brack [es decir, el gaseamiento] … por otra parte, a los que valgan para trabajar se los transportará al Este para que lo hagan».224
Se mencionaban Riga y Minsk como destinos de los judíos alemanes deportados procedentes del Alt-Reich, a quienes, a su llegada, se entregaría a los mandos de los Einsatzgruppen. Por supuesto, los alemanes no tenían ninguna intención de alimentar a los nuevos judíos deportados cuya afluencia masiva ellos mismos estaban organizando de modo deliberado. Incapaces de realizar trabajos forzados, ¿qué perspectiva de supervivencia les quedaba a aquellos judíos? Además, ahora que se había optado por una tecnología mejor, aunque todavía primitiva (las «camionetas de gas» móviles que emitían monóxido de carbono), no quedaba sino encontrar los emplazamientos y construir los «campos de aniquilación» (Vernichtungslager). El primer campo de exterminio se erigió en Chelmno (Kulmhof), en Polonia, donde el gaseamiento de judíos -empleando gas de escape de camionetas- comenzó el 8 de diciembre de 1941;225 al parecer, Himmler había concedido una autorización especial para que en aquel lugar se matara a cien mil judíos. Aproximadamente al mismo tiempo, los alemanes ya estaban usando también camiones de gaseamiento para matar judíos en Semlin, Serbia. A continuación, vino la construcción de Belzec, en Polonia oriental -cerca de la antigua frontera soviética-, que fue el primer campo de exterminio equipado con cámaras de gas permanentes y quedó instalado en marzo de 1942.226 En aquellos momentos, en Silesia ya se hallaba en funcionamiento Auschwitz-Birkenau, que se convertiría en el mayor de todos los campos de exterminio (aunque también era un campo de concentración y trabajo industrial), si bien allí el gaseamiento de judíos no empezó hasta dos meses más tarde.227 Situado a ambos lados de la principal arteria ferroviaria que unía Viena con Cracovia, aquel enorme complejo de campos -conocido más sencillamente, si bien de forma errónea, como Auschwitz (Oswiecim en polaco)- acabó por convertirse en el símbolo más tristemente célebre del Holocausto, entendido como un proceso en cadena de asesinato masivo. Se estima que aproximadamente 1,2 millones de judíos murieron en las cámaras de gas de Auschwitz-Birkenau, junto con un número mucho menor de polacos, gitanos y prisioneros de guerra soviéticos. Similares instalaciones para la realización de matanzas se construyeron en otros campos de exterminio de Polonia, como Sobibor (mayo de 1942), Treblinka (julio de 1942) y Majdanek (otoño de 1942), que tuvieron como propósito y producto exclusivos el asesinato en masa.
Hacia fines de 1941, las presiones en favor de la eliminación física de los judíos se estaban incrementando desde muchas partes, en especial en la extraña tierra de nadie conocida como Gobierno General. Su gobernador general, el antiguo abogado Hans Frank, en un discurso de triste fama pronunciado en Cracovia el 16 de diciembre de 1941, no habría podido ser más explícito acerca de sus intenciones: «… De uno u otro modo -os lo diré con toda franqueza- tenemos que acabar con los judíos. El Führer lo expresó en una ocasión: en el caso de que los judíos unidos vuelvan a lograr que estalle una guerra mundial, el sacrificio de sangre no lo harán solo los pueblos que se vean arrastrados a ella, sino que el judío de Europa encontrará la muerte».228 La imitación del so oder so (de uno u otro modo) de Hitler que realizó el gobernador general se estaba convirtiendo en la sintonía nazi para el Holocausto.
Frank se refirió luego con desprecio a las «críticas» referentes a la crueldad y la severidad de las medidas «que actualmente se aplican a los judíos en el Reich» (las deportaciones, etc.), y, en un lenguaje que, una vez más, tenía reminiscencias inequívocas de Hitler, vociferó que la compasión había que reservarla «solo para el pueblo alemán y para nadie más en el mundo». Según afirmó, si los judíos europeos sobrevivían a la guerra mientras que los alemanes acababan sacrificando «lo mejor de su sangre» por Europa, ello constituiría, en el mejor de los casos, un éxito a medias; sin embargo, su confiada esperanza era que «los judíos desaparecerán», y por eso tenía la intención de enviar un representante a la conferencia que Reinhard Heydrich proyectaba realizar en enero de 1942 en Berlín (una alusión a la inminente conferencia de Wannsee). Hablando como miembro veterano del partido, Frank pasó entonces a informar a la audiencia sobre lo que le habían dicho en una reciente visita a Berlín: que en lugar de crear dificultades negándose a que se enviaran más judíos a su territorio, haría mejor «liquidándolos» él mismo. No había lugar para el sentimentalismo ni la compasión, concluyó.
Debemos destruir a los judíos dondequiera que los encontremos y siempre que se ofrezca la oportunidad, con el fin de poder sostener toda la estructura del Reich en este lugar … Los judíos viven a costa de nosotros hasta un extremo excepcionalmente perjudicial. De forma aproximada, tenemos en el Gobierno General unos 2,5 millones de individuos [judíos], y quizá un total de 3,5 millones que tienen algo que ver con los judíos. No podemos fusilar a esos 3,5 millones de judíos, ni podemos envenenarlos, pero podemos adoptar medidas que, de uno u otro modo [so oder so], conduzcan al exterminio, en combinación con las actuaciones de mayor alcance que se están estudiando en el Reich.229
Las medidas que se estaban proyectando en el Reich y a las cuales Hans Frank aludía de modo tan siniestro iban a concretarse con cierto detalle en los noventa minutos que duró la tristemente famosa conferencia de Wannsee, celebrada el 20 de enero de 1942 en el plácido marco de una elegante villa de las afueras de Berlín. El organizador del encuentro fue Reinhard Heydrich, en su calidad de jefe de la Policía de Seguridad y el SD, pero sobre todo porque se lo había nombrado «plenipotenciario para la Preparación de la Solución Final [Endlösung] de la Cuestión Judía». Heydrich, que era el miembro de la dirección nazi con más «aspecto ario» y también un antisemita fanático -pese a los rumores engañosos acerca de su ascendencia parcialmente judía- estaba resuelto a desarrollar la reunión de forma enérgica y práctica.230 La conferencia, que inicialmente debería haberse celebrado el 8 de diciembre de 1941, ya llevaba un retraso de seis semanas. Su propósito manifiesto era acordar y coordinar entre los distintos ministerios y jefes de servicio del Reich las directrices de un plan general destinado a exterminar -aunque, por supuesto, se evitó aquel término- a toda la comunidad judía europea. Se hallaban presentes cinco representantes de las SS y la policía, incluidos el jefe de la Gestapo, Heinrich Müller, y el concienzudo Adolf Eichmann (de la Oficina Central de Seguridad del Reich), que se encargó de levantar el acta. Los nueve civiles que asistieron representaban al Ministerio del Interior (doctor Stuckart), al Ministerio de Justicia (doctor Freisler), a la Cancillería del Reich (Kritzinger), al Ministerio de los Territorios Ocupados del Este (doctores Meyer y Liebbrandt), a la oficina del Plan Cuatrienal (Neumann), a la oficina del gobernador general (doctor Bühler), a la Cancillería del Partido (Klopfer) y al Ministerio de Asuntos Exteriores (doctor Luther).
Heydrich inició la reunión remitiéndose a los encargos anteriores que, en septiembre de 1939 y julio de 1941, había recibido de Goering para que preparara un plan práctico y organizativo para «la solución final de la cuestión judía europea». Aquella tarea exigía «una reflexión previa y conjunta por parte de todos los organismos centrales implicados directamente en esas cuestiones, con el propósito de mantener líneas políticas paralelas». Con satisfacción evidente, puso énfasis en que la responsabilidad de dirigir la «solución final» estaría centralizada en manos del Reichsführer de las SS (Himmler) y en las suyas propias, como jefe de la Policía de Seguridad y del SD. A continuación, Heydrich reiteró brevemente dos elementos clave de la lucha que hasta aquel momento había librado el Reich contra el enemigo: la «expulsión de los judíos del espacio vital [Lebensraum] del pueblo alemán» y también de las distintas esferas de la vida del mismo (Lebensgebiete).231 Hasta tiempos recientes, se había buscado con energía la emigración acelerada de judíos, considerada «como la única solución provisional posible». Heydrich recordó algunas de las dificultades halladas en aquel camino, entre las cuales estaban la restricción o la cancelación de los permisos de entrada por parte de los gobiernos extranjeros, la falta de capacidad de transporte y los obstáculos financieros. No obstante, en el transcurso de los ocho años de gobierno nazi -desde el 30 de enero de 1933 hasta el 31 de octubre de 1941, cuando Himmler había prohibido la emigración debido a las condiciones de guerra y a las nuevas «posibilidades en el Este»-, se había «enviado fuera del país» a 537.000 judíos, cifra que incluía a 360.000 procedentes de Alemania propiamente dicha, 147.000 de Austria (a partir de marzo de 1938) y unos treinta mil de Bohemia y Moravia. Los miembros acaudalados de dicha comunidad y las principales organizaciones judías del extranjero habían tenido que financiar la emigración. Sin embargo, aquello era historia pasada, un mero preludio de las grandes tareas que había por delante.
En lugar de la emigración, ahora existía una nueva perspectiva, que no era otra que «la evacuación de los judíos al Este, conforme a la aprobación previa del Führer [nach entsprechender vorheriger Genehmigung durch den Führer]». Aquella «evacuación» o deportación al Este era solo un expediente temporal en el camino hacia «la próxima solución final de la cuestión judía [die kommende Endlösung der Judenfrage]». No obstante, y para emplear la jerga tecnocrática de Heydrich, ya se había adquirido una «experiencia práctica de la máxima importancia»; es de presumir que Heydrich se refería de forma elíptica tanto a la experiencia organizativa sobre deportaciones como a las lecciones aprendidas acerca del fusilamiento, el gaseamiento y otras técnicas de matanza que se habían ensayado durante los seis meses anteriores en el Este.
De acuerdo con los exagerados cálculos de la Oficina Central de Seguridad del Reich, la «solución final» de la cuestión judía europea abarcaría a no menos de once millones de judíos. Heydrich dio a entender que era posible que incluso aquel cálculo se hubiera quedado corto, ya que los países extranjeros que solo aplicaban de forma parcial los criterios raciales solían estimar a la baja el verdadero número de judíos que poseían. La tabla de población de Heydrich incluía en su lista de objetivos a los 300.000 judíos ingleses, a los 4.000 de Irlanda y a los de países neutrales como Suecia (8.000), Suiza (18.000), España (6.000) y la Turquía europea (55.000), ninguno de los cuales sufriría la ocupación alemana; Estonia era el único país que ya constaba como «libre de judíos» [Judenfrei]. Se aportaban estimaciones particularmente elevadas de población judía en los casos de la URSS (cinco millones), Ucrania (2,99 millones) y la Francia no ocupada (setecientos mil). Según Heydrich, con la puesta en práctica de «la solución final» se iba a «peinar de un extremo a otro» Europa, con una atención prioritaria al área del Reich (Alemania, Austria, Bohemia y Moravia), «debido al problema de la vivienda y a las necesidades sociopolíticas»; en realidad, el Holocausto se desarrollaría de un modo un tanto diferente.
Heydrich preveía ciertas dificultades en países como Hungría y Rumanía, a los que consideraba corruptos, e incluso afirmó que «en Hungría resulta imperativo que, sin excesiva demora, se le imponga al gobierno la presencia de un consejero sobre asuntos judíos». Por el contrario, creía que en Eslovaquia y Croacia «los problemas más esenciales ya se hallan casi resueltos». En la Francia ocupada y en la no ocupada, Heydrich no esperaba tropezar con demasiadas dificultades «al inscribir a los judíos para su evacuación»; en cambio, hablaba solo de «pasos preparatorios para resolver la cuestión en Italia». Resultó engañosa, hasta extremos escalofriantes, la mención despreocupada que hizo de los «cinco millones de judíos que hay en la Rusia europea», sin dar ni siquiera un indicio de que ya se había masacrado a centenares de miles de judíos soviéticos; en lugar de hacer tal cosa, Heydrich ofreció un análisis distorsionado de las dedicaciones profesionales de la comunidad judía rusa, y añadió con cinismo: «La influencia de los judíos en todos los aspectos de la vida de la URSS es bien conocida».
El momento de la realización de cada uno de los proyectos de «evacuación» vendría, según afirmó, «determinado principalmente por los progresos militares». En áreas o territorios en los que el Reich gozaba de influencia, se esperaba de los miembros competentes del Ministerio de Asuntos Exteriores que conferenciaran acerca de la «cuestión judía» con los principales funcionarios del SD. El entusiasta representante del mencionado ministerio, Martin Luther -un sabueso implacable en lo referente a los «asuntos judíos»-, llamó la atención sobre los problemas que probablemente podía haber con los países escandinavos, pero, teniendo en cuenta el escaso número de judíos que residían en ellos, sugirió que tal vez sería indicado aplazar las «evacuaciones».232
Luego, Heydrich detalló brevemente las «medidas administrativas y ejecutivas especiales» que se aplicarían al reclutamiento de judíos para el trabajo (Arbeitseinsatz) en los territorios del Este. A pesar de sus laboriosos eufemismos, a todos los funcionarios presentes debía resultarles claro que la mayoría de judíos deportados serían, con toda seguridad, «no aptos para el trabajo» y que, por lo tanto, no les cabía esperar otra cosa sino que se deshicieran de ellos de inmediato. Para quienes fueran aptos, Heydrich preveía la formación de grandes brigadas de trabajo (con separación de sexos) para la construcción de carreteras, «una tarea en la cual una gran parte de ellos caerán, sin duda alguna, por eliminación natural [durch natürliche Verminderung ausfallen wird]». Tales proyectos de trabajo, con reminiscencias de los gulags estalinistas, nunca llegaron a realizarse, pues al parecer chocaron con el veto de Hitler, que en aquel momento prefirió, de modo provisional, emplear para otros fines la mano de obra disponible. A los judíos que sobrevivieran a aquellas condiciones de pesadilla no se les permitiría, por supuesto, irse libremente, sino que deberían recibir un «trato especial» (Sonderbehandlug), ya que se trataba de los más resistentes desde el punto de vista físico y personificaban «una selección natural de los más aptos» y la «célula germinal [Keimzelle] de un nuevo renacimiento judío»; aquello, según la forma de pensar de Heydrich, estaba demostrado por «la experiencia de la historia».233
Finalmente, los protocolos de la conferencia de Wannsee dedicaban un espacio considerable a la cuestión de los Mischlinge (semijudíos o personas de linaje mezclado) y los matrimonios mixtos, un hecho que ha desconcertado a muchos historiadores, en especial porque las extensas y abstrusas discusiones al respecto no parecen haber producido ningún resultado concluyente. Para los nazis, aquello no era una mera cortina de humo, sino un asunto de auténtica importancia y también de dificultad conceptual.234 Se había definido como Mischlinge de primer grado (con dos abuelos judíos) a no menos de setenta y cinco mil personas, y en el segundo grado (un abuelo judío) se habían incluido entre ciento veinticinco y ciento treinta mil. Para los funcionarios germanos, saber a quién debía tratarse como judío había resultado crucial desde la aprobación, en 1935, de las leyes de Nuremberg, que en principio seguían siendo válidas para la puesta en práctica de la «solución final». A los Mischlinge de primer grado debería tratárselos, como hasta entonces, en calidad de judíos, y a los de segundo grado como alemanes; sin embargo, había algunas exenciones: por ejemplo, a los hijos de una persona de «sangre mezclada» de primer grado casada con una «persona de sangre alemana» se los consideraba «esencialmente como alemanes», y su progenitor de «sangre mezclada» también estaría exento de la «evacuación»; gozarían de un privilegio similar los casos de «mérito personal» en que el interesado fuera un Mischling de primer grado previamente eximido por las más altas autoridades del partido o el Estado. No obstante, incluso las excepciones deberían someterse a la esterilización «voluntaria» si deseaban permanecer en el Reich. Parecía un laberinto burocrático de locura racista irresolublemente intrincado, y así era en efecto, pero para los nazis se trataba de asuntos completamente serios. Heydrich y la Oficina Central de Seguridad del Reich pudieron sentirse muy satisfechos de los resultados obtenidos en la mayor parte de temas tratados, pero no lograron su deseo de endurecer y unificar la enrevesada legislación referente a quienes tenían la mitad o una cuarta parte de ascendencia judía; en parte se vieron bloqueados por burócratas como Stuckart, por la Cancillería del Führer y, posiblemente, por el propio Hitler, hasta que este cambió por completo de posición en 1944.
Es digno de mención el hecho de que, en la sesión de clausura de la conferencia de Wannsee, el subsecretario de Estado doctor Buehler insistiera en que la «solución final» debía ponerse en práctica, en primer lugar, en el Gobierno General, donde, según aseguró, «los judíos representaban un peligro inmenso como portadores de epidemias» y socavaban de modo permanente el sistema económico con sus actividades en el mercado negro. Haciéndose eco de las demandas del ausente Hans Frank, proclamó que la mayoría de aquellos 2,5 millones de judíos eran «no aptos para el trabajo», lo cual equivalía, en el contexto de aquellas deliberaciones asesinas, a aprobar una sentencia de muerte colectiva contra ellos. El protocolo declara lacónicamente: «Planteó solamente esta petición, es decir, que la cuestión judía se resuelva en aquel territorio con tanta rapidez como sea posible». En realidad, con la excepción de Galitzia, donde las masacres alemanas de judíos ya habían comenzado en octubre de 1941, en el Gobierno General no se inició ninguna clase de exterminio sistemático hasta la primavera de 1942.235
¿Cuál fue, pues, el significado histórico de la conferencia de Wannsee? De modo claro, y a pesar de su lenguaje aséptico, trazó un plan general y organizado a nivel central que preveía la masacre de la totalidad de la comunidad judía europea y que constituye, además, el único documento oficial que se ha conservado que lo hace con tanto detalle: se trata del primer texto que revela de forma definitiva el destino de los judíos del centro y el oeste de Europa, como también el de los millones de judíos polacos y rusos cuyo asesinato estaba ya en marcha, aunque esta última realidad, de modo característico, se pasa por alto en el documento. La conferencia de Wannsee demostró asimismo que la burocracia estatal alemana no planteaba ninguna objeción seria a los planes genocidas que se disponía a poner en práctica la Oficina Central de Seguridad del Reich de Heydrich, con la excepción de algunas dificultades y reservas, ya previstas, en lo tocante a los Mischlinge. De todo ello se desprendía también, de modo evidente, que la inmensa mayoría de los judíos alemanes -una vez más con la excepción de ciertas categorías cuidadosamente definidas que se hallaban protegidas por el matrimonio mixto- estaban condenados a sufrir los rigores de la «solución final».
Las primeras deportaciones de judíos alemanes, realizadas a mediados de octubre de 1941, no siempre se tradujeron en su muerte inmediata. La presencia de un elemento de incertidumbre acerca de la forma de tratarlos la sugiere una carta, fechada en diciembre de 1941, de Wilhelm Kube (comisario general de Bielorrusia y miembro veterano del partido) a Heinrich Lohse, en la cual describe la situación de los judíos alemanes en Minsk y pide directrices claras. Kube observaba que, entre los judíos deportados desde Alemania al gueto de Minsk, había héroes de la Primera Guerra Mundial condecorados con la Cruz de Hierro, inválidos de guerra e individuos con la mitad o incluso tres cuartas partes de ascendencia «aria», y aseguraba que eran manifiestamente distintos de los judíos rusos en cuanto a capacidades, productividad e «higiene personal». Aquellos judíos alemanes eran «gente procedente de nuestra propia esfera cultural» y no se parecían en nada a las «toscas hordas de este lugar». Kube preguntaba si la matanza que se proponía debían llevarla a cabo lituanos y letones, «a su vez rechazados por la población local», y solicitaba respetuosamente que «la acción necesaria se realice de la manera más humana»;236 ahora bien, no quería dar una orden de liquidación bajo su exclusiva responsabilidad.
Los recelos de Kube nos recuerdan que la aplicación del plan genocida a los judíos alemanes no resultaba evidente de forma inmediata ni siquiera para ciertos miembros curtidos y convencidos del partido. Ese hecho se reflejó en la demora -hasta fines de 1941- de la aplicación de una medida como la de llevar una estrella amarilla a los judíos del Reich (Alemania, Austria y el protectorado checo) o de la conclusión definitiva de las deportaciones de Alemania: de hecho, el Reich alemán no fue declarado judenrein hasta junio de 1943; en aquella zona, el régimen nazi actuó con mayor cautela que en otros, pues el desplazamiento forzoso de los judíos alemanes no se le podía ocultar a la población y podía provocar preguntas incómodas sobre su destino final.
Un obstáculo potencial aún más serio para la eliminación rápida y completa de los judíos provenía de la utilidad que tenían para la maquinaria militar alemana los laboriosos miembros de aquella comunidad en los territorios orientales. Las SS estaban resueltas a ignorar, en todos los casos que fuera posible, aquellas consideraciones pragmáticas, como se expresaría con claridad meridiana en respuesta a la importante pregunta planteada el 15 de noviembre de 1941 por Heinrich Lohse (comisario del Reich para Ostland), que había escrito al Ministerio para los Territorios Ocupados del Este a propósito de los trabajadores judíos. Lohse deseaba saber si existía «una directriz para liquidar a todos los judíos de Ostland».237 ¿Había que hacerlo «sin tener en cuenta la edad, el sexo y las exigencias económicas (por ejemplo, la demanda por parte de la Wehrmacht de trabajadores cualificados para la industria de armamento)»? Lohse estaba completamente a favor de «la limpieza de Ostland de judíos», pero también era sensible a las necesidades de las fábricas de armamento y los talleres de reparación. En los Estados bálticos, al igual que en Polonia y en el oeste, pero a diferencia de la Unión Soviética o Yugoslavia, el ejército no se consideraba comprometido con el asesinato de judíos. A Lohse no le parecía prudente privar a las factorías que trabajaban para el ejército alemán de trabajadores judíos «por medio de su liquidación», cuando aún no se los podía reemplazar con personal local. La respuesta que recibió del Ministerio del Reich para los Territorios Ocupados del Este, firmada por el oficial de enlace Otto Bräutigam, fue significativa: «Se supone que la cuestión judía ha quedado clarificada entretanto por medio de discusiones orales. En principio, en la solución del problema no deben tenerse en cuenta consideraciones económicas. Además, se ruega que cualquier interrogante que surja se resuelva directamente con el jefe superior de las SS y la policía [Höherer SS-und Polizeiführer]».238
De esa correspondencia se desprende con claridad que las implicaciones de la «solución final» no siempre resultaban evidentes para los que se hallaban sobre el terreno, de quienes se esperaba que pusieran en práctica las órdenes de Berlín. No cabe duda de que hubo mucho caos, confusión administrativa, intereses enfrentados y problemas logísticos que requirieron soluciones ad hoc o improvisadas. Sin embargo, ello no significa que el asesinato en masa de la comunidad judía europea fuera algo en lo que los nazis simplemente se encontraron involucrados por casualidad y sin ningún control centralizado ni directrices ideológicas. Por desgracia, para Hitler la Endlösung era un asunto político de la máxima importancia, aunque dejó la ejecución de los detalles en manos de subordinados de confianza como Himmler y Heydrich.
Un ejemplo esclarecedor de la visión que tenía Hitler de la «solución final» poco antes de la conferencia de Wannsee lo revela la conversación que sostuvo el 28 de noviembre de 1941 con el gran muftí de Jerusalén, Haj Amin al-Husseini, el líder exiliado de los árabes de Palestina, que a la sazón vivía en Berlín. Desde 1933, Haj Amin había tratado con ahínco de conseguir el apoyo de los nazis a sus objetivos nacionalistas palestinos y panárabes, con resultados un tanto desiguales. Al igual que muchos nacionalistas árabes de los años treinta, admiraba con fervor el orden y la disciplina del nuevo Reich alemán, y tenía las esperanzas puestas en que Hitler derrotara al imperialismo británico en Oriente Medio y lo ayudara a destruir el «Hogar Nacional Judío» de Palestina.239 En la reunión que ambos celebraron en Berlín, el muftí puso énfasis en que los árabes tenían los mismos enemigos que la Alemania nazi, «es decir, los ingleses, los judíos y los comunistas». El mundo árabe, proclamó, estaba dispuesto a cooperar con el Reich alemán por medio de actos de sabotaje y rebelión contra los británicos, así como a reclutar una legión árabe musulmana para luchar en los Balcanes. A cambio, el muftí deseaba que Hitler realizara una declaración pública a favor de los objetivos nacionales árabes y de la liberación de Palestina de manos de los judíos sionistas.
Hitler se mostró cauteloso respecto a tal compromiso: le recordó al muftí que él hablaba «como un hombre racional y, ante todo, como un soldado» que creía que el destino del mundo árabe lo decidirían, en último término, las «batallas de extrema dureza que se están desarrollando en la Unión Soviética». Por el contrario, estuvo verdaderamente efusivo a la hora de explicarle al líder palestino los principios fundamentales de la cruzada antijudía que estaba dirigiendo: le dijo al muftí que «Alemania era favorable a una guerra intransigente contra los judíos [Deutschland trete für einem kompromisslosen Kampf gegen die Juden ein]»; estaba decidido, «paso a paso, a pedirle a una nación europea tras otra la resolución de su propio problema judío, y, en el momento adecuado, a dirigir también un llamamiento similar a las naciones no europeas».240 Al mismo tiempo, Hitler explicó con detalle el significado ideológico de la Segunda Guerra Mundial, en unos términos formulados de manera más rotunda que en cualquier documento diplomático alemán: «Alemania se halla, en la actualidad, comprometida en una lucha a vida o muerte contra dos reductos del poder judío: la Gran Bretaña y la Rusia soviética»; Hitler admitía que «teóricamente existía una diferencia» entre el capitalismo inglés y el comunismo de la Rusia soviética, pero, en la práctica, observaba, «los judíos de ambos países perseguían un objetivo común».241 Ahora, sin embargo, el momento de «ajustar cuentas con los judíos» se estaba acercando con rapidez: «Esa era la lucha decisiva», informó Hitler a su invitado, refiriéndose al combate contra los judíos. En el terreno político, la guerra era principalmente «un conflicto entre Alemania e Inglaterra», pero en el plano ideológico «era una batalla entre el nacionalsocialismo y los judíos [weltanschaulich sei es ein Kampf zwischen den Nationalsozialismus und dem Judentum]».242
Hitler también le pidió al muftí que guardara celosamente «en las profundidades más remotas de su corazón» la información de que «proseguiría la batalla hasta la destrucción total [Zerstörung] del imperio judeocomunista en Europa».243 Aquello era un indicio decididamente sólido de que la aniquilación masiva de la comunidad judía ya estaba en marcha y pronto se aceleraría enormemente. Además, una vez los ejércitos alemanes hubieran alcanzado la salida del Cáucaso y tuvieran asegurada su posición en los confines septentrionales de Oriente Medio, la guerra contra los judíos no se limitaría al continente europeo. Asimismo, Hitler tranquilizó al líder palestino asegurándole que se oponía activamente al Hogar Nacional Judío, por considerarlo «un centro estatal [ein Staatlicher Mittelpunkt]» cuya influencia solo podía ser destructiva. Más importante aún fue la promesa de que, cuando sonara la hora de la liberación árabe, el único objetivo alemán sería «la destrucción del elemento judío que reside en el espacio árabe bajo la protección del poder británico [… die Vernichtung des in arabischen Raum unter der Protektion der britischen Macht lebenden Judentums sein]».244
La respuesta de Hitler revelaba la visión global que había detrás de su proyecto genocida, que abarcaba incluso el Oriente Medio y a pueblos «extraeuropeos»: no se limitaba a los judíos asquenazíes europeos, sino que también incluía al «elemento judío residente en el espacio árabe»,245 y se dirigía contra el capitalismo «judío» (Gran Bretaña) tanto como contra el judeocomunismo (de la URSS). La inminente entrada de Estados Unidos en la guerra -al cabo de menos de dos semanas- intensificaría la globalización del conflicto y, por definición, la «judaización» del mismo.
El historiador alemán Christian Gerlach ha sostenido recientemente que Hitler no tomó formalmente la decisión de destruir de modo irrevocable a los judíos europeos hasta el 12 de diciembre de 1941, un día después de declarar la guerra a Estados Unidos. La prueba más importante que aporta, procedente de las notas de Goebbels, consiste en los comentarios que hizo Hitler la tarde de aquel mismo día ante los Gauleiter del partido nazi y los dirigentes del Reich que se habían reunido en su residencia privada.246 Como había hecho antes y seguiría haciendo después de diciembre de 1941, Hitler se remitió una vez más a la famosa profecía de destrucción, pronunciada casi tres años atrás, que hacía referencia a lo que ocurriría «si los judíos volvían a provocar una guerra mundial», y advirtió con solemnidad que no se trataba de «palabras vanas», pues la «guerra mundial» ya había llegado y «la consecuencia necesaria debe ser la destrucción de los judíos». No había lugar para el sentimentalismo respecto a ellos, pues el pueblo alemán había «hecho ya el sacrificio de ciento sesenta mil muertos en el frente oriental». Por lo tanto, quienes eran «los verdaderos responsables de esta guerra sangrienta» -es decir, los judíos- deberían pagar por ello con sus propias vidas.247
Aquello era una incitación abierta al asesinato masivo, y resultaba aún más significativa en vista del auditorio ante el que se produjo: se hallaban presentes casi todos los máximos dirigentes del partido y la mayoría de responsables políticos que deberían poner en práctica la «solución final» en sus feudos respectivos. Además, con la entrada de Estados Unidos en la guerra, los judíos de Europa habían perdido cualquier papel que aún pudieran haber desempeñado -en el pensamiento de los nazis- como piezas de negociación con las cuales limitar o controlar la conducta norteamericana. En lo sucesivo, la Alemania nazi iba a estar en guerra con tres potencias mundiales extraeuropeas (Estados Unidos, la URSS y el Imperio británico), un hecho que reforzó la visión nazi de Alemania como el guardián protector del continente europeo. En ese contexto, se podía demonizar con facilidad aún mayor a los judíos como la amenazadora «quinta columna», los subversivos y conspiradores revolucionarios contra los cuales las naciones europeas debían unirse bajo el liderazgo nazi.
Sin embargo, existen razones sólidas para creer que la decisión sobre la «solución final» ya se había tomado bastante tiempo antes de diciembre de 1941. Para entonces, ya estaban en marcha los planes para gasear a los judíos polacos, y hubo declaraciones previas de Goebbels, Rosenberg y Heydrich, así como del mismo Hitler, que apuntaban claramente en dirección al genocidio. Por ejemplo, en una carta del 6 de noviembre de 1941, Heydrich había escrito al alto mando alemán en París para explicar la razón por la cual había autorizado el ataque con bombas a siete sinagogas de la ciudad, una acción que había tenido lugar el 2 de octubre de 1941.248 Aquellos actos terroristas los había llevado a cabo un grupo de colaboracionistas franceses antisemitas con ayuda del SD alemán. Heydrich informó al comandante militar alemán, Otto von Stülpnagel, de que solo había actuado «a partir del momento en que, al más alto nivel, se había señalado enérgicamente a los judíos como los incendiarios culpables de Europa, que deben desaparecer definitivamente de ella».249 Cabe presumir que las explosiones del 2 de octubre ya debían estar organizadas en septiembre de 1941, y, dado que Heydrich solo podía referirse al Führer cuando hablaba de la autoridad «al más alto nivel» que había estigmatizado a los judíos como «incendiarios» y «culpables» (de la guerra), aquella declaración significa que Heydrich ya conocía la decisión de exterminar a los judíos en septiembre de 1941, si no antes.
El 30 de enero de 1942, en el Sportpalast de Berlín, Hitler envolvió su profecía de «aniquilación completa» en el lenguaje del Antiguo Testamento, declarando que, en lo sucesivo, se aplicaría la filosofía de «ojo por ojo y diente por diente» al «enemigo del mundo más malvado de todos los tiempos».250 Resulta significativo que las charlas de sobremesa de Hitler, caracterizadas habitualmente por la divagación, se centraran de modo creciente, a partir de fines de enero de 1942, en la responsabilidad de los judíos en la guerra mundial y en su papel como «fermento perpetuo». Se afirmaba la necesidad de una «solución radical» y de medidas de máximo alcance a escala europea como si el proceso no estuviera todavía en plena marcha aunque, de algún modo, fuera inminente. Sin embargo, sabemos por varias fuentes, incluidos los diarios de Goebbels, que Hitler era, en realidad, la fuerza impulsora del genocidio y que lo seguía atentamente. El 6 de marzo de 1942, Goebbels observaba la convicción del Führer de que «cuantos más judíos se liquiden, tanto más consolidada estará la situación en Europa después de esta guerra».251 Dos semanas después, el ministro de Propaganda escribía, con satisfacción evidente, que «el Führer está tan inflexible como siempre» en lo tocante a dejar Europa libre de judíos, «aplicando, si es necesario, los métodos más brutales».252 El 27 de marzo de 1942, describe la deportación de judíos desde el Gobierno General hacia el Este «como un asunto bastante bárbaro».253 Goebbels estimaba que ya se había liquidado a cerca del 60 por ciento de aquellos judíos, mientras que al 40 por ciento restante se lo empleaba en trabajos forzados: «El antiguo Gauleiter de Viena (Globocnik), que está al mando de la operación, la está llevando a cabo con notable circunspección, y sus métodos no parecen atraer mucha atención. El Führer es el espíritu que impulsa esta solución radical, tanto de palabra como de obra …».254
Para Hitler, la lucha contra los judíos era, en efecto, mucho más que un mero instrumento de propaganda o un medio político para alcanzar otros objetivos. En su vocabulario, se comparaba constantemente a los judíos con una plaga, con «propagadores de infección», con los gérmenes de una peste mortífera, con bacterias, con una enfermedad maligna, o, como ya los había calificado en 1919, con una «tuberculosis racial de los pueblos [Rassentuberkulose der Völker]». La noche del 22 de febrero de 1942, durante la cena, Hitler exclamó: «¡Cuántas enfermedades deben tener su origen en el virus judío! Solo cuando hayamos eliminado a los judíos recuperaremos la salud». Aquella vinculación obsesiva entre judíos y enfermedad mortal era algo que Hitler trataba siempre de inculcar a los estadistas, aliados y colaboradores extranjeros que lo visitaban. El 21 de julio de 1941, le dijo al ministro de Asuntos Exteriores croata que, debido a los judíos, Rusia se había convertido en «un centro de epidemias [Pestherd] para la humanidad».255 Durante la reunión que sostuvo el 17 de abril de 1943 en el castillo de Klessheim con el almirante Horthy, regente de Hungría, advirtió a su poco fiable aliado que las naciones «que no se libraban de los judíos perecían»; en referencia a los judíos de Polonia, Hitler negó que las matanzas masivas fueran crueles: «Si no podían trabajar, tenían que sucumbir. Había que tratarlos como bacilos de la tuberculosis que podían infectar un cuerpo sano».256
No cabe duda de que Heinrich Himmler, el arquitecto y organizador de la «solución final» en sus aspectos administrativos, compartía la opinión de que los judíos eran bacterias mortíferas a las que había que erradicar sin piedad. En el discurso que pronunció en Poznan ante oficiales de alto rango de las SS, el 4 de octubre de 1943, Himmler habló abiertamente de la «solución final» como una medida higiénica (eine Reinlichkeitsangelegenheit): «Hemos exterminado una bacteria porque no queremos que finalmente la bacteria nos infecte y nos cause la muerte … Cualquier lugar donde pueda formarse, lo cauterizamos».257 La preocupación de Himmler por el «contagio» judío incluía a las mujeres y los niños: «No consideraba que estuviera justificado librarme de los hombres -matarlos, en otras palabras- solo para permitir que sus hijos crecieran para vengarse en nuestros hijos y nietos. Debemos adoptar la resolución, por dura que sea, de que hay que borrar a esa raza de la faz de la tierra».258
A la hora de justificar el Holocausto como una medida preventiva necesaria ante la audiencia de destacados funcionarios de las SS y la policía, el pedante y metódico Himmler también concedió mucha importancia a la supuesta «amenaza para la seguridad»: «… pues sabemos lo difíciles que nos habríamos puesto las cosas si, además de los bombardeos, las cargas y las privaciones de la guerra, todavía hoy tuviéramos a los judíos haciendo en secreto de saboteadores, agitadores y alborotadores en todas las ciudades. Probablemente habríamos llegado a la situación de 1916-1917, cuando los judíos aún formaban parte del cuerpo de la nación alemana».259
El Reichsführer de las SS y jefe de la policía alemana abordó asimismo los dilemas «éticos» y el «idealismo» que exigía la realización de una tarea tan gigantesca como la «solución final». Su discurso de Poznan estuvo repleto de tópicos memorables sobre el «honor», la «lealtad» y la «decencia» a la hora de enfrentarse a montañas de cadáveres: «Haberlo resistido y, al mismo tiempo -dejando aparte excepciones debidas a la debilidad humana-, haber seguido siendo decentes [anständing geblieben zu sein] es lo que nos ha hecho fuertes. Esta es una página gloriosa de nuestra historia que no se ha escrito ni se escribirá jamás».260 Himmler no ocultaba el hecho de que la «solución final» era un «asunto grave», e incluso era lo bastante franco como para referirse a ella en público como «el exterminio [Ausrottung] de la raza judía» y admitir que era una de «las órdenes más aterradoras que podía recibir jamás una organización».261 A su manera discretamente siniestra, se las arregló para transmitir a sus hombres la sensación de que estaban comprometidos no tanto en un asesinato masivo como en una misión sagrada por medio de la cual la élite de las SS forjaría una nueva raza de héroes germánicos rubios y de ojos azules. Ahora bien, precisamente porque constituían un Herrenvolk, los alemanes habían de ser puros y «decentes» e incapaces de cometer robos o incurrir en corrupción: el asesinato masivo era permisible e incluso admirable en una causa «idealista» como el nacionalsocialismo, pero los delitos menores que infringían el código moral pequeñoburgués de Himmler no eran tolerables. Ello no fue óbice para que, cuando la guerra tocaba a su fin, el Reichsführer de las SS propusiera a Occidente tratos que comportaban el canje o la venta de judíos a cambio de ventajas militares, monetarias o políticas: en noviembre de 1944, Himmler ordenó, por iniciativa propia, un alto en el gaseamiento de judíos, con la vana esperanza de que de aquel modo podría lograr un acuerdo secreto con los aliados occidentales para unir fuerzas contra la Unión Soviética.262
Por el contrario, Hitler permaneció totalmente inflexible hasta el final, sin importarle lo que costara, pues estaba convencido de que había prestado un gran servicio a la humanidad abriendo los ojos del mundo entero al «peligro judío». El 13 de febrero de 1945, se jactó de que, sin duda alguna, el nacionalsocialismo había «sajado el absceso judío», y predijo que «el mundo futuro nos estará eternamente agradecido».263 La mañana del 29 de abril de 1945 (el día anterior a su suicidio), mientras la artillería soviética bombardeaba la Cancillería del Reich en Berlín, Hitler dictó lo que se conoce como su «testamento político». El documento dejaba constancia de su «amor y lealtad» hacia el pueblo alemán, que le había dado la fortaleza necesaria para adoptar decisiones de una dificultad sin precedentes. Hitler aseguraba -y no era la primera vez que lo hacía- que nunca había pretendido ir a la guerra contra Inglaterra y Estados Unidos; consideraba a los judíos como los responsables exclusivos «de esta lucha sanguinaria» y en especial de las numerosas víctimas de los bombardeos aéreos masivos, y profetizaba que «de las ruinas de nuestras ciudades y monumentos» surgiría de modo inexorable el odio contra «la judería internacional y sus colaboradores».264 Él había advertido honestamente a los judíos («esos conspiradores internacionales del dinero y las finanzas») que, si iniciaban una guerra mundial, tendrían que pagar el precio correspondiente: aquella vez no serían solo los «millones de personas arias de Europa» quienes iban a perecer de hambre o «morir abrasadas o bombardeadas en las ciudades», sino que también los belicistas judíos deberían «expiar su crimen, aunque por medios más humanos …».265
El testamento de Hitler era una justificación del asesinato en masa y, al mismo tiempo, también fue el primer acto de negación de la existencia del Holocausto: su guerra contra los judíos había sido, según su apreciación, un acto de autodefensa «contra los envenenadores de todos los pueblos del mundo»; él nunca había buscado otra cosa que la paz, y fueron los «financieros internacionales» quienes lo habían obligado a ir a la guerra; gasear y fusilar a los judíos había sido una respuesta a los bombardeos aliados sobre Alemania, unos ataques que, según la visión del mundo de los nazis, eran un acto de agresión «judía» contra la humanidad aria. Aquel era el mundo extraño y oscuro en el cual habitaba el Führer. En efecto, el Holocausto fue la culminación lógica de la megalomanía mesiánica de Hitler y de la religiosidad pervertida que había animado su política: en el componente de «acabamiento» que dicha política encerraba resonaban ecos siniestros del Juicio Final, de la destrucción definitiva de los judíos que anunciaría el inicio de un nuevo milenio y de la redención del Fin de los Tiempos. La perspectiva apocalíptica de Hitler devoró y radicalizó una larga tradición de judeofobia cristiana y anticristiana en Occidente, aun cuando destruyó los cimientos morales de la civilización europea que con tanta falsedad aseguraba defender. Como señaló con elocuencia Lucy Dawidowicz hace un cuarto de siglo, el Holocausto no fue simplemente una empresa antisemita más: «Fue parte de una ideología de salvación que preveía alcanzar el cielo por el procedimiento de traer el infierno a la tierra».266
5 Entre la cruz y la esvástica

Expulsar a los judíos es una acción cristiana, pues se hace por el bien del pueblo, que de ese modo se libra de la plaga que lo aflige.
Padre JOZEF TISO, presidente de
Eslovaquia, discurso pronunciado
en agosto de 1942

Debo hacer oír la protesta indignada de la conciencia cristiana, y proclamo que todos los hombres, arios o no arios, son hermanos, pues han sido creados por el mismo Dios … las actuales medidas antisemitas constituyen un desprecio de la dignidad humana, una violación de los derechos más sagrados de las personas y la familia …
PIERRE-MARIE THÉAS,
obispo de Montauban, protesta contra la deportación
de judíos franceses, septiembre de 1942

La cristiandad alemana tiene ante Dios una responsabilidad mayor que los nacionalsocialistas, las SS y la Gestapo. Deberíamos haber reconocido al Señor Jesús en el hermano que sufría y era perseguido, aunque fuera comunista o judío.
Pastor MARTIN NIEMÖLLER,
conferencia en Zurich, marzo de 1946

El resurgimiento de Alemania («Deutschland Erwache») y la destrucción de los judíos («Judah Verrecke») eran procesos que, en la mente de Hitler, habían estado relacionados entre sí de forma orgánica desde la «catástrofe» de noviembre de 1918. Se habían formulado en términos escatológicos como una especie de guerra cósmica de las fuerzas de la Luz contra los poderes diabólicos de la Oscuridad: «No se hacen pactos con los judíos», había proclamado Hitler en Mein Kampf, «solo cabe una opción radical».267 El 27 de febrero de 1925, advirtió inequívocamente a su audiencia de las cervecerías de Munich: «O el enemigo pasa por encima de nuestros cadáveres, o nosotros pasamos por encima del suyo».268 En aquella lucha a vida o muerte contra las fuerzas satánicas del mal, a Hitler le gustaba presentarse como el redentor elegido del Volk alemán -y de todo el mundo no judío-, que dirigía un combate milenario por la salvación. Aquel estilo agresivo de política de salvación se apropiaba con frecuencia de elementos del lenguaje y las imágenes del cristianismo, al mismo tiempo que los adaptaba a sus obsesiones predominantes acerca de la inminente perdición nacional alemana o la extinción de la raza «aria». La gravedad apremiante de la situación alemana se utilizaba para justificar por adelantado la inversión de todos los valores humanitarios: «¡Queremos evitar que también nuestra Alemania sea crucificada! ¡Seamos inhumanos! Ahora bien, si salvamos Alemania, habremos eliminado la injusticia mayor del mundo. ¡Seamos inmorales! ¡Ahora bien, si salvamos nuestro Volk, habremos abierto de nuevo un camino a la moralidad!».269
Cuando Hitler hablaba de salvar Alemania, las naciones «arias» y la civilización europea de la crucifixión por parte de un «diabólico enemigo mundial judío», no vacilaba en compararse con el salvador cristiano, por blasfema que pueda parecer, de modo retrospectivo, una alusión como esa. En sus primeros discursos pronunciados en la católica Baviera, evocaba con regularidad pasajes del Nuevo Testamento que recordaban que Jesús «empuñó el látigo para expulsar del templo del Señor a ese adversario [judío] de toda la humanidad».270 También Jesús, según les recordaba a sus audiencias mayoritariamente católicas, había vivido en un «mundo materialista contaminado por los judíos», en el cual el poder estatal era corrupto e incompetente.271 En la proyección imaginaria que Hitler hacía de sí mismo, Jesús se parecía más bien a Sigfrido: era como un héroe germánico que habría creado un gran movimiento mundial por medio de la predicación de una fe popular antijudía fusionada con un intenso idealismo patriótico. La corona de espinas de Jesús era su «lucha contra los judíos», empleada ahora como modelo de la propia guerra de Hitler contra el «espíritu judío» materialista. Era «como cristiano», insistía el líder nazi, que tenía el deber de tratar de que la sociedad no sufriera el mismo derrumbamiento que la civilización grecorromana de la antigüedad, a la cual había conducido a la ruina aquel mismo pueblo judío.272 El 12 de abril de 1922, en Munich, proclamó con énfasis: «Yo no sería cristiano … si no me revolviera, como hizo nuestro Señor hace dos mil años, contra quienes hoy saquean y explotan a este pobre pueblo».273 Envolviéndose en la bandera de un cristianismo fundamentalista y antisemita, confesó a la audiencia: «Con un amor sin límites, como cristiano y como ser humano, leo el pasaje que nos cuenta cómo el Señor, finalmente, se alzó con todo su poder y empuñó el azote para expulsar del Templo a aquella prole de víboras. Qué terrible fue su lucha contra el veneno judío. Me doy cuenta, con mayor profundidad que nunca hasta ahora, del hecho de que por aquello tuvo que verter Su sangre en la cruz».274
En otro vehemente discurso pronunciado en Munich en diciembre de 1926, Hitler llegó a reivindicar a Jesús como modelo y «pionero» de la causa nacionalsocialista.
El nacimiento del Señor, que se celebra en Navidad, es de la máxima importancia para los nacionalsocialistas. Cristo ha sido el mayor pionero en la lucha contra el enemigo mundial judío. Cristo fue el ser más combativo que nunca haya vivido en la Tierra … La lucha contra el poder del capital fue la obra de su vida y su enseñanza, por la cual su archienemigo, el judío, lo clavó en la cruz. La tarea que Cristo empezó pero no pudo terminar la concluiré yo.275
Cuando el conde Lerchenfeld, ex primer ministro de Baviera, declaró en una sesión del Landtag regional que sus sentimientos «como hombre y como cristiano» le impedían ser antisemita, la réplica de Hitler rechazó de modo inequívoco cualquier punto de vista pacífico o humanitario: «Yo afirmo que mis sentimientos como cristiano me señalan a mi Señor y Salvador como un luchador. Me señalan al hombre que, hallándose en soledad y rodeado tan solo de unos cuantos seguidores, reconoció a los judíos como lo que eran y convocó a los hombres a combatirlos, y cuya mayor grandeza, ¡bien lo sabe Dios!, no fue la de sufrir, sino la de luchar».276
La visión de Hitler de un Jesús antijudío militante provenía en gran medida del catolicismo austríaco finisecular del que se había empapado durante los años de infancia y adolescencia. En Viena, cuando era joven, había admirado el virtuosismo político del movimiento socialcristiano de Karl Lueger, en el cual el populismo antijudío y anticapitalista, alentado por el clero, había desempeñado un papel central. La dedicación a los pobres y el sentido de misión de los miembros del bajo clero los habían hecho -en palabras de Hitler- «sobresalir como pequeñas islas en medio de la ciénaga general».277 En efecto, en su Austria natal, la Iglesia católica había cumplido la función, como a Hitler le gustaba recordar, de importante vehículo de movilidad social para muchos individuos capacitados procedentes de las masas populares.278 Hubo también otros elementos de la religión de su infancia y adolescencia, como la «penumbra artificial y misteriosa de las iglesias católicas», las velas encendidas y el incienso, que produjeron una honda impresión en el joven Hitler.
Basándose en las experiencias de sus años de aprendizaje en la Viena anterior a la Primera Guerra Mundial, Hitler llegó a la conclusión de que debía evitarse cualquier confrontación abierta con la Iglesia católica. El fracaso prematuro del Kulturkampf (lucha cultural) de Bismarck contra los católicos alemanes en la década de 1870 y el de la cruzada contra Roma protagonizada por Schoenerer en 1900 constituían perfectas lecciones prácticas de ello. Por lo tanto, ya desde los primeros tiempos de la Kampfzeit (tiempo de lucha) nazi, había evitado cualquier implicación en las disputas religiosas que pudieran afectar de modo adverso su propia imagen o la unidad interna de su movimiento. Quienes, como el dirigente nazi de Turingia Arthur Dinter, trataron de introducir alguna clase de sectarismo religioso protestante en el NSDAP fueron expulsados o acusados de traición a la patria, así como de «luchar, de forma consciente o inconsciente, en favor de los intereses judíos».279 Esta última acusación descalificatoria se dirigió incluso contra el general Erich von Ludendorff, el antiguo camarada de armas de Hitler y héroe apasionadamente anticatólico de la derecha völkisch alemana. Tanto Ludendorff como su segunda esposa, Mathilde von Kemnitz, que en 1926 había fundado el Tannenbergbund, llegaron a obsesionarse con los jesuitas y la Iglesia romana, a quienes consideraban enemigos implacables de la germanidad y tan peligrosos como podían serlo «Judá» o la masonería. Hitler denunció aquel anticatolicismo fanático y la guerra intestina entre las confesiones cristianas como una distracción desastrosa de la atención al «peligro judío».280
La preocupación de Hitler por no indisponerse con la opinión pública tradicionalista era eminentemente política y tenía pleno sentido en una región rural y católica como Baviera, que había sido la cuna del movimiento nazi entre 1919 y 1925.281 Además, Hitler se daba cuenta de la afinidad entre las tradiciones antijudías locales tipificadas por festejos populares como la representación de la Pasión de Oberammergau -que subrayaba el papel fundamental de los judíos en la crucifixión de Jesús- y su propio y violento antisemitismo. La potencia de aquel componente incendiario de los prejuicios populares, acentuada por la vinculación establecida entre judíos y comunismo en la mentalidad de la gente corriente del Munich posterior a 1919, explica la razón por la cual Hitler trataba de apropiarse de la tradición cristiana antijudía para sus propios fines demagógicos. Ello está resumido de modo sucinto en el tristemente famoso pasaje de Mein Kampf en el cual vocifera: «al defenderme del judío, estoy realizando la obra del Señor [vollziehe ich das Werk des Herrn]».282 La continuidad resulta asimismo evidente en cualquiera de los discursos en que Hitler evoca a Jesús como «el azote de los judíos» o alaba «la[s] palabra[s] del gran nazareno» que siempre despreció el término medio, tanto en la política como en la vida.283 No es de extrañar, por lo tanto, que los nazis ansiaran, durante los primeros años, aprovecharse con fines electorales de la tradición centenaria de antisemitismo cristiano y presentar sus doctrinas como compatibles con el cristianismo «constructivo»; para comprender lo que Hitler quería decir con aquella frase propagandística es importante recordar que sus ideas de la década de los veinte recibieron la poderosa influencia del padrino «espiritual» del nazismo, el periodista católico bávaro Dietrich Eckart, a quien Hitler admiraba como «escritor y pensador excepcional» y al cual dedicó Mein Kampf.284 Veinte años mayor que Hitler, Eckart había introducido en la buena sociedad de Munich a su nuevo protegido -inexperto y poco refinado, aunque lleno de energía-, había mejorado sus capacidades de relación social y su alemán, había remodelado su antisemitismo racista y lo había preparado para el papel de salvador mesiánico de Alemania. Eckart también había ideado el grito de guerra nazi, «Deutschland Erwache!» [«¡Despierta, Alemania!»], que era el título de uno de sus poemas. En 1919, empezó a publicar el semanario ultranacionalista Auf Gut Deutsch, que atacaba el Tratado de Versalles, a los acaparadores de guerra judíos, al bolchevismo y a la socialdemocracia.
La combinación ecléctica, por parte de Eckart, de racismo völkisch y misticismo católico y su visión maniquea del mundo como una batalla entre las fuerzas de la luz y la oscuridad (encarnadas respectivamente por los arios y los judíos) atrajeron poderosamente al joven Hitler, que lo admiraba como profeta, maestro y figura paternal cuyos servicios al nacionalsocialismo habían sido «inestimables», y se identificaba con su opinión de que «la cuestión judía es el problema principal de la humanidad, en el cual se hallan contenidos, en realidad, todos y cada uno de los demás problemas …».285 Asimismo, Hitler compartía la convicción de Eckart de que san Pablo había distorsionado radicalmente la revelación de Cristo y la había recubierto de un frío materialismo «judío» del cual surgieron luego todos los males sociales.
En la Alemania posterior a 1918, cuya condición decadente Eckart comparaba con el bajo Imperio romano -donde el «judaísmo», oculto por la «tapadera» del cristianismo, había tramado y logrado por primera vez un derrumbamiento moral-, la situación era peligrosa en extremo. Las causas principales de «descomposición» eran el capitalismo, el bolchevismo y la masonería, tres agentes modernos y mortales de Verjudung (judaización).286 La única posibilidad que tenía el Volk alemán de salvarse de la amenaza de extinción radicaba en una fusión de nacionalismo, socialismo y «cristianismo constructivo»; aquella nueva trinidad debía despojarse de todo componente judío y reinterpretarse con un espíritu fundamentalmente «antimaterialista». Después de la muerte de Eckart, acaecida en 1924, Adolf Hitler pondría en práctica su programa milenarista de antisemitismo redentor, y lo haría con resultados devastadores.287
Esgrimiendo el eslogan del «cristianismo constructivo» y proyectando a su líder como una figura profundamente religiosa (las frecuentes referencias de Hitler a la «Divina Providencia» hacían más fácil la tarea), los creadores de imagen del partido nazi podían sugerir que su movimiento defendía valores tradicionalistas, en particular contra el «marxismo ateo». El nacionalismo ferviente que se había adueñado de tantos cristianos alemanes en 1914 y que era especialmente común en círculos protestantes también constituyó una ventaja para los nazis.288 Entre los protestantes evangélicos, que bajo la República de Weimar siguieron siendo vulnerables a las proclamas nacionalistas, hubo una minoría notablemente amplia cuyos integrantes se convirtieron en seguidores entusiastas del nazismo y fundaron su propia «Iglesia del Reich» bajo la dirección de Ludwig Müller, un pastor militarista que ya en los años veinte era conocido por sus sermones nacionalistas de línea dura y su antisemitismo völkisch. Su asociación de Deutsche Christen (Cristianos Alemanes) profesaba una «piedad heroica» y un racismo viril que trataban de armonizar la fe en Cristo con las doctrinas de «sangre y patria» propias de la ideología nazi.289 Los «Cristianos Alemanes» estaban especialmente empeñados en prohibir los matrimonios mixtos entre judíos y alemanes. Con todo, y a pesar de la obstinada lealtad de Müller hacia el régimen, sus esfuerzos no lograron impresionar a Hitler.
Entre los protestantes, solo la disidente BekenntnisKirche (Iglesia Confesional), cuyas plazas fuertes se encontraban en la Alemania septentrional y central, consideraba que el cristianismo era manifiestamente incompatible con la concepción del mundo de los nazis. A sus miembros les causaron especial preocupación la introducción en la vida eclesial de una cláusula «aria» que excluía a los conversos de origen judío y la exigencia de los Cristianos Alemanes de que se erradicara el Antiguo Testamento.290 Sin embargo, incluso entre la oposición protestante era bastante común el antisemitismo político: el guía espiritual de la Iglesia Confesional antinazi, el pastor Martin Niemöller, había saludado inicialmente el acceso de Hitler al poder como el comienzo de un renacimiento nacional, al igual que habían hecho muchos protestantes alemanes. Niemöller compartía totalmente el anticomunismo de los nazis y su aversión hacia la República de Weimar, que él mismo había estigmatizado hablando de «catorce años de oscuridad», y tampoco era inmune a la tradición protestante alemana de hostilidad hacia los judíos y el judaísmo, caracterizada por su impresionante continuidad desde Lutero, pasando por Adolf Stoecker, predicador de la corte durante el Segundo Reich, hasta los teólogos de la Alemania nazi.291 La Iglesia Confesional solo alzó la voz en una ocasión -en un memorándum secreto dirigido a Hitler en 1936- para protestar por la campaña de odio contra los judíos, así como por los campos de concentración y la omnipresencia de la Gestapo.
La Iglesia católica romana de Alemania resultaría más resistente a las incursiones y lisonjas de la ideología nazi.292 Al contrario de lo que les ocurrió a los protestantes, los católicos no tuvieron entre sus filas un caballo de Troya comparable a los Cristianos Alemanes convertidos al nazismo, y además podían acudir al Vaticano en busca de apoyo institucional y de un poderoso aliento moral. Es cierto que, durante los años treinta y bajo el pontificado de Pío XI, el Vaticano sintió cierta afinidad -al igual que muchos católicos de Europa y de fuera de ella- con los regímenes autoritarios anticomunistas que adoptaron alguna versión local de dictadura corporativista, militar o clerical-fascista. Además, en julio de 1933, y en respuesta a las peticiones acuciantes del propio Hitler, la Santa Sede dio un paso más decisivo al firmar un concordato con el Tercer Reich, con lo cual proporcionó al régimen nazi cierta dosis de la tan deseada legitimidad internacional. Desde el punto de vista de los nazis, el concordato, al neutralizar al Partido de Centro católico -que consintió en su autodisolución después de haber aceptado conferir a Hitler «poderes de emergencia» especiales en 1933-, había eliminado una fuente potencial de molesta oposición. El concordato, a partir de su firma, restringió las actividades de la Iglesia a las funciones puramente religiosas, educativas y de caridad. El Vaticano, por su parte, creía que un concordato podía contribuir a garantizar las libertades religiosas y la situación legal de la importante minoría católica del Tercer Reich.293
En su primera declaración política en el Reichstag, Hitler se había propuesto ser tan tranquilizador como fuera posible, y proclamó que el nuevo gobierno del Reich veía «en las dos confesiones cristianas el factor más importante para la conservación de nuestra sociedad».294 En abril de 1933, en su primera conversación como canciller del Reich con monseñor Berning, el obispo católico de Osnabrück, Hitler reafirmó aquella intención e insistió en que su política antijudía se basaba en principios que la Iglesia católica había seguido durante mil quinientos años. Sin embargo, deploró el hecho de que, en la era liberal moderna, la Iglesia católica ya no pareciera captar la realidad del peligro judío con tanta claridad como lo había hecho en el pasado.295 Hitler parecía tener todavía esperanzas de convencer a la Iglesia católica de que se uniera a él en una lucha común antijudía y apoyara su legislación racial. El hecho de que Berning ni siquiera susurrara una sola palabra de crítica en respuesta a las afirmaciones de Hitler de que el antisemitismo nazi se basaba en los principios y la práctica de los católicos no pudo sino alentar al canciller.
No solo se trataba de que el concordato hubiera inhibido la oposición de la Iglesia al régimen, sino que numerosos católicos empezaron a acudir en tropel al partido nazi, atraídos, como sus homólogos protestantes, por la llamada a un renacimiento nacional. No obstante, aquella Gleichschaltung tuvo sus límites, y también se produjo cierto malestar en la jerarquía católica. Poco antes de la Navidad de 1933, el cardenal Michael von Faulhaber, arzobispo de Munich y figura central de la élite dirigente del catolicismo germano, pronunció ante las multitudes que llenaban a rebosar la iglesia de San Miguel de Munich una serie de audaces sermones en los cuales defendió la Biblia hebrea y los orígenes judaicos del cristianismo contra el vilipendio al que los sometían los racistas völkisch. Los sermones, publicados poco tiempo después bajo el título Judentum, Christentum, Germanentum (1934) condenaban con elocuencia y en términos teológicos el nacionalismo desenfrenado y la intolerancia racial.296 Al mismo tiempo, Faulhaber insistía en que el carácter indispensable que tenía el Antiguo Testamento para el cristianismo no guardaba relación alguna con el «antagonismo hacia los judíos actuales», al cual no trataba de oponerse; en efecto, el arzobispo rechazó las sugerencias formuladas en el extranjero en el sentido de que sus intervenciones públicas hubieran constituido una defensa de los judíos alemanes o implicaran alguna crítica de la política nazi.297 La ambivalencia del cardenal Faulhaber siguió manifestándose en los años que siguieron, como reflejo de la de la jerarquía católica alemana en su conjunto y también de la del propio Vaticano. El 4 de noviembre de 1936, visitó a Hitler en Berchtesgaden, donde ambos sostuvieron una discusión de tres horas de duración. El canciller del Reich exigió, entre otras cosas, que la Iglesia católica apoyara abiertamente las leyes raciales de Nuremberg contra los judíos (en el plano oficial, no había habido una respuesta clara por parte de los católicos). Con el telón de fondo de la guerra civil española, Hitler advirtió a Faulhaber que, si el nacionalsocialismo no triunfaba sobre el bolchevismo, el cristianismo y la Iglesia romana no tendrían ningún futuro en Europa.298
De modo evidente, Faulhaber salió impresionado por la sutileza diplomática de Hitler y creyendo que este seguiría respetando los derechos de la Iglesia católica de Alemania, lo cual resultó ser una ilusión fatal que el propio Vaticano corrigió en la encíclica papal de 1937 Mit Brennender Sorge [«Con viva preocupación»], que Pío XI promulgó en alemán.299 Aquella fue la única crítica pública seria e inequívoca del nacionalsocialismo que el Vaticano se atrevió a expresar. La autoría de la encíclica correspondió, en gran medida, al propio arzobispo Von Faulhaber, ayudado por sus colegas católicos alemanes y con la asistencia activa de Eugenio Pacelli, cardenal secretario de Estado en Roma y futuro papa Pío XII. El texto contenía una severa condena del racismo nazi como una forma de «neopaganismo» ateo y también una denuncia de las doctrinas totalitarias de Estado, pero no hacía mención alguna ni del antisemitismo ni de la persecución de los judíos alemanes. Pese al devastador pogromo de la Kristallnacht que se produjo al año siguiente, ni la jerarquía católica alemana ni el Vaticano protestaron oficialmente, aunque parece que el cardenal Faulhaber sí ayudó a título privado al gran rabino de Munich a tratar de rescatar algunos objetos religiosos de su sinagoga en llamas.
Sin embargo, la ambivalencia respecto al nacionalsocialismo no terminó allí. Al igual que las iglesias protestantes, los principales obispos católicos alemanes parecieron, en general, dar apoyo a la política exterior alemana en el momento del Anschluss con Austria y la crisis checa de 1938. Además, tanto el cardenal Faulhaber como el cardenal Bertram juzgaron adecuado felicitar a Hitler por haber sobrevivido «milagrosamente» al intento de asesinato llevado a cabo por Johann Georg Elser el 8 de noviembre de 1939, y lo hicieron con un tedéum que se cantó en la catedral de Munich para dar gracias a la Divina Providencia por la salvación del Führer. El cardenal Adolf Bertram, de Breslau, ya se había distinguido anteriormente, el mismo año 1939, con un telegrama de felicitación con ocasión del quincuagésimo cumpleaños de Hitler, un gesto que repitió en los años siguientes.300
Durante la guerra, la jerarquía católica alemana guardó silencio, con tan solo algunas escasas y honrosas excepciones, ante las atrocidades horripilantes cometidas contra polacos y judíos. Aquella falta de respuesta no se debió a la ignorancia de lo que estaba sucediendo en su país o en los territorios ocupados por los alemanes. El obispo de Osnabrück, monseñor Berning, observaba en unas notas escritas el 5 de febrero de 1942 que «está claro que el plan para una eliminación total de los judíos existe [Es besteht wohl der Plan, die Juden ganz auszurotten]».301 El prelado se preguntaba con franqueza si él y sus colegas debían o no lanzar una protesta pública desde los púlpitos. El 14 de junio de 1942, monseñor Conrad Gröber, arzobispo de Friburgo, al informar al Papa de las masacres de judíos que estaban perpetrando los Einsatzgruppen en Rusia, concluía en tono ominoso: «La concepción nazi del mundo se caracteriza por el antisemitismo más radical, y llega al extremo de la aniquilación [Vernichtung] de la comunidad judía, no solo en lo que se refiere al espíritu sino también a sus miembros».302 Sin embargo, y a pesar del empeño de una reducida minoría formada por personas como la esforzada Margarete Sommer (jefa de una organización católica de beneficencia vinculada a la curia de Berlín), que instó encarecidamente a que se realizara una denuncia pública de los crímenes nazis, el silencio se mantuvo. En la conferencia de obispos bávaros del 30 y el 31 de marzo de 1943, el cardenal Von Faulhaber recordó a quienes lo escuchaban que «nada podría prestar mejor servicio a los adversarios más importantes de la Iglesia que recurrir ahora a la artillería pesada. En un momento en que nos hallamos en dificultades, ello permitiría que se hiciera resucitar una vez más la puñalada por la espalda. Mi impresión es que eso es precisamente lo que están esperando».303
Faulhaber creía que se acusaría a los obispos alemanes de traición, de romper la solidaridad nacional y de servir a la propaganda enemiga, lo cual acarrearía consecuencias irreparables para el catolicismo germano. Cuando, en octubre de 1941, empezaron las deportaciones masivas de judíos alemanes, el episcopado limitó su intercesión ante el gobierno a los católicos «no arios». Resulta significativo que, a fines de 1941, cuando los obispos alemanes sí reunieron el valor suficiente para protestar contra la propuesta legislativa que forzaría a divorciarse a los cónyuges de matrimonios mixtos, el cardenal Bertram se sintiera obligado de inmediato a poner énfasis en su patriotismo sin tacha, e indicara que no era, en modo alguno, una persona que no profesara suficiente amor al Volk alemán y su dignidad, «ni [culpable] de subestimar la perniciosa influencia judía sobre la cultura alemana y los intereses nacionales».304
Incluso el más franco de todos los prelados alemanes de alto rango, el aristocrático Clemens August Graf von Galen, cardenal arzobispo de Münster, tuvo sumo cuidado en recalcar su patriotismo y, de modo consecuente, exhortó a los fieles a defender la patria y «luchar contra el enemigo exterior», aunque también predicó contra el espíritu de venganza, la matanza de rehenes y el asesinato de prisioneros de guerra desarmados.305 En el verano de 1941, Von Galen empezó a pronunciar una serie de contundentes sermones contra el programa de eutanasia del gobierno y las llamadas «muertes compasivas», que él calificaba sin rodeos de «simple asesinato»; aquella fue, probablemente, la protesta episcopal individual más efectiva que hubo contra el régimen nazi en el transcurso de los doce años que duró su dominio.306 El poderoso eco público que obtuvieron sus palabras inquietó lo suficiente a la dirección nazi -que a aquellas alturas ya había dado muerte a más de setenta mil personas, en su mayoría alemanas de pura cepa, que sufrían distintos defectos mentales o físicos congénitos- como para que se sintiera obligada a suspender oficialmente el programa de gaseamiento masivo. A partir de aquel momento, sin embargo, la eutanasia no se abandonó, sino que se reorientó de modo que resultara más fácil ocultar los asesinatos. Hitler, que seguía queriendo evitar una confrontación pública con la Iglesia católica, juró desquitarse de Von Galen, pero solo después del final de la guerra, lo cual resultó ser una amenaza vana.
Ni Von Galen ni las élites dirigentes eclesiales (católicas o protestantes) de Alemania realizaron ningún pronunciamiento ni intervención comparable en favor de los judíos no conversos o los gitanos.307 Las vagas declaraciones de los obispos alemanes no mencionaron de modo específico a los judíos ni siquiera cuando los prelados recibieron por fin informaciones -procedentes de oficiales que prestaban servicio en el Este, de funcionarios estatales o de otras fuentes- acerca de su asesinato masivo en los campos de exterminio. La cruda realidad es que pocos protestantes o católicos de Alemania y Austria estuvieron dispuestos a desenmascarar el antisemitismo sediento de sangre de los nazis, y ello se debió, en no poca medida, al hecho de que los límites habían quedado desdibujados, desde hacía mucho tiempo, por la «doctrina del desprecio» de las iglesias respecto al judaísmo. Cuando empezó el genocidio, pareció que estuvieran paralizados, y aún resultó más chocante que no comprendieran lo peligroso que era el antisemitismo racista para el futuro del cristianismo.
En efecto, en el núcleo central del nazismo, y a pesar de su engañosa pretensión de defender un «cristianismo constructivo», se hallaba profundamente arraigado un espíritu de revuelta contra el conjunto de la civilización basada en la ética judeocristiana. De hecho, los nazis más destacados -Hitler, Himmler, Rosenberg, Goebbels y Bormann- eran, sin excepción, anticristianos fanáticos, aunque ello se le ocultaba en parte a la opinión pública alemana. Si los alemanes corrientes hubieran tenido acceso a las conversaciones de sobremesa de Hitler, tal vez algunos de ellos se habrían sentido profundamente escandalizados. El 17 de febrero de 1942, por ejemplo, en presencia de Himmler y poco después de los primeros gaseamientos de judíos, el Führer del Reich nazi proclamó en uno de sus prolijos y confusos monólogos característicos de la época de la guerra: «Las nociones representadas por el cristianismo judío eran estrictamente inconcebibles para las mentes romanas … El judío, que introdujo de modo fraudulento el cristianismo en el mundo antiguo -con el fin de arruinarlo- ha reabierto la misma brecha en los tiempos modernos, tomando esta vez como pretexto la cuestión social. Es el mismo juego de prestidigitación que entonces: del mismo modo que Saulo se transformó en san Pablo, Mordechai se ha convertido en Karl Marx».308
La convicción de que judaísmo, cristianismo y bolchevismo representaban el mismo fenómeno patológico de decadencia pareció haberse convertido en un verdadero tema central para Hitler una vez este emprendió la puesta en práctica del plan para la «solución final». La noche del 11 al 12 de julio de 1941, poco después de la invasión de la Rusia soviética, afirmó que el advenimiento del cristianismo había sido «el golpe más duro que jamás se ha abatido sobre la humanidad»:309 aquella fe había sido responsable de la extinción del Imperio romano y de la destrucción de mil quinientos años de civilización de una sola vez; en comparación con la tolerancia del mundo grecorromano, el cristianismo trataba de «exterminar a sus adversarios en nombre del amor».310 Peor aún, el bolchevismo era «hijo ilegítimo del cristianismo», y ambos eran «invenciones del judío».311 El cristianismo había introducido por primera vez la mentira deliberada de la religión en el mundo, pero el bolchevismo se basaba en un tipo de falsedad similar «cuando asegura traer la libertad a los hombres, mientras que en realidad solo pretende esclavizarlos».312
Resulta un hecho sorprendente que, al poner en marcha el Holocausto, Hitler tratara cada vez más de subrayar los paralelismos existentes entre cristianismo y bolchevismo como doctrinas destructoras de la cultura humana. En ambos casos, insistía en que extraían su inspiración «igualitaria» del mismo «fermento de descomposición» judío y corrupto. El 21 de octubre de 1941, podemos hallar otra variación sobre ese tema: «Aunque la sociedad romana se mostró hostil ante la nueva doctrina, el cristianismo en estado puro incitó a la población a la revuelta. Roma fue bolchevizada, y el bolchevismo produjo exactamente los mismos resultados en Roma que luego en Rusia»;313 con el derrumbamiento de la cultura del siglo xx, «el judío vuelve a colocar en el lugar más alto al cristianismo en su forma bolchevique».314 En Rusia, por ejemplo, bajo el poder judeomarxista, se había deportado a centenares de miles de hombres y se había entregado a sus mujeres «a varones importados de otras regiones»; la mezcla deliberada de razas se había convertido, en la imaginación calenturienta de Hitler, en un rasgo fundamental de la Unkultur judeocristianobolchevique que el nacionalsocialismo estaba empeñado en destruir.
Hitler tampoco se olvidó de reiterar su obsesión por el instigador «criptomarxista» de revueltas, san Pablo («Saulo se transformó en san Pablo, Mordechai se ha convertido en Karl Marx»). Siguiendo a Dietrich Eckart, veía en Pablo al «primer hombre que tuvo en cuenta las posibles ventajas de usar una religión como medio de propaganda». En el decadente Imperio romano, san Pablo había hallado un terreno ideal para sus «teorías igualitarias», que contenían «lo necesario para atraer a una masa compuesta por innumerable gente desarraigada»;315 el protobolchevismo de san Pablo había marcado el fin del reinado del «claro genio grecolatino».316 Los judíos, usando el disfraz del cristianismo paulino, habían ideado de manera intencionada la ficción de un «más allá» trascendente, que vino a ocupar el lugar de la armonía estética del cosmos y la natural «jerarquía entre naciones». Bajo la máscara de la religión monoteísta, los judíos «introdujeron la intolerancia en un ámbito en el cual antes prevalecía la tolerancia».317 Por encima de todo, el cristianismo había subvertido de modo deliberado el orden natural:

Azuza constantemente al débil contra el fuerte, la bestialidad contra la inteligencia, la cantidad contra la calidad. Catorce siglos le costó al cristianismo alcanzar el punto culminante de salvajismo y estupidez. Por lo tanto, erraríamos si pecáramos de exceso de confianza y proclamáramos nuestra victoria definitiva sobre el bolchevismo. Cuanto más incapacitemos al judío para dañarnos, tanto más nos protegeremos de ese peligro. El judío desempeña en la naturaleza el papel de elemento catalizador; un pueblo que se libra de sus judíos regresa espontáneamente al orden natural.318

A primera vista, esos pensamientos no parecen más que el lenguaje pomposo, tosco y malevolente de una mente enloquecida: mientras los Einsatzgruppen estaban ocupados masacrando incontables judíos y «bolcheviques» en las estepas rusas, ¿por qué dedicarse a pronunciar diatribas histéricas contra san Pablo?, ¿por qué insistir en que el cristianismo y sus ramificaciones de la Reforma (y, de modo más dudoso, de las revoluciones contemporáneas) comportaban la muerte de todos los imperios y de la propia civilización humana? Sin embargo, en aquella locura había un método; de hecho, revela una de las razones más profundas por las cuales Hitler ordenó el Holocausto, pues en las raíces del antisemitismo del líder nazi se hallaba una visión apocalíptica del futuro de la civilización y del destino «ario» que requería la erradicación del mesianismo judío rival. Era la ética judeocristiana -de la cual san Pablo constituía, para Hitler, el símbolo fundamental- la que había hecho que la humanidad se apartara de la armonía del orden natural en pos de la «mentira» de un dios trascendente. En su forma secularizada, el judeocristianismo había dado origen, según creía, a las doctrinas contemporáneas del pacifismo, la igualdad ante Dios y la ley, la fraternidad humana y la compasión por los débiles, que el nazismo tenía que arrancar de raíz. Los ideales cristianos de caridad, mansedumbre y humildad no podían tener cabida en el Nuevo Orden europeo de los nazis.319
Desde 1937, a Hitler le había parecido que las iglesias eran más «aliadas» del judaísmo que del nacionalsocialismo. Las iglesias mayoritarias persistían aún, por ejemplo, en el tratamiento del Antiguo Testamento como una fuente básica de la revelación cristiana, y también habían rechazado el culto al Jesús «ario». En los círculos protestantes, la Iglesia Confesional había desafiado abiertamente a los Deutsche Christen patrocinados por los nazis. Tampoco cabe ninguna duda de que a los nazis los enfureció la encíclica papal promulgada por Pío XI en 1937, que protestaba por las numerosas violaciones del concordato con la Santa Sede que había cometido el régimen y criticaba con severidad ciertas manifestaciones del neopaganismo nacionalsocialista. Es cierto, desde luego, que los dirigentes católicos y protestantes germanos no expresaron ninguna simpatía pública por los judíos perseguidos y se limitaron estrictamente a la defensa de la herencia bíblica hebrea del cristianismo. Sin embargo, incluso la pasividad eclesial respecto a la «cuestión judía» se interpretó por parte de Hitler, Himmler, Goebbels, Ley y otros como una demostración de que el cristianismo estaba irremediablemente contaminado por influencias «judías». No es casualidad que, en los informes del SD, las iglesias figuraran de modo destacado -a partir de 1937-, junto a los judíos y los comunistas, como «enemigos ideológicos» del régimen.320
Quien tal vez resumió mejor el auténtico abismo existente entre nazismo y cristianismo fue la eminencia gris de Hitler, Martin Bormann, jefe de la Cancillería del Partido y secretario personal del Führer. La noche del 29 de noviembre de 1944, observó en tono amenazador: «Al igual que cualquier doctrina que sea anticomunista, cualquier doctrina que sea anticristiana debe ser asimismo antijudía ipso facto. La doctrina nacionalsocialista es, por lo tanto, antijudía in excelsis, pues es al mismo tiempo anticomunista y anticristiana».321
Para los nacionalsocialistas, con el estallido de la Segunda Guerra Mundial estaba ya claro que, en última instancia, debería haber una «solución final» de la «cuestión religiosa», aunque, por razones tácticas, prefirieron posponer cualquier confrontación importante con las iglesias mientras durara la guerra. Sin embargo, desde un punto de vista ideológico, especialmente a partir del verano de 1941, se consideró al cristianismo como la encarnación de los valores universalistas, racionalistas y humanitarios que eran la antítesis del credo nazi. Por lo tanto, la aniquilación de los judíos tuvo también un profundo significado simbólico, además del ideológico y el político: llevó la tradición antisemítica cristiana a un clímax perverso y horripilante y, al mismo tiempo, negó cualquier valor positivo que el cristianismo hubiera contenido jamás.
El peligro que representaba el nacionalsocialismo para el cristianismo en general no le resultaba desconocido al nuevo papa Pío XII (Eugenio Pacelli), elegido el 2 de marzo de 1939. Tras haber pasado doce años, antes de 1929, como nuncio papal en Munich y Berlín, su conocimiento personal del catolicismo alemán y su amor por la lengua y la cultura germanas no tenían paralelo en la jerarquía romana. Bien informado acerca de las condiciones internas del Tercer Reich, Pacelli había sido el arquitecto del concordato de 1933, pero también desempeñó un papel en la formulación de la encíclica papal de 1937 que condenó el nacionalsocialismo.322 Sin embargo, en 1939, una vez hubo tomado posesión como Pío XII, trató de lograr una distensión con Hitler con el fin de preservar los intereses vitales de la Iglesia católica romana en la Alemania nazi.
A principios de marzo de 1939, en una reunión celebrada en el Vaticano con los cardenales alemanes -Von Faulhaber de Munich, Bertram de Breslau, Schulte de Colonia e Innitzer de Viena-, el pontífice recalcó que consideraba que la «cuestión alemana» era la más importante, y que «se reservaba el tratamiento de la misma» exclusivamente para sí mismo.323 También les dijo a los cardenales alemanes (el 9 de marzo de 1939) que no tenía ninguna intención de provocar una ruptura con el régimen nazi, después de haber logrado, tiempo atrás, persuadir a Pío XI de que no diera, precisamente, un paso drástico como aquel. Además, prohibió que el periódico del Vaticano, L’Osservatore Romano, se dedicara a hacer ninguna otra crítica sobre los acontecimientos de Alemania. Rara vez aquellas polémicas habían mencionado a los judíos, y más bien se concentraban en el acoso a la Iglesia por parte de los nazis o en la desaprobación de las aberraciones «neopaganas» del racismo biológico; antes de la guerra, las objeciones al antisemitismo alemán, por lo general, hicieron referencia exclusiva a su violencia y su brutalidad, pero no al derecho intrínseco del Estado a discriminar a los judíos.324 La «cuestión judía» no representaba una prioridad importante para Pío XII y sus colaboradores más cercanos, como tampoco lo era para los principales cardenales alemanes; por eso no resulta sorprendente que las cartas de Pío XII a los obispos germanos contengan tan pocos comentarios acerca de las atrocidades cometidas contra los judíos en Polonia u otros lugares a partir de septiembre de 1939. Ahora bien, no faltaron ni información sobre el tema ni peticiones al Papa para que interviniera; así, Konrad von Preysing, obispo de Berlín -y el católico alemán de primera línea más perspicaz y antinazi-, le escribió a Pío XII el 17 de enero de 1941, comentando con angustia: «Vuestra Santidad está sin duda informada acerca de la situación de los judíos en Alemania y los países vecinos. Desearía mencionar que se me ha preguntado, tanto desde la parte católica como desde la protestante, si la Santa Sede no podría hacer algo al respecto, manifestarse y realizar un llamamiento en favor de esos desdichados».325
Al igual que en el caso de otras peticiones similares que le solicitaban que hiciera una declaración pública sobre la persecución de los judíos, el Papa se sintió incapaz o poco inclinado a responder. Un año más tarde, sin embargo, empezaba a haber mucha más información disponible, y en el Vaticano, como también en otras capitales europeas, aumentaba rápidamente el conocimiento de la «horrible deportación [orribile deportazione]» de judíos hacia el Este. El 30 de enero de 1942, el cardenal Maglione, secretario de Estado del Vaticano, comentó con el embajador británico ante la Santa Sede, sir Francis d’Arcy Osborne, un discurso de Hitler en el cual el líder nazi había prometido: «¡Los judíos quedarán liquidados, por lo menos, durante mil años!».326 Pronto empezaron a llegar a Roma informaciones mucho más concretas procedentes de numerosas fuentes. En marzo de 1942, el Vaticano recibió noticias de Giuseppe Burzio, su representante en Bratislava, de que la deportación de ochenta mil judíos eslovacos significaba la «muerte segura» para un gran número de ellos.327 El 18 de marzo de 1942, Gerhart Riegner, del Congreso Mundial Judío, y Richard Lichtheim, de la Agencia Judía para Palestina, enviaron un informe notablemente detallado sobre la suerte de los judíos de Polonia y del resto de Europa, que llegó al Vaticano a través de Filippo Bernardini, nuncio en Suiza con sede en Berna. El documento hablaba de más de un millón de judíos «exterminados por los alemanes», e indicaba que se estaba deportando sistemáticamente a los ancianos, los enfermos, las mujeres y los niños, una medida que sin duda no podía haberse emprendido con la intención de dedicarlos a trabajos forzados.328 Luego, hacia fines de junio de 1942, el Daily Telegraph londinense comenzó a publicar una serie de reportajes sobre el exterminio en Polonia, de cuya difusión radiofónica se encargó la BBC. Osborne resumió especialmente para el Papa aquellos relatos, y siguió suministrando materiales similares a Su Santidad de modo regular. El 30 de junio de 1942, por ejemplo, Osborne escribió e hizo llegar al Papa la siguiente información: «Los alemanes han matado en total a más de un millón de judíos, de los cuales setecientos mil se hallaban en Polonia. A varios millones más los han deportado o encerrado en campos de concentración». El 9 de julio de 1942, comunicó al Papa la condena expresada por el cardenal Hinsley, el más alto jerarca católico de Gran Bretaña, contra la «absoluta bestialidad de los métodos alemanes».329
A partir del otoño de 1942, no solo Osborne, sino también los embajadores de Brasil, Polonia, Bélgica y Estados Unidos emprendieron una serie de pasos encaminados a presionar a Pío XII para que se atreviera a pronunciarse en favor de los polacos y los judíos, oprimidos de forma despiadada. Aquellos movimientos perturbaron a la curia romana, que aseguró que una protesta pública no haría otra cosa que empeorar aún más el sufrimiento de las víctimas y obligaría al Vaticano a condenar otras atrocidades junto con las cometidas por los alemanes. Además, según sostenía Maglione, las masacres aún no eran verificables como hechos innegables, y el Papa ya había deplorado, en términos generales, aquella clase de acciones; asimismo, el secretario de Estado del Vaticano dejó claro que era imposible que el Papa condenara explícitamente ni a Hitler ni a la Alemania nazi.330
Aquellos argumentos no impresionaron demasiado al representante personal del presidente Roosevelt ante el Papa, Myron Taylor, quien, el 22 de septiembre de 1942, en una entrevista con un alto funcionario del Vaticano, Domenico Tardini, se refirió a «la oportunidad y la necesidad de una declaración del Papa contra esas enormes atrocidades de los alemanes». A título privado, Tardini se mostró de acuerdo con ello, si bien repitió cansinamente el estribillo estereotipado según el cual Pío XII «ya ha hablado en varias ocasiones para condenar los crímenes, los cometa quien los cometa».331 Tales respuestas no tranquilizaron ni al representante norteamericano ni al británico: Osborne, al escribirle el 2 de octubre de 1942 al ministro de Asuntos Exteriores británico, Anthony Eden, observaba con cierta ironía y también con pesar que las «declaraciones ocasionales en términos generales no tienen la fuerza y la validez perdurables que, en el ambiente intemporal del Vaticano, quizá cabría esperar que poseyeran … Una política de silencio respecto a esas ofensas contra la conciencia del mundo debe comportar necesariamente una renuncia al liderazgo moral».332
El 13 de diciembre de 1942, Osborne se franqueó con cólera en su diario: «Cuanto más pienso en ello, más me repugna la masacre de la raza judía por parte de Hitler, por un lado, y, por otro, la preocupación aparentemente exclusiva del Vaticano por los efectos de la guerra sobre Italia y las posibilidades de que se bombardee Roma. Toda la institución parece haberse vuelto italiana».333 Al día siguiente, instó al Vaticano a reconsiderar sus obligaciones «respecto al crimen sin precedentes contra la humanidad que representa la campaña hitleriana de exterminio de los judíos, de la cual dije que Italia era cómplice, como socia y aliada de Alemania».334 El 18 de diciembre, Osborne presionó con fuerza a Tardini para lograr que el Papa dijera algo claro en su inminente emisión radiofónica de Nochebuena; la respuesta evasiva que recibió le sugirió «que Su Santidad se aferra a toda costa a lo que considera una política de neutralidad, incluso ante las peores ofensas contra Dios y el hombre, porque confía en poder desempeñar un papel en el restablecimiento de la paz».335
Finalmente, el 17 de diciembre de 1942, las propias potencias aliadas emitieron una declaración pública que condenaba las masacres alemanas de judíos y que Osborne trasladó rápidamente al Papa, con la esperanza de que la ratificara. La respuesta de Maglione fue de nuevo negativa, aunque deploró las crueldades infligidas a gente inocente: la Santa Sede, explicó, solo podía condenar atrocidades de modo general, pero no crímenes concretos; además, no se hallaba en posición de verificar los informes aliados sobre el número de judíos a quienes se había asesinado ni de saber lo fiables que eran en realidad tales estimaciones.336 Aquella fue una afirmación singularmente insatisfactoria, dado el volumen de informaciones cada vez más detalladas que habían llegado a Roma, procedentes de una amplia variedad de fuentes, durante los seis meses anteriores.
Eslovaquia ofrece un buen ejemplo de datos importantes que estuvieron a disposición del Vaticano en fechas bastante tempranas; las informaciones procedían de su activo representante en aquel país, Giuseppe Burzio, y habían proporcionado una base sobre la cual la Santa Sede sí había actuado. Inmediatamente después de que, el 14 de marzo de 1939, se proclamara la «independencia» eslovaca, se aprobaron leyes antijudías. El Estado fascista eslovaco lo presidía un clérigo, el padre Jozef Tiso, que era el líder de la Hlinková Garda (Guardia Hlinka), pero el gabinete también incluía un grupo pronazi dirigido por el primer ministro Tuka y por Alexander Mach, ministro del Interior. A partir de septiembre de 1941, por iniciativa propia, el gobierno eslovaco empezó a proceder a la expropiación de bienes judíos, y luego, en marzo de 1942, comenzó a realizar deportaciones. Por lo menos al principio, el gobierno gozó del apoyo tácito de los obispos católicos de Eslovaquia, quienes solo parecían estar preocupados por asegurarse de que a los judíos conversos se les concedieran instalaciones adecuadas para practicar su nueva fe.337
El 14 de marzo de 1942, el Vaticano protestó contra las deportaciones de judíos que se proyectaban, expresando cierto asombro por el hecho de que una nación supuestamente comprometida con los principios católicos pudiera actuar de aquel modo. El encargado de negocios del Papa, que anteriormente había tratado sin éxito de persuadir a los obispos eslovacos de que adoptaran una postura unificada contra la legislación de septiembre de 1941, advirtió ahora a Tiso de las graves consecuencias que acarrearía el hecho de ignorar la protesta del Vaticano. El 23 de mayo de 1942, el gobierno eslovaco envió una escalofriante comunicación al Vaticano -transmitida por el representante eslovaco ante la Santa Sede, Karol Sidor- en la cual defendía con orgullo su política antisemita. El documento afirmaba con toda claridad que la deportación en masa de los judíos eslovacos formaba «parte de un plan general mucho más amplio» puesto en marcha de acuerdo con el gobierno alemán: «Se transportaría a medio millón de judíos a Europa Oriental. Eslovaquia iba a ser el primer estado de cuyos habitantes de origen judío se haría cargo Alemania».338 A continuación venía una explicación enormemente detallada de la política gubernamental, en la cual se hablaba de las inminentes deportaciones de judíos de Francia, Holanda, Bélgica, Bohemia, Moravia y el Reich alemán. El informe eslovaco anunciaba que se los instalaría en zonas cercanas a Lublin, donde estarían «bajo la protección del Reich [sotto la protezione del Reich/Schutzbefohlene]». La comunicación oficial eslovaca observaba que también a Hungría se le pediría que entregara a sus ochocientos mil judíos. Al mismo tiempo que se lavaba las manos en lo tocante a sus propios ciudadanos judíos, el gobierno eslovaco le explicaba al Vaticano que los alemanes habían prometido «que se trataría de forma humana a los judíos».
El secretario de Estado del Vaticano, Maglione, pareció desconcertado ante la brutalidad de la política del gobierno eslovaco y la prosecución de las deportaciones de judíos a Polonia, en especial porque Eslovaquia era un país que se proclamaba católico y cuyo líder, monseñor Tiso, estaba ordenado sacerdote. Al fin y al cabo, la implicación del clérigo en aquellos crímenes masivos podía comprometer el honor del Vaticano y de la Iglesia, un hecho que observó con franqueza Tardini -importante colaborador de Maglione- el 13 de julio de 1942: «Es una verdadera desgracia que el presidente de Eslovaquia sea un sacerdote. Que la Santa Sede no puede meter en cintura a Hitler lo sabe todo el mundo, pero ¿quién entenderá que no pueda controlar ni siquiera a un sacerdote?».339
El papel del Vaticano en Croacia fue particularmente susceptible de condena y mucho peor que en Eslovaquia, debido a los crímenes monstruosos cometidos por un régimen piadosamente católico encabezado por Ante Pavelic, el Poglavnik (líder) del movimiento ustacha croata, que había accedido al poder el 10 de abril de 1941. La violencia ustacha dirigida contra los «cismáticos», es decir, los serbios ortodoxos, tuvo todo el aspecto de una «cruzada religiosa». El Vaticano deploraba la predicación del Evangelio a punta de fusil, pero también sabía lo orgulloso que estaba el nuevo régimen de sus vínculos, de mil trescientos años de antigüedad, con la Santa Sede. El Estado croata no había perdido el tiempo a la hora de aprobar leyes racistas contra los judíos, y había logrado realizar en cuestión de semanas lo que al régimen nazi le costó años llevar a cabo en Alemania.340 Ya en una fecha tan temprana como mayo de 1941, se empezó a dar caza a los judíos y a enviarlos a campos de concentración. El cardenal Stepinac, arzobispo croata de Zagreb, contempló los acontecimientos con inquietud y quizá con sentimientos ambivalentes: aprobó ciertas acciones de los ustachi, como, por ejemplo, las dirigidas contra el aborto y los anuncios indecentes, y también dio la bienvenida al catolicismo tan explícito del nuevo régimen; al mismo tiempo, se sintió obligado a protestar contra las conversiones forzosas de serbios y el «brutal trato dispensado a los no arios durante las deportaciones y en los campos».341 No obstante, y pese a que pidió a Pavelic que las medidas contra serbios y judíos fueran «llevadas a cabo de forma más humana y considerada», no cuestionó la política racista como tal. En ese aspecto, Stepinac actuaba de forma coherente con la línea adoptada por los funcionarios vaticanos durante el Holocausto.
En octubre de 1942, el Vaticano ya había recibido informaciones fiables sobre las masacres de judíos, recopiladas por el padre Pirro Scavizzi (capellán de un tren hospital italiano), el cual relató al Papa que, hasta aquel momento, se habían producido ya dos millones de muertes. Por aquella y muchas otras fuentes (aliadas, polacas, judías, etc.), así como a través de sus propios nuncios, el Vaticano ya sabía, en otoño de 1942, que la matanza sistemática de judíos estaba teniendo lugar en toda la Europa ocupada por los nazis. Finalmente, en su mensaje navideño de 1942, Pío XII dijo algo: en una sola frase que duró el tiempo de un suspiro, mencionó que «centenares de miles de personas, sin que hayan cometido ninguna falta propia y solamente debido a su nación o raza (stirpe), han sido condenadas a muerte o a la extinción gradual».342 Como ha observado el historiador británico Owen Chadwick, «el Papa se guardaba con sumo cuidado de la exageración» y, de forma bastante parecida a los altos funcionarios del gobierno británico, «creía que los polacos y los judíos exageraban con el objetivo de contribuir al esfuerzo de guerra».343 Por esa razón, las cifras a las que se refirió en su mensaje radiofónico fueron mucho menores que las estimaciones que constaban en los informes que el Vaticano ya había recibido con anterioridad. Además, no realizó ninguna mención de los nazis, por no hablar de los judíos, los polacos u otras víctimas particulares.
La apelación genérica del Papa a la conciencia mundial, que enfureció a algunos y complació a otros, fue bien comprendida, por lo menos, por uno de los obispos alemanes. El 6 de marzo de 1943, Konrad von Preysing evocó aquel mensaje al escribirle a Pío XII para pedirle que tratara de salvar a los judíos que aún quedaban en la capital del Reich, los cuales se enfrentaban a una deportación inmediata que los llevaría a una muerte segura.
De modo aún más terrible, la nueva oleada de deportaciones de judíos que justo empezó los días anteriores al 1 de marzo nos afecta particularmente aquí en Berlín. Están implicadas varios miles de personas: Vuestra Santidad aludió a su probable destino en su mensaje radiofónico de Navidad. Entre los deportados hay también muchos católicos. ¿No es posible que Vuestra Santidad trate una vez más de interceder por los numerosos y desdichados inocentes [die vielen unglücklichen Unschuldigen]? Es la última esperanza para muchos y el deseo profundo de todas las personas honradas.344
La extensa respuesta de Pío XII, fechada el 30 de abril de 1943, tocaba muchos temas que lo habían preocupado a lo largo de toda la correspondencia que había mantenido con los obispos alemanes durante la guerra. El pontífice expresaba su dolor por los feroces bombardeos aéreos aliados de las ciudades alemanas e informaba de los esfuerzos del Vaticano por obtener informaciones acerca de los soldados germanos capturados o desaparecidos en Rusia. Pío XII no respondía de modo directo a la petición de Von Preysing de que hablara con franqueza sobre los judíos, pero sí expresaba su satisfacción por el hecho de que fueran precisamente los católicos berlineses quienes hubieran mostrado aquel amor fraternal hacia «los llamados no arios [Nichtariern]» en un momento de tribulación para los mismos. También escribía acerca de la «acción caritativa» de la Santa Sede tanto a favor de «los católicos no arios» como de las personas «de confesión judaica [Glaubensjuden]», y subrayaba que el Vaticano había gastado sumas considerables «en el transporte de emigrantes a ultramar» (mucho de aquel dinero había venido de fuentes judías estadounidenses, lo cual no se mencionaba en el documento).345
El Papa también observaba que, si bien la Santa Sede no esperaba recompensas celestiales ni terrenales por sus gestos humanitarios, había recibido «el agradecimiento más cordial por su trabajo de socorro» por parte de las organizaciones judías. Pío XII encontró incluso unas palabras para expresar su «reconocimiento paternal» hacia el padre Lichtenberg, un obispo católico que había sido encarcelado por los nazis a causa de sus valerosos sermones en solidaridad con los judíos deportados y que moriría poco después de camino hacia Dachau. De modo no menos significativo, el pontífice le decía a Von Preysing que asignaba a sus ministros a nivel local «el deber de determinar si se da el caso, y hasta qué punto, de que el peligro de represalias y distintas formas de represión … parezca aconsejar prudencia para evitar males mayores [ad maiora mala vitanda], a pesar de las razones que se aducen en sentido contrario».346 El Papa consideraba que, en condiciones de guerra, tenía que proceder con suma cautela para no «imponer sacrificios inútiles a los católicos alemanes, que tan oprimidos están ya a causa de su fe».347
En lo que quizá constituyó una respuesta diferida a la petición de Von Preysing de una nueva declaración sobre la suerte de los judíos, Pío XII sí se refirió al tema, por medio de alusiones, en una alocución dirigida a los cardenales el 2 de junio de 1943; fue la segunda y última vez que hizo alguna mención pública de lo que ahora denominamos «el Holocausto»: «No os asombréis», dijo, «si prestamos oído con simpatía particularmente profunda a las voces de quienes acuden a nosotros de modo suplicante y con el corazón lleno de miedo. Son los que, debido a su nacionalidad o ascendencia, se ven perseguidos por un infortunio creciente y un sufrimiento que va en aumento. En ocasiones, y sin que ellos hayan cometido ninguna falta, se los somete a medidas que amenazan con exterminarlos».348 Las potencias del Eje eliminaron aquel breve fragmento de sus informaciones acerca del discurso del Papa, pero la radio del Vaticano lo difundió en Alemania, y añadió que quienes hacían «distinción entre judíos y otros hombres» eran infieles a Dios y a los mandamientos divinos.
Solo al final de la guerra, el 2 de junio de 1945, ante el Sacro Colegio de Cardenales, se sintió Pacelli en libertad para desahogarse por completo y llamar a las cosas por su verdadero nombre. En aquella ocasión, el Papa aseguró haber previsto el desastre del nacionalsocialismo «cuando aún pertenecía a un futuro distante, y pocos, creemos, han seguido con mayor inquietud el proceso que conducía a la inevitable catástrofe».349 Señaló que «la Iglesia hizo todo lo posible por levantar una barrera formidable frente a la extensión de ideas que eran a la vez subversivas y violentas», y que el concordato no había implicado en absoluto «ninguna aprobación formal de las doctrinas o tendencias del nacionalsocialismo».350 Pacelli recordaba que la encíclica promulgada en 1937 por su predecesor, Pío XI, había desenmascarado con valentía el nazismo como una «apostasía arrogante de Jesucristo, la negación de Su Doctrina y Su obra de redención, el culto a la violencia, la idolatría de la raza y la sangre, la destrucción de la libertad y la dignidad humanas».351 Aquella contundente delimitación de 1937 había abierto los ojos de muchos católicos, aunque, por desgracia, no los de todos: algunos, según admitía, habían estado «demasiado cegados por sus prejuicios o tentados por las ventajas políticas» para oponerse con suficiente vigor a la ideología nacionalsocialista.
Sin embargo, el propio historial del Papa después de la ocupación militar de Roma por parte de los alemanes, en septiembre de 1943, también dejaba algo que desear: más de mil judíos romanos (sobre una población de ocho mil) fueron deportados a Auschwitz, por así decirlo, desde debajo mismo de las ventanas del Vaticano. Es cierto que también hubo judíos romanos ocultos en monasterios, conventos e incluso en el propio Vaticano, pero no está claro en qué medida Pío XII tuvo algo que ver con las acciones de salvamento, ni si las aprobó directamente.352
El 16 de octubre de 1943, las SS y la policía militar alemana rodearon el gueto romano, capturaron a los judíos y los transportaron a la Academia Militar Italiana, situada aproximadamente a medio kilómetro del Vaticano. Aquella misma mañana, el Papa ordenó a Maglione que convocara al embajador alemán, Ernst von Weizsäcker, a quien el cardenal le explicó lo «indeciblemente doloroso que es para el Santo Padre que aquí, en la misma Roma y ante los ojos del Padre Común [sotto gli occhi del Padre Commune], se haga sufrir a tanta gente por la sola razón de que pertenece a una raza determinada [appartengono ad una stirpa determinata]». Maglione apeló al «corazón tierno y bueno» del embajador «para tratar de salvar a tantas personas inocentes», y también invocó sus sentimientos de humanidad y de «caridad cristiana».353 Asimismo, sugirió que «la Santa Sede no debe verse puesta en la necesidad de protestar [non deve essere messa nella necessità di protestare]» si los alemanes continuaban con las deportaciones; en tal caso, «debería confiar, respecto a las consecuencias, en la Divina Providencia». Lo más notable de todo fue que Maglione admitiera que «la Santa Sede había sido lo bastante prudente como para no dar al pueblo alemán la impresión de haber hecho o querer hacer nada contra Alemania durante una guerra terrible [per non dare al popolo germanico l’impressione di aver fatto o voler fare contro la Germania la minima cosa durante una guerra terribile]».354 Ni Pío XII, ni Maglione, ni ningún otro alto funcionario del Vaticano deseaban una ruptura con la Alemania nazi.
La negativa de Pío XII a efectuar una denuncia pública de la razia romana no difería de la posición que había adoptado cuando, en 1942, se había deportado a grandes cantidades de judíos de toda Europa (incluidos países católicos como Eslovaquia, Croacia, Bélgica y Francia) o se había asesinado a un enorme número de ellos en Rusia, Ucrania y Polonia. Es bastante posible que, si tal protesta se hubiera realizado, hubiera habido más católicos en disposición de contribuir a la salvación de judíos en los países ocupados, y también que más judíos hubieran podido huir a tiempo de sus cazadores nazis. El Vaticano tampoco se opuso a las leyes discriminatorias contra los judíos ni a la segregación social resultante de las mismas, ni siquiera cuando el Holocausto se estaba desencadenando en el corazón de Europa. En otoño de 1941, un informe del embajador francés ante la Santa Sede, Léon Bérard, le confirmó al mariscal Pétain que el Vaticano no tenía ninguna objeción que plantear a los draconianos estatutos antijudíos de Vichy, siempre que el gobierno francés actuara con «justicia y caridad».355 La pauta seguida en el caso de Croacia, Eslovaquia, Hungría, Rumanía y otros países que aprobaron legislaciones antisemitas fue casi siempre la misma: las objeciones del Vaticano rara vez se dirigieron contra el principio de discriminación per se, aunque sí se opusieron a la violencia, al asesinato y a los prejuicios racistas referentes a los judíos bautizados, hechos que entraban en conflicto con la doctrina católica o con las prerrogativas de la Iglesia. En una fecha tan avanzada como agosto de 1943, el padre jesuita Pietro Tacchi Venturi observaba que, de acuerdo con los principios y tradiciones de la Iglesia católica, las leyes antijudías italianas incluían «… disposiciones que se deberían derogar, pero contienen otras que merecen su ratificación».356
Esas vacilaciones y ambivalencias no pueden disociarse de la profunda suspicacia con que la Iglesia contemplaba todavía a los judíos, una desconfianza en la cual no fue capaz de hacer mella la revelación del Holocausto que se estaba produciendo. En la mayoría de mentes católicas, se los seguía identificando, en el plano teológico, como un pueblo «deicida»; se los consideraba vinculados a las fuerzas del liberalismo, la masonería, el racionalismo y el laicismo en el Occidente democrático, y a un bolchevismo dictatorial y despiadado en el Este. En la tradición católica, los judíos encarnaban una «modernidad» laica que se juzgaba contraria a los ideales de la sociedad cristiana y su visión de redención. Las iglesias, tanto la católica como las protestantes, fueron incapaces -con unas pocas y honrosas excepciones- de deshacerse de la antiquísima «doctrina del desprecio» hacia los judíos, aunque no concibieron, secundaron ni aprobaron el Holocausto. Por citar a Emil Fackenheim, la «solución final» fue «la venganza de un mal bimilenario que habitaba en el interior del propio cristianismo, y que se transmutó cuando el nazismo se revolvió contra la sustancia cristiana».357
6 Colaboración a lo largo y ancho de Europa

Requiere mucha imaginación encontrar algo nuevo. En realidad, después de la expropiación de los bienes inmuebles, después de las deportaciones y los asesinatos, todo lo demás resulta grotesco … En ocasiones, hay algo diabólico en el antisemitismo, pero, ahora que no nadamos en sangre, chapoteamos en medio del fango de pequeños hurtos.
Diario de MIHAIL SEBASTIAN,
Bucarest, 12 de noviembre de 1941

¡Hitler, no pongas tus sucias manos sobre nuestros sucios judíos!
Pintada de la época de la guerra
en Amsterdam

… Los factores inmediatos favorables al salvamento de judíos durante el Holocausto deben ponerse en el contexto de las costumbres y tradiciones de cada país. La tradición más determinante es, por supuesto, la existencia o la ausencia de antisemitismo. Debido a múltiples razones, la Italia contemporánea carecía de tradición antisemita.
SUSAN ZUCOTTI,
The Italians and the Holocaust, 1987

El Holocausto nazi había empezado en suelo soviético e, inicialmente, se dirigió contra los tres millones y medio de judíos que vivían en la URSS, incluidos los tres estados bálticos anexionados en tiempos recientes. Uno de los rasgos más llamativos de aquella matanza fue su carácter abiertamente público, tan distinto del secreto que envolvió los gaseamientos que se llevaron a cabo más adelante en los campos de exterminio de Polonia. A medida que la Wehrmacht avanzaba por el territorio de la Unión Soviética, el número de víctimas aumentó rápidamente.358 Según Raul Hilberg, al acabar 1943 los alemanes ya habían logrado matar a cerca de dos millones de judíos en el interior de las fronteras de la URSS anteriores a la invasión, en la mayoría de casos fusilándolos en fosas cercanas a sus hogares. La Unión Soviética fue el único lugar en el que, de forma reiterada, los alemanes y sus colaboradores mataron a tiros a centenares de miles de hombres, mujeres y niños judíos desarmados, a plena luz del día y casi al alcance de la vista y el oído de sus vecinos. Pese a la enorme visibilidad de aquellos asesinatos, el régimen soviético no tuvo interés en dar publicidad más que a los elementos más escuetos de las informaciones que se referían directamente al genocidio de los judíos; asimismo, estaba resuelto a ocultar las pruebas de la amplia colaboración con los nazis que hubo por parte de «pacíficos ciudadanos soviéticos».
El ejemplo de los ucranianos resulta particularmente pertinente, ya que su «colaboración» con los alemanes adquirió ese carácter generalizado. En Ucrania, la policía del país se dedicó con entusiasmo a dar caza a los judíos y amontonarlos en guetos, con el consiguiente aislamiento de sus vecinos y el debilitamiento de su resistencia física y psicológica. Cuando, a fines del verano de 1941, empezaron los fusilamientos masivos, fueron aquellos agentes quienes llevaron a los judíos a los lugares donde morirían y quienes se aseguraron de que no escaparan. Si bien los alemanes siempre dirigieron y coordinaron la matanza de judíos por medio de sus jefes regionales de las SS y la policía, la Policía de Seguridad y unidades de la Policía del Orden móvil, investigaciones recientes han confirmado el papel auxiliar vital que desempeñaron los colaboradores autóctonos de la policía local (Schutzmannschaft).359 Junto con la gendarmería alemana, la policía ucraniana no solo fue responsable de las redadas, sino que, en ocasiones, participó directamente en los fusilamientos en fosas que tan característicos fueron de las ejecuciones masivas en el Este.
En Ucrania y Bielorrusia occidental, la Schutzmannschaft se especializó sobre todo en operaciones de búsqueda y ejecución, en la cuales se trataba de encontrar judíos que todavía se ocultaban en los guetos o habían huido a los bosques cercanos en busca de refugio.360 Los policías locales resultaban especialmente peligrosos ya que con frecuencia eran las únicas personas capaces de identificar a sus antiguos vecinos judíos. En las zonas bajo administración civil alemana, más de veinticinco mil hombres se habían ofrecido voluntarios, durante los primeros meses de ocupación, para prestar servicio en la Schutzmannschaft. Nunca pareció haber escasez de tales voluntarios para capturar a los judíos y escoltarlos hasta la muerte, como tampoco para participar en las tristemente célebres «cacerías de judíos» en el campo. En los distritos rurales de Ucrania y Bielorrusia, en el momento de las «liquidaciones» de guetos acaecidas en 1942, los policías locales superaban a menudo el número de gendarmes alemanes a razón de más de cinco a uno. Así pues, los miembros de la Policía del Orden alemana no fueron los únicos «verdugos voluntarios» del proceso de matanza cara a cara descrito por Daniel Goldhagen: de hecho, hubo testigos oculares que describieron a algunos de los ejecutores autóctonos más entusiastas -que trataban de conseguir ascensos por medio de sus méritos como asesinos- como aún más crueles con las mujeres y los niños de lo que eran los propios alemanes.
Los verdugos locales eran una mezcla de activistas nacionalistas, antisemitas embrutecidos, oportunistas redomados, antiguos delincuentes y simples campesinos en busca de una fuente de ingresos más segura. Sus motivaciones eran igualmente variopintas: algunos estaban influidos principalmente por la pura codicia personal o bien dominados por el alcoholismo, el arribismo o la presión del grupo humano al que pertenecían, mientras que a otros los movía un antisemitismo cruel y un odio furibundo contra el régimen soviético.361 Los ucranianos, por ejemplo, no habían olvidado la «hambruna del terror» que Stalin había provocado deliberadamente en su patria y que había causado cuatro millones de muertes a principios de los años treinta, en el transcurso de la colectivización forzosa de la agricultura. Si bien los estalinistas no podían, como tampoco los nazis, pretender de modo realista la eliminación de la totalidad de los treinta y seis millones de ucranianos, unos y otros trataron, por distintos métodos totalitarios, de romperle el espinazo al tenaz nacionalismo de aquel país.362 Como había ocurrido en otros lugares de Europa Oriental, durante los años treinta los nacionalistas ucranianos identificaron con frecuencia a los judíos con la nacionalidad hegemónica opresora (en este caso, los rusos) y con el odiado yugo soviético. Aquella amalgama «judeobolchevique» intensificó de modo fatal el antisemitismo profundamente arraigado en los fundamentos de la conciencia popular ucraniana desde el siglo XVII, un odio étnico y socioeconómico que había estallado periódicamente en sangrientos pogromos como los acaecidos en 1881, 1905 y de nuevo durante las guerras civiles rusas.363
La colaboración con los invasores nazis, a quienes muchos ucranianos dieron la bienvenida como una fuerza que los venía a «liberar» del comunismo soviético y de los judíos, fue más que habitual, por desgracia, durante las primeras etapas de la ocupación alemana. Aquella cooperación habría adquirido aún proporciones mucho mayores de no haber sido por el desmesurado orgullo racial y la locura de los conquistadores alemanes, que trataron a millones de sus súbditos ucranianos como si verdaderamente se tratara de Untermenschen eslavos, y los explotaron y asesinaron en gran número.364 Sin embargo, en medio de la euforia inicial de la invasión alemana, no habían sido pocos los ucranianos que se apropiaron de las posesiones de los judíos y ocuparon sus casas una vez se los obligó a abandonarlas.
También en Lituania los alemanes y sus colaboradores locales habían empezado a asesinar judíos de modo sistemático casi inmediatamente después de la invasión de la URSS. Heydrich había dado instrucciones a los Einsatzgruppen de que alentaran a la población local «a actuar espontáneamente» contra los judíos; según pudo comprobarse más adelante, vistos el ardor y el frenesí con que llevaron a cabo los pogromos, los lituanos no necesitaban que nadie los animara. La primera matanza, que la noche del 25 al 26 de junio de 1941 acabó con mil quinientos judíos en Kovno, la perpetraron lituanos, y lo hicieron con un salvajismo bestial que sorprendió a los propios alemanes.365 Fueron los «partisanos» antisoviéticos y ultranacionalistas lituanos quienes con mayor entusiasmo se ofrecieron voluntarios para matar a muchos miles de judíos en Kovno, Vilna y los numerosos shtetlach366 de las provincias lituanas; en aquellas Aktionen, superaron a los alemanes tanto en la escala y la intensidad de su participación como en el número de víctimas que causaron: quizá dos tercios de los judíos de Lituania fueron eliminados por unidades locales, que incluso pudieron dar lecciones a sus «libertadores» sobre el modo de asesinar sin compasión a mujeres y niños.
En total, en el Holocausto se dio muerte a más del 90 por ciento de los judíos de Lituania, lo cual constituye el porcentaje más elevado de todas las comunidades judías importantes de Europa; de hecho, la inmensa mayoría de ellos fueron asesinados con gran rapidez, durante los cinco meses que mediaron entre fines de junio y diciembre de 1941. Ninguno de aquellos horrores habría sido posible sin lo que Dina Porat ha descrito como «una combinación fatal de motivación lituana y organización y meticulosidad alemana».367 Porat indica que, si bien los alemanes proporcionaron las condiciones y la «legitimidad» necesarias para las matanzas, las aspiraciones nacionales de los lituanos y su odio al comunismo fueron el combustible que impulsó la maquinaria asesina. Los sentimientos que se habían reprimido durante la tiránica dominación soviética de Lituania (1940-1941), período en que la ciudadanía de dicho país vio anulada su independencia, estallaron en una enloquecida furia antisemita una vez llegaron los alemanes. A pesar de que no existía una tradición de pogromos análoga a la de Polonia, Rumanía o Rusia, los lituanos demostraron ser enormemente eficaces en las matanzas cara a cara. Cuando los batallones de policía local (que sumaban unos ocho mil quinientos individuos) estaban a punto de concluir su macabra tarea, se envió a una parte de ellos a Bielorrusia y Polonia para que prosiguieran sus sanguinarias actividades en pequeñas ciudades, campos y guetos. También hubo miembros de aquellos cuerpos que actuaron como guardianes de campos de exterminio como Treblinka o Majdanek y como auxiliares de las fuerzas del general Stroop en el aplastamiento de la insurrección del gueto de Varsovia. Su reputación como verdugos y sádicos no le fue a la zaga a la de nadie.
Croacia ofrece otro ejemplo destacado de bestialidad humana estrechamente vinculada con el nacionalismo fanático. La camarilla gobernante dirigida por Pavelic no necesitó de ningún estímulo de los alemanes para matar judíos, y menos aún para asesinar a casi medio millón de serbios. También en aquel caso el ejército alemán quedó momentáneamente desconcertado -pese a su propio y aterrador historial en Serbia- por la furia sanguinaria de los fascistas ustachi que habían accedido al poder en abril de 1941.368 Para los croatas, el enemigo principal seguían siendo los serbios de religión ortodoxa, que estaban destinados al exilio, la muerte o el regreso al catolicismo, la supuesta «fe verdadera de sus padres». En efecto, la «nueva Croacia» forzó a punta de pistola la conversión de centenares de miles de serbios de obediencia grecoortodoxa y confirmó sobradamente la descripción que hace Jonathan Steinberg de aquel régimen como «el único satélite del Eje que asesinó a más civiles no judíos que judíos».369 En Croacia, el genocidio fue, en el transcurso de la guerra, una política oficial y dirigida por el Estado, y no perdonó a los treinta y ocho mil judíos y los veintisiete mil gitanos que murieron durante los cuatro años de gobierno ustacha.370 Al cabo de tres semanas de ocupar el poder, el nuevo régimen ya había aprobado leyes raciales antijudías (mayo-junio de 1941) que prohibían los matrimonios mixtos, excluían a los judíos de la función pública y las profesiones liberales, los obligaban a registrar sus propiedades, señalizaban sus comercios y «arizaban» sus capitales. Siguiendo el ejemplo de las leyes de Nuremberg, se prohibió a los judíos que emplearan sirvientas «arias». Pronto se envió al grueso de los judíos croatas a los tristemente célebres campos de concentración ustachi, mientras que, a petición alemana, se deportó a otros siete mil.371 En el verano de 1943, el arzobispo Stepinac deploró el «trato inhumano y brutal dispensado a los no arios durante las deportaciones y en los campos, y, peor aún, que no se perdone a los niños, los ancianos ni los enfermos».372 Pavelic ni siquiera respetó los derechos humanos de los judíos convertidos al catolicismo, con gran consternación por parte de Stepinac y del visitador apostólico acreditado, monseñor Marcone.373
Rumanía fue otro ejemplo de ferocidad primitiva, al estilo balcánico, en el cual «incluso los miembros de las SS quedaron desconcertados, y en ocasiones aterrados, por los horrores de unos pogromos a la antigua usanza, espontáneos y a escala gigantesca».374 Durante el siglo XIX, Rumanía había rivalizado con la Rusia zarista en la persecución de judíos y la insistencia intransigente en considerarlos extranjeros. Tras la Primera Guerra Mundial, y bajo una enorme presión de los aliados occidentales, el país había concedido a regañadientes la ciudadanía a su minoría judía, una medida que el gobierno rumano acabó revocando en diciembre de 1937. En aquellos momentos, Rumanía poseía una población judía muy numerosa, que alcanzaba las setecientas cincuenta mil personas; en un breve plazo, varios centenares de miles de judíos perdieron sus derechos ciudadanos, sus posesiones y sus empleos. Ni al gobierno rumano ni a los ultranacionalistas fanáticos del movimiento fascista de la Guardia de Hierro les fue precisa ninguna presión de la Alemania nazi: el nacionalismo rumano se había convertido casi en sinónimo de antisemitismo, y los eslóganes que relacionaban a los judíos con el comunismo, el capitalismo y la plutocracia cayeron en suelo fértil.375 Un movimiento antisemita extremista como la Guardia de Hierro fue capaz de lograr el 15,5 por ciento de votos en las elecciones de 1937, con lo cual obligó incluso a los «moderados» rumanos a emplear una retórica racista y xenófoba con el solo fin de mantenerlo a raya.376 En agosto de 1940, el jefe de la dictadura recién instaurada con el apoyo de la Guardia de Hierro, el mariscal Ion Antonescu, declaró apátridas a casi la totalidad de los judíos rumanos (solo quedaron exentos unos diez mil, incuidos en una categoría que gozaba de un privilegio especial), y así comenzó a aplicarse una de las legislaciones antijudías más duras que hasta aquel momento se habían visto en Europa. Tal medida movió a Hitler a observar que «en esos asuntos, Antonescu actúa de manera mucho más radical de lo que hemos hecho nosotros hasta el presente».377
En enero de 1941, la Guardia de Hierro llevó a cabo en Bucarest un salvaje pogromo en el cual fueron asesinados ciento setenta judíos. Al mes siguiente, Rumanía entró en la guerra y sus legiones pronto se vieron implicadas en horripilantes masacres de judíos en el Este, en especial en Crimea y Ucrania meridional. Tan solo en Odessa, las tropas rumanas mataron a unos treinta mil judíos en una carnicería de crueldad sin par. Incluso después de que la Guardia de Hierro abandonara el gobierno de Antonescu, la matanza continuó con la misma virulencia durante el verano de 1941. También se emplearon tropas rumanas para llevar a miles de judíos, a marchas forzadas, hacia áreas destinadas a la realización de matanzas, para ahogarlos en el Dniester o para empujarlos hacia la zona de Ucrania bajo control alemán. Las deportaciones de cerca de ciento cincuenta mil judíos a la recién anexionada provincia de Transnistria fueron especialmente horripilantes: como si se tratara de ganado, se amontonaba en vagones de carga a los prisioneros, que con frecuencia morían de asfixia mientras los trenes viajaban día tras día por las zonas rurales. Los guetos y campos de concentración de Transnistria eran tan terribles como cualquiera de los Reich alemán, y no resulta sorprendente que murieran tres cuartas partes de los judíos que se hallaban en aquella provincia.
Si bien el gobierno de Antonescu actuó de forma completamente despiadada contra los judíos no asimilados y que no hablaban rumano de Besarabia y Bucovina (territorios arrebatados a la Unión Soviética en 1941), se mostró mucho menos dispuesto a cooperar con las exigencias alemanas de que deportara al Este a los judíos del interior de Rumanía, que ya habían experimentado un proceso de aculturación.378 Antonescu no ocultaba en modo alguno su oposición a cualquier usurpación de su soberanía nacional, y es probable que también considerara que Rumanía ya había logrado satisfacer sus ambiciones territoriales en otoño de 1942 y que le resultaría más conveniente desvincularse de la Alemania nazi. Su régimen ya había matado alrededor de un cuarto de millón de sus propios judíos -por lo general sin ayuda alemana-, pero, cuando el curso de la guerra se volvió contra Alemania, Antonescu prefirió diversificar sus apuestas, para lo cual mantuvo sus canales de comunicación con Occidente y se distanció gradualmente de la «solución final» de Hitler.
Desde finales de 1942, se desarrolló un floreciente tráfico de certificados de exención para judíos, pues los funcionarios rumanos descubrieron que la venta al extranjero de miembros de aquella comunidad a cambio de divisas fuertes podía constituir un provechoso negocio. Rumanía se adhirió entonces con entusiasmo a la idea de la emigración de los judíos y se convirtió en una vía de salida para los que trataban de llegar a Palestina. El único país de Europa -aparte de Alemania- que había practicado el exterminio masivo de judíos por iniciativa completamente propia resultó ser también el más mercenario, y aquella corruptibilidad dio lugar a una nueva «moderación» sobre la cuestión judía. En primer lugar, Antonescu trató de persuadir a los nazis de que permitieran la partida de judíos hacia Oriente Medio, aunque finalmente no lo logró; entonces, ignorando la presión alemana, obstaculizó resueltamente la deportación de judíos de la región de Regat, en la Rumanía histórica. Al final de la guerra, y pese al anterior historial de antisemitismo asesino de Antonescu, unos trescientos mil judíos rumanos -más de la mitad de la población perteneciente a dicha comunidad- habían sobrevivido al Holocausto.
Hungría constituyó un caso excepcionalmente trágico, ya que, si los alemanes no hubieran invadido el país en marzo de 1944, se habrían salvado muchos más judíos que en Rumanía. Por el contrario, en un proceso de destrucción acelerado y vertiginoso que duró menos de cuatro meses, se despachó a más del 60 por ciento de los setecientos veinticinco mil judíos de Hungría a las cámaras de gas de Auschwitz. El 8 de julio de 1944 ya se había deportado a casi cuatrocientos cuarenta mil judíos, y, hacia finales de año, el país había alcanzado ya la condición de judenrein, con la excepción de los judíos de Budapest. La rapidez de la deportación resulta aún más asombrosa teniendo en cuenta lo avanzada que se hallaba la guerra, la certidumbre de la derrota de la Alemania nazi, el conocimiento generalizado del Holocausto y las repetidas advertencias aliadas al gobierno húngaro. Difícilmente los doscientos alemanes del Sondereinsatzkommando (Unidad de Operaciones Especiales) de Adolf Eichmann que, asistidos por otros seiscientos hombres de la Gestapo, fueron destinados a Budapest para supervisar las deportaciones, hubieran podido enviar por sus propios medios a los judíos de Hungría a las cámaras de gas. La colaboración del ejército húngaro, la gendarmería (que desempeñó el papel clave), los políticos, los funcionarios, la milicia fascista de la Cruz de Flechas y los trabajadores del transporte resultó esencial, y la tarea se vio enormemente facilitada por la pusilanimidad del regente del país, el almirante Horthy, y la hostilidad de los húngaros corrientes, que parecían simpatizar más con los perseguidores de los judíos que con las víctimas.379 Durante las primeras semanas de la invasión alemana, se produjeron no menos de treinta y cinco mil denuncias de judíos por parte de húngaros. Además, las iglesias cristianas y el primado de Hungría, el cardenal Justinian Seredi, ofrecieron una resistencia extraordinariamente escasa -excepto en el tema de los conversos- a las medidas antijudías que, en último término, condujeron a las deportaciones.380
La resistencia judía también fue mínima, incluso teniendo en cuenta lo difícil que resultaba en el territorio llano y abierto de Hungría. Una de las razones por las cuales tan pocos judíos de aquel país recurrieron a las armas radicó en la profundidad de su integración en la sociedad húngara, que se remontaba al momento de su emancipación, acaecida en 1867. Antes de 1914, habían sido unos aliados importantes de los magiares en el marco de un Estado húngaro multiétnico que aún formaba parte del imperio de los Habsburgo pero se enfrentaba a constantes retos demográficos y políticos por parte de rumanos, alemanes, eslovacos, serbios y croatas.381 Durante la Primera Guerra Mundial, sin embargo, la efímera república soviética instaurada por Béla Kun y sus compañeros -dos tercios de los cuales eran comunistas de origen judío- hizo empeorar de modo decisivo las percepciones existentes, aun a pesar de que los revolucionarios no eran menos hostiles al judaísmo que a las iglesias cristianas; ello fue especialmente cierto en lo que se refiere a las élites conservadoras y terratenientes que tradicionalmente habían considerado a los judíos como sus socios comerciales naturales.
En 1920, Hungría había sido el primer Estado moderno de la Europa de la posguerra que estableció un numerus clausus destinado a reducir al 6 por ciento el acceso de judíos a las universidades. En 1938, la primera ley antijudía limitó al 20 por ciento la representación de aquella comunidad en las empresas comerciales, financieras e industriales, así como en el periodismo y las profesiones liberales. A dichas medidas siguió en mayo de 1939, una segunda ley de alcance más amplio, que restringía la participación judía en la vida profesional y económica a un 6 por ciento y un 12 por ciento, respectivamente. La tercera ley antijudía, aprobada en julio de 1941, era mucho más manifiestamente racista, y prohibía los matrimonios mixtos entre cristianos y judíos, al mismo tiempo que reducía las exenciones.382 A su manera peculiar, aquel aluvión legislativo reflejaba la importancia excepcional del papel que durante muchas décadas habían desempeñado los judíos en la vida económica y cultural de Hungría.
Durante los años treinta, al igual que sucedió en Rumanía, los sucesivos gobiernos húngaros trataron de ganar por la mano a la extrema derecha adoptando medidas legales antisemitas de carácter más moderado. Sin embargo, aquella táctica no impidió que la Cruz de Flechas, de inspiración nazi, lograra 45 de los 260 escaños parlamentarios en las elecciones de mayo de 1939. La Cruz de Flechas exigió de inmediato medidas mucho más severas contra los judíos, una demanda que se vio satisfecha en parte por la nueva legislación de julio de 1941. Luego, en junio de 1942, el primer ministro Kállay, un aristócrata católico y cosmopolita, presentó un proyecto de ley para expropiar los bienes inmuebles controlados por judíos, y, pocas semanas más tarde, se privó a la religión judaica del trato igualitario respecto a las otras confesiones del cual había disfrutado desde 1895. Sin embargo, Kállay rechazó con firmeza las exigencias alemanas de que se expropiaran todas las riquezas de los judíos, se les impusiera la estrella amarilla y se los deportara al Este.383 Cuando Hitler convocó al almirante Horthy al castillo de Klessheim, el 17 y 18 de abril de 1943, resultó evidente que tanto el Führer como Ribbentrop estaban profundamente molestos por el hecho de que los judíos, bautizados o no, conservaran aún posiciones de influencia económica y política en Hungría. Con casi total seguridad, aquel fue un factor que contribuyó a la invasión alemana de Hungría, poco menos de un año más tarde.
Después de la invasión de marzo de 1944, el nuevo primer ministro húngaro, Döme Szótay, se mostró dispuesto a dar a los alemanes lo que querían. Adolf Eichmann encontró enseguida a tres húngaros en los cuales podía confiar por completo para llevar a cabo la concentración de judíos en las provincias «a la velocidad del rayo» y el posterior transporte a Auschwitz de casi medio millón de miembros de aquella comunidad. Sus máximos colaboradores húngaros fueron el teniente coronel Ferenczy, que era el responsable directo de las deportaciones; Lászlo Baky, del Ministerio del Interior, que controlaba la gendarmería, y Lászlo Endre, secretario de Estado responsable de asuntos políticos judíos, que era un antisemita particularmente fanático.384 La colaboración prosiguió entonces a escala muy amplia: en cada localidad, las deportaciones requerían la intervención del alcalde, el jefe de policía y los gendarmes, así como la de los funcionarios públicos, quienes, junto con otros húngaros, se enriquecieron con frecuencia saqueando las pertenencias y propiedades de los judíos que se iban. La falta de resistencia por parte de la mayoría de gentiles húngaros a tal erradicación forzosa, realizada en cuestión de días, de tantos judíos -algunos de los cuales habían vivido durante siglos y de forma continuada en ciertas comunidades- resultó aún más asombrosa habida cuenta del nivel de asimilación alcanzado, del cual los judíos húngaros se habían enorgullecido largo tiempo. Finalmente, el almirante Horthy se plegó a la presión exterior y detuvo las deportaciones el 7 de julio de 1944. El regente cedió ante las enérgicas peticiones de los aliados occidentales, el papa Pío XII, el rey de Suecia y otros dignatarios; no cabe duda de que también temió represalias en vista de los bombardeos aéreos estadounidenses contra Budapest (2 de julio de 1944), la aproximación del Ejército Rojo desde el este y los avances aliados en Normandía, y no tuvo otro remedio que tomar nota del ultimátum del presidente Roosevelt, que indicó que «el destino de Hungría no será como el de ninguna otra nación civilizada … a menos que se detengan las deportaciones».385
Sin embargo, a mediados de octubre de 1944, los alemanes derrocaron el gobierno de Horthy y designaron como jefe de Estado a Ferenc Szálasi, líder de la Cruz de Flechas y violento antisemita. Empezó entonces la espantosa fase final del Holocausto húngaro, un reinado de terror en el cual el Danubio se tiñó de rojo con la sangre de más de veinte mil judíos torturados y asesinados porlos fanáticos de la Cruz de Flechas.386 Fue aquel un período de llamamientos febriles de la comunidad judía mundial a los gobiernos aliados, a la Cruz Roja Internacional, al Vaticano y a los países neutrales, a todos los cuales se imploró que salvaran vidas judías. Los pases de protección, una idea inspirada por el heroico diplomático sueco Raoul Wallenberg, salvaron por lo menos a quince mil judíos de Budapest.387 También se salvaron vidas judías gracias al enérgico nuncio papal, Angelo Rotta, y a la protección diplomática suiza en edificios adquiridos especialmente como casas de seguridad.388 Resulta de bastante interés que fuera una prolongada campaña de prensa suiza la que, en verano de 1944, contribuyó en gran medida a encender la indignación de los líderes occidentales ante la suerte de los judíos húngaros.389
La posición de los judíos en el Estado eslovaco «independiente» fundado en 1939 con ayuda alemana era aún más precaria que en Hungría. La milicia fascista (la Guardia Hlinka) de aquel Estado títere reaccionario, pequeño y débil era de inspiración católica, pero también ultranacionalista, proalemana y muy antisemita. La mayoría de los católicos del gobierno eslovaco no compartían del todo el racismo «moderno» de los nazis, y seguían prefiriendo la tradicional distinción católica entre judíos bautizados y no conversos. No cabe duda de que estaban interesados en deportar a los judíos y hacerse con sus propiedades, pero, por el momento, todavía no eran conscientes de la «solución final». Sin embargo, había poderosos personajes, como Alexander Mach, ministro del Interior, y el primer ministro germanófilo, Vojtech Tuka, que deseaban imitar el tratamiento nazi de la «cuestión judía»; aquellos hombres fueron la fuerza impulsora de la deportación de casi noventa mil judíos eslovacos que comenzó a principios de 1942. Las pruebas sugieren, como ha sostenido Yehuda Bauer, que fueron los eslovacos, más que los alemanes, quienes iniciaron las deportaciones.390 Los líderes eslovacos no tuvieron conocimiento cierto de los asesinatos masivos de Polonia hasta mayo de 1942, aunque es probable que ya con anterioridad hubieran recibido indicaciones al respecto; no obstante, a finales de julio de 1942 ya se había transportado a Polonia a cincuenta y dos mil judíos, incluidos mujeres, adolescentes, niños y enfermos. La Alemania nazi exigió quinientos reichsmarks por cada judío del que se hiciera cargo, pero no realizó ninguna reclamación sobre sus propiedades; el gobierno eslovaco, ansioso por colaborar con el nuevo orden nazi, tenía la esperanza de beneficiarse generosamente de la expropiación masiva de las posesiones de los judíos.
Eslovaquia fue el primer lugar donde surgió un Centro Judío (Ustredna Zidov) que trató de impedir las deportaciones, para lo cual sobornó a funcionarios eslovacos y llevó a cabo negociaciones con el representante de Eichmann en Bratislava, Dieter Wisliceny. Si bien nominalmente el Centro Judío formaba parte del aparato del régimen de Tiso -y tenía entre sus componentes, por lo menos, a un colaborador de los alemanes-, sus miembros trataron de subvertir lo mejor que pudieron la maquinaria de destrucción: organizaron redes de espionaje, ayudaron a unos ocho mil judíos a trasladarse en secreto a la relativa seguridad que ofrecía Hungría, transmitieron a Occidente informaciones acerca de las deportaciones y participaron en otras actividades clandestinas. Al margen del Centro, surgió también un grupo de trabajo dirigido por una valerosa mujer sionista, Gizi Fleischmann, y por el rabino ultraortodoxo Michael Dov Ver Weissmandel, quien concibió un plan consistente en tratar de detener las deportaciones por el procedimiento de ofrecerle un sustancioso soborno a Wisliceny.391 Hacia fines de 1942, el grupo de trabajo sugirió a Wisliceny una idea mucho más ambiciosa, denominada Plan Europa, que tenía el propósito de detener la totalidad de las deportaciones del continente a Polonia -y quizá incluso las matanzas- a cambio de un pago inicial de doscientos mil dólares al cual seguirían otras entregas de dinero. El rabino Weissmandel -que dio erróneamente por sentado que el primer pago realizado a Wisliceny había logrado el objetivo de detener las deportaciones de Eslovaquia en el verano de 1942- acusaría posteriormente a la comunidad judía del exterior de no haber salvado a los judíos europeos al no enviar el dinero a su debido tiempo. Sin embargo, sus acusaciones se basaban en la ignorancia de lo que había sucedido realmente en Eslovaquia y de las limitaciones financieras que operaban sobre la comunidad judía mundial, así como en una interpretación equivocada de las intenciones de los nazis.392
Según hemos visto, hubo países como Eslovaquia, Croacia, Lituania y Rumanía que se adelantaron a los alemanes o incluso rivalizaron con ellos en el trato brutal dispensado a los judíos. Sin embargo, también hubo casos opuestos en los cuales se saboteó de forma parcial o total la «solución final». Un ejemplo espectacular de ello lo constituye Bulgaria, cuyos cincuenta mil judíos autóctonos sobrevivieron a la guerra a pesar de la considerable presión que Alemania ejerció sobre su aliado en la contienda con el fin de que los entregara para su deportación.393 La monarquía búlgara había logrado una importante expansión territorial (a expensas de Grecia, Yugoslavia y Rumanía) gracias a su alianza con la Alemania nazi. Sin embargo, y a diferencia de Hungría y Rumanía, no envió siquiera una fuerza simbólica a luchar contra la Unión Soviética. Asimismo, en contraste con Eslovaquia, Croacia, Rumanía y Hungría, el movimiento fascista autóctono era reducido y carecía de influencia política; además, el país contaba con un parlamento muy respetado, que trabajaba en un armónico tándem con la monarquía. Por encima de todo, y de forma sorprendente, los búlgaros se hallaban exentos del antisemitismo que tan generalizado estaba en la mayor parte de Europa Oriental; aquel fue un factor determinante en su oposición a entregar a los judíos autóctonos a los nazis: sencillamente, la mayoría de búlgaros no consideraban como una amenaza para la sociedad a la comunidad judía, que era principalmente de origen sefardí y se hallaba bien integrada en la vida nacional.394
Es cierto que, en enero de 1941, el gobierno búlgaro sí aprobó algunas leyes antijudías; sin embargo, estas eran mucho más blandas que en la mayoría de países europeos y estaban atenuadas por numerosas exenciones: por ejemplo, todos los judíos bautizados, con independencia de la fecha de su conversión, gozaban de inmunidad; también se concedieron privilegios especiales a cinco mil judíos, que representaban la décima parte de la totalidad de aquella población, y, si bien se impuso un numerus clausus, este se basaba en el porcentaje de judíos de las ciudades, lo cual lo hacía bastante elevado. La medida más severa, consistente en la movilización de seis mil hombres capacitados para trabajar, difícilmente podía entusiasmar a los nazis alemanes, que se lamentaban de la falta de comprensión del «problema judío» por parte de Bulgaria. Incluso cuando se introdujo brevemente la insignia amarilla (que se eliminó poco después), esta era extremadamente pequeña y la mayoría de judíos ni siquiera se molestaron en ponérsela; un informe del SD remitido al Ministerio de Asuntos Exteriores en noviembre de 1942 observaba que quienes la llevaban eran objeto de gran simpatía por parte de «la población engañada».
Cuando Hitler le pidió al rey Boris III de Bulgaria que trasladara a los judíos búlgaros para que trabajaran en los territorios orientales de Alemania, el monarca se resistió a ello, asegurando que el país necesitaba la mano de obra judía para construir carreteras y vías férreas. Ni siquiera la llegada a Sofía de Theodore Dannecker -el concienzudo experto en asuntos judíos de las SS-, a principios de 1943, logró modificar la situación, debido en gran medida a que el parlamento y amplios sectores de la población búlgara se opusieron a la deportación. No obstante, Dannecker sí negoció con Aleksandur Belev, comisario de asuntos judíos, un acuerdo para deportar a veinte mil miembros de aquella comunidad; ahora bien, ni uno solo de ellos llegó a abandonar el país: los políticos, los clérigos, los intelectuales y los funcionarios públicos estaban de parte de los judíos, y, tan pronto como la noticia llegó al rey, este ordenó al primer ministro que suspendiera las deportaciones.395 Se trasladó a los judíos desde la capital hacia zonas rurales, lo cual, para gran enojo de los alemanes, tuvo el efecto de dispersarlos en lugar de concentrarlos. El metropolitano grecoortodoxo Stephanos de Sofía declaró públicamente que «Dios ha decidido el destino de los judíos, y los hombres no tienen ningún derecho a torturarlos ni a perseguirlos», lo cual resultó considerablemente más explícito que todo lo que el papa Pío XII se atrevió a decir en público.
En su estudio sobre el tema, Michael Bar-Zohar concede un mérito especial a los esfuerzos de Dimitâr Peshev, vicepresidente del parlamento búlgaro, quien, junto con cuarenta y dos miembros de dicha cámara, insistió ante el primer ministro para que salvara a los judíos. Bar-Zohar revela también la intensa presión ejercida por los propios judíos búlgaros y la sigilosa actuación del secretario búlgaro de Belev, el cual, cuando las primeras deportaciones eran inminentes, advirtió de ello a un miembro destacado de la comunidad judía. Como consecuencia de la acción de salvamento, los funcionarios alemanes que se hallaban sobre el terreno perdieron la seguridad en sí mismos; en junio de 1943, el embajador alemán en Sofía le escribió a su ministro de Asuntos Exteriores que la situación no tenía remedio: «No vale la pena seguir presionando a Bulgaria para que entregue a sus judíos con el fin de deportarlos, ya que los búlgaros no tienen el mismo concepto ni las mismas ideas que predominan en Alemania acerca de los judíos. Los búlgaros se han acostumbrado durante siglos a vivir en armonía con sus minorías de turcos, judíos, gitanos, armenios, etc., por la sencilla razón de que no hay características claramente diferenciadas que los separen, como sucede en otros países».396
Pronto los alemanes renunciaron a sus intentos, y durante la guerra no se deportó a un solo judío nativo de Bulgaria. Sin embargo, los 11.363 judíos que vivían en los territorios recién ocupados de Macedonia y Tracia fueron deportados por los alemanes con la ayuda de las unidades de la policía búlgara que se hallaban bajo su mando. La soberanía sobre los territorios ocupados aún no se había decidido, y posiblemente ni el rey Boris ni el Estado búlgaro habrían podido hacer gran cosa. No obstante, y a diferencia del caso de Dinamarca -al cual recuerda Bulgaria en otros aspectos-, no hay constancia de que se planeara ni emprendiera ninguna acción para salvar a los judíos de aquellos territorios.
Dinamarca fue el único país de la Europa ocupada por los nazis en el cual toda la comunidad judía se salvó como consecuencia de una oposición popular masiva a la política nazi.397 Aunque el país había sido conquistado en abril de 1940, los nazis lo trataron como si fuera un estado neutral, y conservó un gobierno independiente en cuya actividad los alemanes no interfirieron hasta el otoño de 1943. A diferencia de la vecina Noruega, no hubo colaboracionistas entusiastas organizados en un movimiento fascista o nazi de importancia. En Dinamarca, contrariamente a lo ocurrido en la propia Alemania, la tradición luterana no había engendrado ninguna clase de antisemitismo religioso significativo, y los pastores protestantes estuvieron en primera línea de las protestas a favor de los judíos. Al igual que Bulgaria e Italia, Dinamarca era relativamente inmune a la judeofobia, pero no consideró necesario realizar complicadas contorsiones ni dobles juegos para salvar a sus judíos. En Dinamarca, los alemanes ni siquiera introdujeron su estratagema predilecta de suavizar la resistencia mediante la distinción entre los seis mil cuatrocientos judíos autóctonos y los mil cuatrocientos refugiados «apátridas» procedentes de Alemania a los cuales se había concedido asilo antes de la guerra.
La comunidad judía de Dinamarca no solo era reducida, relativamente homogénea y muy asimilada, sino que también tenía la suerte de vivir en un país donde la conciencia cívica democrática se extendía por el conjunto de la sociedad.398 Aquella circunstancia pareció influir a algunos de los propios ocupantes alemanes, incluido el general Von Hannecken, máximo responsable militar; también el doctor Werner Best, plenipotenciario alemán en Dinamarca, desempeñó un papel algo ambiguo a partir de noviembre de 1942: a pesar de su temible historial de «asesino de despacho» y colaborador cercano de Heydrich, hay pruebas de que contribuyó a sabotear las órdenes de Himmler de deportar a los judíos daneses. Finalmente, solo 477 judíos -sobre un total de más de siete mil- fueron acorralados por las tropas alemanas, a las cuales el doctor Best prohibió que irrumpieran en las zonas habitadas por miembros de aquella comunidad. Los dirigentes judíos, a quienes funcionarios daneses habían informado en secreto del plan de deportación -cuya puesta en marcha estaba prevista para el 1 de octubre de 1943-, comunicaron la noticia en las sinagogas durante las ceremonias de Año Nuevo, lo cual proporcionó a los judíos el tiempo suficiente para ocultarse; también en aquella ocasión tuvieron la suerte de que sus convecinos daneses estuvieran dispuestos a acogerlos.
A lo largo del mes de octubre, se trasladó a los judíos a través de la estrecha franja de agua que separa Dinamarca de Suecia, país neutral en el cual se concedió permiso de trabajo incluso a los judíos que no eran daneses. La flota pesquera danesa ayudó a realizar el transporte y los costes económicos los asumieron en gran medida ciudadanos daneses acaudalados. Aquella generosidad contrastó de modo radical con lo ocurrido en muchos otros países, en los cuales los judíos tuvieron que pagar sumas exorbitantes tan solo para obtener un permiso de salida. La resistencia abierta que ofreció Dinamarca a la política judía de los nazis durante el Holocausto fue verdaderamente excepcional, aunque se vio muy favorecida por el hecho de contar con un vecino comprensivo como Suecia, que en 1943 -y a pesar de su «colaboración» con Alemania- estuvo dispuesta a aceptar sin condiciones a los judíos.399 También Finlandia, que se negó categóricamente a hablar siquiera con los funcionarios nazis de la deportación de sus dos mil judíos, demostró que la resistencia a las exigencias alemanas era factible. De modo bastante irónico, los nazis experimentaron su mayor fracaso respecto a la «cuestión judía» con sus «hermanos de sangre» escandinavos. Con raras excepciones, sus «iguales» nórdicos resultaron muy poco complacientes, mientras que los llamados Untermenschen del Este, tan vilipendiados por los nazis, colaboraron con presteza en el expolio y el asesinato de sus convecinos judíos.
Holanda compartía con los países escandinavos un nivel bastante modesto de antisemitismo (aunque los refugiados judíos alemanes anteriores a 1939 no habían recibido una acogida especialmente cordial), y en el país hubo una hostilidad generalizada contra las medidas antijudías impuestas bajo la ocupación alemana. El apoyo y el auxilio a los judíos fueron especialmente comunes entre los calvinistas holandeses, y también el arzobispo católico de Utrecht, De Jonge, prohibió a los fieles que ayudaran a los alemanes a dar caza a los judíos.400 En febrero de 1941, después de que se produjeran detenciones generalizadas de judíos y violentos ataques contra ellos por parte de los nazis locales, los trabajadores convocaron en Amsterdam una huelga general que duró dos días y fue la primera manifestación pública contra la política judía de los nazis que se produjo en toda Europa durante la guerra. Sin embargo, los nazis fueron capaces de aplastar la mayor parte de la resistencia holandesa con relativa facilidad, lo cual se debió, en no poca medida, al territorio llano y abierto del país, que hacía impracticables los métodos de la guerra de guerrillas. Los alemanes aprendieron también una lección de las protestas públicas, e interrumpieron las redadas policiales callejeras para pasar a llevar a cabo la persecución de judíos por medio de decretos publicados en periódicos oficiales. También tuvieron colaboradores holandeses: por ejemplo, pudieron contar con el Movimiento Nacionalsocialista de Anton Mussert, que era relativamente fuerte en los Países Bajos y que, si bien antes de 1939 no había destacado por su antisemitismo, luego se mostró más que dispuesto a ayudar a sacar a los judíos de los lugares en que se ocultaban. Más importante todavía fue la asistencia prestada por la burocracia holandesa, con su información meticulosamente precisa sobre las direcciones, ocupaciones laborales y antecedentes personales de los judíos; no solo aquellos funcionarios, sino también los respetados empleados de la bolsa, las compañías de seguros y los bancos holandeses participaron de buena gana y por iniciativa propia en el pillaje de las propiedades de los judíos.
La policía holandesa desempeñó asimismo un papel vital y deliberado colaborando con las SS en la eliminación de los judíos: sus miembros fueron responsables de las crueles redadas en los hogares judíos que precedieron a las deportaciones, aunque es probable que no conocieran el destino final de las víctimas. Gran parte de la culpa del celo de los agentes puede atribuirse al carismático superintendente del cuerpo de policía de Amsterdam durante la guerra, Sybren Tulp, un ferviente admirador de Hitler; dado que la ciudad albergaba a la mayoría de los ciento cuarenta mil judíos de los Países Bajos -sobre todo después de que, en 1942, se hubiera obligado a trasladarse a ella a otros judíos holandeses-, su influencia resultó especialmente desastrosa.401 Solo veinticinco mil judíos lograron ocultarse con éxito de la policía, si bien la cifra puede considerarse alta para un país pequeño y carente del abrigo de montañas o grandes bosques. Sin embargo, desde el campo de tránsito de Westerbork se deportó a ciento siete mil judíos holandeses, de los cuales menos de cinco mil regresaron con vida después de la guerra.402 Las deportaciones de Holanda resultaron una catástrofe sin comparación en ningún otro país de Europa Occidental, y comportaron que más del 80 por ciento de los judíos holandeses acabara en los campos de exterminio de Polonia; por desgracia, la credulidad de los dirigentes judíos del país fue un factor que contribuyó también a aquel desastre.
Los alemanes habían organizado a los judíos holandeses en un Joodsche Raad (Consejo Judío) que publicaba en su periódico las ordenanzas antijudías de los nazis, distribuía las insignias amarillas y, en general, disfrutaba de una posición «privilegiada»; también colaboró en las deportaciones, se abstuvo de cualquier clase de resistencia e incluso entregó a los alemanes los nombres de siete mil miembros del propio consejo. Los dirigentes del Raad persistieron durante mucho tiempo en la creencia de que, en realidad, solo se deportaría a los judíos alemanes refugiados o a otros «extranjeros». Su política de colaboración fue objeto de la oposición radical de un grupo judío rival que rechazaba rotundamente cualquier posibilidad de trabajar con los nazis. Es posible que, sencillamente, el Consejo Judío y sus líderes se negaran a creer lo peor y confiaran con ingenuidad en el respeto universal por el derecho y lo que ellos denominaban «civilización». Desde un punto de vista objetivo, quizá había poco que pudieran hacer para evitar los «decretos malignos»; sin embargo, una interpretación menos benévola diría que, al igual que ocurrió en otros lugares, aceptaron convertirse en parte de la maquinaria de destrucción, lo cual tuvo consecuencias particularmente desastrosas.403
En la vecina Bélgica, la situación de los judíos era distinta prácticamente en todos los aspectos. Antes de la guerra, había en el país unos noventa mil judíos, un tercio de los cuales eran refugiados procedentes de Alemania, mientras que un numero aún mayor procedía de otros países europeos, como Polonia y Checoslovaquia. A fines de 1942, ya habían huido casi cuarenta mil judíos (incluidos los líderes más destacados) y, de los cincuenta mil que aún quedaban en el país, apenas cinco mil eran nativos de Bélgica.404 La mayoría de los judíos apátridas o recién nacionalizados eran fáciles de identificar, y resultaba complicado ocultarse en un país tan pequeño y tan altamente urbanizado e industrializado; al terminar 1942, ya se había deportado a Auschwitz a quince mil judíos mayoritariamente extranjeros, lo cual equivalía al 30 por ciento de los que había en Bélgica. Sin embargo, en 1943, cuando los alemanes empezaron a dar caza a judíos naturales de Bélgica, se produjeron protestas públicas que tuvieron como consecuencia la liberación de algunos de los detenidos. Lo que ayudó en aquel y otros casos fue la actitud de las altas autoridades militares alemanas, como el general Alexander von Falkenhausen (gobernador militar del país y posterior participante en la conspiración de 1944 contra Hitler) y el general de brigada Eggert Reeder. Ambos se habían opuesto a la imposición de la estrella amarilla en Bélgica, y lograron limitar la autoridad de las SS y la Gestapo. También tuvo su importancia que, a diferencia de lo ocurrido en Holanda, la policía belga optara por no cooperar con los nazis y que, en ocasiones, los trabajadores ferroviarios fueran deliberadamente negligentes con los trenes dedicados a la deportación, lo cual permitió evadirse a algunos judíos. En Bélgica, el número de colaboradores de los alemanes fue relativamente escaso, excepto entre la población de lengua flamenca. Incluso el partido rexista, de carácter fascista y dirigido por Léon Degrelle -que a partir de 1939 perdió la influencia que tenía entre los valones, de lengua francesa-, fue mucho menos colaboracionista que el Movimiento Nacionalsocialista holandés de Mussert. Como consecuencia de aquellos factores, la cifra de víctimas judías de Bélgica (unos veinticinco mil muertos, que representaron un 44 por ciento del total) fue considerablemente más baja que en Holanda.405
Francia, por su parte, contaba tanto con la mayor comunidad judía de Europa Occidental como con una tradición propia de antisemitismo cuya brillantez literaria no tenía rival en ningún otro país europeo.406 Al mismo tiempo, había sido la cuna de la emancipación de los judíos europeos, una conquista que permaneció intacta durante ciento cincuenta años, hasta la caída de Francia en 1940. En tiempos de la Tercera República, los judíos ya estaban bien integrados en la sociedad, la cultura y la política francesas; en la década de 1930, sin embargo, el anterior clima de tolerancia había ido dejando paso a la crispación a medida que miles de refugiados, muchos de los cuales eran judíos, fueron entrando en el país. En 1940, se estimaba que, de los trescientos treinta mil judíos que había en Francia, unos ciento noventa y cinco mil eran naturales del país y otros ciento treinta y cinco mil procedían del extranjero. Sin duda alguna, resulta significativo que se enviara a la muerte aproximadamente al 50 por ciento de los judíos extranjeros, mientras que solo cerca del 10 por ciento de los israélites français corrió la misma suerte. En total, en el Holocausto morirían unos ochenta mil judíos procedentes de Francia (una cuarta parte del total de la población del país perteneciente a aquella comunidad), lo cual constituyó una terrible mancha en la historia contemporánea de Francia, pero también un número de víctimas relativamente bajo en el contexto general de la cámara de los horrores europea.
La debacle militar de 1940 y la subsiguiente ocupación alemana constituyeron el requisito previo para la instauración de la «revolución nacional» del mariscal Pétain y el régimen de Vichy en la mitad meridional del país. El gobierno francés, como resultado del armisticio, conservó algunos atributos de soberanía y, por lo tanto, pudo limitar la capacidad de intervención alemana sobre la «cuestión judía» en la zona que controlaba. Así, por ejemplo, el mariscal Pétain no introdujo en la Francia de Vichy la estrella amarilla que a partir del 7 de junio de 1942 se había impuesto por decreto en la zona ocupada por los alemanes.407 No obstante, el gobierno francés sí persiguió activamente a los judíos durante los años de la guerra; de hecho, a partir de octubre de 1940 aprobó por iniciativa propia leyes antisemitas tan severas como cualquiera que hubieran ideado hasta entonces los alemanes. Aquella legislación respondió a una acción autónoma basada en una tradición autóctona francesa que combinaba catolicismo tradicionalista, xenofobia, nacionalismo integral y presupuestos racistas acerca de la condición inferior de los judíos.408 La ley del 4 de octubre de 1940 autorizaba a los prefectos, en su calidad de agentes del Estado francés, a internar a los judíos extranjeros en «campos especiales» o a ponerlos bajo vigilancia policial en pueblos remotos. El 7 de octubre de 1940, el Estado francés privó a los judíos de Argelia, por decreto y de modo sumario, de la nacionalidad francesa que poseían desde hacía setenta años.
El Statut des Juifs de Vichy hablaba explícitamente de raza: clasificaba como judías a las personas que tuvieran tan solo dos abuelos «de raza judía» si su cónyuge también pertenecía a aquella comunidad, lo cual constituía una definición más rigurosa que la de la legislación existente en Alemania. El gobierno de Vichy estaba especialmente preocupado por impedir nuevas inmigraciones de refugiados judíos y por favorecer que los que ya se hallaban en Francia volvieran a emigrar. Se determinó que había que excluir de la cultura francesa todo lo que fuera extranjero, «no francés» e «inasimilable». Ya en octubre de 1940, las leyes de Vichy habían separado de la función pública y de ciertas profesiones a quienes no fueran hijos de padre francés, medidas que pronto se verían seguidas de un cupo para judíos en las profesiones liberales. No cabe ninguna duda de que el régimen de Vichy estaba completamente impregnado de antisemitismo: llegó incluso a crear un departamento especial de asuntos judíos, dirigido primero por el nacionalista conservador y católico Xavier Vallat, de perfil más tradicional, y luego por el fanático racista y antisemita Darquier de Pellepoix.409 Para Vallat, resultaba evidente que los judíos eran extranjeros peligrosos e inasimilables, «cuya implantación tiende a formar un Estado dentro del Estado»; al mismo tiempo, prefirió un «antisemitismo de Estado» más moderado -en la tradición de la derechista Action Française- que redujera drásticamente el número y la influencia de los judíos, evitando las posiciones más extremas de los nazis y los colaboracionistas franceses proalemanes.
Entre junio y diciembre de 1941, una serie de decretos de Vichy estableció el límite del 2 por ciento de judíos en las profesiones liberales (medicina, abogacía, etc.) y del 3 por ciento en los estudios superiores. Vallat también introdujo un censo detallado de todos los judíos de la zona no ocupada, así como una propuesta -que se convirtió en ley el 22 de julio de 1941- de «organizar» las propiedades y empresas de miembros de aquella comunidad; el objetivo era «eliminar toda influencia judía de la economía nacional». En noviembre de 1941, se excluyó a los judíos de un amplio abanico de actividades económicas y financieras, entre ellas la banca, la marina mercante y el comercio con bienes inmuebles y al por mayor, así como la publicidad, los servicios informativos, la edición, el cine, el teatro y la radio; también se les prohibió la compra de tierras, a no ser que las cultivaran ellos mismos. Por medio de su legislación draconiana, la Francia de Vichy tenía la esperanza de afirmar su propia soberanía sobre los asuntos judíos, al mismo tiempo que realizaba el programa antisemita que era parte integrante de su ideología.410
Sin embargo, para la primavera de 1942, los alemanes ya habían elaborado planes antijudíos de mayor alcance para Francia, empezando por las deportaciones masivas que se iniciarían pocos meses después. En mayo de 1942, se reemplazó a Vallat por un personaje más radical como De Pellepoix, una jugada que se produjo tras el regreso al poder de Pierre Laval y la intensificación de las operaciones policiales alemanas en Francia. Ya el 27 de marzo de 1942, habían salido del campo de concentración de Drancy en dirección a Auschwitz los primeros trenes cargados de judíos, en lo que constituía una evidente represalia por los ataques contra militares alemanes en Francia; cuando, en junio de 1942, se pudo disponer de más vagones de ferrocarril, se deportó a más judíos. Ahora bien, la Oficina Central de Seguridad del Reich no podía llevar a cabo sus acciones antijudías en Francia a menos que contara con la ayuda activa de la administración, los servicios públicos y el cuerpo de policía franceses, además de los funcionarios de los ferrocarriles. Los alemanes, sin embargo, no tuvieron que negociar con excesiva dureza para persuadir a Laval de que accediera a la deportación de los judíos extranjeros y apátridas, aunque no hay constancia de que el exterminio masivo entrara dentro de los planes del gobierno francés. El régimen de Vichy sí estaba impaciente, en cambio, por librarse de los judíos extranjeros que había en su zona -para lo cual presionó a los alemanes con el fin de que los incluyeran en los transportes-, si bien se opuso a que se tocara a los judíos franceses: el 4 de julio de 1942, René Bousquet, jefe de la policía francesa, comunicó a la Gestapo la conformidad de Pétain y Laval con las deportaciones, consideradas «un punto de partida» para la expulsión de «todos los judíos apátridas de la zona ocupada y de la no ocupada». Para los alemanes, aquello representaba una mera limitación temporal. Por otra parte, Laval era consciente de las reacciones negativas de la opinión pública francesa ante la radicalización de la política germana durante el verano de 1942. La introducción por parte de los alemanes de la estrella amarilla en la zona ocupada había provocado la primera resistencia abierta a la persecución de los judíos en la Francia de la guerra: para muchos franceses que previamente habían dado su aprobación a las leyes racistas contra los judíos, aquella medida reveló en toda su gravedad y de forma mucho más concreta los peligros del antisemitismo.411
A mediados de 1942, los alemanes no contaban con suficientes hombres -no disponían más que de tres batallones de policía que no llegaban a los tres mil agentes- para llevar a cabo su política de redadas, internamientos y deportaciones. Por eso el cuerpo de policía francés, mucho más numeroso y con su eficiente sistema de archivos de fichas -que tan solo en el departamento del Sena tenía registrados a ciento cincuenta mil judíos-, era indispensable para los objetivos germanos. El amplio esfuerzo de colaboración con los alemanes en el que se comprometió la policía francesa resultó ser el factor clave de las deportaciones. Quizá el ejemplo más tristemente famoso de esa colaboración fuera la redada del Vel d’Hiv, realizada el 16 de julio de 1942 por la policía parisina, que amontonó como sardinas a siete mil judíos -entre ellos a más de cuatro mil niños- en las pistas deportivas cubiertas de la capital francesa, de tal modo que apenas había espacio para tenderse. En los dos días que duró aquella Aktion, se atrapó a un total de 12.884 judíos, aunque dicha cifra fue menos de la mitad de la que los alemanes habían esperado capturar.412
En septiembre de 1942, ya se había deportado a más de veintisiete mil judíos de ambas zonas de Francia. Un mes antes, Laval había declarado ante un grupo de cuáqueros estadounidenses que los «judíos extranjeros siempre habían constituido un problema en Francia y que el gobierno francés se alegraba de que un cambio de la actitud alemana respecto a los mismos ofreciera a Francia una oportunidad de librarse de ellos».413 Al encargado de negocios de Estados Unidos en Vichy, que también en aquel momento habló con Laval de las deportaciones, le resultó evidente «que no tenía ni interés ni compasión por el destino de los judíos, los cuales, según observó en tono insensible, ya eran demasiado numerosos en Francia».414 La respuesta de Pétain pareció igualmente indiferente: el mariscal dio a quienes lo interpelaban la impresión de que solo comprendía vagamente toda la gravedad de las redadas y las deportaciones. De hecho, una de las manchas más negras del historial de Vichy fue el ofrecimiento que hizo a los alemanes de entregarles a los hijos de los judíos extranjeros para que los deportaran, incluso antes de que los nazis lo hubieran pedido o estuvieran dispuestos a aceptarlos. Más de 1.000 niños menores de seis años, así como otros 2.557 que no llegaban a los doce y casi 2.500 adolescentes judíos entre los trece y los diecisiete fueron deportados a Auschwitz, a iniciativa francesa, tan solo en el transcurso de 1942. La administración de Vichy nunca consideró la posibilidad de hacerse cargo de ellos por medio de la beneficencia pública ni tampoco la de salvarlos. A mediados de septiembre de 1942, Laval dejó completamente claro que nada lo disuadiría «de llevar a cabo la política de depurar Francia de elementos indeseables y carentes de nacionalidad».415
Después de que la policía francesa empezara a meter en vagones de ganado a mujeres y niños junto con los hombres (algunos de los cuales eran ciudadanos franceses) y de que no se volviera a saber de ellos, la opinión pública comenzó a cambiar. Se alzaron voces de protesta en la Iglesia católica -que anteriormente había concedido un gran apoyo a Pétain y Vichy- y también entre los protestantes, dirigidos por el pastor Boegner. El 23 de agosto de 1942, el arzobispo Saliège, de Toulouse, redactó su famosa carta pastoral, que logró una amplia difusión: «Se ha reservado a nuestra época la visión del triste espectáculo de que se trate como ganado a niños, mujeres, padres y madres, de que se separe a los miembros de una familia y se los envíe a un destino desconocido».416 Saliège recordaba a la opinión pública francesa que los judíos y los extranjeros «son hombres y mujeres auténticos», «parte de la especie humana», a quienes no se podía maltratar sin límite. Otros obispos, como los de Montauban y Marsella, siguieron su ejemplo, aunque quienes protestaron representaban en realidad menos de la mitad de los prelados de la zona no ocupada. En un primer momento, Laval trató de advertir a los dignatarios eclesiásticos que no se mezclaran en política, un intento que solo tuvo un éxito parcial. A fines de octubre de 1942, sin embargo, la crisis incipiente entre el régimen y la Iglesia ya se había apaciguado, y el escándalo de la opinión pública sobre la deportación de los judíos se calmó; con todo, la legitimidad del régimen de Vichy había sufrido un golpe.
El 11 de noviembre de 1942 empezó el período de ocupación total alemana, cuando los ejércitos de Hitler avanzaron hasta la costa mediterránea de Francia como respuesta a los desembarcos estadounidenses en el norte de África. Por lo que se refiere a los judíos, los poderes de la policía alemana se extendieron entonces a toda Francia, aunque en la zona meridional sus efectivos estaban gravemente sobrecargados de trabajo. Sin embargo, la policía francesa prosiguió e incluso incrementó sus acciones represivas, que incluyeron detenciones masivas de judíos extranjeros en febrero de 1943. En la zona norte, se reemprendieron también, entre enero y febrero de aquel año, las deportaciones desde Drancy hacia Auschwitz. Según cálculos alemanes, el 6 de marzo de 1943 ya se había enviado al Este aproximadamente a cuarenta y nueve mil judíos procedentes de Francia. A medida que, a lo largo de 1943, se fue intensificando la presión, algunos de los judíos perseguidos huyeron a España y a Suiza, aunque con mayor frecuencia hallaron refugio en hogares franceses e instituciones religiosas, en especial en las zonas rurales.
Durante el año 1943 la policía francesa siguió acompañando convoyes y escoltando trenes que transportaban judíos destinados a la deportación, así como dando caza a los que se fugaban. Sin embargo, los miembros de aquel cuerpo se mostraron perceptiblemente menos entusiastas en lo referente a la deportación de judíos franceses, y los alemanes empezaron a considerar que carecían de la iniciativa que requería la «lucha contra el judaísmo». La presión alemana sobre Vichy para que desposeyera de la ciudadanía a los judíos franceses (la llamada dénaturalisation) fue en aumento durante el verano de 1943. Darquier de Pellepoix apoyaba con ardor aquella idea -en especial para los judíos nacionalizados después del 10 de agosto de 1927-, pero Laval respondió con evasivas y luego, el 7 de agosto de 1943, renunció a adoptar aquella medida. También Pétain se resistió a la idea de la deportación indiscriminada de judíos franceses basada en la desnaturalización: tenía que mantener el orden en Francia y además, por razones de conciencia, quería examinar de modo individual cada caso. El recién estrenado obstruccionismo de Vichy a propósito de los judíos tenía que ver, probablemente, con los cambios experimentados en la marcha de la guerra y la posibilidad creciente de que Alemania la perdiera; había que contar con el ambiente antialemán que iba en aumento en Francia, y también era preciso tomar en consideración el enojo del Vaticano; la opinión extranjera, especialmente la de Estados Unidos, entraba asimismo en los cálculos de Vichy.
Además, la propia opinión pública francesa empezaba a sentirse cada vez más impaciente y desencantada con el régimen de Vichy. Un número creciente de ciudadanos consideraba las detenciones de judíos franceses por parte de los alemanes como una humillación nacional, y aquella percepción minaba la legitimidad de Vichy. Así pues, pese a que Laval distaba mucho de buscar una confrontación con los alemanes por lo que él consideraba una cuestión relativamente menor como la judía, rechazó el programa de desnaturalización por juzgarlo demasiado extremo. Debido a ello, los nazis pasaron a la acción directa y llamaron a uno de los expertos en asuntos judíos más despiadados de las SS, el austríaco Alois Brunner -que se hallaba en Salónica, donde había contribuido a deportar con gran celeridad a más cincuenta mil judíos griegos a Auschwitz-, para que se hiciera cargo de las deportaciones desde Francia. Brunner y su equipo de las SS viajaron al sur del país el otoño de 1943 y prosiguieron sus redadas hasta la primavera de 1944, sin que disfrutaran en aquella ocasión de un gran apoyo por parte de la policía francesa, aunque sí contaron con la asistencia de la Milicia, un cuerpo paramilitar francés que perseguía de modo implacable a los judíos y actuaba inspirado por cierto grado de convicción ideológica.
Entre 1943 y 1944, aunque ya no contaban con todos los recursos de la policía francesa para ayudarlos, los alemanes aún lograron enviar al Este a treinta y tres mil quinientos judíos. La mayor parte de ellos fueron gaseados de inmediato -principalmente en Auschwitz-, y solo sobrevivieron dos mil quinientos del total de ochenta mil deportados.417 Sin embargo, desde el punto de vista de los nazis, los resultados generales obtenidos en Francia resultaron decepcionantes: solo uno de cada cuatro judíos había caído en las redes de la «solución final». A partir de agosto de 1943, algunos funcionarios de la Gestapo se convencieron de que Vichy ya no estaba dispuesto a cooperar e incluso les saboteaba la tarea, lo cual parece una exageración: hay pocas pruebas de que Pétain y Laval trataran conscientemente de proteger a los judíos autóctonos cuando aceptaron de buena gana la deportación de los extranjeros; no obstante, parece claro que empezaron a practicar la obstrucción una vez la victoria alemana comenzó a resultar dudosa, y no cabe duda de que también les causó preocupación su pérdida de prestigio ante la opinión pública francesa.
Lo que resulta menos obvio es el momento en el cual los funcionarios de Vichy se dieron cuenta del verdadero significado de la «solución final». La línea oficial francesa (y alemana) sobre las deportaciones era que se estaba trasladando a los judíos a colonias de trabajo situadas en Polonia. No obstante, después de fines de junio de 1942, la inclusión en los transportes de mujeres y niños pequeños, así como de enfermos y ancianos, hizo que aquella ficción pareciera poco creíble. A finales de agosto de 1942, las organizaciones judías francesas (como el Consistoire Central des Israélites de France) ya le estaban diciendo a Laval que se estaba exterminando «despiadada y metódicamente» a los judíos, aunque todavía no podían verificar la existencia de un plan total.418 Asimismo, el pastor Boegner habló con Laval, en septiembre de 1942, acerca de los asesinatos en masa, pero aquel lo engañó con historias referentes a judíos que construían una colonia agrícola en el Este. Sin embargo, los funcionarios de Vichy eran conscientes de que morirían muchos judíos, pues les bastaba con fijarse en las atroces condiciones en que partían de Francia. Después de 1943, los funcionarios franceses se refirireron lo menos posible a los judíos, lo cual, teniendo en cuenta las circunstancias, solo puede juzgarse como un silencio culpable.
La complicidad francesa en la «solución final» no puede disociarse de la tradición antisemita, profundamente arraigada, que se había visto agudizada por el trauma de la derrota de 1940. Las medidas racistas de Vichy contra los judíos fueron inhumanas, su expolio de las propiedades judías rapaz y su propaganda antisemita repulsiva, aunque nunca llegó a caer en el abismo verdaderamente maligno de la prensa colaboracionista y pronazi francesa radicada en París.419 Vichy protegió en parte a los judíos autóctonos (como hicieron Rumanía y Hungría antes de la invasión alemana), pero sus esfuerzos en esa dirección no fueron precisamente vigorosos ni sólidos. El régimen se ofreció voluntariamente y con entusiasmo a entregar a los judíos extranjeros de la zona no ocupada y a incorporar a los transportes a niños judíos mucho antes de que los alemanes los reclamaran; se trató de acciones de un carácter particularmente vil. Por otra parte, los dirigentes de Vichy nunca planearon de modo deliberado asesinar en masa a los judíos ni alentar ejecuciones comparables a las de Alemania, Austria, Croacia, Rumanía, Ucrania o Lituania. A través de su pérfida política, Vichy trató de reducir por todos los medios posibles el número de judíos de Francia, pero su papel en la «solución final» siguió siendo ambivalente.
Pese a que tres cuartas partes de los judíos franceses sobrevivieron bajo el régimen de Vichy, debe decirse también que el gobierno francés resultó mucho más severo que los italianos en su actitud respecto a aquella comunidad. Laval se enfureció con las acciones italianas para ayudar a los judíos en los ocho departamentos de la Francia meridional que Italia ocupó después de noviembre de 1942, e incluso solicitó la intervención alemana, aunque ello no logró cambiar la situación. En febrero de 1943, los italianos no solo bloquearon los intentos de la policía y los prefectos franceses de dar caza y trasladar a judíos (franceses o extranjeros) de su zona, sino que los pusieron a todos bajo su protección. Como consecuencia de ello, miles de judíos se dirigieron a la Costa Azul, la zona francesa sometida a control militar italiano, bajo el cual Niza llegó a convertirse incluso en un centro cultural y político judío, para gran repugnancia de Berlín y París. Solo con la evacuación italiana, en septiembre de 1943, y la entrada de las fuerzas alemanas pudo empezar finalmente el terror antijudío en el sur de Francia.
A primera vista, el sabotaje del Holocausto por parte de Italia resultó aún más asombroso teniendo en cuenta que aquel país era el aliado más destacado que Alemania tenía en Europa. Hasta el golpe de Estado del mariscal Pietro Badoglio, el 8 de septiembre de 1943, los alemanes habían tratado a Italia como un Estado soberano e independiente. Ya en Mein Kampf, Hitler había señalado a la Italia fascista -junto con la Gran Bretaña- como un aliado natural de Alemania frente a las ambiciones hegemónicas francesas.420 El líder nazi admiraba enormemente a Mussolini en su calidad de fundador del fascismo, y había aprendido mucho de él acerca de las técnicas de movilización de masas: fue de Mussolini de quien adoptó, en los primeros años veinte, el uso de uniformes, de camisas de un determinado color y del saludo con el brazo extendido; los métodos paramilitares, las escuadras de choque (fasci di combattimento), el Führerprinzip, el militarismo, el nacionalismo extremo y el antibolchevismo militante fueron innovaciones del programa fascista italiano que los nazis adaptaron a sus propias necesidades.421 Tanto la ideología nazi como la fascista exaltaban la juventud, el activismo y el movimiento como fines en sí mismos, y tronaban contra la decadencia de la moribunda era burguesa al mismo tiempo que declaraban la guerra a muerte al marxismo. Los líderes de ambos movimientos evocaban mitos de poder y grandeza imperial que hundían sus raíces en el pasado: Hitler en el Reich alemán y Mussolini en la antigua Roma. Ahora bien, fue Mussolini el primero que promovió un cesarismo de nuevo estilo, basado en la política de masas y en espectaculares exhibiciones rituales de poder.
Hitler no experimentaba por ningún otro estadista vivo un sentido de lealtad y reverencia comparable al que le merecía Mussolini. Durante la visita del Duce a Berlín, a fines de septiembre de 1937, había aclamado a su huésped italiano como uno de esos «hombres solitarios de todas las épocas en los cuales no se expresa la historia, sino que son ellos mismos quienes la crean». A diferencia de otros nazis destacados, Hitler nunca pareció captar del todo el abismo ideológico que separaba su movimiento y sus principios del fascismo de Mussolini, pese a las numerosas similitudes externas. Por ejemplo, para la mayoría de fascistas italianos, «raza» no era un concepto biológico, sino que tendía a ser sinónimo de nación; hasta mediados de los años treinta, Mussolini trató la versión germánica del racismo «nórdico» como un disparate pretencioso y pseudocientífico que resultaba ofensivo para el sofisticado pueblo latino del Mediterráneo. De modo similar, consideraba la persecución de los judíos como una embarazosa muestra de «inmadurez» nazi, aunque siguió tolerando en su propio partido a personajes como Giovanni Preziosis y Roberto Farinacci, que denostaban con fanatismo a los miembros de aquella comunidad. En sus periódicos estallidos de resentimiento antialemán, Mussolini podía ser particularmente mordaz con Hitler y sus peculiaridades; en noviembre de 1934, le dijo al líder sionista Nahum Goldmann: «Conozco a herr Hitler. Es un idiota, un pícaro, un pícaro fanático, un hablador insufrible; escucharlo es una tortura. Ustedes son mucho más fuertes que herr Hitler; cuando no quede ni rastro de Hitler, los judíos serán todavía un gran pueblo».422
El Duce sabía perfectamente bien que los cuarenta y cinco mil judíos de su país eran patriotas modélicos y estaban completamente integrados en la sociedad. Se habían mezclado con bastante facilidad con la población italiana y, dejando aparte su religión, desde el punto de vista físico, lingüístico y cultural se diferenciaban en poco de sus convecinos. Desde el Risorgimento de mediados del siglo XIX, los judíos italianos habían desempeñado un papel prominente en la vida económica (especialmente en la banca, el comercio y los seguros), el periodismo, la educación, las ciencias, las artes y la literatura. Pese a las reducidas dimensiones de la comunidad, de ella habían salido dos primeros ministros, un ministro de Defensa y cincuenta generales, lo cual representaba un historial inigualado en Europa. En Italia, la asimilación era una realidad y no mera ideología, un mito o un autoengaño, como resultó ser con frecuencia en otros lugares. Allí no había ninguna «cuestión judía» genuina y tampoco ningún antisemitismo político comparable por su intensidad a los de Francia, Alemania, Austria o Europa Oriental.
La comunidad judía italiana no sufrió ningún acoso ni persecución de gravedad durante los dieciséis años que siguieron a la toma del poder por los fascistas en 1922. Hubo numerosos judíos que, al igual que otros italianos, acudieron en tropel al movimiento fascista sin encontrar ninguna oposición popular; el propio Mussolini reconoció su patriotismo, y su postura oficial fue la de estimular los matrimonios mixtos y la plena integración de los judíos en la nación italiana: era exactamente lo contrario de la política de la Alemania nazi. Por eso las nuevas leyes raciales de 1938 causaron estupefacción en la opinión pública y resultaron impopulares de forma inmediata, tanto entre las élites establecidas como entre los italianos corrientes y la Iglesia católica. En general, muchos italianos vieron aquella legislación como una humillación un tanto ridícula ante la Alemania nazi, un intento patético de Mussolini de alinearse política e ideológicamente con Hitler, aunque la ausencia de entusiasmo popular sirvió de poco consuelo a la comunidad judía del país. No obstante, la política italiana siguió desviándose considerablemente de la pauta alemana: hubo numerosas exenciones -por ejemplo, para los judíos que eran veteranos de guerra, poseedores de altas condecoraciones o miembros antiguos del partido fascista, así como para sus padres, abuelos, esposas, hijos y nietos-, y las políticas de «arización» italianas también fueron mucho más liberales que las de Alemania o Austria. De modo aún más importante, después de 1939 los italianos defendieron a los judíos extranjeros tanto como a sus connacionales, no solo en Italia sino también en la Francia meridional y en Túnez, Grecia, Albania, Montenegro y Croacia.423
Resulta notable el hecho de que, en todos los lugares ocupados por el ejército italiano, los judíos permanecieran a salvo de cualquier daño grave.424 Por ejemplo, cuando los militares italianos abandonaron Francia en 1943, ayudaron a transportar refugiados judíos a través de las montañas, mientras que, en las partes de Yugoslavia ocupadas por Italia, los judíos que huían de los ustachi croatas y los nazis recibieron el auxilio de los soldados italianos, horrorizados por las atrocidades que se cometían contra ellos; a muchos de aquellos judíos se los montó en trenes del ejército italiano, se los vistió con uniformes militares y se los llevó a Italia, donde se los ocultó. Resulta difícil dejar de constatar el abismo que separaba la crueldad de los militares alemanes, con su rígida disciplina, su obediencia y su eficiencia de reloj, de la conducta del ejército italiano, el cual, pese a su asombrosa falta de efectividad como fuerza de combate, dio en en muchos casos muestras de misericordia y compasión. La Wehrmacht y las fuerzas aéreas alemanas fueron responsables de la destrucción masiva y total de ciudades, pequeñas localidades y pueblos, de la erradicación de poblaciones y de reiterados asesinatos a sangre fría de civiles judíos en Rusia, Ucrania, Serbia y otras regiones del Este. Los militares italianos, pese a que su historial en lo tocante a los habitantes de las colonias distaba mucho de ser ejemplar, se comportaron a menudo con una sensibilidad humanitaria impecable con refugiados judíos que para ellos eran perfectos desconocidos. Como ha señalado Jonathan Steinberg, incluso los vicios clásicos italianos, como la pereza, la corrupción, la ineficiencia y la indisciplina caótica, se convirtieron en virtudes en el contexto del Holocausto, al hacer posible la alteración de las reglas en nombre de la humanidad común. Por el contrario, las virtudes militares prusianas del orden puntilloso, el sentido del deber, la obediencia ciega y el perfeccionismo rígido se tradujeron en una aterradora máquina de destrucción cuando se sometieron a los dictados de la guerra racial de Hitler.425
Después de 1940, Mussolini fue sin duda culpable de cooperar plenamente con Hitler en la continuación de la guerra. Incluso antes de aquella fecha, ya había puesto en práctica su propia versión fascista de antisemitismo, por medio del sistema educativo y también en la prensa, la radio y toda la vida cultural. La mayoría de judíos italianos sufrieron una terrible conmoción a causa de aquella exclusión social repentina y del hecho de que se los desposeyera de la ciudadanía y se los privara de sus medios de vida en un país al que habían servido con lealtad y a conciencia. No obstante, y por inexcusables que fuesen aquellas acciones, su impacto se vio mitigado en parte por la amplitud de las exenciones, la capacidad de iniciativa de los propios judíos italianos y la ayuda que estos recibieron de sus convecinos.426 Incluso los funcionarios gubernamentales y algunos veteranos fascistas parecieron contagiarse de aquel ánimo popular y de una desgana general de someterse a los nazis. Los alemanes eran muy conscientes de la «falta de celo» que mostraban los funcionarios italianos en la puesta en práctica de las medidas antijudías. El 13 de diciembre de 1942, Goebbels anotó en su diario: «Los italianos son extremadamente negligentes en el trato que dispensan a los judíos. Protegen a los judíos italianos tanto en Túnez como en la Francia ocupada, y no permitirán que se los reclute para trabajar ni que se los obligue a llevar la estrella de David. Ello muestra una vez más que el fascismo no se atreve, en realidad, a abordar las cuestiones fundamentales, sino que es muy superficial en lo tocante a problemas de importancia vital».427 El 23 de junio de 1943, tras una conversación con Hitler, Goebbels dejó constancia de que, al parecer, el Führer había expresado su insatisfacción con los italianos porque no se habían ocupado de modo radical de la cuestión judía; por lo visto, el dictador alemán afirmó que Mussolini no era un revolucionario como él o Stalin. Pese a aquellas críticas privadas, la lealtad de Hitler hacia su aliado continuó intacta.
El 25 de julio de 1943, el rey Víctor Manuel III convocó a su villa al Duce y este fue detenido; poco después, el ejército italiano se rendía a los aliados. Sin embargo, los nazis rescataron a Mussolini, que estableció en el norte del país la República Social Italiana de Salò, cuya existencia se prolongaría desde septiembre de 1943 hasta el 28 de abril de 1945, fecha de la ejecución del dictador fascista por los partisanos italianos. El Duce hizo público enseguida un manifiesto que declaraba a los judíos «extranjeros enemigos» e hizo aprobar una ley que disolvía las comunidades e instituciones de beneficiencia judías, al mismo tiempo que confiscaba sus propiedades. Las tropas alemanas invadieron Italia y las SS comenzaron a someter a deportación a los judíos del país, lo cual incluyó la captura de más de mil de ellos en Roma, a mediados de octubre de 1943. Aquel sería el período más negro de la historia de la comunidad judía italiana: los elementos más fanáticos de la sociedad salieron a la superficie para aterrorizar a los judíos, matar partisanos y ejecutar las órdenes de los alemanes. Algunas de las víctimas sufrieron la traición de ciudadanos italianos que, movidos en la mayoría de casos por la codicia, revelaron los lugares donde se ocultaban. Miles de judíos fueron detenidos e internados por la policía fascista, y muchos de ellos terminaron en campos de concentración cercanos a la frontera austríaca. De aquellos campos, el que alcanzó peor fama fue el que se instaló en octubre de 1943 en La Risiera di San Sabba, cerca de Trieste, que poseía una cámara de gas y hornos crematorios;428 en él se dio muerte a cinco mil judíos, así como a antifascistas italianos y partisanos eslovenos. En cambio, varios miles de judíos extranjeros (entre los cuales también había algunos que eran nativos de Italia) que estaban internados en el campo de concentración de Ferramonti-Tarsia, en la zona meridional del país que los aliados ocuparon en 1943, lograron sobrevivir a la guerra.
En la primavera de 1944, los alemanes rompieron una promesa que habían hecho anteriormente y empezaron a transportar judíos desde Italia hacia Auschwitz. En total, unos ocho mil judíos perecieron cuando el Holocausto se abatió sobre el norte de Italia con fuerza inesperada, trayendo la muerte y la destrucción a cerca del 15 por ciento de la comunidad judía del país. Con toda certeza, las víctimas habrían ascendido a muchas más de no haber sido por la humanidad demostrada por muchos italianos corrientes, tanto clérigos como laicos, resistentes o no resistentes, soldados o civiles, fascistas nominales, liberales o comunistas. Los judíos hallaron escondites en las ciudades y en el campo, en las montañas y las explotaciones agrícolas y en conventos y monasterios, e incluso hubo unos pocos que se ocultaron en el Vaticano. Se los acogió y auxilió de manera espontánea, pese a los riesgos que ello comportaba, porque se los veía como seres humanos con el mismo derecho a vivir que los demás. Con demasiada frecuencia, la historia de la colaboración con el Holocausto fue la de una crueldad, un embrutecimiento, una indiferencia y una insensibilidad indescriptibles. Sin embargo, también hubo islas de caridad y de simple decencia humana que sobresalieron de forma aún más destacada como un testimonio de esperanza en medio de la oscuridad dominante.
7 Gran Bretaña, Estados Unidos y el Holocausto

…Que mi muerte sea un enérgico grito de protesta contra la indiferencia del mundo que asiste al exterminio del pueblo judío sin tomar ninguna medida para impedirlo.
SHMUEL ZYGELBOYM (representante del Bund
en el Consejo Nacional Polaco en el exilio,
con sede en Londres), poco antes de suicidarse
el 12 de mayo de 1943

[La culpa] es de los nazis … Sin embargo, ¿estaremos libres de falta si, teniendo la posibilidad de hacer algo por salvar a las víctimas, no emprendemos la acción necesaria y no lo hacemos con rapidez? … si los gobiernos británico y norteamericano estuvieran decididos a poner en práctica un programa de salvamento que, de algún modo, fuera proporcionado a la inmensidad de lo que se necesita, podrían hacerlo.
GEORGE BELL, obispo de Chichester
(Inglaterra), 18 de mayo de 1943

… ¿Qué nos habéis hecho, gentes amantes de la libertad, guardianes de la justicia, defensores de los elevados principios de la democracia y la fraternidad humana? ¿Qué es lo que habéis permitido que se perpetre contra un pueblo indefenso, mientras vosotros permanecíais al margen y lo dejábais morir desangrado …? Si, en lugar de judíos, se hubiera torturado diariamente, se hubiera quemado vivos y se hubiera asfixiado en cámaras de gas a miles de mujeres, niños y ancianos ingleses, norteamericanos o rusos, ¿habríais actuado igual?
DAVID BEN GURION,
discurso en el monte Scopus de Jerusalén,
10 de julio de 1944

La respuesta aliada al Holocausto ha sido objeto de innumerables acusaciones de «complicidad», «abandono» e indiferencia culpable respecto a la tragedia que se abatía sobre los judíos. Algunos historiadores han dado a entender que los gobiernos estadounidense y británico podrían haber salvado a centenares de miles de judíos si hubieran adoptado una política de salvamento más enérgica. David Wyman, por ejemplo, cree que el presidente Roosevelt, pese a que se hallaba bien informado del asesinato de judíos, no estuvo dispuesto a correr ningún riesgo por ellos, y que esa indiferencia constituyó «el fracaso más grave de su presidencia».429 Su política estuvo determinada, en gran medida, por razones de conveniencia política, pero además, y al igual que la mayoría de los restantes responsables políticos aliados, el presidente norteamericano no comprendía más que de modo sumamente superficial los asuntos judíos. Con toda probabilidad, en medio de la gigantesca confrontación mundial en que estaba implicado Estados Unidos, Roosevelt no pensaba mucho en lo que les estaba sucediendo a los judíos, excepto cuando se planteaban peticiones específicas por parte de miembros de aquella comunidad; ante esas súplicas, la respuesta convencional que daban siempre los norteamericanos (como también los británicos) era inmediata: la única manera de ayudar a los judíos es ganar la guerra tan rápido como sea posible. Ahora bien, pese a que ningún historiador serio puede negar que había realidades estratégicas que limitaban las posibilidades de salvamento, la reticencia a la hora de auxiliar a los judíos o abrirles las puertas transmitió un mensaje negativo tanto a los verdugos como a los espectadores y las víctimas; dicho mensaje, si bien rara vez se expresó de forma explícita, sugería que los judíos eran prescindibles, idea que alentó la creencia de Hitler de que el mundo exterior no obstruiría seriamente su deseo de destruirlos.
Las críticas dirigidas contra Estados Unidos -y, en gran medida, también contra Gran Bretaña- contienen habitualmente una triple acusación: en primer lugar, el gobierno norteamericano adoptó una política de inmigración muy restrictiva (que en nada se modificó entre 1933 y 1945), y lo hizo en respuesta a las presiones racistas y xenófobas existentes en la sociedad estadounidense, a las cuales no estaba dispuesto a enfrentarse seriamente;430 en segundo lugar, rechazó u obstruyó (en el caso del Departamento de Estado, de forma deliberada) las ofertas alemanas de negociación y otras posibilidades de arrancar a los judíos de las garras de Hitler; finalmente -una vez más, al igual que los británicos-, las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos no quisieron bombardear las vías férreas que llevaban a Auschwitz ni destruir las instalaciones de exterminio del interior del propio campo, y tampoco recibieron instrucciones en ese sentido por parte de su gobierno.431
De esas acusaciones, la mejor documentada es la referente a la hostilidad general que existió durante el período de entreguerras a la afluencia de «extranjeros» a la sociedad estadounidense.432 No cabe duda de que la Ley de Inmigración de Estados Unidos de 1924, que estableció unos cupos muy estrictos por país de origen que penalizaban de modo particular a la Europa Oriental y Meridional, estuvo impulsada por el deseo de excluir a tantos immigrantes judíos, eslavos e italianos como fuera posible; si bien los presupuestos de «superioridad nórdica» subyacentes al texto legislativo no se debían exclusivamente al antisemitismo, sí resultaban análogos, a su manera, a las nociones de pureza racial de Hitler. El clima de opinión xenófobo posterior a la Primera Guerra Mundial había favorecido a organizaciones racistas y antisemitas como el Ku Klux Klan, que alcanzó el apogeo de su influencia en los años veinte. Aquella década presenció también los esfuerzos del millonario fabricante de automóviles Henry Ford -muy admirado por los nazis- por difundir sus fantásticas teorías antisemitas acerca de la conspiración judía mundial en el Dearborn Independent.433 Hubo asimismo predicadores fundamentalistas de obediencia evangélica, como Gerald L. K. Smith y Gerald Winrod, que propagaron el antisemitismo, al igual que hicieron en los años treinta los «Camisas Plateadas» de William Dudley Pelley y la Liga Germanoamericana de Fritz Kuhn.434 A medida que se intensificó la Gran Depresión, la receptividad hacia aquellas posiciones intolerantes aumentó de modo considerable en Estados Unidos; un buen ejemplo de ello fue el impacto obtenido por el padre Charles Coughlin, un predicador radiofónico católico que en 1938-1939 logró alcanzar una audiencia de millones de personas con sus diatribas contra el New Deal y los judíos.435 Para los judíos norteamericanos, resultaron particularmente inquietantes los lazos que se desarrollaron, a medida que se acercaba la guerra europea, entre las poderosas corrientes aislacionistas de Estados Unidos y los sentimientos antijudíos. En septiembre de 1941, tres meses antes de la entrada del país en la Segunda Guerra Mundial, el aviador Charles Lindbergh -héroe popular y admirador de Hitler desde hacía mucho tiempo- explicitó plenamente la vinculación: en un discurso tristemente célebre que pronunció en nombre del Comité América Primero, advirtió que los judíos debían abstenerse de empujar a la guerra a Estados Unidos (en efecto, apoyaban con vigor el intervencionismo de Roosevelt), porque ellos serían las primeras víctimas.
Si bien en Estados Unidos el antisemitismo nunca cristalizó en un movimiento político coherente y organizado ni se infiltró seriamente en los principales partidos políticos, durante las décadas de 1930 y 1940 sí estuvo lo suficientemente extendido como para influir en las respuestas norteamericanas al Holocausto. Los sondeos de opinión -aunque siempre deben ser objeto de numerosas reservas- mostraban que, en vísperas de la guerra, entre el 75 por ciento y el 85 por ciento de los estadounidenses se oponía a que, con el fin de auxiliar a los refugiados judíos, se relajaran los cupos de inmigración drásticamente restrictivos que se hallaban en vigor. A fines de los años treinta, el sentimiento contrario a la inmigración era tan fuerte en el Congreso que hubo que retirar las propuestas legislativas destinadas a abrir las puertas del país a los refugiados;436 el mismo destino le aguardaba al proyecto de ley presentado en 1938 por el senador Robert Wagner para que se admitiera a veinte mil niños judíos más de los que permitía el reducido cupo existente.
La entrada de Estados Unidos en la guerra, con el pretendido objetivo de proteger la democracia en el mundo contra el nazismo y el fascismo, debilitó el impacto potencial de los sentimientos antijudíos. Sin embargo, las encuestas de opinión indican que durante los años de la guerra se consideraba a los judíos, después de los japoneses y los alemanes, como la mayor amenaza para la sociedad norteamericana. En 1944, no menos del 65 por ciento de los estadounidenses declaraba que los judíos tenían demasiado poder -cifra unas tres veces superior a las estimaciones correspondientes a Gran Bretaña-, y los estereotipos que describían a los miembros de aquella comunidad como deshonestos, codiciosos, materialistas, agresivos y subversivos se hallaban notablemente extendidos.437 Tales prejuicios desempeñaron su papel como condicionantes negativos o estimulantes de las actitudes de altos funcionarios del Departamento de Estado como el vicesecretario Breckinridge Long hijo, responsable para los refugiados de la administración Roosevelt. Long era, precisamente, un antisemita paranoico que consideraba que Mein Kampf, de Hitler, era «elocuente en su oposición al judaísmo y los judíos como exponentes del comunismo y el caos».438 En vista de tales actitudes, no resulta sorprendente que, cuando el Departamento del Tesoro, dirigido por Henry Morgenthau, trató de autorizar la transferencia de dinero procedente de la beneficencia judía para financiar un programa destinado al auxilio y el salvamento de los judíos, el Departamento de Estado retrasara durante meses la operación. Aquel acto de prevaricación recibió el aliento del gobierno británico, que en diciembre de 1943 envió a Washington un cable en el cual expresaba su oposición a dichos programas de socorro, debido «a las dificultades para acomodar a cualquier número considerable de judíos en el caso de que se los rescatara».439 Aquella cruel reacción incitó a Morgenthau y al secretario de Estado Cordel Hull a pasar a la acción: una investigación interna del manejo de la cuestión del salvamento por parte del Departamento de Estado dio como resultado un documento, fechado el 13 de enero de 1944, que llevaba el rotundo título de «Informe al secretario sobre la aquiescencia de este gobierno en el asesinato de judíos».440
Aquella acusación implacable, que se le presentó a Morgenthau, demostraba que ciertos funcionarios del Departamento de Estado no solo no utilizaban la maquinaria gubernamental estadounidense que tenían a su disposición para salvar judíos de Hitler, sino que procuraban impedir que se hiciera tal cosa; no solo no cooperaban con organizaciones privadas que intentaban desarrollar sus propios programas de rescate, sino que obstruían su acción. Además, habían tratado subrepticiamente de paralizar la obtención de informaciones referentes al asesinato de judíos europeos y luego habían emitido declaraciones falsas y engañosas para encubrir su culpabilidad. Roosevelt quedó conmocionado por el informe y se dio cuenta de que, si los hechos llegaban a conocerse, serían políticamente explosivos. La consecuencia de ello fue la creación, en enero de 1944, de la Junta de Refugiados de Guerra, con la misión de ayudar al salvamento de los judíos de Europa;441 fue la única agencia gubernamental aliada de aquellas características que se estableció durante la guerra, pero resultó un esfuerzo demasiado tardío y escaso: no se le destinó ninguna clase de recurso militar y tan solo logró obtener la admisión de unos cuantos miles de refugiados.
El clima antijudío predominante inhibió los deseos de la mayoría de judíos estadounidenses de intervenir con energía ante la administración Roosevelt para que cambiara la política de Estados Unidos respecto al Holocausto. La comunidad judía norteamericana estaba profundamente perturbada por lo que interpretaba como un incremento radical del antisemitismo en Estados Unidos, y muchos judíos aún se sentían inseguros, como inmigrantes recientes que eran, acerca de su propia posición y sus derechos en la sociedad norteamericana. Por lo tanto, fueron reticentes a dar ningún paso que «hiciera rishis» -que armara un lío-, por miedo a que se cuestionaran sus propias lealtades y se pudiera despertar la ira del mundo cristiano.
La comunidad judía estadounidense, que durante los años de la guerra sumaba cerca de cinco millones de personas, distaba mucho de ser monolítica; de hecho, sus divisiones ideológicas y políticas internas nunca parecieron mayores que en los años treinta: había judíos ortodoxos y reformados, acomodados y humildes y «alemanes» y «rusos», además de Galitzianers y laicistas de todos los matices (socialistas, comunistas, laboristas y sionistas «revisionistas»). La secularización y la aculturación en el contexto de la vida norteamericana habían erosionado los lazos de solidaridad religiosa y étnica y habían debilitado los vínculos culturales con los judíos de Rusia, Polonia, Alemania o Palestina.442 Mucho más que las relaciones transoceánicas, lo que unió a la mayoría de judíos estadounidenses fue el deseo de dar prueba de su recién estrenado patriotismo norteamericano, un imperativo demostrado de forma espectacular por el hecho de que más de medio millón de jóvenes judíos prestaron servicio en las fuerzas armadas de Estados Unidos. Las reacciones de los judíos norteamericanos ante el Holocausto estuvieron enormemente determinadas por las mencionadas tendencias a la aculturación: por ejemplo, los judíos más americanizados fueron proclives, por regla general, a dejar de lado o subestimar la envergadura del desastre, al igual que hicieron muchos gentiles estadounidenses. Ello no fue tan cierto en el caso de los judíos que vivían en centros de inmigración como el Lower East Side de Manhattan o Williamsburg, en Brooklyn, para quienes la comunidad judía europea sometida a destrucción distaba mucho de ser una abstracción; de forma nada sorprendente, los medios de prensa escritos en yiddish cubrieron los acontecimientos del Holocausto con mucha mayor atención e inquietud que sus homólogos periodísticos en lengua inglesa.443
No obstante, la cruda realidad es que el salvamento no constituyó una prioridad especialmente importante para las principales organizaciones judías norteamericanas y apenas figuró en sus programas de actuación durante la guerra. Hubo representantes de las distintas organizaciones judías que -sin actuar conjuntamente- realizaron algunas gestiones privadas con el presidente y con altos funcionarios gubernamentales, pero ni siquiera aquellos sondeos tuvieron una continuidad sistemática ni se profundizaron. A pesar de la apatía descrita, los dirigentes de la comunidad judía estadounidense sí fueron capaces de hablar con una voz común a la hora de condenar las actividades del Comité de Emergencia para Salvar al Pueblo Judío de Europa, fundado por un completo desconocido, el belicoso Peter Bergson, representante en Estados Unidos de la organización judía de Palestina Irgun.444 Los mencionados líderes se oponían al estilo de propaganda ruidoso y provocativo que empleaba el comité para recordar a la opinión pública y al Congreso norteamericanos la verdad de lo que estaba sucediendo en Europa, y no les gustaban la violencia de su tono antibritánico, el énfasis insistente que ponía en la necesidad de un ejército judío ni su lenguaje crudo, inmoderado y caracterizado por la exaltación.445 Por encima de todo, a la élite dirigente judía le molestó la invasión inesperada de su territorio organizativo y el hecho de verse eclipsada por un grupo diminuto, que a partir de 1944 tuvo vínculos con la actividad terrorista desarrollada por el Irgun contra la dominación colonial británica en Palestina.
La mayoría de sionistas estadounidenses también desaprobaron el extremismo de los bergsonistas, a pesar de su propia oposición a la política británica. Habiendo observado la falta de disposición del gobierno norteamericano a abrir las puertas a los refugiados judíos durante los años treinta, concentraron las energías en contribuir a la construcción del Hogar Nacional Judío en Palestina: cooperaron con David Ben Gurion y el resto de la dirección del Yishuv palestino en sus protestas contra el Libro Blanco británico de 1939 y se sintieron lo bastante convencidos para adherirse a los argumentos de Ben Gurion en favor de que el establecimiento de un Estado judío se considerara un objetivo para la posguerra inmediata, una perspectiva que se aprobó formalmente el 6 de mayo de 1942 en el hotel Biltmore de Nueva York.446 En aquella conferencia, Chaim Weizmann -que a la sazón era todavía el líder del sionismo mundial- predijo de modo terminante que probablemente una cuarta parte de los judíos de Europa Oriental perecería como consecuencia de las atrocidades nazis, mientras que, en la posguerra, unos cuatro millones de supervivientes judíos sin hogar quedarían suspensos en algún lugar entre el cielo y el infierno;447 el sionismo, sin embargo, lograría convencer al mundo gentil, pues Palestina ofrecía la única solución práctica a la tragedia judía de la falta de hogar: en último término, sugirió Weizmann, los judíos librarían a quienes no lo eran «de la molestia de resolver nuestros problemas».448
En agosto de 1942, tres meses después de la conferencia del Biltmore, el sionista norteamericano más conocido y líder del Congreso Mundial Judío, Stephen Wise, recibió por fin el telegrama en el que el doctor Gerhart Riegner, representante de aquella organización en Ginebra, resumía la existencia de un plan alemán destinado a destruir sistemáticamente y de un solo golpe a todos los judíos de Europa;449 en un primer momento, el Departamento de Estado había impedido que la información llegara a Wise, pero finalmente, el 14 de noviembre de 1942, el secretario de Estado Welles autorizó a difundirla. Semejantes noticias abrumadoras ejercieron un breve efecto galvanizador sobre los judíos de Estados Unidos, y los sionistas norteamericanos encabezaron los esfuerzos por presionar a la administración Roosevelt con el fin de que emprendiera un programa de salvamento más serio. El 1 de marzo de 1943, más de veinte mil personas -movilizadas principalmente por el Congreso Mundial Judío- se agolparon en el Madison Square Garden de Nueva York para expresar su apoyo a los millones de judíos europeos amenazados de extinción.450 Una semana más tarde, un número similar de personas asistió a la espectacular representación escénica We Will Never Die [«Nunca moriremos»], de noventa minutos de duración, que incluía un desgarrador recitado sobre algunas de las atrocidades que los nazis habían perpetrado contra los judíos. El impulsor inicial de la idea, el popular escritor y dramaturgo Ben Hecht, tenía la esperanza de rasgar el velo de silencio que envolvía la tragedia del pueblo judío por medio de una retórica encendida: «Sobre los peldaños de la civilización yace el cadáver de un pueblo. Contempladlo: ¡aquí está! Y no se oye ninguna voz que grite para detener la matanza, ni ningún gobierno habla para exigir que se acabe el asesinato de millones de seres humanos».451 El New York Times y algunos otros medios de la prensa diaria mostraron su simpatía hacia el espectáculo, lo cual contribuyó a reabrir el debate público acerca de si no se podía hacer algo para ayudar a los judíos. Una consecuencia indirecta de todo ello fue la conferencia de las Bermudas, celebrada en abril de 1943, en la cual funcionarios británicos y estadounidenses -conscientes, aunque con retraso, del riesgo político de no hacer nada- anunciaron que tratarían de establecer planes para auxiliar a la comunidad judía europea, lo cual pronto se reveló como una promesa vana.
La conferencia angloamericana empezó el primer día (el 19 de abril de 1943) del desesperado alzamiento del gueto de Varsovia, que también coincidió con la primera noche de la Pascua judía. La concurrencia de fechas constituyó una ironía particularmente cruel, pues el resultado de la conferencia de las Bermudas demostraría que los aliados habían abandonado a su suerte a los judíos europeos, a pesar de los pronunciamientos optimistas en sentido contrario. Ambas delegaciones descartaron de forma categórica cualquier gestión con Hitler para que liberara a los judíos de los países ocupados por los nazis, cualquier intercambio de prisioneros de guerra y reclusos nazis por judíos y también el envío de comida (atravesando el bloqueo aliado) para contribuir a la alimentación de los judíos de Europa.452 Después de resolver rápidamente y sin complicaciones el problema del trato a dispensar a los refugiados polacos y griegos que no eran judíos, los delegados tuvieron muchas más dificultades para ponerse de acuerdo incluso acerca de un asunto relativamente menor como era la instalación temporal de refugiados judíos en el norte de África. Finalmente, ingleses y estadounidenses llegaron a un compromiso basado en un presupuesto fundamental y tácito: que los norteamericanos no presionarían a los británicos en lo tocante a Palestina, mientras que los segundos actuarían con discreción similar respecto a la inmigración judía hacia Estados Unidos.453
Tras la conferencia, Richard Law, viceministro del Foreign Office británico, le escribió al ministro de Asuntos Exteriores Anthony Eden comentándole las distintas presiones internas referentes a los refugiados con las que se enfrentaban tanto el gobierno norteamericano como el suyo propio. Según afirmaba, en Gran Bretaña los funcionarios públicos sufrían una presión considerable procedente de una alianza de organizaciones judías y arzobispos, «pero, por el momento, [no había] ninguna presión en sentido contrario por parte de las numerosas personas que temían y se oponían a la inmigración extranjera».454 En cuanto a Estados Unidos, Law observaba que, además de la presión judía, existía un sector de la opinión pública «que, sin ser en puridad antisemita, siente celos y miedo ante la inmigración extranjera per se. Además, y a diferencia de la situación que se da en nuestro país, ese sector está extraordinariamente bien organizado. Los estadounidenses, por lo tanto, al mismo tiempo que tienen que hacer todo lo posible por apaciguar la opinión judía, no se atreven a ofender a la “opinión americana”».455 Law estaba parcialmente en lo cierto al realizar aquella afirmación, que explicaría la razón por la cual, a principios de 1939, el gobierno estadounidense había cometido la crueldad de enviar de vuelta a los refugiados judíos alemanes que navegaban en el transatlántico St. Louis, que se habían negado a aceptar visados de entrada a Cuba. También es posible que el presidente Roosevelt estuviera ansioso por no proporcionar ninguna credibilidad a las declaraciones antisemitas que lo calificaban de «instrumento de los judíos», especialmente entre 1939 y 1941: al fin y al cabo, estaba tratando por todos los medios de implicar más profundamente a su país en la guerra, en contra del importante peso de las opiniones aislacionistas y xenófobas, y también era consciente, en el terreno de la política práctica, de que contravenir los sentimientos populares o del Congreso sobre las leyes de inmigración no era una empresa factible.456
¿Y las posibilidades que existieron posteriormente de salvar vidas o ralentizar la maquinaria genocida alemana bombardeando Auschwitz? Después de septiembre de 1943, los bombarderos norteamericanos y británicos ya estuvieron en condiciones de alcanzar objetivos situados en cualquier punto del Reich alemán, especialmente desde los aeródromos del sur de Italia. El 4 de abril de 1944, un avión de reconocimiento aliado despegó de una base situada en la península italiana y, después de un vuelo de dos horas y media, logró fotografiar las nuevas instalaciones industriales de Auschwitz; las imágenes que mostraban la refinería de petróleo sintético se examinaron hasta el último detalle, pero no se prestó ninguna atención a las cámaras de gas ni a los hornos crematorios.457 El 20 de agosto de 1944, ciento veintisiete «fortalezas volantes», escoltadas por un centenar de cazas Mustang, arrojaron con éxito sus bombas sobre una fábrica situada a menos de ocho kilómetros de Auschwitz; también en otras ocasiones los aliados eligieron como blanco Auschwitz III (Buna-Monowitz), dejando de lado el campo de exterminio y las vías férreas que llevaban a él, pues ni el uno ni las otras se consideraban objetivos militares.458
Ya en verano de 1944, mientras se estaba deportando hacia la muerte a centenares de miles de judíos húngaros, hubo dirigentes de aquella comunidad en Eslovaquia, en especial el rabino Weissmandel, que suplicaron que se bombardeara Auschwitz.459 Algunas organizaciones judías y la Junta de Refugiados de Guerra (creada por la administración Roosevelt con el propósito específico de realizar salvamentos) también exigieron que se actuara, aunque lo hicieron en términos más moderados.460 Sin embargo, en modo alguno había un acuerdo generalizado al respecto entre todos los líderes judíos. Algunos de ellos, incluida la ejecutiva de la Agencia Judía para Palestina, temían las bajas que se pudieran producir entre los prisioneros de los campos.461 La propuesta fue objeto incluso de la oposición inicial de Leon Kubowitzki (jefe del Departamento de Salvamento del Congreso Mundial Judío), que fue el encargado de transmitir la petición formal correspondiente a John J. McCloy, vicesecretario de guerra estadounidense. La respuesta de McCloy aseguraba engañosamente que se había realizado un estudio de viabilidad y los expertos habían llegado a la conclusión de que «la diversión de considerables efectivos aéreos que en la actualidad participan en operaciones decisivas en otros lugares … sería de una eficacia tan dudosa que no justificaría el uso de nuestros recursos».462 McCloy agregaba que una acción de salvamento como aquella podía provocar una actuación aún más vengativa de los alemanes. Contrariamente a lo que se asegura en ocasiones, no se trataba de argumentos triviales; sin embargo, habría sido mucho más razonable que McCloy dijera que los alemanes siempre podían volver a los fusilamientos en masa si se les inutilizaban las cámaras de gas. No debe deducirse automáticamente de aquella negativa -ni de la respuesta similar de los británicos- que en ella intervinieran un encubrimiento deliberado o la pura malevolencia; no obstante, entre los funcionarios estadounidenses y británicos de alto rango, como también entre los líderes militares aliados, sí existió cierta aversión a actuar de acuerdo con las peticiones judías, lo cual vino a unirse a la rutina burocrática, la indiferencia y a algo más que un ligero tinte de antisemitismo.463
Por encima de todo, no debe olvidarse que la «cuestión judía» constituía, en el fondo, un asunto marginal para Roosevelt, quien, con toda seguridad, no comprendía el carácter central que tenía para los nazis. Una vez Estados Unidos se involucró en la guerra, el tema resultó aún menos importante en comparación con el objetivo supremo de la victoria aliada. Al igual que Churchill, Roosevelt estaba demasiado ocupado con los aspectos más generales de la estrategia militar y diplomática para dedicar mucho tiempo, a partir de diciembre de 1941, a las cuestiones específicas del salvamento de judíos. Con todo, sí se mostró asequible, de forma periódica, a las organizaciones judías: cuando finalmente, en diciembre de 1942, Stephen Wise le pidió que llamara la atención del mundo sobre la «solución final» nazi, no se negó a hacerlo, y tampoco trató de disuadir a Wise de desarrollar un plan para evacuar refugiados judíos de Rumanía (que desgraciadamente no condujo a ninguna parte). Más importante fue el apoyo que, a partir de fines de 1943, prestó Roosevelt al Departamento del Tesoro y a los altos funcionarios del mismo para que tomaran la iniciativa en las acciones de salvamento.464
Pese a que fue una acción tardía, la creación de la Junta de Refugiados de Guerra, a principios de 1944, constituyó un paso importante y positivo. Por vez primera durante los años de la guerra, la cuestión del auxilio a los judíos se liberó en parte, en el bando aliado, de la obstrucción del Departamento de Estado norteamericano y del Foreign Office británico. Tras la invasión alemana de Hungría, Roosevelt (enfrentándose de nuevo a cierta oposición interna) advirtió, en una declaración realizada el 24 de marzo de 1944, que se castigaría a quienes participaran en la deportación de judíos; el cuarto párrafo del documento se refería al «asesinato masivo y sistemático de los judíos de Europa» y lo describía como «uno de los crímenes más negros de toda la historia».465 El 26 de junio de 1944, al día siguiente de una de las raras súplicas públicas del papa Pío XII, Roosevelt exigió de nuevo a Horthy que detuviera todas las deportaciones desde Hungría.
Dicho esto, debe reconocerse que Roosevelt no era inmune a una versión «liberal» del antisemitismo. En enero de 1943, en Casablanca, había propuesto al gobernador general francés de Marruecos que «el número de judíos empleados en la práctica de las profesiones liberales (abogacía, medicina, etc.) debería limitarse categóricamente al porcentaje que representa la población judía del norte de África respecto al conjunto de habitantes de la región».466 Para justificar tal discriminación, Roosevelt recordó «las quejas específicas y comprensibles que los alemanes tenían respecto a los judíos en su país, es decir, que, pese a que representaban una pequeña parte de la población, más del cincuenta por ciento de los abogados, médicos, maestros de escuela, profesores universitarios, etc., de Alemania eran judíos».467 En la reunión de Roosevelt con el rey Saud, en febrero de 1945, se expresaron ideas igualmente simplistas y cargadas de prejuicios: influido sin duda alguna por los intereses petroleros estadounidenses, el presidente se declaró muy impresionado por las opiniones del monarca saudí acerca del conflicto de Oriente Medio, que eran notablemente parciales y combinaban el antisemitismo manifiesto con la negación total de la posibilidad de un Estado judío. En aquella ocasión, Roosevelt añadió que «al parecer, los alemanes han dado muerte a tres millones de judíos polacos, una cifra según la cual en Polonia debería haber espacio para el reasentamiento de muchos judíos sin hogar». Aquella suposición, compartida por funcionarios británicos, era una idea falsa y verdaderamente asombrosa acerca de lo que sería la situación y la disposición mental de los judíos en el contexto posterior al Holocausto.468
La muerte repentina de Roosevelt, en abril de 1945, fue un golpe de suerte para el movimiento sionista, pues su sucesor, Harry S. Truman, resultaría considerablemente más comprensivo con sus aspiraciones. Los sionistas norteamericanos ya habían extraído sus propias conclusiones del penoso fracaso de la conferencia de las Bermudas, dos años atrás:469 aquella farsa indecorosa les pareció otra ilustración diáfana de la indiferencia general del mundo cristiano (incluidos gobiernos supuestamente «amigos» como los de Roosevelt y Churchill) respecto al sufrimiento de los judíos, y les demostró la futilidad de confiar en los llamamientos humanitarios. Abba Hillel Silver, el gran agitador del sionismo estadounidense, resumió con cólera aquel sentimiento el 2 de mayo de 1943, no mucho después de la conferencia: «Los enemigos de Israel nos buscan y nos señalan, pero a nuestros amigos les gustaría olvidarse de nuestra existencia como pueblo».470 Silver creía que habría bastado con que los judíos hubieran poseído su propio Estado en Palestina en 1933 para que un gran número de miembros de aquella comunidad en Alemania, Austria y Europa Oriental hubiera hallado refugio. Era el mismo argumento que sostenía otro destacado sionista norteamericano, Emmanuel Neumann, quien añadía que, si en 1943 los judíos de Estados Unidos no ponían fin a la larga historia de persecución de su pueblo dando apoyo a una república judía de posguerra en Palestina, «seremos despreciables a nuestros propios ojos».471
La dirección sionista del Yishuv (la comunidad judía de Palestina) estaba totalmente entregada a la lucha por el establecimiento de un Hogar Nacional Judío y, durante los veinte años anteriores, había insistido en que todo se subordinara a esta prioridad. El acuerdo de Ha’avarah de 1933 para facilitar el traslado a Palestina de judíos alemanes y de parte de sus propiedades ofreció a los sionistas una oportunidad inesperada de reforzar su posición demográfica, aun cuando comportó reventar el boicot judío mundial contra los nazis.472 El Yishuv era todavía relativamente pequeño (doscientos setenta y ocho mil judíos), y los árabes de Palestina lo sobrepasaban sustancialmente en número; no obstante, en 1937 los británicos parecieron dispuestos a ofrecer a los judíos un miniestado en una Palestina dividida, pero aquella propuesta desapareció rápidamente de la mesa una vez la situación internacional empezó a deteriorarse. En mayo de 1939, ya resultaba claro que la Declaración Balfour estaba muerta y que el proyecto sionista corría peligro de que el Poder del Mandato Británico lo hiciera descarrilar en el mismo momento en que una trampa mortal se estaba cerrando sobre los judíos de Europa. El principal dirigente de la comunidad judía de Palestina, David Ben Gurion, era plenamente consciente de la débil posición del Yishuv, debida a su dependencia de la dudosa buena voluntad de Gran Bretaña. A partir de septiembre de 1939, sin embargo, al sionismo y a la comunidad judía mundial les quedaron pocas opciones que no fueran apoyar el esfuerzo de guerra aliado, a pesar del incremento de la hostilidad británica hacia sus aspiraciones nacionales. Al mismo tiempo, Ben Gurion estaba decidido a movilizar la opinión pública mundial contra la política del Libro Blanco y a permitir la inmigración ilegal, sin que ello comportara renunciar al pacto de facto con Gran Bretaña.473 A pesar de la cólera generalizada por las restricciones impuestas por el Poder del Mandato sobre la aliyah (inmigración judía a Palestina) y sobre cualquier forma de organización militar por parte del Yishuv, se animó a los jóvenes judíos de Palestina a alistarse en el ejército británico.
No obstante, al Yishuv y a sus dirigentes los atormentaba una profunda angustia que surgía de la impotencia, pues eran conscientes de la disparidad existente entre la imagen viril que el sionismo tenía y proyectaba de sí mismo y su limitada capacidad de salvar a los judíos de Europa. Además, el 13 de noviembre de 1942, las informaciones precedentes sobre las masacres de judíos europeos se habían visto confirmadas de modo fiable por la llegada de unos setenta judíos de Palestina retenidos en Europa desde el estallido de la guerra, que se beneficiaron de un acuerdo de intercambio de civiles que también incluyó a alemanes residentes en Palestina.474 Los recién llegados provenían de distintas partes de la Europa ocupada por los nazis (incluida Polonia), y sus vívidos relatos de primera mano proporcionaron un atisbo espantoso de la envergadura del genocidio. Los líderes sionistas empezaron a preguntarse si el exterminio completo de la comunidad judía europea no significaría el fin del movimiento, como ya había insinuado Chaim Weizmann en junio de 1942. Aquella «visión terrorífica» también acosaba por las noches a Ben Gurion, aunque se la guardó para sí y, en público, trató de minimizar la magnitud de la tragedia.475
No obstante, a partir de noviembre de 1942 Ben Gurion incrementó cada vez más su actividad de presión sobre los aliados para que intervinieran en favor de los judíos europeos. Les propuso que ofrecieran a los nazis la entrega de alemanes retenidos en el hemisferio occidental a cambio de que dejaran salir a los judíos de Europa, y que se animara a países neutrales a acoger judíos, con la promesa de que Occidente proporcionaría comida para mantenerlos vivos y garantizaría su marcha después de la guerra. También quería que se realizaran bombardeos de ciudades alemanas como represalia explícita por la masacre de judíos, y que los ataques fueran acompañados de una campaña de propaganda consistente en el lanzamiento sobre dichas ciudades de hojas volantes que explicaran aquella política. Creía que las advertencias de los aliados a los países socios de Hitler de que no deportaran ni causaran daño a los judíos que albergaban podía ser asimismo un importante factor disuasorio de su colaboración futura con el Holocausto.476 Por encima de todo, él y otros sionistas anhelaban que se suavizaran las restricciones del Libro Blanco británico, de modo que Palestina pudiera absorber un mayor número de supervivientes. Tampoco se ignoraron los campos de exterminio: Chaim Weizmann y Moshe Shertok (futuro primer ministro de Israel) presionaron al ministro de Asuntos Exteriores británico para que los aliados bombardearan el de Auschwitz-Birkenau; Shertok admitía que quizá ello no salvara demasiadas vidas judías, pero aseguraba que, aun así, había razones convincentes para emprender una acción como aquella.
Shertok redactó un memorándum, fechado el 11 de julio de 1944, cuya fuerza impresionó, al parecer, a Eden y Churchill. En él, señalaba que bombardear Auschwitz mostraría «que los aliados libraban una guerra directa» contra los perpetradores del genocidio y socavaría las reiteradas afirmaciones alemanas «de que, en realidad, a los aliados no les disgusta tanto la labor de los nazis de dejar Europa libre de judíos»; también contribuiría a disipar el escepticismo «de los cuarteles aliados respecto a las informaciones referentes al exterminio masivo perpetrado por los nazis». Además, haría verosímil la amenaza de represalias por los asesinatos, «al mostrar que los aliados tratan el exterminio de judíos tan seriamente como para garantizar la asignación de recursos de aviación a ese objetivo particular, de modo que tendría un efecto disuasorio». Finalmente, quizá generaría cierta presión en el interior de Alemania en contra de la continuación de las masacres.477
Pese al entusiasmo de Churchill, los responsables del Ministerio del Aire británico (al igual que sus homólogos estadounidenses) rechazaron la propuesta alegando motivos técnicos.478 El hecho de que se desestimaran las peticiones de bombardeo vino a demostrar la dificultad de modificar las posiciones fijas de los aliados, ya fuera por razones políticas, estratégicas o burocráticas. Lo mismo ocurrió en 1944 con el trato de «camiones por sangre» -que se conocería como «asunto Joel Brand»-, al cual Ben Gurion dedicó mucho tiempo, pero que los aliados rechazaron rápidamente por considerarlo un complot de la Gestapo.479 Brand, un sionista húngaro que se había reunido con Eichmann en Budapest, viajó a Turquía con órdenes de presentarle a la Agencia Judía una propuesta alemana: detener el exterminio de la comunidad judía húngara a cambio de camiones y otros equipamientos. Los británicos lo detuvieron bajo la sospecha de que era un agente nazi, y no se hizo ningún intento de explorar la oferta, aunque solo fuera para tratar de ganar tiempo. Esos y otros ejemplos pusieron de relieve el hecho de que toda propuesta de salvamento y auxilio que surgiera del Yishuv dependía de la aprobación aliada, lo cual representaba una limitación fundamental de la capacidad de los sionistas para llevar a cabo cualquier acción de importancia por las víctimas judías del Holocausto. A fines de 1942, por ejemplo, el traslado de judíos de Transnistria fuera de Rumanía estuvo pendiente de un consentimiento británico que no llegó a producirse; el plan para evacuar judíos de Bulgaria se acercó más al éxito, pero finalmente fracasó debido a la oposición del embajador británico en Ankara. Cuando los británicos concedieron permisos de inmigración, como en el caso de los judíos rumanos que llegaron a Estambul en 1944, fue gracias a la cooperación del consulado local británico y del representante de la Junta de Refugiados de Guerra de Estados Unidos, Ira Hirschman. Sin embargo, aquel tipo de ayuda solo se prestaba a regañadientes al Yishuv, habitualmente cuando se adecuaba a las operaciones militares y de espionaje de los británicos.
Así pues, durante el Holocausto, el Yishuv se halló relativamente impotente y atrapado entre una despiadada política alemana de aniquilación y cierta indiferencia aliada. El movimiento sionista carecía de fondos abundantes y de aliados influyentes, y no controlaba la entrada a Palestina ni a ningún otro país. Los sionistas no tenían la potestad de declarar la guerra a Alemania, ni poseían, en realidad, ningún medio de acción independiente, excepto en el sentido más limitado del término. Por lo tanto, cualquier respuesta efectiva al Holocausto dependía por completo de la capacidad del Yishuv para persuadir a los británicos y los estadounidenses de que trataran de detener la matanza o de que proporcionaran refugio a los judíos que huían. Ben Gurion y sus colegas hubieron de tener en cuenta constantemente aquellas limitaciones tan graves, y, con un ojo puesto en la confrontación que se avecinaba con los árabes (una eventualidad que consideraban inevitable), trataron de fortalecer el Yishuv y prepararse para el futuro. Como consecuencia de ello, se subordinó el salvamento a prioridades políticas de gran alcance y a cierto grado de pensamiento instrumental que, desde un punto de vista retrospectivo, resulta escalofriante.480 En una reunión de la ejecutiva de la Agencia Judía, celebrada el 6 de diciembre de 1942, Ben Gurion se refirió, por ejemplo, a los judíos de Polonia como «las víctimas de una nación sin territorio». La única respuesta adecuada al Holocausto era la «presión redoblada por la independencia judía».
Las respuestas británicas al Holocausto estuvieron también muy influidas por la confrontación entre árabes y judíos en Palestina. A partir de 1938, y a medida que se aproximaba el peligro de una nueva guerra mundial, a los responsables políticos imperiales les causó cada vez más inquietud su posición estratégica y política en Oriente Medio. Si bien en 1939 los británicos ya habían aplastado la rebelión de los árabes, luego decidieron apaciguar sus aspiraciones a expensas de los sionistas: cualquier nueva inmigración judía a Palestina debería contar con la conformidad árabe. Para lograr aquel objetivo, la supuestamente compasiva Gran Bretaña se aplicó, a partir de 1939, a cerrar las rutas de huida de los refugiados judíos, en especial las que llevaban al Hogar Nacional Judío de Palestina, y durante la guerra llevó a cabo un intenso esfuerzo diplomático para presionar a los gobiernos europeos con el fin de que impidieran activamente la inmigración «ilegal» judía.481 Se destinaron al Mediterráneo oriental fuerzas navales británicas sustraídas de otros cometidos con el propósito expreso de interceptar los barcos que llevaban a los inmigrantes, quienes, en caso de captura, se enfrentaban habitualmente a la deportación y el exilio. Aquella política terriblemente inhumana, que contaba con el apoyo incondicional del ejército, el Ministerio de las Colonias y el Foreign Office, se prolongó -sin que el conocimiento del Holocausto la modificara en nada- hasta la retirada británica de Palestina, en 1948. Como es natural, si se excluía a priori Palestina, que se había entregado expresamente a Gran Bretaña para contribuir a la construcción de un Hogar Nacional Judío, las posibilidades de salvamento quedaban enormemente reducidas. La política británica fue tan draconiana que, en 1945, no se había completado ni siquiera el ínfimo cupo de inmigrantes judíos a Palestina permitido durante los años de la guerra, que era de setenta y cinco mil personas.
Aquella obstinación causó tragedias como el hundimiento, en febrero de 1942, del barco de refugiados Struma, un desastre que fue, en gran medida, el resultado de la presión del gobierno británico sobre Turquía para que enviara aquel barco desvencijado de vuelta al mar Negro, pese a todos los riesgos que se sabía que ello comportaba.482 También produjo respuestas como la del alto comisario -embajador- británico que, en julio de 1940, envió al Ministerio de las Colonias un cable en el cual se refería a los soldados polacos a quienes había que evacuar desde el sudeste de Europa hacia Palestina y añadía que «solo se debe considerar aceptables a los no judíos».483 La verdad lisa y llana fue que todos los departamentos y secciones del gobierno británico, desde el gabinete, el Foreign Office y el Ministerio de las Colonias hasta el mando del ejército en Oriente Medio y la propia administración colonial en Palestina, coincidieron en su determinación de impedir a los judíos la entrada a su patria en el preciso momento en el que más peligro corrían. En aquel empeño perverso, valieron casi todo tipo de argumentos, incluido el miedo -enormemente exagerado- a que algunos inmigrantes judíos pudieran ser agentes nazis. No sirvieron de mucho las demostraciones de lealtad de los judíos y los sionistas hacia la guerra británica contra los nazis, especialmente porque los funcionarios gubernamentales consideraban que podían dar por sentado aquel apoyo. Como concluía un acta de 1941 del Foreign Office, «cuando llegue el momento de hacerlo, los judíos no nos impedirán en ningún caso que tratemos como reyes a los alemanes».484 El contraste con la época de la Declaración Balfour y la Primera Guerra Mundial, cuando Gran Bretaña había procurado ganarse el apoyo de la «comunidad judía mundial» -pues estaba convencida de que su amistad era de vital importancia para el esfuerzo de guerra aliado-, no podría haber sido mayor.
La envergadura del rechazo resulta aún más notable si se tiene en cuenta que durante la Segunda Guerra Mundial Gran Bretaña estuvo gobernada por el primer ministro más poderoso de quien se guarda memoria, Winston Churchill, que era un ardiente prosionista y, cuando estaba en la oposición, había criticado con ferocidad que Gran Bretaña se echara atrás respecto a los «solemnes compromisos» que había contraído en la Declaración Balfour. ¿Cuál fue, pues, la actitud de Churchill respecto a los judíos, el sionismo y el Holocausto mientras este último se desarrollaba en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial? Sin duda, desde el principio de la contienda había dado apoyo a las aspiraciones de los sionistas de contar con «una potente fuerza armada judía en Palestina» que se encargara de su propia defensa; sin embargo, las opiniones que expresó inequívocamente antes de ser primer ministro no obtuvieron, en febrero de 1940, ningún respaldo de sus colegas de gabinete.485 Un año más tarde, Churchill rechazó las objeciones del general Wavell a la idea de armar a los judíos de Palestina, juzgándolas típicas de los fuertes sentimientos proárabes de la mayoría de oficiales del ejército británico, que habían exagerado deliberadamente los miedos a las repercusiones negativas que ello podía tener en el mundo árabe; Churchill consideraba que «en estos momentos, los árabes, bajo la impresión de las recientes victorias [británicas], no crearían ninguna dificultad».486 Sin embargo, para evitar una confrontación innecesaria sobre lo que él consideraba un asunto secundario, retrasó seis meses el proyecto de creación de un ejército judío. El 5 de julio de 1942, intervino en apoyo de la petición de Weizmann de que se reanudara el plan y le escribió al ministro de las Colonias que era un error condescender con «la predisposición favorable a los árabes y contraria a los judíos» que aún predominaba en el Ministerio de las Colonias y entre las autoridades militares británicas; de hecho, Churchill era partidario de aplicar «un castigo ejemplar a algunos de esos oficiales antisemitas y a otras personas situadas en puestos elevados» por medio de su destitución.487
Hubo también otros factores que influyeron en Churchill. Este tenía la convicción de que, habida cuenta de la fuerza creciente que estaba adquiriendo en Estados Unidos el sentimiento favorable a un ejército judío, el retraso en dicho asunto podía dañar la imagen británica en aquel país. Además, en 1942, cuando el Yishuv se enfrentaba al peligro directo de una invasión alemana de Palestina por el Afrika Korps de Rommel, Churchill manifestó su opinión de que «sin duda, deberíamos darles la oportunidad de defenderse».488 En las esferas gubernamentales británicas, sin embargo, la oposición a la idea de un ejército judío continuó siendo resuelta y pertinaz, al mismo tiempo que el Ministerio de la Guerra seguía practicando la obstrucción. Solo la enérgica intervención de Churchill logró vencer finalmente aquellas objeciones; el 26 de julio de 1944, le escribió al ministro de la Guerra Grigg, que se había opuesto firmemente al proyecto: «Me complace la idea de que los judíos traten de castigar a los asesinos de sus compatriotas de Europa Central, y creo que ello causaría gran satisfacción en Estados Unidos …».489 El 23 de agosto de 1944, en un mensaje a Roosevelt destinado a lograr su adhesión, añadió que «con toda seguridad, los miembros de todas las demás razas tienen el derecho a golpear a los alemanes como colectividad identificable».490 Churchill también le dijo al presidente norteamericano -que en lo fundamental también era favorable a la idea- que no tenía ninguna clase de inconveniente en que la Brigada Judía enarbolara su propia bandera, la estrella de David, sin que importaran «las absurdas objeciones habituales» que ello pudiera suscitar: «No veo ninguna razón por la cual no se deba hacer tal cosa. En realidad, creo que el hecho de que esa bandera ondeara al frente de una unidad de combate constituiría un mensaje que debería difundirse por todo el mundo».491 Tales sentimientos eran coherentes con el apoyo de Churchill a la creación de un Estado judío -incluido el desierto del Neguev-, un respaldo que venía de lejos y que le reiteró a Chaim Weizmann en noviembre de 1944. Sin embargo, el tema del ejército judío fue el único ejemplo claro de una acción específica por parte de Churchill para ayudar a los judíos durante el Holocausto, lo cual da mucho que pensar si se tiene en cuenta su enorme contribución a la salvación de la civilización occidental de la barbarie nazi y también demuestra lo relegada que estaba la suerte de los judíos en su lista de prioridades.
No obstante, Churchill sí respondió favorablemente, después de que Eden lo informara del asunto, a la petición de Weizmann de que se bombardeara Auschwitz, y el 7 de julio de 1944 respondió: «Saque todo cuanto pueda de las Fuerzas Aéreas e invoque mi autoridad si es necesario».492 Por desgracia, el Ministerio del Aire rechazó el plan por juzgarlo poco práctico, y, por lo visto, algunos funcionarios consideraron «que esa idea haría que se perdieran inútilmente vidas y aviones británicos»;493 como indica Bernard Wasserstein, «aquello fue un testimonio impresionante de la capacidad del funcionariado británico para pasar por encima de las decisiones ministeriales».494 Con demasiada frecuencia, los funcionarios ministeriales del gobierno británico se salieron con la suya en decisiones que afectaban a los judíos y en las cuales una intervención de nivel superior habría marcado la diferencia. Al menos, Churchill tuvo la capacidad de imaginación histórica suficiente para comprender la magnitud de la tragedia; el 11 de julio de 1944, le escribió a Eden refiriéndose al Holocausto nazi en los términos siguientes: «No hay ninguna duda de que se trata, con toda probabilidad, del crimen mayor y más horrible que se ha cometido en toda la historia mundial, y lo han perpetrado, utilizando un sistema científico, hombres nominalmente civilizados, en nombre de un gran Estado y de una de las razas más importantes de Europa».495
Con todo, las declaraciones de Churchill sobre el tema resultan pobres y escasas si se considera que las informaciones sobre las masacres de judíos a las que tuvo acceso fueron anteriores y más completas que las de cualquier otro de los principales líderes aliados. El éxito crucial de los británicos al descifrar las claves alemanas comportó que Churchill, poco después de convertirse en primer ministro en mayo de 1940, empezara a recibir de modo regular transcripciones descodificadas de mensajes radiofónicos del enemigo, junto con interpretaciones de los servicios de espionaje. En el verano de 1941, los británicos ya tenían conocimiento, por medio de sus propios criptoanalistas, de las masacres llevadas a cabo contra los judíos de Rusia por la Policía del Orden alemana y las Waffen-SS. De hecho, en un discurso pronunciado el 24 de agosto de 1941, Churchill realizó una alusión profundamente emotiva al «asesinato masivo» y las «crueldades aterradoras» que cometían los alemanes, lo cual reflejaba la información contenida en los informes que había recibido.496 Sin embargo, puso el énfasis en la fortaleza de la resistencia patriótica rusa a los invasores alemanes y no en los judíos, a quienes no mencionó en absoluto; aquella tónica continuó a pesar del acceso que tuvo Churchill a descodificaciones de mensajes policiales. Como ha observado Richard Breitman, fueron muy contadas las ocasiones en las que Churchill rebasó claramente los límites del consenso gubernamental británico acerca de la suerte de los judíos en sus intervenciones radiofónicas o discursos en público.
Un caso excepcional fue el amable mensaje que envió en noviembre de 1941 al Jewish Chronicle, en el cual comentaba que los judíos se habían llevado «la peor parte de la primera y furiosa embestida de los nazis contra los baluartes de la libertad y la dignidad humana».497 Churchill reconocía que, en aquellos momentos, los judíos estaban sufriendo de modo insoportable, pero afirmaba que su espíritu no se hallaba destruido, como tampoco lo estaba su voluntad de resistir. Por desgracia, aquella declaración tuvo una audiencia bastante limitada y fue solo un débil eco de lo que Churchill ya sabía de las matanzas de los nazis. Además, constituyó uno de los raros casos en que se dirigió de algún modo a los judíos: por ejemplo, nunca tuvo interés en reunirse con delegaciones anglojudías; en ese aspecto, resultó aún menos accesible que Roosevelt.
Un buen ejemplo de esa actitud distante fue el hecho de que no diera ninguna respuesta personal al llamamiento desesperado que lady Reading le hizo por escrito el 16 de enero de 1943 sobre «la horrible situación de los judíos»; la autora del texto había implorado a Churchill que contribuyera a hacer pedazos «las férreas trabas de las formalidades burocráticas».498 ¿Cómo podían los miembros del parlamento británico «pretender mostrar compasión por los muertos judíos» en la Cámara de los Comunes, mientras «sus funcionarios están condenando a muerte a esos mismos judíos»?, preguntaba Reading, que añadía: «No es posible que usted tenga conocimiento de esas cosas; no creo que pudiera tolerarlas. Aún quedan unos cuarenta mil permisos de entrada en Palestina, sin necesidad de contravenir las regulaciones del Libro Blanco. Señor Churchill, ¿acaso no dirá usted que deben utilizarse ya con cualquiera que escape, sea hombre, mujer o niño? ¿Es posible, es verdaderamente posible que se les niegue el asilo en Tierra Santa?».499 La cruel respuesta es que era más que posible: el señor Churchill tenía conocimiento de todo e hizo poco al respecto, al permitir al Foreign Office que enviara una respuesta típicamente evasiva que invocaba las consabidas dificultades de transporte y las complicaciones militares que implicaba cualquier tentativa de salvamento. Tanto en Londres como en Washington había un firme consenso sobre el hecho de que cualquier salvamento de judíos que se tratara de realizar no podía sino complicar u obstruir el esfuerzo de guerra, y no hay pruebas de que Churchill pensara de otro modo. Su ministro de Asuntos Exteriores, Anthony Eden, que «prefería los árabes a los judíos» y era un antisionista resuelto, siguió oponiéndose con decisión al salvamento; donde mejor se resumió su posición, compartida por el conjunto del Foreign Office, fue en la gélida respuesta que dio en marzo de 1943 a las presiones estadounidenses para que se ayudara a los judíos que estaban «amenazados de exterminio» en el sudeste de Europa: «Si lo hacemos, los judíos de todo el mundo querrán entonces que realicemos ofertas similares en Polonia y Alemania. Hitler bien podría aceptar alguna de esas propuestas, y en el mundo no hay, sencillamente, suficientes barcos ni medios de transporte para hacerse cargo de ellos».500
La débil respuesta que Eden dio al Holocausto en 1943 no fue consecuencia de su ignorancia acerca de lo que aquel podía significar para las víctimas. Sin embargo, mientras se acumulaban datos sobre lo que les estaba ocurriendo a los judíos, también hubo, por parte de los funcionarios británicos -al igual que entre muchos de sus homólogos de otros lugares-, una incredulidad generalizada y una tendencia a tratar las noticias referentes al asesinato masivo como el producto nada fidedigno de imaginaciones demasiado activas. Un ejemplo característico de aquella propensión fue el presidente del Comité Conjunto de Inteligencia, Victor Cavendish-Bentinck, que se mostró de acuerdo con otros funcionarios en que las pruebas referentes a las cámaras de gas no eran fiables y, en un acta de julio de 1943, añadió: «Los polacos y, en una medida mucho mayor, los judíos tienden a exagerar las atrocidades alemanas con el fin de azuzarnos».501 Semejante rechazo desdeñoso resulta aún más notable si se tiene en cuenta que, como máximo en diciembre de 1942 -si no bastante antes-, el gobierno británico ya tenía a su disposición una descripción razonablemente detallada de los campos de exterminio, incluido Auschwitz y sus instalaciones de gaseamiento.
Resultó particularmente reveladora la suspicaz acogida que se brindó al relato de un testigo presencial como el intrépido correo clandestino polaco Jan Karski, que llegó a Londres en noviembre de 1942. Poco después del estallido de la guerra, Karski, un diplomático de carrera joven y prometedor, se había convertido en el medio de enlace entre el gobierno polaco en el exilio, con sede en Londres, y las organizaciones de la resistencia de su país ocupado. En el verano de 1942, aquel católico practicante y ardiente patriota polaco había emprendido una misión extremadamente peligrosa: acompañado de guías judíos, había recorrido el gueto de Varsovia y había visto en directo los resultados de las deportaciones; había visitado Izbica Lubelska, en Polonia oriental, y había pasado por las inmediaciones del campo de exterminio de Belzec. Karski también identificó con precisión Treblinka y Sobibor como lugares destinados a la ejecución masiva de judíos, e informó a los británicos y los estadounidenses de que, de los cerca de 3,5 millones de personas que formaban la comunidad judía polaca de preguerra, «solo queda un pequeño número»; no era una cuestión de opresión, según recalcaba Karski, sino «de su exterminio completo con toda clase de métodos especialmente ideados y perfeccionados para infligir sufrimiento y tortura».502
Al describir lo que estaba sucediendo en Belzec, Karski mencionó específicamente los asesinatos por medio de gas venenoso; también repitió palabra por palabra el mensaje que le había dado en Varsovia un portavoz del Bund socialista judío: «[En Occidente] no creen lo que oyen. Diles que estamos muriendo todos. Que rescaten a todos los que todavía estén vivos cuando les llegue el informe. Nunca les perdonaremos que no nos hayan proporcionado armas para que pudiéramos morir como hombres, con el fusil en la mano».503 Tanto el angustiado miembro del Bund como el líder sionista que llevaron a Karski a recorrer el gueto de Varsovia le habían dicho que los judíos de Polonia estaban desamparados: no podían confiar en recibir ninguna ayuda para hacer frente a los alemanes por parte de la resistencia clandestina polaca ni de la población en general. Solo los poderosos gobiernos aliados podían auxiliarlos de manera efectiva, pero para ello debían adoptar una serie de medidas sin precedentes: bombardear ciudades alemanas y dejar claro que lo hacían en represalia por el exterminio de judíos; utilizar como rehenes a prisioneros de guerra y súbditos alemanes residentes en países aliados; realizar llamamientos al pueblo alemán, por medio de emisiones radiofónicas y hojas volantes lanzadas desde el aire, para que presionara a su gobierno, y exponer públicamente y con el máximo detalle todos los datos disponibles que obraran en su poder sobre los crímenes nazis contra los judíos.504
La misión de Karski ejerció un impacto inmediato sobre el gobierno polaco en el exilio, con sede en Londres, que el 10 de diciembre de 1942 reclamó oficialmente a los gobiernos aliados que hablaran con franqueza sobre el exterminio de judíos en Polonia; de hecho, aquel fue el motivo principal de la declaración aliada que, una semana después, condenó por primera vez de forma pública los crímenes nazis contra los judíos. Sin embargo, una cosa eran las proclamas y otra las acciones: el 18 de enero de 1943, el conde Raczynski, en nombre del gobierno polaco en el exilio y también en representación de los judíos polacos, exigió que los aliados bombardearan Alemania como represalia por el exterminio, pero el ministro de Asuntos Exteriores británico rechazó secamente todas las peticiones y solo ofreció, según las palabras de Karski, «vagas promesas de intervenir en algunos países neutrales». En Washington, Roosevelt recibió más cordialmente al correo polaco, pero sin mostrar mucha comprensión por su mensaje, y los resultados prácticos fueron exiguos. Las notas de Karski sobre aquellos y otros encuentros con estadistas, funcionarios gubernamentales y militares de alta graduación británicos y estadounidenses constituyen una lectura esencial; con toda la razón, Karski consideraba que el testimonio de su informe de noviembre de 1942 debería haber representado para ellos una prueba incontrovertible del genocidio y tendría que haber llevado inmediatamente a los aliados a emprender medidas especiales para salvar a los judíos europeos, cosa que no sucedió. Por el contrario, Karski se encontró con una combinación de hipocresía política y burocracia deshumanizada, de mezquino egoísmo nacional y completa indiferencia por parte de los líderes políticos y militares occidentales que tenían, en mayor o menor medida, la posibilidad de aliviar la tragedia judía.505 O bien no les importaba, o bien dudaron de la envergadura de la aniquilación, o tal vez consideraron que dicha tragedia era, en esencia, un «problema judío» y no una cuestión que afectaba directamente al sentido de la civilización occidental y a la humanidad en su conjunto.
8 Modernidad y genocidio nazi

La muerte es un maestro de Alemania.
PAUL CELAN, «Fuga de muerte»

Aquí, en este vagón de carga,
soy Eva
con mi hijo Abel.
Si veis al mayor de mis chicos,
Caín, hijo de Adán,
decidle que yo…
DAN PAGIS (poema escrito a lápiz
en el vagón de carga precintado)

En ningún otro lugar ni momento se ha visto un fenómeno tan inesperado y tan complejo: nunca tantas vidas humanas se extinguieron en un tiempo tan breve y con una combinación tan lúcida de ingenio tecnológico, fanatismo y crueldad.
PRIMO LEVI, Los hundidos y los salvados

Fue una negación de Dios. Fue una negación del hombre. Fue la destrucción del mundo en miniatura.
RABINO HUGO GRYN,
superviviente de Auschwitz

Se ha calificado el genocidio nazi como «el ejemplo más espectacular y aterrador de asesinato industrial de este siglo».506 En años recientes, un número creciente de estudiosos ha ido dejando de verlo como una regresión a la barbarie o un acontecimiento excepcionalmente horrible de la historia universal para considerarlo más bien como una expresión característica de la propia modernidad: en otras palabras, se ha interpretado el Holocausto como un producto de las capacidades burocráticas y técnicas de destrucción de la civilización occidental contemporánea.507 Ese enfoque sociológico, del cual ofrece un buen ejemplo la obra de Zygmunt Bauman, trata de ir más allá de las investigaciones pioneras realizadas hace cuarenta años por Raul Hilberg, que detallaron por vez primera la eficiencia gélida, burocrática e industrial con que se llevó a cabo el programa genocida alemán; también trata de superar las tesis, más controvertidas, de Hannah Arendt respecto a la disposición condicionada de las masas humanas a abdicar de todo sentido de responsabilidad moral colectiva o individual bajo la presión de los regímenes totalitarios contemporáneos.508 Para Bauman, el Holocausto no es tanto un fenómeno totalitario como la consecuencia de un potencial inherente a la vida moderna y a su cultura organizativa, dominada por burocracias «racionales» e ideologías «cientificistas», así como por la despersonalización y la especialización funcional extrema de la sociedad industrial.509 Quizá no resulte sorprendente que ello haya llevado a dicho autor a restar importancia a la influencia de factores históricos e ideológicos como la larga tradición antijudía presente durante muchos siglos en la Europa cristiana.
Al propio antisemitismo «científico», aunque no se lo ignore, se le concede solo un papel relativo, puramente funcional y limitado como causante del genocidio nazi.510 Bauman considera el racismo contemporáneo como una tentativa desesperada de volver a trazar fronteras que habían sido traspasadas como consecuencia del flujo incesante y los cambios vertiginosos de la sociedad industrial; también fue, en su opinión, un esfuerzo igualmente vano por contener y dar marcha atrás a la movilidad social generada por la emancipación de los judíos y devolver a estos a su condición anterior de excluidos. Ese modelo contiene, sin duda, cierta parte de verdad, pero al mismo tiempo ignora la persistencia de un sinfín de prejuicios, emociones y odios premodernos a los cuales la concepción nazi del mundo simplemente proporcionó una fachada pseudocientífica y actualizada. Además, el Holocausto, si bien fue ciertamente «moderno» en algunos de sus rasgos organizativos y técnicos, poseyó de igual modo muchas características «arcaicas», incluidos los métodos primitivos de matanza: en efecto, los judíos a quienes se eliminó fusilándolos en las horripilantes ejecuciones en fosas del frente del Este fueron tantos como los que murieron en el exterminio de estilo industrial de Auschwitz.
Al igual que Bauman, también los historiadores alemanes Götz Aly y Susanne Heim consideran que fueron los procesos modernos de racionalización técnica los que desencadenaron el Holocausto. Sin embargo, aseguran que el asesinato masivo lo idearon, principalmente, tecnócratas pertenecientes a la intelectualidad alemana e implicados en la planificación de la política de población del Tercer Reich.511 Los expertos en demografía no eran nazis fanáticos, ni siquiera antisemitas, sino que, en esencia, se trataba de académicos oportunistas y burócratas eficientes que creían en la «modernización» y al mismo tiempo querían progresar en su carrera personal por el procedimiento de contribuir a la organización del «nuevo orden» nazi en Europa. Sostenían que la deportación de las masas judías empobrecidas o su asesinato en la Polonia agraria y superpoblada abrirían la puerta a una mayor movilidad social y a un futuro desarrollo industrial. El asesinato de judíos permitiría librarse de consumidores innecesarios y sería el primer paso de un plan de genocidio más amplio contra otros grupos étnicos (gitanos, rusos, polacos, etc.), todo lo cual despejaría el camino de la modernización socioeconómica de Europa Oriental. Por lo tanto, no se mató a los judíos porque lo fueran o como consecuencia de una ideología racista «irracional», sino que más bien se los eliminó por razones utilitarias, como Luftmenschen (gentes carentes de valor) que se interponían en el camino de la civilización tecnocrática «occidental», moderna y racional. Los jóvenes planificadores del Tercer Reich trabajaban principalmente en la preparación de «las decisiones de sus superiores, los cuales, a su vez, concedían gran importancia al consejo de sus expertos y los instaban de modo expreso a investigar libremente».512
Un enfoque como el expuesto adolece de serios problemas, aunque pocos serían los que discutirían el supuesto de la complicidad de los expertos académicos, «estrategas» y planificadores alemanes con los crímenes nazis. Sin embargo, hay demasiados hechos que, sencillamente, no cuadran con la teoría que se ha descrito. Así, por ejemplo, hubo escasa unanimidad entre los expertos sobre asuntos judíos del Reich a la hora de proponer soluciones respecto a los miembros de aquella comunidad que se estaban muriendo de hambre en los guetos de Lodz y Varsovia.513 Además, no hay ningún indicio de que Hitler, cuyo desprecio hacia los «expertos» de toda clase -incluso en temas militares- era bien conocido, prestara nunca la menor atención a las propuestas de los planificadores de rango menor.514 Asimismo, es preciso distinguir entre una estrategia de modernización y la pura y simple codicia de saquear y apropiarse de los bienes de los judíos, que fue, desde luego, parte integrante de la política antisemita de los nazis en el transcurso del Anschluss, de los pogromos de 1938, de las medidas de «arización» y de las subsiguientes deportaciones; no cabe duda de que la expropiación masiva de las riquezas y propiedades judías hizo más atractivo el nazismo para millones de no judíos.
Ahora bien, ¿qué lógica de «modernización» subyacía al traslado, en tiempo de guerra, de dos mil doscientos judíos desde la isla griega de Rodas, a dos mil kilómetros de distancia de Auschwitz, pasando por encima de las prioridades urgentes de transporte militar?,515 ¿qué sentido económico o político tenía deportar a Auschwitz a medio millón de judíos húngaros en 1944, una vez el desembarco de los aliados en Normandía y los avances del Ejército Rojo en el Este habían convertido en inevitable la derrota de Alemania? Si el objetivo de los nazis era la «modernización» social, ¿por qué deportaron y asesinaron a los judíos de Alemania, Austria, Italia, Holanda o Francia, profundamente integrados, productivos desde el punto de vista económico y que, desde luego, no eran Luftmenschen? El hecho de que los economistas y planificadores nazis emplearan a menudo un lenguaje «utilitario» para camuflar sus prejuicios contra los judíos y los polacos formulando sus propuestas políticas en términos de productividad, suministro de alimentos, salud pública o «amenazas a la seguridad» no debería llevarnos a engaño respecto al contenido racista subyacente: las racionalizaciones no son lo mismo que las causas. En realidad, utilizar la etiqueta de la «modernización» para calificar la política nazi de aniquilación le resta relevancia al asesinato masivo y lo «normaliza» como si se tratara de una versión ligeramente desviada del desarrollo capitalista normal.516
Los impulsos genocidas, como se ha mostrado a lo largo del presente libro, eran inherentes al movimiento, la ideología y la disposición mental colectiva de los nazis. Es cierto que, en tiempo de paz, los objetivos oficiales del régimen permanecieron limitados a la «separación racial», tras la cual vinieron las expulsiones. Sin embargo, a la altura de 1939 ya resultaba evidente que, si estallaba una guerra generalizada, se darían las condiciones para que los nazis pusieran en práctica la «limpieza étnica» de los discapacitados físicos y mentales, los gitanos y, sobre todo, los judíos.517 La dirección nazi no necesitaba expertos en planificación que le dijeran que, en una guerra mundial, «la destrucción de los judíos irá de la mano de la destrucción de nuestros enemigos …»;518 Goebbels, comentando un discurso de Hitler de febrero de 1942, añadía: «El Führer es consciente de todas las implicaciones de las grandes oportunidades que ofrece esta guerra».519
La guerra contra los partisanos constituye un ejemplo adecuado de ello: el dirigente de las SS responsable de aquel combate, Erich von dem van Bach-Zelewski, observaba que «la lucha contra los partisanos se fue empleando gradualmente como una excusa para llevar a cabo otras medidas, como el exterminio de judíos y gitanos, el sometimiento sistemático de los pueblos eslavos … y la imposición del terror a los civiles por medio de fusilamientos y saqueos».520 La lucha «antipartisana» y las consideraciones de «seguridad» fueron métodos típicos de los nazis para proporcionar camuflaje y pseudolegitimación a su política de exterminio físico. Del mismo modo, los planificadores podían utilizar, y así lo hicieron, modelos de ingeniería social para conferir al genocidio un aura de racionalidad científica. Sin embargo, aquellos asuntos nunca interfirieron en la primacía de la política en el Tercer Reich,521 como tampoco impidieron que Hitler desechara sumariamente las presiones del ejército o de los industriales para que se aplazara la deportación de los trabajadores especializados judíos que tan necesarios resultaban.522 Asimismo, los guetos polacos se crearon por motivos ideológicos y políticos, aun cuando representaban un trastorno para la economía.
Cuando Himmler dio instrucciones a Rudolf Höss para que estableciera el campo de concentración de Auschwitz, la razón que alegó fue expresamente ideológica: la necesidad de extirpar las raíces biológicas del pueblo judío.523 De modo invariable, las órdenes de Himmler y sus discursos referidos a la «solución final» hablaban de la primordial «lucha racial contra los judíos» y no de beneficios económicos.524 Además, siempre que se utilizaron judíos como mano de obra esclava, Himmler exigió que se los hiciera trabajar hasta la muerte o que se los reemplazara rápidamente por polacos, de modo que, tal como lo expresó el 2 de octubre de 1942, «todos los judíos desaparezcan de acuerdo con el deseo del Führer [dem Wunsche des Führers entsprechend]».525
Tampoco existe ninguna prueba convincente de la afirmación de Aly y Heim de que los nazis planeaban, a la larga, el exterminio de los eslavos (y ni siquiera de las élites eslavas) como parte de su programa demográfico y de «modernización». Naciones eslavas como Croacia y Eslovaquia, por ejemplo, fueron aliadas de la Alemania nazi -como lo fue Bulgaria-, y los alemanes preveían que los croatas y los eslovacos dominaran y contribuyeran a destruir a las élites serbia y checa. Si bien a los ucranianos y los bielorrusos (junto con los bálticos) no se les concedió ningún simulacro de independencia, sí disfrutaron de una posición, limitada y subordinada, de «ayudantes» de los alemanes, especialmente en la matanza de judíos. Por otra parte, a los polacos, los serbios y los rusos se les negaron todos los derechos y se los sometió a masacres y a horrendas injusticias, pero no a un genocidio sistemático. Como lo expresó Himmler en Poznan, en 1943: «Si los demás pueblos viven cómodamente o mueren de hambre solo me interesa en la medida en que los necesitamos como esclavos para nuestra cultura. Si diez mil mujeres rusas revientan o no de agotamiento mientras construyen un foso antitanque solo me interesa en la medida en que el foso antitanque quede terminado para Alemania».526
En la lógica del imperialismo racista nazi, a los rusos y los polacos había que reducirlos a la condición de esclavos del Reich, pero no estaban destinados al exterminio en nombre de una ideología apocalíptica y milenarista. Hubo incluso funcionarios nazis y, con toda seguridad, soldados de la Wehrmacht que vieron algo contrario a la imagen que tenían de sí mismos como Kulturnation en el hecho de tratar de eliminar por entero a la nación polaca. De modo significativo, el propio Himmler no excluía la posibilidad de «germanizar» a aquellos polacos a quienes se considerara elementos «valiosos desde el punto de vista racial». Al resto del pueblo polaco se lo esclavizaría y se lo sometería a explotación económica, con la excepción de las élites (clero, intelectuales, oficiales del ejército), a quienes, en efecto, se eliminó de manera despiadada. De forma parecida, en el caso de los rusos y los ucranianos los criterios utilitarios y de conveniencia desempeñaban cierto papel en los planes de los nazis, que pensaban practicar una modalidad controlada de «limpieza étnica»; de hecho, en 1941 se previó que millones de eslavos perecerían en Rusia como consecuencia de la conquista y la colonización por parte de los alemanes y de su política deliberada de matarlos de hambre. Sin embargo, el exterminio total de las poblaciones eslavas no resultaba factible para los nazis y tampoco formaba parte de ningún planteamiento ideológico relevante.
Durante la guerra, se caracterizó a los pueblos eslavos de Rusia como inferiores desde el punto de vista racial y, en ocasiones, como «subhumanos» asiáticos, pero no como «piojos», componentes de una «plaga» o «sabandijas» a quienes había que liquidar colectivamente mediante el asesinato masivo e industrializado. Tampoco las matanzas en fosas perpetradas por los Einsatzgruppen tuvieron ningún equivalente con víctimas eslavas. Ni a los polacos, ni a los serbios, ni a los rusos -a pesar de que estaban cerca del nivel más bajo de la jerarquía racial-biológica- se los consideraba «enemigos mundiales» ni se los vilipendiaba como una antirraza que amenazaba los cimientos de la civilización «aria». La lucha contra los eslavos del Este era esencialmente, desde el punto de vista de los nazis, una guerra por el Lebensraum y la colonización de territorios; si hubiera tenido éxito, habría traído como consecuencia el desplazamiento de treinta millones de eslavos (deportados a Siberia) y su sustitución por colonos alemanes en Rusia occidental, Ucrania y el Cáucaso.
Sin embargo, aquella visión racista de un gran imperio germánico que se extendería hacia el este se desmoronó gradualmente a medida que, a partir de finales de 1941, el Estado nazi se sumió en una lucha desesperada a vida o muerte contra una Rusia soviética imbuida de nuevo vigor y contra el Imperio británico, que acababan de recibir el refuerzo de Estados Unidos. A principios de 1942, el estancamiento militar y los cuellos de botella demográficos y logísticos resultantes del mismo llevaron a un cambio en la política alemana: con el fin de compensar las pérdidas de mano de obra y preservar su complejo militar-industrial, la Alemania nazi decidió aprovechar al máximo el potencial laboral de las poblaciones que tenía sometidas; como consecuencia de ello, se trasladó al Reich a millones de prisioneros de guerra soviéticos -a la mayoría de los cuales se haría morir de hambre posteriormente- y también a ciudadanos polacos, checos y de otros países europeos con el fin de que aportaran una fuerza de trabajo que resultaba esencial, aun a pesar de que ello socavaba claramente la visión nazi de una Volksgemeinschaft pura desde el punto de vista racial.527 Exactamente al mismo tiempo que aquello sucedía, se estaba deportando a los judíos fuera de los territorios centrales del Reich y en dirección al este, donde se los sometería al exterminio en cadena: lo significativo es que la alternativa «racional» de la hiperexplotación económica se rechazó explícitamente en el caso de los judíos.528
El elemento relevante de «modernidad» del proyecto genocida nazi no radica, por lo tanto, en su mítica «racionalidad económica» ni en ninguna relación con un programa de desarrollo y transformación social a marchas forzadas (como ocurrió en la Rusia estalinista), sino más bien en los nuevos métodos que inauguró para organizar la matanza de personas «superfluas». En lugares como Auschwitz-Birkenau, Majdanek, Sobibor, Treblinka y otros campos de exterminio, se puso a disposición de las SS todo el aparato del Estado moderno alemán -los recursos de su burocracia y de su complejo militar-industrial- con el fin de llevar a cabo un exterminio optimizado. Todas las capacidades y medios de la tecnología moderna y de los conocimientos científicos y médicos, así como una precisa programación ferroviaria, se pusieron al servicio del asesinato racista. Raul Hilberg, que fue el iniciador del estudio de aquel proceso administrativo, observó hace mucho tiempo: «Así pues, en términos estructurales, la maquinaria de destrucción no era diferente de la sociedad alemana organizada y entendida como conjunto. La maquinaria de destrucción fue la comunidad organizada, en el desempeño de uno de sus papeles especiales».529
En la organización del asesinato en masa no solo estuvieron involucrados los perpetradores inmediatos, sino también decenas de miles de alemanes que materialmente no mataron a nadie: diplomáticos, juristas, médicos, contables, banqueros, oficinistas y trabajadores ferroviarios sin cuyo concurso los trenes destinados a los campos de exterminio nunca habrían circulado a su debido tiempo. Aquella monstruosa maquinaria de muerte no podía ponerse en marcha más que en una sociedad altamente organizada y burocratizada, metódica, perfeccionista y completamente «moderna» en su fragmentación deliberada de responsabilidades y en el establecimiento de una rutina para las operaciones de matanza. Además, sucedió en un Estado que era capaz de coordinar con eficiencia en una sola y competente maquinaria de exterminio a incontables burócratas de los principales ministerios del Reich y a las élites dirigentes del ejército, la judicatura y la profesión médica, así como al funcionariado nazi de los territorios ocupados del Este, las SS y la Policía del Orden. Aquella sistematización implacable y su producto final -las cámaras de gas- fueron lo que confirió al Holocausto su aura «moderna» y siniestra de violencia despersonalizada.530 Las cámaras de gas y los hornos crematorios fueron un método industrial destinado a la liquidación de seres humanos en función de cupos diarios establecidos, y constituyeron la demostración de «la capacidad del mundo contemporáneo de organizar el exterminio de masas por medio de un procedimiento nuevo, más avanzado y planificado científicamente».531
Aquel proceso administrativo y optimizado de matanza fue también inequívocamente moderno en su capacidad para aprovechar la tecnología más moderna de tarjetas perforadas, que permitió al Tercer Reich perfeccionar la cacería de judíos por toda Europa, su deportación a los campos y las estadísticas que medían su agonía durante la «solución final». Solo después de identificar con éxito a los judíos se los pudo someter a la confiscación de bienes, la deportación, el confinamiento en guetos, el trabajo como esclavos y, finalmente, el exterminio. Como ha demostrado recientemente Edwin Black, fue la tecnología adaptada a las necesidades del cliente de la IBM estadounidense la que proporcionó una rapidez y una precisión sin precedentes a la capacidad de los alemanes para identificar judíos, lo cual se concretó en múltiples aspectos, desde los censos, las listas y los programas de ascendencia racial hasta la organización de los transportes ferroviarios y los registros de los campos de concentración.532
De forma similar, un asesinato masivo de tal envergadura no podría haber sucedido sin la puesta en marcha experimental, a partir de 1939, del programa de «eutanasia» nazi. Los médicos del Reich colaboraron masivamente en el uso de gas venenoso e inyecciones letales para asesinar a ochenta mil alemanes discapacitados mental o físicamente. Aquel programa, llamado «T4» -por la dirección de su oficina central, situada en Tiergarten Strasse, 4, en Berlín-, se había emprendido por orden personal de Hitler. Como ha señalado Henry Friedlander, «el éxito de la política de eutanasia convenció a la dirección nazi de que el asesinato en masa era técnicamente factible, de que había hombres y mujeres corrientes dispuestos a matar grandes cantidades de seres humanos inocentes y de que la burocracia cooperaría en una empresa sin precedentes como aquella».533 Los mismos métodos siniestros que se utilizaron en la operación T4 para encubrir el asesinato de los discapacitados se aplicarían en los campos de exterminio nazis: los guardianes de las SS se vistieron con el uniforme blanco de técnicos sanitarios y siempre se indujo a las víctimas a creer que se los llevaba a un pabellón de duchas y no a una cámara de gas.
Los verdugos alemanes que integraron el personal de la maquinaria de destrucción, ya fuera en la red de despachos que se extendía por todo el continente, ya en los campos, «no [eran] una clase especial de alemanes», sino más bien «una muestra notablemente representativa de la población alemana».534 Implicados en una enorme operación de asesinato envuelta en el secreto oficial, parecieron inmunes a cualquier remordimiento, y un vocabulario de eufemismos que camuflaba la realidad los protegió de todo sentimiento de culpa o de cualquier duda sobre la justicia de su empresa.535
Hans Mommsen ha sostenido que el empleo de métodos burocráticos y tecnocráticos logró reprimir cualquier inhibición moral de los verdugos y convirtió la muerte de judíos en un problema técnico de capacidad de matar. Su visión del Holocausto es la de un proceso racionalizado, casi automático, en el cual el exterminio de los «no aptos para trabajar» adquirió una dinámica propia: «La maquinaria burocrática creada por Eichmann y Heydrich funcionaba de manera más o menos automática; así, fue sintomático que Eichmann incumpliera conscientemente la orden de Himmler, a fines de 1944, de detener la “solución final”. No había ninguna necesidad de impulsos ideológicos externos para mantener en marcha el proceso de exterminio».536
Sin embargo, la existencia de la maquinaria de la muerte no se daba en medio de un vacío ideológico, e incluso un burócrata modélico como Eichmann, a pesar de no ser un antisemita fanático, exhibió un entusiasmo extraordinario en la cacería de judíos. Sus quejas constantes sobre los obstáculos para satisfacer los cupos de los campos de exterminio y su impaciencia ante la existencia de lagunas y vías de escapatoria -como las que representaban la zona de la Francia de Vichy o la escasa disposición de los italianos y otros aliados de los alemanes a cooperar con la rápida deportación de los judíos- no respondían al simple deseo de un pequeño burócrata de demostrar su eficiencia: Eichmann disfrutaba con la matanza de los judíos, que lo hacía sentirse parte importante de un proyecto gigantesco. Los verdugos como Eichmann encajaban sin esfuerzo en el espíritu genocida dominante porque creían en lo que estaban haciendo.537 Sus motivaciones no fueron siempre idénticas a las de los altos responsables políticos nazis, pero eso no significa que hubieran practicado igualmente el asesinato masivo contra cualquier grupo enemigo designado de modo arbitrario.
La llamada escuela «funcionalista» de historiadores ha sostenido durante mucho tiempo que la «solución final» no fue el producto de ningún gran designio, y que el régimen nazi estaba administrado por «un laberinto de grupos de poder en competencia y burocracias rivales» que trataban de obtener el favor de un Führer distante.538 Según su opinión, aquella falta de coordinación y el carácter fragmentario de la toma de decisiones condujeron a una «radicalización acumulativa» de las actuaciones políticas, cada una de las cuales se llevó a cabo de manera más arbitraria, violenta y radical que las precedentes.539 Se ha afirmado también que, en 1933, los nazis no tenían ningún plan específico para «resolver la cuestión judía», y sencillamente fueron avanzando sin propósito fijo y paso a paso por el tortuoso camino que llevaba a Auschwitz.540 Las propias aniquilaciones tuvieron, según Martin Broszat, un carácter mayoritariamente improvisado y no se debieron a una orden específica de Hitler ni a una clara «voluntad de exterminar», sino más bien a una serie de iniciativas locales de los nazis encaminadas a resolver problemas igualmente locales del frente del Este, como el suministro de alimentos, las dificultades logísticas, etc. Para Broszat, los nazis se vieron obligados a encontrar «una escapatoria del callejón sin salida» en el cual se habían metido ellos mismos. Una vez estuvo establecida la práctica de la liquidación, esta fue adquiriendo predominio y acabó por convertirse en un «programa» ad hoc de alcance general que luego recibió la aprobación y la autorización de Hitler.541 Sin embargo, Broszat y otros autores que han seguido sus planteamientos subestiman el modus operandi predilecto de Hitler, que consistía en incitar deliberadamente la persecución de los judíos al tiempo que ocultaba sus propias huellas y dejaba que los subordinados se encargaran de los detalles más sangrientos.
Quizá sin pretenderlo, las teorías funcionalistas tienden a normalizar el nazismo sugiriendo que sus líderes incurrieron por azar en la conducta criminal más extrema; de forma nada convincente, convierten al propio Hitler en un líder débil, indeciso y vacilante cuyas perspectivas políticas visionarias sobre la «cuestión judía» solo tuvieron un impacto menor en la política práctica del genocidio.542 Los «funcionalistas» también minimizan la larga historia del antisemitismo, su transformación en racismo «científico», la situación, el testimonio y el sufrimiento de los propios judíos como grupo social y nacional y el papel de los espectadores -tanto de los individuos como de los estados-, así como las motivaciones ideológicas y la mentalidad de los verdugos nazis.
Los estudios alemanes más recientes han tratado de superar los anteriores debates abstractos sobre la «modernidad» y también el enfrentamiento entre los «intencionalistas» (que consideran fundamentales el papel de Hitler y la decisión coordinada de asesinar a los judíos de Europa) y los escépticos «funcionalistas». Por ejemplo, Ulrich Herbert, si bien asume la teoría de la «radicalización acumulativa» y pone énfasis en el papel de la burocracia, no admite que las decisiones locales -ya fuera en Serbia, ya en Lituania o en Bielorrusia- se adoptaran al margen de un contexto de antisemitismo profundamente arraigado. Herbert cree que el Holocausto no fue simplemente el resultado de las directrices de Berlín, sino la consecuencia de la interacción entre el centro y una periferia cada vez más radicalizada.543 Los estudios empíricos de Dieter Pohl y Thomas Sandkühler, referentes al Gobierno General y a Galitzia, ponen de relieve la importancia de la periferia y el papel fundamental de la administración civil, que presionaron con fuerza en favor de una política antijudía radical.544 Hay que dar la bienvenida a esa clase de investigaciones sobre el complejo proceso político que se produjo a nivel local en los territorios ocupados por los alemanes; sin embargo, en ocasiones desdibujan, por desgracia, el papel decisivo de Hitler, Himmler y otros personajes de Berlín en el inicio, la centralización y la unificación de la multitud de acciones regionales que finalmente se fundieron en la «solución final». Esa nueva orientación de los estudios también presenta otras debilidades: rara vez se escucha en ellos la voz de las víctimas judías, y existe una tendencia a exagerar la simetría entre el Holocausto y la «limpieza étnica» de otros grupos nacionales de Europa Oriental.
Herbert, como hizo antes que él Goldhagen, sí pone énfasis tanto en el número de perpetradores implicados -superior al que se imaginaba anteriormente- como en el hecho de que a menudo los asesinatos se llevaron a cabo de manera tradicional e incluso «arcaica».545 Según nos recuerda, buena parte del genocidio nazi no está descrito de forma adecuada por la noción de «matanza industrial» ni la del llamado exterminio «limpio» por medio del gaseamiento. Por mi parte, reforzaría sin dudarlo ese argumento haciendo referencia a las masacres de judíos en Lituania, Europa Oriental y los Balcanes, o a las matanzas perpetradas por soldados de la Wehrmacht y los Einsatzgruppen en el frente del Este.546
Asimismo, las carnicerías «en caliente» y las «cacerías de judíos» realizadas por los batallones de la Policía del Orden en la Polonia ocupada y descritas por Browning y Goldhagen nos presentan una vertiente del Holocausto que, desde luego, no tiene nada de moderna y lo alinea más estrechamente con otros genocidios del siglo XX. No fue preciso aplicar ninguna clase de alta tecnología al 40 por ciento de víctimas del Holocausto que murieron de malnutrición, hambre y enfermedades en los guetos, a causa del exceso de trabajo en los campos destinados a aquel fin, debido a unas deportaciones -cuando la guerra ya estaba más avanzada- que se convertían en terribles marchas mortales, o en los horripilantes fusilamientos en fosas, trincheras y barrancos, para los cuales se utilizaban ametralladoras, fusiles y pistolas. No hubo nada que fuera especialmente «moderno» o «civilizado» en tales actos genocidas, no más de lo que pudiera haber en los que hemos presenciado desde 1945 en Camboya, Ruanda, Bosnia y otras regiones relativamente atrasadas del mundo. Para llevarlos a cabo, no hicieron falta medidas industriales espectaculares. Ahora bien, la lección moral particular de los campos sugiere que lo que Europa presenció en pleno siglo XX fue, a pesar de todo, un hecho sin precedentes, no tanto por las estadísticas referentes a las víctimas como por los sufrimientos que se les infligieron y por la depravación de los torturadores.547
Al mando de cada campo de exterminio había entre veinte y treinta y cinco hombres de las SS -un alto porcentaje de los cuales eran austríacos alemanes-, que contaban con la asistencia de cierto número de auxiliares ucranianos. En Treblinka, funcionó la estratagema alemana de presentar el lugar como un campo de tránsito (Durchgangslager) donde se suponía que los judíos iban a ser «desinfectados» antes de proseguir el camino hacia un campo de trabajo (Arbeitslager). Abraham Goldfarb, que llegó a aquel campo el 25 de agosto de 1942, relata lo siguiente: «Cuando llegamos a Treblinka y los alemanes abrieron las puertas de los vagones de carga, la escena fue horrible: los vagones estaban llenos de cadáveres, y el cloro había consumido parcialmente los cuerpos. El hedor de los vagones impedía respirar a los que todavía estaban vivos».548 La muerte y la destrucción ya habían empezado cuando los judíos estaban todavía en el interior de los vagones de carga, privados de aire, agua e instalaciones sanitarias, mientras se dirigían hacia los campos de exterminio; de hecho, aquellos transportes, que el personal de las SS sobrecargaba a propósito, eran una trampa mortal. Oskar Berger, que llegó tres días antes que Goldfarb, vio «centenares de cuerpos que yacían por todas partes» cuando bajó del tren; había «montones de fardos, ropa, maletas, todo revuelto. En los tejados de los barracones, había soldados de las SS, alemanes y ucranianos que disparaban indiscriminadamente contra la multitud. Hombres, mujeres y niños caían sangrando. En el aire resonaban sin cesar gritos y llantos».549
Los testimonios presenciales demuestran de modo evidente que el sadismo y la tortura no tuvieron límites en Treblinka, Sobibor o Belzec, cuyos guardias de seguridad -alemanes, letones, lituanos y ucranianos- alcanzaron una triste fama por su crueldad.550 Al igual que en otros campos, llevaban a cabo sus obligaciones sin rechistar, pero también mostraban un grado de iniciativa considerable cuando se trataba de torturar a sus víctimas más allá de toda resistencia. Un buen ejemplo de ello es el del subcomandante del campo de Sobibor (en el cual murieron doscientos cincuenta mil judíos), Gustav Wagner, que era vienés de nacimiento y, al igual que muchos de los miembros de las SS destinados a los campos, había adquirido experiencia en Schloss Hartheim, cerca de Linz, un centro dedicado a la eliminación de enfermos y discapacitados mentales. El sargento mayor Wagner era responsable de «selecciones» y sus víctimas no lo conocían tanto por su nombre como por el de «la bestia humana». Un superviviente recuerda: «Wagner no se comía su almuerzo si no mataba diariamente, con un hacha, con una pala o con sus propias manos. Necesitaba sangre».551 Otra víctima lo recordaba como un «ángel de la muerte», para quien «torturar y matar era un placer»: arrancaba a los bebés de los brazos de sus madres y los despedazaba con las manos.
Otro sádico y torturador prominente fue Christian Wirth, inspector de los campos de exterminio de la Operación Reinhard, que también había trabajado anteriormente en instituciones dedicadas a la eutanasia y, en 1939, había llevado a cabo los primeros experimentos de gaseamiento de «incurables» alemanes de los que hay constancia. A fines de 1941, se le había asignado la misión de iniciar la aniquilación de judíos en Chelmno, el primer campo de exterminio nazi que se puso en funcionamiento. A lo largo de los dieciocho meses que siguieron, supervisó, junto con Odilo Globocnik (ex Gauleiter de Viena), el asesinato de casi dos millones de judíos en los campos de exterminio de Belzec, Sobibor y Treblinka. Un superviviente de Belzec, donde se asesinó por lo menos a seiscientos mil judíos, recordaba a Wirth como «un hombre alto y de anchas espaldas que rondaba los cincuenta y cinco años y tenía un rostro vulgar. Era un criminal nato. Aquel completo salvaje … si bien rara vez se dejaba ver, tenía aterrados a los hombres de las SS».552 El Scharführer de las SS Franz Suchamel, que estuvo a sus órdenes, dio testimonio de que no era posible superar su brutalidad, su vileza y su crueldad: «Por eso lo llamábamos “Christian el terrible” o “Christian el salvaje”. Los guardianes ucranianos lo conocían por “Stuka” [una clase de bombardero en picado]».553 En agosto de 1942, en Belzec, Kurt Gerstein presenció en persona el modo en que Wirth y sus ayudantes supervisaban el último viaje de los judíos hacia la destrucción:

Se acercaron al lugar donde estábamos Wirth y yo, ante las cámaras de la muerte. Desfilaron hombres, mujeres, muchachas, niños, bebés, tullidos, todos completamente desnudos. En una esquina, había un corpulento miembro de las SS que tenía la voz sonora, como la de un cura: «¡No os va a suceder nada terrible!», les decía a los pobres desdichados. «Basta con que inspiréis profundamente: fortalece los pulmones; la inhalación es un medio para prevenir enfermedades infecciosas, es un buen método de desinfección» … Una judía de unos cuarenta años, con los ojos encendidos como antorchas, maldijo a sus asesinos; empujada por algunos latigazos que le propinó el capitán Wirth en persona, desapareció en el interior de la cámara de gas. Muchos rezaban, mientras que otros preguntaban: “¿Quién nos dará agua para lavar a los muertos?”».554

El austríaco Franz Stangl, comandante de Treblinka y Sobibor, era -al igual que Wirth- un antiguo policía, y había sido superintendente del Instituto de Eutanasia Schloss Hartheim. Fue un organizador altamente eficiente y totalmente entregado a su tarea del asesinato masivo, e incluso recibió una felicitación oficial por ser el «mejor comandante de campo de Polonia». A diferencia de Wirth, Stangl no era un sádico, sino un personaje cortés, de voz suave y que siempre iba vestido impecablemente (asistía a la descarga de los transportes que llegaban a Treblinka vestido con ropa blanca de montar); estaba orgulloso y satisfecho de su «obra», y hacía funcionar el campo como si se tratara de un reloj. Stangl nunca contemplaba a sus víctimas como individuos y ni siquiera como un conjunto de seres humanos, sino que los consideraba «cargamento». Refiriéndose a los judíos, le dijo a la periodista Gitta Sereny: «Eran muy débiles; dejaban que ocurriera todo, que se les hiciera de todo. Eran gente con la cual no había nada en común, ninguna posibilidad de comunicación, y así fue como surgió el desprecio. Nunca pude comprender el modo en que podían rendirse como lo hacían».555 También recordaba lo siguiente:

Creo que empezó el día en que vi por primera vez el Totenlagre [zona de exterminio] de Treblinka. Recuerdo que Wirth estaba allí, cerca de las fosas repletas de cadáveres negroazulados. Aquello no tenía nada que ver con la humanidad, no era posible que lo tuviera: era una masa, una masa de carne en descomposición. Wirth dijo: «¿Qué vamos a hacer con esta basura?». Creo que, de forma inconsciente, aquello me hizo empezar a pensar en ellos como cargamento … Siempre era una masa enorme. A veces, me ponía en lo alto del muro y los veía pasar por el «tubo»: iban desnudos, amontonados, corriendo, conducidos a latigazos …».556

Rudolf Höss, comandante de Auschwitz desde el 1 de mayo de 1940 hasta el 1 de diciembre de 1943, tenía, al igual que Stangl, la apariencia exterior de un hombre de familia bondadoso, altruista y que amaba a su esposa. También sentía un orgullo perfeccionista por su «obra» en el «mayor centro de exterminio humano de todos los tiempos». En 1944, sus superiores lo felicitaron como un «verdadero pionero en este terreno, gracias a nuevas ideas y nuevos métodos de educación».557 En su autobiografía, Höss puso énfasis en el «fuerte sentido del deber» que le habían inculcado sus padres, piadosos católicos: «Había que llevar a cabo todas las tareas con exactitud y a conciencia». Consideraba que el modo compulsivo en que obedecía órdenes y renunciaba a toda independencia personal era un sello de su propia moralidad y su decencia pequeñoburguesa. «Soy completamente normal», observaba en su libro, y añadía: «Incluso cuando estaba realizando la tarea del exterminio llevaba una vida normal».558
Höss encarnaba el tipo ideal de asesino de masas desapasionado, autodisciplinado e indiferente que nunca asistía personalmente a las ejecuciones masivas ni a la selección para las cámaras de gas, sino que trataba su trabajo como un procedimiento puramente administrativo. Lo que preocupaba a Höss no era el inconcebible sufrimiento de sus víctimas, sino las cuestiones prácticas y técnicas referentes a los horarios y las programaciones, las dimensiones de los transportes, los tipos de hornos y los métodos de gaseamiento. Se enorgullecía de ser el primero que había utilizado con éxito el Zyklon B: al igual que le ocurría a Himmler, al aprensivo Höss, que no podía soportar los fusilamientos ni que se virtiera sangre en su presencia, el gas venenoso le parecía más racional, higiénico y «humano». Naturalmente, el comandante de Auschwitz, totalmente despersonalizado y seguro de que la obediencia y el deber eran las virtudes más excelsas, no vaciló ni un momento en ejecutar las órdenes de Himmler referentes a la «solución final» de la cuestión judía.
Como Adolf Eichmann, Höss subrayó en sus memorias que no sentía ningún odio personal hacia los judíos, aunque, evidentemente, tampoco tuvo nunca ninguna duda sobre los objetivos de Hitler. Después de pasar tres años en el inmenso laboratorio de Auschwitz recogiendo «impresiones indelebles y abundante alimento para el espíritu», aún no se sentía capaz de resolver la espinosa cuestión de por qué «los miembros de la raza judía acuden a su muerte con tanta facilidad».559 Como en el caso de Stangl, nunca se le ocurrió que el conjunto del aparato de tortura y muerte que él dirigía personalmente estaba diseñado con todo cuidado para lograr precisamente aquel resultado. No resulta sorprendente que Höss estuviera tan encantado con el grotesco lema de Auschwitz, Arbeit macht frei [«El trabajo libera»] y se desinteresara por completo del macabro significado que tenía para las víctimas.
En Auschwitz-Birkenau había también otros perfeccionistas técnicos, como el médico jefe, Josef Mengele, un hombre de treinta y dos años dotado de gran talento, que conocía con exactitud las razones por las cuales él y otros estaban allí y también era consciente de que matar judíos podía ayudarles a progresar en sus carreras académicas. Mengele empleó a los internos de Auschwitz como conejillos de Indias de lo que él consideraba una investigación científica pionera sobre supuestas diferencias raciales y anormalidades físicas: siguiendo sus órdenes, a las personas que padecían algún tipo de deformidad se las mataba al llegar al campo, con el fin de proporcionarle nuevo material para sus estudios. También realizó experimentos con judíos vivos, especialmente gemelos, con la esperanza de hallar un método para crear una raza de arios de ojos azules que hiciera realidad los sueños megalómanos de una ciencia racial nazi. En una conversación que sostuvo en Auschwitz con una médica cristiana austríaca, la doctora Ella Lingens, Mengele afirmó que «en el mundo solo había dos naciones con talento: los alemanes y los judíos»; la cuestión, le dijo a frau Lingens, era «cuál de ellas prevalecerá».560
La contribución de Mengele a la lucha milenaria por «dominar» fue, como la de otros médicos de las SS, considerable: mató personalmente a muchos prisioneros inyectándoles fenol, petróleo, cloroformo o aire, y participó en incontables «selecciones» realizadas en el enlace ferroviario de Auschwitz, en la cuales se enviaba a la cámara de gas a los «no aptos para trabajar» con un leve movimiento de mano o de bastón que equivalía a una sentencia de muerte instantánea para los judíos de corta edad, ancianos, enfermos, discapacitados o físicamente débiles, así como para las mujeres embarazadas. Sin embargo, incluso el doctor Mengele -un hombre amante de la música y de mentalidad científica- tenía sus momentos «compasivos», en los cuales, entre una «selección» para las cámaras de gas y la siguiente, atendía con el mayor esmero a algunos pacientes individuales.561
Esas discontinuidades y actitudes «esquizofrénicas» caracterizaron muchos aspectos de la conducta de los nazis, lo cual da prueba de un alto grado de fragmentación personal, de una compartimentación extrema entre las esferas privada y pública y de un esfuerzo constante por reprimir la conciencia de la realidad genocida que ellos mismos habían creado. Un buen ejemplo de ello puede hallarse en el diario del doctor Johann Paul Kremer, un miembro del cuerpo médico de Auschwitz: el 5 de septiembre de 1942, presenció en el campo de mujeres una «acción especial» que calificó como «el más horrible de todos los horrores» y lo indujo a mostrarse de acuerdo con la descripción que un colega hacía de Auschwitz como el anus mundi [ano del mundo]; sin embargo, al día siguiente, el doctor Kremer fue capaz de poner a continuación de sus notas sobre una ejecución espantosa los detalles de una espléndida cena: «Hoy he disfrutado de una excelente cena dominical: sopa de tomate, medio pollo con patatas y col roja (20 gramos de manteca), postre y una magnífica crema de vainilla».562
En la lógica invertida de las SS que los campos encarnaban, aquellas aparentes anomalías se convertían en normales. Era un mundo en el cual torturar y destruir habían llegado a constituir un certificado de madurez y la negación total del prójimo el camino principal para acceder al dominio absoluto sobre la vida y la muerte. Como lo expresó en una ocasión Jean Améry, superviviente del Holocausto, el nacionalsocialismo fue el único sistema político del siglo XX que «no solo practicó el reinado del antihombre, como habían hecho otros regímenes de terror rojo y blanco, sino que lo elevó a la categoría de principio».563 Los campos fueron la manifestación suprema de ese sistema, y reprodujeron sus estructuras en miniatura pero de modo amplificado: era un universo en el cual toda libertad, toda elección y toda solidaridad humanas habían quedado virtualmente abolidas y reemplazadas por una guerra hobbesiana de todos contra todos, en la cual el único objetivo era sobrevivir a pesar de todo. El objetivo del hambre, las palizas, el sometimiento al frío y las torturas interminables era destruir la autonomía individual y reducir a los seres humanos a reacciones puramente animales.564 Fue habitual que las mujeres, a quienes los guardianes dispensaban un trato menos riguroso, resistieran la terrible experiencia mejor que los hombres, con lo cual demostraron ser más prácticas y más fuertes desde el punto de vista psicológico, y también que estaban más dispuestas a ayudarse las unas a las otras.565
A pesar de que los crímenes cometidos fueron horriblemente inhumanos, los verdugos eran, como nos ha recordado Primo Levi, seres humanos como nosotros, gente corriente que perpetraba actos extraordinarios: «Eran iguales a nosotros, eran seres humanos medios, medianamente inteligentes y medianamente malvados: salvo excepciones, no eran monstruos, tenían el mismo rostro que nosotros».566 Según todos los relatos, Franz Stangl era un marido y padre ejemplar, del mismo modo que Rudolf Höss ejemplificaba las virtudes burguesas alemanas de la disciplina, la obediencia y el trabajo. Lo que hacían no les quitó nunca el sueño, ya que rara vez veían rostros sufrientes, concentrados como estaban de forma exclusiva en la tarea organizativa que tenían planteada. Sin duda alguna, sus impecables vidas privadas y la compartimentación hermética de su existencia embotaron cualquier percepción del daño monstruoso que estaban perpetrando.
Adolf Eichmann ejemplificó a la perfección la misma mentalidad burocratizada que se concentraba en los asuntos técnicos sin preocuparse lo más mínimo por los fines últimos, un ámbito que pertenecía en exclusiva a la jurisdicción del Führer, el partido y el Estado. Como otros «asesinos de despacho», Eichmann era congénitamente incapaz de asumir ninguna responsabilidad personal: «Nunca maté a uno solo … Nunca maté a nadie y nunca di la orden de matar a nadie».567 Por supuesto, semejantes negaciones eran falsedades interesadas que impregnaban el conjunto de la sociedad alemana, desde la dirección nazi, la burocracia, el ejército y los industriales hasta quienes eran las piezas más insignificantes de la maquinaria asesina. No cabe duda de que tanto los responsables políticos como los perpetradores de rango inferior eran conscientes de la enormidad de sus crímenes, ya que de otro modo no habrían tratado de eliminar toda huella de las cámaras de gas, los hornos crematorios y las ejecuciones masivas. Las SS estaban decididas a que ningún testigo sobreviviera para contar el terrible secreto de lo que se había hecho: ello es lo que explica las enloquecidas marchas de la muerte de 1944-1945, con las cuales la historia de los campos nazis llegó a su fin.
Primo Levi ha recalcado el modo en que el infernal sistema de campos del nacionalsocialismo trató de llevar al máximo la degradación de sus víctimas por el procedimiento de asimilarlas: en efecto, algunos individuos, como los Kapos de los escuadrones de trabajo, se dejaron seducir por las ventajas materiales o se embriagaron fatalmente con el poder que sus torturadores les habían otorgado.568 Sin embargo, el más diabólico de los crímenes nazis fue tal vez la forma en que las SS delegaron la parte más inmunda de su trabajo en las propias víctimas, al confiar a escuadrones especiales -compuestos en su mayoría de judíos- la tarea de hacer funcionar los hornos crematorios, extraer los cadáveres de las cámaras de gas y arrancar las piezas de oro de la dentadura de las víctimas.569 Encargando de los hornos al Sonderkommando judío, los nazis podían demostrar, en palabras de Levi, que «la subraza de los infrahombres se sometía a cualquier humillación sin excepción, incluso a la de destruirse a sí misma».570 El insidioso mensaje de las SS era que «si lo deseamos -y lo deseamos mucho-, podemos destruir no solo vuestros cuerpos, sino también vuestras almas, exactamente del mismo modo que hemos destruido las nuestras».571
En Auschwitz, se fueron sucediendo, uno tras otro, doce «escuadrones especiales», que actuaban durante unos cuantos meses antes de que se los liquidara. En octubre de 1944, el último escuadrón se rebeló contra las SS, voló por los aires uno de los hornos crematorios y fue eliminado en la única revuelta ocurrida jamás en la historia de Auschwitz. Preguntar por qué no se levantaron antes equivaldría a subestimar enormemente la secuencia infernal de segregación, humillación, migración forzosa, agotamiento físico total y ruptura con cualquier clase de normalidad que había acompañado su llegada a los campos y había continuado luego con ferocidad aún mayor. Millones de prisioneros de guerra soviéticos jóvenes, robustos y bien adiestrados se comportaron del mismo modo cuando cayeron en manos alemanas, y los escasos no judíos que formaron parte de los «escuadrones especiales» tuvieron la misma conducta que sus compañeros. Los campos estaban ideados deliberadamente para generar un sentimiento de impotencia que debilitaba a sus víctimas, para reducirlas literalmente a Untermenschen y, de aquel modo, rehacerlas a imagen de la propaganda nazi. El enemigo no solo debía morir, sino que tenía que hacerlo en medio de tormentos; por supuesto, aquella crueldad «inútil» no fue exclusiva del Tercer Reich, pero sin duda alguna constituyó un rasgo esencial del hitlerismo.
Con frecuencia se plantea la cuestión de hasta qué punto el sistema nacionalsocialista, los campos de exterminio y el Holocausto fueron un genocidio exclusivamente «alemán». Por sí misma, la pregunta presupone que es razonable hablar de «los alemanes» -o de cualquier otro pueblo- como si se tratara de una sola entidad homogénea, y también equivale a postular la existencia de un «carácter nacional» distintivo que condicionó de forma decisiva la conducta de los alemanes al perpetrar el Holocausto. Daniel Goldhagen no tiene ninguna duda de que el asesinato masivo de judíos no fue solo una empresa alemana, pero tampoco de que se convirtió, prácticamente, en un proyecto nacional alemán; según su opinión, la descripción de los verdugos como «hombres corrientes» (el título del estudio paralelo de Browning sobre los batallones de policía) o simplemente como nazis no es exacta: eran alemanes corrientes. No solo eso, sino que toda la sociedad germana se impregnó de una política antijudía en el mismo centro de la cual estaba el exterminio; además, hubo «centenares de miles de alemanes [que] contribuyeron al genocidio y al sistema de subyugación todavía más extenso que era el enorme sistema de concentración».572 Por mi parte, coincido ampliamente con la afirmación general de Goldhagen de que las creencias antisemitas alemanas sobre los judíos «fueron el agente principal del Holocausto», pero no con su explicación simplista sobre el modo en que ello sucedió ni con la importancia exclusiva que atribuye a ese factor. También acepto en parte su análisis de los campos, pero pondría seriamente en duda si toda la conducta criminal que Goldhagen califica de característicamente «alemana» fue, en realidad, tan excepcional.
La misma combinación de antisemitismo asesino, anticomunismo extremo, brutalidad y sadismo que Goldhagen descubre en los verdugos nazis puede hallarse en los ejecutores lituanos, letones, ucranianos, rumanos y croatas. La dinámica antijudía estaba presente por igual -si es que no más todavía- entre los austríacos, quienes, si bien eran «alemanes» por lengua y cultura, procedían de una historia, una sociedad y una civilización muy diferentes. Lo peculiar de Alemania no fue tanto el «antisemitismo de eliminación» como el papel integrador que desempeñó el antisemitismo en un movimiento totalitario como el nazismo, que fue capaz de movilizar todos los recursos materiales y propagandísticos de un Estado altamente organizado para promover sus objetivos imperialistas y genocidas. Sugerir que prácticamente todos los alemanes se identificaban con aquel estado totalitario y sus objetivos asesinos antisemitas es, con toda seguridad, una simplificación exagerada y grosera.
Además, el «mundo de los campos», si bien fue la creación institucional mayor y más significativa de la Alemania nazi, tuvo en la Unión Soviética un paralelo que no puede ignorarse. Es cierto que en el gulag soviético no hubo un equivalente exacto de Auschwitz y del proceso industrializado de matanza, que proporcionalmente se produjeron menos víctimas y que la atención médica fue menos inadecuada que en los campos nazis; también se puede sostener que quizá los guardianes soviéticos fueran más compasivos que sus homólogos alemanes. Sin embargo, para una superviviente como Margerete Buber-Neumann, que tuvo que sufrir tanto los campos alemanes como los rusos, la experiencia pareció a menudo idéntica: «Muy dentro de mí, me pregunto qué es verdaderamente peor: las cabañas con paredes de mazorcas de maíz e infestadas de piojos de Birma (en Kazajstán) o el orden de pesadilla de Ravensbrück».573 En 1950, en el juicio de David Rousset574 Buber-Neumann planteó una cuestión igualmente incómoda: «Resulta difícil decidir qué resulta menos humano: gasear personas en cinco minutos o matarlas de hambre lentamente, a lo largo de tres meses».575
Los alemanes eran muy conscientes de que los rusos habían aniquilado a millones de personas por medio de los trabajos forzados antes de que ellos hubieran emprendido siquiera su propio programa de campos de concentración, y no cabe ninguna duda de que las SS estudiaron con atención aquel modelo. Pese a que hay que rechazar la idea falsa de Ernst Nolte de que los campos de exterminio fueron una copia nazi del «original» del gulag, es importante recordar que Hitler admiraba a Stalin y que ambos dictadores, así como sus regímenes, mantuvieron una macabra relación simbiótica.576 Sin embargo, es preciso subrayar también algunas diferencias clave entre el sistema soviético y el nazi: Stalin no se propuso asesinar deliberadamente a la población del gulag, precisamente porque necesitaba un extenso imperio de esclavos para financiar la modernización de Rusia; en otras palabras, detrás de los proyectos estalinistas, por más costosos y absolutamente inhumanos que resultaran, había motivos económicos y utilitarios reales.577 No cabe duda de que los campos soviéticos se utilizaron para eliminar enemigos políticos (incluidos muchos comunistas) y de que en ellos murieron millones de personas inocentes; sin embargo, estaban destinados a la producción de riqueza y a la industrialización de un país atrasado: la minería aurífera, la tala de madera para la exportación y la extracción de minerales eran parte integrante del gulag.
Los prisioneros no eran enviados a los campos de trabajo soviéticos para transformarlos en Untermenschen y luego en cadáveres, como las SS hicieron con los judíos. A los internos se les permitían algunas visitas y cierta correspondencia con el mundo exterior (aunque ello sucedía en raras ocasiones), y no se los desarraigaba totalmente del pasado, de sus comunidades históricas ni de su identidad personal. Aquellos gestos se les negaron expresamente a los judíos de los campos nazis, quienes, cuando rezaban, recordaban y aprendían, lo hacían desafiando a sus torturadores. Además, como ha observado Steven Katz, los nazis ni siquiera se dedicaron a fingir una «reeducación» ideológica que, por más cínicamente que se llevara a cabo, sí formaba parte de la organización del gulag estalinista:578 sencillamente, no tenía ningún sentido reeducar a aquellos a quienes se había definido a priori como una plaga o como «piojos».
Asimismo, la perversión, la obsesión y la explotación sexuales desempeñaron papeles muy distintos en los sistemas de campos soviético y nazi: en el gulag, las mujeres podían por lo menos contar con la posibilidad de ofrecer favores sexuales a cambio de la vida y la supervivencia; bajo el dominio nazi, rara vez existió tal posibilidad -si es que llegó a haberla-, ya que las relaciones sexuales entre alemanes y judíos (o incluso polacos) constituían un «crimen racial». Como explica con crudeza Katz, «los miembros de las SS solían agredir sexualmente a las mujeres judías y luego las asesinaban. Estaban obligados a asesinarlas».579
Más reveladora todavía es la actitud respecto a las madres y sus hijos, que incluso bajo el sistema soviético de trabajo esclavo disfrutaron de algunos derechos. Pese a las terribles condiciones materiales, los niños podían venir al mundo en el gulag y sus madres no estaban obligadas a trabajar durante el último mes de embarazo ni durante el primero después del nacimiento. En Auschwitz y en otros campos, no se permitía vivir a ningún niño judío: como recordaba una superviviente, Olga Lengyel: «… los alemanes lograron convertirnos en asesinos incluso a nosotros. La imagen de aquellos bebés asesinados me ha acosado hasta hoy. Nuestros propios hijos habían muerto en las cámaras de gas y los quemaron en los hornos de Birkenau, y nosotros acabamos con las vidas de otros antes de que sus pulmones diminutos hubieran exhalado las primeras voces».580 Katz plantea una cuestión de gran importancia cuando indica que, en contraste con el gulag soviético y con todos los genocidios conocidos -pasados y presentes-, solo en el Reich nazi «se asesinó de forma intencionada, sistemática e implacable y sin excepción» a madres e hijos judíos, hasta alcanzar la cifra de un millón.581 Aquello constituyó una singularidad absoluta del Holocausto que lo distingue de otros crímenes de la historia y refuerza el argumento de Améry según el cual se trató de un «reino de la noche» en el cual el «antihombre» fue el amo supremo. Pese a los horrores del gulag estalinista, rara vez se degradó a los «enemigos de clase» del orden socialista a la condición de una «plaga» subhumana que estaba fuera del ámbito de las obligaciones humanas y morales.
Quizá la analogía más cercana con el genocidio nazi en el siglo XX sea la que presenta la gran masacre del pueblo armenio por los turcos durante la Primera Guerra Mundial, que supuso la destrucción de cerca del 40 por ciento de aquella antigua comunidad nacional. Con el pretexto de la guerra, se separó de sus familias a los hombres armenios que estaban en buenas condiciones físicas y se los asesinó. A las mujeres, los niños, los ancianos y los débiles se los llevó al desierto sirio a marchas forzadas y sin agua ni comida; por el camino, muchas de aquellas personas fueron torturadas, violadas y asesinadas tanto por los turcos como por los kurdos que merodeaban por la región. Henry Morgenthau, que a la sazón era el embajador estadounidense en Turquía, se refirió a aquel trato brutal como «la destrucción de la raza armenia».
Las acciones del Estado turco otomano para «resolver la cuestión armenia» provocaron la muerte de entre quinientos mil y un millón de armenios, que constituían el grueso de la población en Asia Menor y el centro originario de su cultura.582 La carencia de Zyklon B, de cámaras de gas y de hornos crematorios no impidió a los turcos perpetrar un asesinato masivo contra el pueblo cristiano más antiguo que existía, a cuyos miembros el grupo dominante había percibido, desde fines del siglo XIX, como «extranjeros» y parias. Los turcos tuvieron a su disposición algunos de los medios técnicos posteriormente utilizados por los nazis, como los ferrocarriles, el telégrafo, la maquinaria burocrática y las técnicas de propaganda modernas, pero la matanza propiamente dicha se llevó a cabo con los métodos extraordinariamente primitivos de una sociedad atrasada.
El objetivo del gobierno turco era destruir la población armenia cristiana que había en el interior de Turquía, de la cual se creía que buscaba activamente la independencia plena o la autonomía. Los armenios, considerados anteriormente una dhimmi millet (una comunidad religiosa no musulmana que era parte integrante del Imperio otomano), se vieron cargados con el estereotipo de «nacionalidad extranjera», especialmente después de que los gobernantes modernizadores de Turquía adoptaran la nueva ideología del panturquismo, un nacionalismo xenófobo que tenía la intención de consolidar su sueño de un nuevo imperio que, basándose en el islam y en la identidad étnica turca, se extendiera desde Anatolia hasta China occidental. La nación armenia, con su antigua cultura étnica y su religión cristiana, se interponía en el camino del nacionalismo homogeneizador adoptado por los jóvenes turcos. Los armenios eran particularmente vulnerables y estaban desprotegidos debido a su concentración territorial en Anatolia oriental, en la frontera con la Rusia zarista, el enemigo tradicional de Turquía con el cual se los acusaba de estar aliados. Además, los armenios consideraban Anatolia -que los gobernantes turcos veían como el corazón del futuro estado panturco- como su patria natural.583
Una vez Turquía se hubo alineado con la Alemania imperial y contra la Rusia zarista en la Primera Guerra Mundial, se estigmatizó rápidamente a los armenios como la «quinta columna», como espías rusos y secesionistas, es decir, como un enemigo interior al que había que deportar, matar de hambre y destruir sin piedad.584 No existía una ideología «antiarmenia» como tal, pero esta resultó innecesaria para llevar a cabo las masacres: en nombre del nacionalismo turco moderno, los armenios fueron aniquilados tanto en su calidad de minoría que sostenía una reivindicación histórica sobre Anatolia oriental como en la de «infieles» cristianos. En 1894-1896 y de nuevo en 1909, los armenios habían soportado masacres que comportaron cerca de doscientas mil víctimas y los indujeron a acumular armas en previsión de futuros ataques, lo cual, a su vez, permitió al Estado turco racionalizar su genocidio como un golpe preventivo para sofocar una rebelión de aquellos a quienes se acusó de «apuñalar por la espalda a Turquía» durante la guerra. Sin embargo, y a diferencia del Holocausto, las operaciones de matanza contra los armenios nunca las llevaron a cabo grupos especializados de verdugos, sino que, por el contrario, en ellas estuvieron involucrados amplios segmentos de la población de las provincias, que participaron con entusiasmo en masacres regionales y locales en valles, cañones, montañas, ríos y lagos remotos, así como en acciones en las que se ahogó a las víctimas en el litoral del mar Negro.585
Sin duda alguna, es legítimo ver el genocidio armenio como una prefiguración del Holocausto, especialmente porque la decisión de masacrar a los armenios fue deliberada, firme e implacable. Sin embargo, hubo también muchas diferencias entre ambos acontecimientos. La brutal «guerra contra los armenios» fue, principalmente, una cruzada geopolítica y no ideológica, una expresión de crudo nacionalismo dirigido contra una minoría a la cual se consideraba desleal en tiempo de guerra y favorable a las potencias de la Entente. Además, nunca se designó a los armenios como un enemigo «racial», y la guerra contra ellos fue en todo momento estrictamente territorial, sin ninguna clase de implicación metafísica u ontológica. Los armenios que, para salvar la vida, se convirtieron al islam obtuvieron el perdón; la mayoría de los miembros de aquella comunidad en Estambul (que sumaban unas doscientas mil personas) sobrevivió, y no hubo ninguna cruzada internacional para buscar y aniquilar a los armenios más allá de las fronteras de Turquía y dondequiera que se encontraran. Los armenios nunca fueron percibidos por los turcos -ni por nadie- como una fuerza satánica que amenazaba a la civilización en su conjunto, y su asesinato tampoco se planeó como un fin en sí mismo. Nada debería minimizar el horror ni el alcance de la matanza, pero esta se produjo como consecuencia de motivaciones distintas de las que influyeron a los nazis alemanes.586
Comparar genocidios es siempre un ejercicio complicado, que no se ve precisamente facilitado por las afirmaciones pretenciosas o místicas de «excepcionalidad» que a menudo se formulan sobre el Holocausto ni por las respuestas hostiles e irracionales a esas declaraciones. Cuando aquí se centra la mirada en la especificidad y la singularidad históricas del asesinato masivo perpetrado por los nazis, no se pretende decir que otras masacres o genocidios sean, en modo alguno, menos interesantes, importantes o merecedoras de atención. Sin embargo, resulta igualmente claro que ningún otro acontecimiento de la época contemporánea ha desafiado de manera tan fundamental los cimientos de la civilización europea: sus valores religiosos, sus estructuras legales, sus ideales políticos, su confianza en la ciencia y su compromismo con la humanidad. Por lo tanto, cabría preguntar: ¿Por qué el Holocausto ha afectado tan profundamente y más que cualquier otro genocidio a la conciencia contemporánea? ¿Por qué precisamente esa tragedia se ha convertido en el acontecimiento axial que ha dado lugar a una enorme producción -que no cesa de aumentar- de largometrajes, obras teatrales, memorias, historias orales, documentales televisivos, investigaciones académicas y narraciones literarias? Creo que lo fundamental de la respuesta a esas preguntas no se encuentra en ninguna agenda política, en el apetito sensacionalista de historias de horror de los medios de comunicación y del público ni en la rapacidad de la llamada «industria del Holocausto». Tampoco es una explicación adecuada el hecho de que vivamos en el contexto de una cultura popular en la cual la condición de víctima es una fuente de autoridad. La avalancha de kitsch en estado puro que nos inunda es un hecho que sin duda continuará acompañando a la plaga de la explotación comercial y la corrección política. Sin embargo, esas son, en el fondo, cuestiones laterales. La razón del persistente poder de obsesionarnos que tiene el Holocausto radica en la «gran pregunta»: ¿por qué sucedió? De hecho, es posible que, si no hallamos la respuesta, estemos condenados a repetir aquel pasado catastrófico.
En el presente libro, he sostenido que el Holocausto se debió al impulso de una ideología de aniquilación milenarista y apocalíptica que echó abajo todos los presupuestos ilustrados y pragmáticos de la modernidad liberal. Por sí mismo, eso no lo hace distinto de todos los demás genocidios, pero sí destaca el Holocausto como un caso extremo. El papel central del antisemitismo y de los judíos en aquel acontecimiento cataclísmico no fue casual, y ese hecho esencial contribuye a explicar la razón fundamental por la cual sus ecos resuenan con tanta fuerza. En efecto, el Holocausto no puede disociarse de la tradición religiosa dominante en la civilización occidental. En la imaginación cristiana de Occidente, los judíos son al mismo tiempo el «pueblo elegido» y un «testigo» (réprobo) de la verdad cristiana. Por lo tanto, su destino tiene un significado religioso especial, como expresión del papel de Dios en el drama de la historia y como parte emblemática de la lucha eterna entre salvación y condena. Richard Rubinstein ha caracterizado con acierto el Holocausto como la «versión moderna de la guerra santa cristiana llevada a cabo por un Estado nacionalsocialista, neopagano y hostil al cristianismo».587 También Hyam Maccoby ha expuesto adecuadamente esa idea -aunque con un énfasis distinto- al sugerir que los nazis «expresaron en términos racistas el concepto de la victoria final sobre el mal que constituía la esencia del milenarismo cristiano. La elección de los judíos como blanco surgió directamente de siglos de enseñanzas cristianas que los habían señalado como un pueblo demoníaco dedicado al mal».588
Hitler, haciéndose pasar por un «Cristo» guerrero germánico, llevó aquella antigua tradición milenarista a un horripilante final en los campos de exterminio, «altares sagrados» de la nueva religión política llamada nacionalsocialismo. En los campos, las imágenes y crónicas del infierno que se podían hallar en el arte y el pensamiento europeos se convirtieron en realidad de la forma más macabra. La pasión tenebrosa y cataclísmica de las unidades de las SS, adornadas con sus calaveras, anunciaba la extinción de un Dios de amor, compasión y misericordia. El asesinato masivo de los judíos fue, en ese aspecto, un ataque totalitario y nihilista contra la ética del cristianismo, así como la negación del monoteísmo riguroso que el judaísmo había legado a Occidente. En aquella subversión pseudonietzscheana de valores, «la negación del judaísmo tenía que transformarse en la aniquilación de los judíos, esta vez no de manera espiritual sino física, no de forma simbólica sino en sustancia …».589 De modo coherente, Hitler consideraba que la maldición de la humanidad era la ética del monoteísmo bíblico, y en especial el quinto mandamiento: «No matarás». La ideología del nacionalsocialismo que alcanzó su clímax en Auschwitz-Birkenau tenía que escoger a los judíos como víctima primordial precisamente porque había preferido la muerte a la vida y había elegido el sacrificio humano perpetuo como camino de redención.
Cronología

Acerca del autor
ROBERT S. Wistrich (7 de abril de 1945) es profesor de historia europea y judía en la Universidad Hebrea de Jerusalén, y el director del Centro Internacional Vidal Sassoon para el Estudio del Antisemitismo. Con más de 20 libros publicados sobre la materia, Wistrich es uno de los académicos más reconocidos a nivel mundial.
Título original: Hitler and the Holocaust
Primera edición digital: julio, 2015
D. R. © 2001, Robert S. Wistrich
Publicado por acuerdo con Weidenfeld & Nicolson
Traducido de la edición original de Weidenfeld & Nicolson,
Londres, 2001
D. R. © 2002, Ricard Martínez i Muntada
D. R. © 2015, derechos de edición mundiales en lengua castellana:
Penguin Random House Grupo Editorial, S.A. de C.V.
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colonia Granada, delegación Miguel Hidalgo, C.P. 11520,
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Comentarios sobre la edición y el contenido de este libro a:
megustaleer@penguinrandomhouse.com.mx
ISBN 978-607-313-154-4
Conversión eBook: eGIANTS, Pre-Impresión y Edición Digital

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